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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-12-2018

Nuestras noches con el presidente Bush

Ariel Dorfman
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El gran escritor chileno recuerda un pequeo triunfo personal y una pequea muestra de poder dinstico


Ahora que G. H. W. Bush duerme por la eternidad, no puedo sino recordar dos noches intensas durante las cuales mi mujer y yo dormimos a escasos metros de la pieza donde el ex Presidente, sumamente vivo, se alojaba.

Esta promiscua yuxtaposicin sobrevino hacia fines de octubre del ao 2001, en la ciudad de Sydney, donde me haban invitado a dar la Conferencia Inaugural para celebrar el Centenario de la Federacin de Australia. Habamos preferido no quedarnos en la palaciega Casa del Gobernador con servidumbre a nuestra disposicin, optando por una recmara de ensueo en el Park Hyatt que ostentaba una vista inigualable de la baha y la Opera House, adems de prometer una apreciable privacidad.

La vista result ser cierta, no as la ansiada privacidad.

Unas horas despus de nuestra llegada, el gerente del hotel nos solicit que nos juntramos con l para discutir algo importante. Un hombre corpulento y afable de origen espaol, nos recibi en un rincn apartado del lobby. Quera saber -y se le notaba el embarazo- si acaso no nos importara trastrocar nuestra habitacin, solamente por un par de das, dijo, por una igualmente bella en otra ala del hotel.

Habiendo ya desempacado y disponiendo del paisaje ms espectacular de todo Sydney, no fue difcil responder que no tenamos la menor intencin de mudarnos. Tena l alguna explicacin para su inesperada solicitud?

El gerente carraspe antes de avisarnos que, por razones de seguridad, le era imposible esclarecer el asunto pero que, naturalmente, acatara nuestros deseos. Lamentaba, sin embargo, tener que cancelar nuestra reserva para el comedor del hotel, ya que el restorn iba a cerrarse debido a un evento de carcter particular.

Fue nicamente esa noche, cuando nuestros anfitriones del centenario nos haban rescatado para sacarnos a cenar afuera, que su jefe de protocolo mencion, muy al pasar, que estbamos compartiendo el Hyatt con nada menos que Bush padre, que se hallaba en Sydney, junto a un squito conspicuo, para asistir a una reunin del Grupo Carlyle, la colosal firma financiera a la que asesoraba haca tres aos (supimos, meses ms tarde, que en esa ocasin se le pidi a la familia Bin Laden que retirara sus fondos de la empresa).

De retorno a nuestro hotel, Anglica y yo no podamos contener nuestra alegra insana al haber despojado a Bush de los aposentos que tanto anhelaba. Por una vez le habamos ganado la partida a uno de los peces gordos que jams ven frustrados sus deseos. Para sentir antipata por este especfico pez gordo bastaba con la invasin de Panam, el tratado de Nafta, el perdn presidencial a Elliot Abrams, aquel defensor de los contra y los escuadrones de la muerte, y, claro, su Vicepresidencia junto a Reagan. Pero nuestra aversin tena un origen ms personal: haba operado l como Jefe de la CIA durante 1976 y 1977. Como tal, tiene que haber estado al tanto, en forma exhaustiva, de la devastacin infligida a Chile por la dictadura pro-norteamericana de Pinochet y, probablemente, haba facilitado la coordinacin de los aparatos de inteligencia de ambos pases en una poca en que seguan desapareciendo opositores al rgimen, estaban todava abiertos varios campos de concentracin, y se torturaba a mansalva. Ms inexcusable era que Bush no mostraba la menor seal de haberse arrepentido por la responsabilidad de Estados Unidos ante tantos sufrimientos. No haba acaso declarado cuando un misil de su Armada haba hecho explotar un avin iran en1990 con 290 civiles inocentes a bordo que l nunca iba a disculparse por lo que hace los Estados Unidos de Amrica. Nunca. No me importa lo que sean los hechos.

Y bien, he aqu un hecho que ese hombre que haba ayudado a que nos robaran nuestro pas no iba a poder ignorar: no nos robara nuestro panorama resplandeciente!

Ingresamos a nuestra pieza despus de pasar dos tipos voluminosos en el corredor, guardando la puerta al lado de la nuestra y empezamos a rer en forma descontrolada, soltando una sarta de comentarios indecentes sobre el ex Presidente. Lo imaginbamos atenazado, revolcndose sobre su colchn de lujo, atnito de frustracin, vencido por dos chilenos cuya existencia desconoca.

Oye le dije a Anglica, qu te parece si tratamos de escuchar al hijo de puta a travs de la muralla? Pero las paredes, como era presumible en ese tipo de hotel, eran gruesas y la noche silenciosa y nuestro regocijo fue amenguando lentamente, siendo sustituido por una idea ominosa.

Y si le llega a ocurrir algo al tipo esta noche o maana?

Los ataques del 9/11 haban ocurrido apenas seis semanas antes, y qu blanco ms jugoso para los terroristas que el padre del Presidente norteamericano en ejercicio? Nos miramos, consternados: qu pasara si, por alguna coincidencia demente, hubiese justo ahora un atentado contra Bush el Mayor? Quines seran, entonces, los primeros sospechosos, quines tenan motivo y oportunidad suficientes?

Los revolucionarios chilenos que dorman en la pieza de al lado.

Haba el equipo de seguridad aprovechado nuestra ausencia para revisar la habitacin y ponerle micrfonos? Si as era, haban escuchado nuestras risotadas y chistes y referencias poco complementarias a Bush, nos estaran espiando ahora mismo. No tardamos en desechar tales especulaciones paranoicas y, sin embargo, mientras trataba de dormirme, me fue invadiendo el temor de que el mundo post-Torres Gemelas estaba exhibiendo extraas semejanzas, con su miedo penetrante y su incipiente vigilancia potencial de los ciudadanos, al Chile del que nos habamos exiliado. Podamos desterrar a Bush de su pieza codiciada, pero el mundo le perteneca a l, a su hijo, a sus aclitos y cmplices.

Temprano a la maana siguiente, tuve ocasin de registrar cun irrefutable era su dominio.

Me encontraba en nuestra terraza exclusiva frente a la Baha de Sydney, llevando a cabo unos ejercicios yoga de precalentamiento, tan cerca del agua que casi poda tocarla, cuando quin se aparece de pronto, a unos escasos metros, sobre la explanada que separaba el hotel del mar, sino que el Bushsimo mismo caminando con presteza hacia el centro de la ciudad. Estaba vestido informalmente, como a punto de jugar golf, y rodeado de un cortejo significativo: un par de machos bien musculosos, algunos confederados de cuello y corbata, alguien que deba ser un secretario, todos ellos calladamente obsequiosos, todos situados a una prudente distancia, respetando la invisible frontera protectora que aislaba al ex Presidente. El que se hallaba ms prximo a Bush, medio paso atrs, era un fornido militar con el pelo cortado al rape y de cuyo uniforme colgaban tantas medallas que era un milagro que su peso no lo hiciera trastabillar. Un general, por lo menos, pens.

Repentinamente, Bush levant su brazo derecho en el aire, sus dedos extendidos hacia atrs, chasquendolos, aunque sin dignarse a mirar al hombre que lo segua. El oficial reaccion con celeridad, produciendo, aparentemente de la nada, un tubo que deposit en la mano de su amo. Result ser locin para el sol, puesto que George padre, sin demorar su marcha y definitivamente sin dar las gracias al asistente, comenz a untarse prolijamente la crema en su cuello y antebrazos.

Esa noche, meditando acerca de esa experiencia, fui yo el que me daba vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueo, a unos metros del hombre que haba tenido el destino de la humanidad en sus manos y que debe haber estado soando con quin sabe qu ngeles, todos ellos trayndole toneladas de bloqueador de sol. Me rondaba el mensaje que Bush me haba mandado. Sin la menor nocin de que un Allendista chileno haba estado presenciando su caminata, me haba ofrecido una leccin acerca de lo que importa de veras en el gran esquema de la historia. Nuestra minscula posesin de su selecta habitacin, nuestra dulce victoria vicaria, era insignificante frente a ese gesto soberbio suyo. Nada que le hiciramos a l alterara el sentido del gesto o sus implicancias, nada cambiara la certidumbre patricia de Bush de que l y su dinasta haban nacido para reinar.

Una certeza que transmiti, por cierto, a su vstago, ese otro George, que termin siendo la encarnacin viva del imperio de los chasqueantes dedos paternos, sintindose propietario del mundo como si fuera, en efecto, un tubo de locin para el sol que se aprieta y vaca a mansalva.

Paradjicamente ese hijo fanfarrn ha logrado que, con el tiempo, se me fuera suavizando mi impresin del legado de George Herbert Walker Bush. Basta con recordar el modo en que el joven Bush devast Iraq y Afganistn, para qu hablar de la economa norteamericana, para apreciar la Presidencia de su padre como algo casi respetable, para casi sentir nostalgia por el Partido Republicano de antao que no estaba an del todo envenenado por el odio y la avaricia y no quiero ni mentar todava a Trump!

Puede haber sido el primer Bush cmplice de miles de cadveres pudrindose en la Autopista de la Muerte en Irak en 1990, pero no avanz hacia Bagdad; se dice, incluso, que las imgenes de esa masacre en el desierto hicieron que ese veterano de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual haba servido honorablemente, desistiera de derrocar a Saddam Hussein. Agreguemos sus polticas a favor de los incapacitados y los inmigrantes, y su encuentro con Gorbachov donde dio por finalizada la guerra fra, amn de sus labores humanitarias despus de dejar el gobierno, para que su paso por la Casa Blanca no se vea como algo enteramente nocivo. Y quien podra negar que lo enaltecieron sus opiniones francas acerca de Cheney y Rumsfeld, ese do dinmico de la destruccin, o su testaruda oposicin a Trump.

Y, sin embargo, ahora que la muerte ha venido por l y ya no ejerce dominio en este mundo, ahora que el chasquido de sus dedos no lo pueden proteger del destino que sufren todos los mortales ni tampoco cobijarlo del sol negro de la eternidad, lo que no puedo sacudirme es el recuerdo de esos dedos en aquella remota maana de Australia.

En parte, la persistencia de ese recuerdo se debe a que comprendo, con angustia, que por muchos defectos de Bush padre, preferira que fuera su dedo a un centmetro del gatillo nuclear que un matn ignorante e inseguro, que es capaz de exterminar a la humanidad con una orden impetuosa y aturdida. Pero el tiempo tambin me ha permitido una perspectiva ms sesgada acerca de ese incidente en Sidney. Hoy ese manoteo arrogante del viejo Bush aparece ms desolado, casi delirante en su certidumbre de que su dinasta encumbrada prevalecera. La derrota ignominiosa de Jeb el retoo favorito que deba ganar las primarias y la Presidencia presagiaba una rebelin seudo-populista contra los privilegios y las prerrogativas, una insurgencia contra las elites y las corporaciones en vastos sectores de los Estados Unidos que llevaron al destemplado Trump a una Casa Blanca donde su presencia era inconcebible. El mundo no le perteneca a G. H. W. Bush y sus hijos, despus de todo, por lo menos no como l lo haba soado.

Menos todava me pertenece a m o a mis descendientes o a los nios de la mayora de los habitantes de este planeta, una humanidad que se encuentra cada vez ms lejos de controlar su propio destino.

Porque lo que es innegable es que aquel gesto imperial esa maana en Australia sigue ejemplificando todo lo que anda mal en nuestro mundo actual, el mundo que fue creado gracias a la complicidad de lderes como el viejo Bush y que han terminado por permitir que alguien como Trump pueda acceder al poder.

George Hebert Walker Bush no descansa en paz.

Nosotros tampoco.

El ltimo libro de Ariel Dorfman es Allegro.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/160930-nuestras-noches-con-el-presidente-bush



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