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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-12-2018

La isla de los pinginos

Anatole France
El Viejo Topo


Nota de edicin: Para su hilarante parodia, Anatole France ha elegido como protagonista a un animal gracioso y endomingado: los pinginos. Pinginos bautizados por error con dramticas consecuencias. Aqu incluimos el prefacio de una novela que anticipa a Orwell.

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Pese a la aparente diversidad de las distracciones que parecen atraerme, mi vida tiene un nico objetivo. Est dedicada por completo a la consecucin de un gran propsito. Escribo la historia de los pinginos. En ello trabajo asiduamente, sin que me desalienten frecuentes dificultades que a veces parecen insuperables.

Llev a cabo excavaciones para descubrir los monumentos sepultados de este pueblo. Los primeros libros de los hombres fueron piedras. Estudi las piedras que pueden considerarse como los primitivos anales de los pinginos. Escudri en las costas ocenicas un tmulo que no haba sido profanado. All encontr, como resulta habitual, hachas de slex, espadas de bronce, monedas romanas y una pieza de veinte centavos con la efigie de Luis Felipe I, rey de Francia.

Para el estudio del contexto histrico, la crnica de Johannes Talpa, un religioso del monasterio de Beargarden, me fue de suma utilidad. All me saci con tal abundancia que no es posible hallar en la Alta Edad Media otra fuente de la historia pingina que se le equipare.

Contamos con una mayor riqueza documental a partir del siglo xiii, pero eso no significa que seamos ms afortunados. Resulta extremadamente difcil escribir la historia. Nunca se llega a saber exactamente cmo ocurrieron los hechos; y la incertidumbre del historiador se acrecienta con la abundancia de documentos. Cuando un hecho se conoce por un testimonio nico, se admite sin mucha vacilacin. Los dilemas comienzan cuando los acontecimientos son reportados por dos o ms testigos cuyos testimonios resultan siempre contradictorios e inconciliables.

No cabe duda de que las razones cientficas por las cuales se privilegia un testimonio respecto a otro a veces son muy poderosas. Pero nunca lo bastante como para sobreponerse a nuestras pasiones preferencias e intereses, ni a esa ligereza de espritu comn a todos los hombres serios, por lo que constantemente presentamos los hechos de manera interesada o superficial.

Manifest a varios sabios arquelogos y palelogos de mi pas y extranjeros las dificultades que enfrentaba para elaborar la historia de los pinginos. Soport su menosprecio. Me miraron dejando ver una sonrisa piadosa que pareca expresar: Acaso somos nosotros quienes escribimos la historia? Acaso intentamos extraer de un texto, de un documento, el menor trozo de vida o de verdad? Lo que hacemos es publicar los textos tal y como fueron escritos. Nos atenemos a la letra. La letra es lo nico apreciable y definitivo. El espritu no, pues las ideas no son ms que fantasas. Hay que ser muy obtuso para escribir la historia: lo que se necesita es imaginacin.

Todo eso se poda apreciar en la mirada y la sonrisa de nuestros sabios palegrafos y el encuentro con ellos me decepcion profundamente. Un da, luego de una conversacin con un eminente sigilgrafo, cuando me encontraba aun ms abatido que de costumbre, sbitamente me pas por la mente la reflexin siguiente: Con todo, an quedan historiadores; la estirpe no ha desaparecido totalmente. Todava existen cinco o seis en la Academia de Ciencias Morales que no publican textos, sino que escriben la historia. Por lo que no dirn que hace falta ser obtuso para entregarse a ese tipo de trabajo. Esta idea me estimul.

A da siguiente me present en la casa de uno de ellos, un anciano sutil.

Vengo, seor le dije a solicitar los consejos de su experiencia. Me esfuerzo sobremanera en la elaboracin de una historia y no lo logro.

Me respondi alzando los hombros.

Por qu, seor mo, preocuparse tanto por componer vuestra historia, cuando podis copiar las ms conocidas, como es costumbre? Si posis una visin nueva, una idea original, si presentis a los hombres y las cosas mostrando un aspecto inesperado, sorprenderis al lector. Y al lector no le agrada ser sorprendido. Nunca busca en un texto histrico otra cosa que las tonteras que ya sabe. Si intentis instruirlo, lo nico que conseguiris es humillarlo e incomodarlo. No intentis esclarecerlo, porque gritar que est denigrando sus creencias.

Los historiadores se copian unos a otros. As se ahorran esfuerzo y evitan parecer petulantes. Imtadlos y no seis original. Un historiador original es objeto de recelo, desprecio y repulsa universales.

Creis, seor mo aadi, que yo sera considerado y habra recibido honores si hubiera incluido alguna novedad en mis libros de historia? Y qu son las novedades sino inconveniencias?

Se puso de pie. Le agradec su amabilidad y me dirig hacia la puerta. Reclam nuevamente mi atencin.

Tan slo una palabra. Si queris que vuestro libro sea bien acogido, no desaprovechis ninguna ocasin que os permita exaltar en l las virtudes sobre las que se asientan las sociedades: la devocin por la riqueza, los sentimientos piadosos y, especialmente, la resignacin del pobre, que es el fundamento del orden. Afirmad que los orgenes de la propiedad, de la nobleza, del cuerpo policial, sern tratados en vuestra historia con todo el respeto que merecen esas instituciones. Haced saber que admits lo sobrenatural cuando convenga. Slo as obtendris el reconocimiento de las personas decentes.

Medit acerca de estas juiciosas observaciones y me atuve a ellas lo ms posible.

No pretendo ocuparme aqu de los pinginos antes de su metamorfosis. Slo me interesan a partir del momento en que dejan de formar parte de la zoologa para entrar en la historia y en la teologa. Fueron estos los pinginos que el gran san Mael transform en seres humanos. Pero es necesario explicar algo ms al respecto, porque en nuestros das el trmino podra prestarse a confusiones.

En francs nombramos pingino a un pjaro de las regiones rticas que pertenece a la familia de los alcidios y pjaro bobo al tipo de los esfenicidios que habitan en la regin antrtica. As los diferencia, por ejemplo, el seor G. Lecointe cuando relata el viaje del Blgica: Entre todas las aves que pueblan el estrecho de Gerlache dice los pjaros bobos son ciertamente los ms interesantes. En ocasiones se les designa impropiamente con el nombre de pinginos del Sur. El doctor J.-B. Charcot afirma, por el contrario, que los verdaderos y nicos pinginos son los de la Antrtida, a los que llamamos pjaros bobos, y argumenta para ello que recibieron de los holandeses, cuando hasta all llegaron en 1598, el nombre de pinginos, sin duda a causa de su grasa. Pero si los pjaros bobos se llaman pinginos, cmo se llamarn en lo adelante los pinginos? El doctor J.-B. Charcot no nos lo dice y no aparenta inquietarse en lo absoluto por ello.

Est bien. Consintamos en que los pjaros bobos se conviertan en pinginos o vuelvan a serlo. Por haberlos dado a conocer se adjudic el derecho de nombrarlos. Pero que al menos permita a los pinginos septentrionales seguir siendo pinginos. Habr entonces pinginos del Sur y del Norte, los antrticos y los rticos, los alcidios o verdaderos pinginos y los esfenicidios o antiguos pjaros bobos. Puede que esto confunda a los ornitlogos dedicados a describir y clasificar a los palmpedos que con seguridad se preguntarn si ciertamente un mismo nombre resulta conveniente a dos familias que se hallan cada una en uno de los polos y que difieren en varios aspectos, especialmente en lo que se refiere al pico, las aletas y las patas. En cuanto a m concierne, me acomodo sin problemas a esta confusin. Entre mis pinginos y los del seor J.-B Charcot, cualesquiera que sean las diferencias, las semejanzas resultan ms numerosas y ms significativas. Tanto stos como aqullos se hacen notar por su apariencia grave y plcida, cmica dignidad, confiada familiaridad, bonhoma socarrona, modales a la vez torpes y solemnes. Unos y otros son pacficos, muy parleros, vidos de espectculos, interesados en los asuntos pblicos y, tal vez, un tanto celosos de los puestos jerrquicos.

Mis hiperbreos, a decir verdad, no tienen las aletas escamosas, sino cubiertas de un plumaje ralo; aunque sus patas estn situadas algo ms adelante que las de los meridionales, caminan de la misma forma, presentan el pecho erecto, la cabeza erguida, balancean el cuerpo con dignidad y en su pico sublime (os sublime) no reside la causa del error en el que cay el apstol cuando los tom por hombres.

Debo reconocer que esta obra pertenece al gnero de la historia tradicional, de la que presenta el devenir de los acontecimientos cuyo recuerdo se ha conservado, y que indica, hasta dnde es posible, las causas y los efectos, lo que hace de ella ms un arte que una ciencia. Se dice que esta forma de proceder ya no satisface a los espritus que buscan la exactitud y que a la vieja Clo hoy la toman por embustera. Considero que en el futuro se podr contar con una historia ms precisa en lo que se refiere a las condiciones de vida y que nos ensear lo que un pueblo, en una poca determinada, produjo y consumi en el conjunto de sus actividades. Esta historia ya no ser un arte, sino una ciencia, y aportar la exactitud de la que carece la anterior.

Pero para constituirse necesitar de una abundancia de estadsticas de la que an no disponen todos los pueblos y particularmente los pinginos. Es posible que las naciones modernas algn da provean los elementos para escribir una historia de este corte. En cuanto al pasado, temo que habr que contentarse con un relato a la antigua usanza. El inters de tal relato siempre depende de la perspicacia y de la honestidad del narrador.

Como ha dicho un gran escritor de Alca, la vida de un pueblo es un entramado de crmenes, miserias y locuras. Algo similar ocurre con la Pinginia y las dems naciones. Sin embargo, su historia proporciona fragmentos admirables que espero haber reflejado en toda su magnitud.

Los pinginos fueron belicosos durante mucho tiempo. Uno de ellos, Jacobo el Filsofo, mostr su carcter en un breve cuadro de costumbres que aqu reproduzco, y que, no me cabe duda, no dejar de causar admiracin.

El sabio Graciano recorra la Pinginia en tiempos de los ltimos dracnidas. Cierto da atravesaba un frtil valle donde los cencerros de las vacas resonaban al aire libre y se acomod en un banco al pie de un roble prximo a una cabaa. Sentada en el quicio de la puerta, una mujer amamantaba a una criatura, mientras un mozalbete jugaba con un perrazo y un anciano ciego, sentado al sol y con los labios entreabiertos, disfrutaba la luz del da.

El dueo de la casa, un hombre joven y robusto, ofreci a Graciano pan y leche.

Luego de haber ingerido ese rstico refrigerio, el filsofo marsuino dijo:

Amables habitantes de un hermoso pas, os doy las gracias. Aqu todo respira jbilo, concordia y paz.

Mientras esto deca, pas un pastor que tocaba su gaita.

Qu meloda tan impetuosa! expres Graciano.

Es el himno de guerra contra los marsuinos respondi el campesino. Aqu todo el mundo lo canta. Los nios lo aprenden antes de hablar. Todos somos buenos pinginos.

No os llevis bien con los marsuinos?

Los odiamos.

Cul es la razn para que los odiis as?

Y lo preguntis? No son los marsuinos nuestros vecinos ms cercanos?

As es.

Pues es por eso mismo que los pinginos odiamos a los marsuinos.

Es esa una razn?

Claro est. Quien dice vecinos dice enemigos. Observad el campo que colinda con el mo. Pertenece al hombre al que ms aborrezco en el mundo. Despus de l mis peores enemigos son los que viven en la aldea que est en la otra vertiente del valle, al pie del bosque de abedules. En este estrecho valle, cerrado por todas partes, slo existen esa aldea y la ma: son enemigas. Cuando nuestros mozalbetes se encuentran con los de enfrente siempre se injurian y se lan a golpes. Y no queris que los pinginos sean enemigos de los marsuinos! Desconocis lo que es el patriotismo? En cuanto a m, dos son los gritos que afloran a mis labios: Vivan los pinginos! Mueran los marsuinos!

Durante trece siglos, los pinginos guerrearon con todos los pueblos del mundo con un ardor constante y diversa fortuna. Luego, en tan slo unos aos, le perdieron el gusto a lo que tanto les haba agradado y dieron muestras de una muy marcada preferencia por la paz que expresaban con dignidad, no cabe duda, pero con una acentuada sinceridad. Sus generales se acomodaron sin dificultad a esta nueva situacin. Todo su ejrcito: oficiales, suboficiales y soldados, reclutas y veteranos, la aceptaron gustosos. Slo dos escritorzuelos, los ratones de biblioteca y otros mancos mentales hicieron patente su desconsuelo.

El mismo Jacobo el Filsofo compuso una suerte de relato moral en el que mostraba con comicidad y fuerza las diversas acciones de los hombres. En l incluy numerosos episodios de la historia de su pas. Hubo quien le pregunt por qu haba escrito este remedo y qu beneficio consideraba que le renda a la patria.

Uno muy grande respondi el filsofo. No ms vean sus actos expuestos as, al desnudo y despojados de todas las lisonjas, los pinginos podrn extraer un juicio ms certero de ellos y en lo adelante sern ms juiciosos.

Habra querido no omitir nada en esta historia de todo aquello que puede interesar a los artistas. En ella podrn hallar un captulo dedicado a la pintura pingina en la Edad Media, y si este captulo no est tan completo como habra deseado, la culpa no es ma, como podrn comprobar al leer el terrible relato con el cual concluyo este prefacio.

En el mes de junio del pasado ao, tuve la idea de consultar acerca de los orgenes y el desarrollo del arte pingino al ya fallecido Fulgencio Tapir, el sabio autor de los Anales universales de la pintura, la escultura y la arquitectura.

Cuando entr a su despacho, tuve ante m, sumida en un espantoso montn de papeles, la figura de un hombre de corta estatura y una avanzada miopa, cuyos prpados batan constantemente tras sus gafas doradas.

Para suplir el defecto de sus ojos, su prolongada nariz mvil, dotada de un tacto exquisito, exploraba el mundo sensible. Valindose de este rgano, Fulgencio Tapir entraba en contacto con el arte y la belleza. En Francia resulta habitual que los crticos musicales sean sordos y ciegos los crticos de arte. Esto les permite la interiorizacin necesaria para el desarrollo de las ideas estticas. Creis que si dispusiera de ojos hbiles para percibir las formas y los colores en los que se cobija la misteriosa naturaleza, Fulgencio Tapir se habra elevado, sobre una montaa de documentos impresos y manuscritos, hasta la cumbre del espiritualismo y habra concebido esa vigorosa teora en la que convergen las artes de todos los pases y de todas las pocas en el Instituto de Francia, su fin supremo?

Las paredes del despacho, desde el piso hasta el techo, estaban tapiadas por carpetas rebosantes, abultados legajos, cajas repletas de innumerables fichas, que yo contemplaba con una mezcla de admiracin y terror, pensando que aquellas cataratas de la erudicin podan despearse en cualquier momento.

Maestro dije con voz emocionada recurro a vuestra bondad y saber, ambos inagotables. Estarais dispuesto a guiarme en mis arduas investigaciones sobre los orgenes del arte pingino?

Caballero me respondi el maestro, poseo todo el arte, me entendis? Todo el arte en fichas clasificadas alfabticamente y por materias. Para m constituye un deber poner a vuestra disposicin todo lo que concierne a los pinginos. Subid esa escalerilla y sacad la caja que veis all arriba. En ella encontraris todo lo que necesitis.

Obedec temblando. Pero, no haba acabado de abrir la maldita caja, cuando unas fichas azules se salieron de ella y, resbalando entre mis dedos, comenzaron a esparcirse por el aire. Casi de inmediato, por simpata, las cajas vecinas se abrieron y de ellas salieron a borbotones chorros de fichas rosadas, verdes y blancas. Unas tras otras, de todas las cajas comenzaron a esparcirse fichas de diversos colores acompaadas del murmullo que se escucha en abril proveniente de las cascadas que se deslizan por el flanco de las montaas. En un minuto cubri el piso una espesa capa de papel que no cesaba de aumentar de segundo en segundo. Hundido hasta las rodillas, Fulgencio Tapir, con las narices alertas, observaba el cataclismo. Reconoci la causa de aquel desastre y palideci espantado.

Cunto arte! dijo como en un gemido.

Lo llam, me inclin para ayudarlo a subir por la escalerilla para que se salvara de la inundacin. Pero ya era demasiado tarde. Agobiado, desesperado, en un estado lamentable, pues ya haba perdido su gorra de terciopelo y sus gafas de oro, intentaba en vano luchar contra aquella marea que le llegaba a las axilas. De pronto, una tromba espantosa de fichas se elev y lo envolvi en un torbellino gigantesco. Entonces vi, durante un segundo, en medio del remolino, el crneo liso del sabio y sus manitas gordas. Despus el abismo volvi a cerrarse y el diluvio continu por un momento, a lo que sigui el silencio y la inmovilidad. Amenazado con ser tragado tambin con mi escalera, escap saliendo por el cristal ms alto del ventanal.

Quiberon, 1 de septiembre de 1907

G. Lecointe, En el pas de los mancos. Bruselas, 1904, en 8.

J.-B. Charcot, Diario de la expedicin antrtica francesa. Pars, 1905, en 8.

Libro relacionado:

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Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-isla-de-los-pinguinos/



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