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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-12-2018

Sombras en la caverna de Platn

Jos Mara Agera Lorente
Rebelin


Represntate hombres en una morada subterrnea en forma de caverna (...). En ella estn desde nios con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer all y mirar slo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza. (...) crees que han visto de s mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que tienen frente a s?.

(Platn: Repblica, libro VII)


En una democracia cada vez ms emocional y con menos espacios para el ponderado ejercicio de la racionalidad, los grandes manipuladores de sombras en la caverna platnica, los vehementes retricos del rencor y el resentimiento, triunfan en la lucha sin cuartel por ganar la atencin de los alienados, que confunden la realidad con la apariencia, y acaban por perder pie a la hora de buscar un suelo estable en el que sustentarse para ejercer un juicio responsable.

Las sombras en el fondo de la caverna frente a la realidad. El smbolo frente a lo que representa. Un cmico finge limpiarse los mocos en una bandera. El sentimiento patrio enardece ciertos espritus y nubla sus razones. Un actor sufre un calvario judicial por expresar su desprecio por vrgenes y procesiones. Se ofenden los que dicen tener sentimientos religiosos, que lo que quiera que sean tienen por ms valiosos que el derecho constitucional a la libertad de expresin, dejando claro que nuestro estado aconfesional es, como poco, minusvlido. Distracciones para los alienados que se hallan sin esperanza mirando las sombras del fondo de la caverna, encadenada su atencin a frusleras que, por ser su principal objeto, alcanzan la importancia necesaria para que adquieran el peso ontolgico que, por naturaleza, no les corresponde.

Qu grande Platn! Cun sugerente su eterno texto conocido como el mito de la caverna, en verdad una alegora plagada de smbolos, preada de sugerencias significativas sin fin, tan vigente como el mismo da en que Platn la escribi hace ya prcticamente 2500 aos. La habr ledo como poco un centenar de veces, y con cada lectura se me revelan nuevos detalles; pero es que, conforme ha ido pasando el tiempo y el mundo en el que me ha tocado vivir ha ido cambiando, este pasaje clsico de la historia de la filosofa ha acrecentado su poder de ofrecer ideas a travs de las cuales pensar crticamente. No importa cunto haya innovado el ser humano, cunto haya ganado en recursos tecnolgicos, en lo esencial el mensaje del gigante del pensamiento sigue siendo verdad. Verdad, una palabra maltratada por la posmodernidad y que actualmente se adultera de mil formas a cual ms sofisticada, quedando relegada en aras de una posverdad situada en la cresta de la ola poltica. No hay verdad; hay intereses. Platn perdi la batalla contra los sofistas entonces?

Tiene uno la tentacin de responder que s cuando ve en los medios (la pared del fondo de la caverna?) las sombras y comprueba que se cae en la confusin, que se muestra una y otra vez un debilitamiento del juicio que permite discernir realidad de apariencia. sta ha creado su propio mundo dirase ms potente que la realidad misma. Hay sntomas; demasiados. Si un cmico representa un gag en el que hace como que se suena los mocos en la bandera del Reino de Espaa no ocurre de verdad; no es la realidad. Ahora bien, mediante esa representacin s que puede denunciar algo real, a saber, la falta de respeto que muestran ante el ordenamiento legal que constituye la realidad institucional del Estado aquellos que, mediante acciones estas s ocurridas de verdad, contravienen los valores democrticos que constituyen el fundamento sobre el que se asienta y que afectan a la vida de los ciudadanos concretos, y no a animales metafsicos como la nacin o la patria. Lo dijo Dani Mateo, camino de convertirse en el mrtir espaol del humor, cuando declar en una entrevista radiofnica que estamos poniendo a los smbolos por encima de las personas. Les hemos dado vida autnoma, desvinculada de los hechos; les estamos convirtiendo en monstruos que nos exigen de forma insaciable ms y ms idolatra. Fascinados por las sombras, encadenada nuestra atencin a las imgenes de las mil y una pantallas de las que vivimos cotidianamente rodeados, la realidad queda literalmente apantallada, suplantada como advirti Baudrillard hace algn tiempo por el simulacro. Simulacro de la transparencia. ste es capaz de generar su propia lgica, que es la lgica inconexa del tuit, la del fogonazo que es ms potente cuanto ms emocional es su efecto. Ni el contexto, ni la memoria, ni la estructura argumentativa tienen especial relevancia en ese discurso, perdindose incluso la exigencia de aplicar el juicio de realidad y el cuestionamiento intelectual. Y as, como ya mostrara Platn, confundimos las cosas y personas con su representacin, nuestro modelo del mundo con el mundo mismo, lo que determina nuestra relacin con l. Esto vale para la poltica; especialmente para la poltica, en la cual gana peso progresivamente su dimensin virtual amenazando con fagocitar la realidad poltica en su totalidad.

El ya fallecido Carlos Castilla del Pino, en la linde entre la psicologa y la filosofa y ejerciendo ms de intelectual que de psiquiatra que es lo que era de formacin, se detuvo en este asunto en su libro titulado El delirio, un error necesario. En l analiza los presupuestos lgicos del juicio de realidad que se definen en la aplicacin de lo que llama predicado diacrtico, la cual se traduce en la resolucin correcta de dos interrogantes (los dos momentos del juicio de realidad); primero: es el objeto cuya existencia afirmo percepto o representacin? Dicho de otra manera, del espacio exterior o del espacio ntimo (mental)?; segundo: la interpretacin que suelo hacer con el reconocimiento de ese objeto, la considero subjetiva en todo momento o, por el contrario, en alguno que otro la estimo propiedad del objeto? Del anlisis de estos presupuestos lgicos concluye Castilla del Pino: El predicado diacrtico correcto de los dos momentos del juicio de realidad da, pues, a la realidad externa lo que es de ella y a la realidad interna lo que le pertenece. Pero si la barrera diacrtica (una metfora de la frontera virtual que separa ambos espacios, externo e interno) se permeabiliza para determinados objetos internos (uno de ellos, la interpretacin), stos emergen en el exterior y pasan a formar parte de los objetos externos y se los trata con la lgica que les corresponde. El trasunto poltico de este craso error conlleva difuminar la frontera entre el espacio pblico y el ntimo, lo que tiene como consecuencia el debilitamiento de la capacidad para distinguir lo que es representacin de lo que es hecho. As, los sentimientos, que son elementos propios del espacio ntimo y que dentro de sus lmites han de gestionarse pues en gran medida son producto de una interpretacin subjetiva, irrumpen en el escenario poltico, el de los derechos y libertades, y se entienden legitimados para condicionarlos. Es lo que ocurre con el nacionalismo y la religin.

O cmo si no de delirio pueden ser calificados el llamado proceso independentista de Catalua y la concesin de medallas y otros reconocimientos institucionales a imgenes religiosas? Porque la clave est en la suspensin del juicio de realidad, aplicado tanto a la realidad de los nudos hechos materiales como la que se construye institucionalmente, que comparten por igual el mbito extramental. Al respecto es muy revelador lo que en estos das est aconteciendo en el territorio en el que no parece importar ms que la exhibicin de esteladas y lazos amarillos; son las huelgas y manifestaciones de mdicos, bomberos y dems funcionarios del maltrecho estado de bienestar un rayo de esperanza realista? He ah la plasmacin concreta e ineludible de lo que importa: el bienestar concreto de los ciudadanos, que como seres humanos, como seres vivos, requieren una atencin sanitaria como es debido, y los profesionales que se ocupan de ella, unas condiciones dignas de trabajo. Pero siempre estn esos que mueven las sombras, que las nutren, ya representados por Platn en su aludida alegora, a los que podramos calificar de engaadores, probablemente ellos mismos engaados. Represe como ilustracin en las recientes declaraciones de Eduard Pujol, portavoz de Junts per Catalunya en el parlamento autonmico, que califica de cuestiones no esenciales las que llevan a protestar a los trabajadores pblicos. Segn l, nos distraen de lo esencial, que es promocionar por doquier una repblica inexistente invirtiendo todos los recursos que sean menester. Habr quienes asientan a sus palabras; son los que miran las sombras que l proyecta en el fondo de la caverna.

El juicio que se celebra en Cdiz por la concesin de la medalla de oro de la Ciudad a la Virgen del Rosario es sencillamente un atentado contra los sentimientos ilustrados (qu pena que tal delito no exista en nuestro Cdigo Penal) y que muestra otro exponente de ese fenmeno de delirio no patolgico pero no por ello menos alienante que constituye el denominador comn del caso del cmico Dani Mateo y de la ya aludida situacin poltico-social en Catalua. La concesin de la dichosa medalla por parte del ayuntamiento gaditano nos enfrenta a la otra categora de delirio quiz ms comn y ms potente: el religioso(-folclrico). Al analizarlo ingresamos en el reino del absurdo, en esa lgica que slo puede compartir y entender quien ha abandonado la exigencia de coherencia racional y el respeto por los hechos objetivos, y que hunde sus races en la ms oscura sentimentalidad tribal (intimidad colectiva, al fin y al cabo), pero que tiene un efecto pernicioso cierto que no debemos despreciar, y que no es otro que el debilitamiento de la democracia, la rendicin del poder poltico, el representado por el ayuntamiento (para ms inri de gobierno de izquierdas supuestamente laicista) ante la trampa que le tendi el sector ms rancio de la sociedad gaditana. Aqu ni se respeta la evidencia emprica (se trata de un fenmeno de idolatra), ni la institucional, con base en la cual Europa Laica plante su demanda; pues la Virgen no es persona fsica ni jurdica, como exige la norma, la cual ordena el mbito institucional otorgndole objetividad y ponindolo a salvo de interpretaciones subjetivas y exabruptos sentimentales, da igual que sean de mayoras o de minoras.

Debido a los hechos que aqu he escogido para mi reflexin, y a otros que no mencionar porque no hacen sino abundar en lo mismo, temo que la barrera diacrtica a la que antes me he referido y que permite el sano ejercicio del juicio de realidad se halle en una coyuntura de debilidad; prestamos una atencin inmerecida a las sombras, es decir, a los smbolos y dems representaciones a los que otorgamos as la importancia y densidad ontolgica que no les corresponde. Pudiera ser que la explicacin de este fenmeno resida en el modo en que se relaciona con la verdad la que el filsofo Byung-Chul Han llama sociedad de la transparencia, o sea, la nuestra? De ella se habra desterrado toda negatividad, es decir, toda resistencia que opone el ser material para que, as, todos quedramos libres de la disciplina racional y de la exigencia de indagacin de la verdad. En ella est justificada la mordaza al librepensamiento si ste hiere aquellas sensibilidades socialmente sacralizadas, as como la proteccin a toda costa de los smbolos, pues stos absorben toda la gravidez de la realidad al tiempo que, paradjicamente, levantan un muro de sombras que obstaculiza la tan humana bsqueda de sentido.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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