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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-01-2006

Carta del cmara de Al Jazira, preso en Guantnamo, a su abogado britnico Clive Stafford
Castigado por tres granos de arroz y cuatro hormigas

Sami Muhydin al-Hajj
Al Jazzera

Traducido de la versin francesa para Rebelin por Juan Vivanco


Querido Clive:

deja que te confiese una cosa: no paro de hacerme esta pregunta: por qu me castigan? Es una pregunta obsesiva que me ronda continuamente la cabeza.

Mi historia con las sanciones empez en la crcel de Bagram. Slo nos dejaban ir al bao dos veces al da, la primera justo despus del alba y la segunda antes del anochecer, y slo puedes ir cuando te toca el turno.

Recuerdo que una vez estaba muy apurado y le cuchiche al odo al que tena delante de m que me dejara colarme. El soldado, hecho una furia, me grit: No hables! y me orden que saliera a la puerta. Me at las manos a un alambre y all me qued el resto del da, de pie, tiritando de fro. Me orin en los pantalones, para regocijo de los soldados y las putas.

Luego en Kandahar:

En pleno verano, bajo un sol de justicia y sobre un suelo abrasador, un soldado grita: T, detente, el segundo, el tercero y tambin el cuarto! Por qu hablis? Poneos de rodillas con las manos en la cabeza. As lo hicimos y nos dejaron en esa postura con un calor trrido y las rodillas sobre unos guijarros candentes hasta que uno de nosotros de desmay y los dems le socorrimos.

Una semana despus de llegar a Guantnamo los soldados se presentaron muy temprano y ordenaron a los presos que sacaran los brazos por la abertura de la puerta que serva para pasarnos la comida, porque nos iban a vacunar del ttanos, dijeron.

Cuando me toc a m les dije que antes de salir de Doha me haba vacunado del ttanos, la fiebre amarilla, el clera y otras enfermedades y que segn el mdico esas vacunas valan para cinco aos. No me haca falta repetirlas. El oficial me grit que no discutiera: Saca el brazo para vacunarte si no quieres que te lo saquemos a la fuerza!, me dijo. Me negu.

Me dejaron y luego volvieron despus de haber terminado con el barracn. Pero segu negndome a que me vacunaran. Entonces me requisaron todas mis cosas, desde la colchoneta hasta el cepillo de dientes, y tuve que acostarme en el somier durante tres das y tres noches.

Vuelvo a hacerme la misma pregunta que me atormenta: por qu me castigan?

Las curas son obligatorias? Nos hemos convertido en un rebao de ovejas que se lleva y se trae? Tenemos que aceptarlo todo sin rechistar, sin hacer ninguna objecin, sin informarnos siquiera?

Me pasaron cosas peores. Una noche me haba acostado muy pronto. Estaba extenuado despus de una sesin de varias horas en la sala de interrogatorios. Haba conciliado el sueo cuando o los gritos y las rdenes de un soldado: Saca la cabeza y las manos de la manta! Me despert sobresaltado y obedec. En efecto, tenamos prohibido cubrirnos las manos y la cabeza al dormir.

Acababa de quedarme dormido otra vez cuando el soldado golpe con fuerza la puerta de mi jaula y me grit a voz en cuello: Por qu has puesto la pasta de dientes en el sitio del cepillo? Me acus de desobedecer deliberadamente las leyes y los reglamentos militares y me orden que recogiera mis cosas. El castigo dur una semana entera.

Y vuelvo a hacerme la sempiterna pregunta: por qu me castigan? Acaso es motivo suficiente para castigarme durante una semana sin mis cosas y sin colchoneta ni manta, durmiendo sobre el somier?

Otra vez estaba tomando el desayuno, que consista en el contenido fro de una lata. Cuando termin vino un soldado a recoger los restos de comida y los sobres de plstico. Se detuvo en la puerta de mi jaula y se puso a contar los trozos de sobre y a juntarlos. De repente me grit: Dnde est el trozo que falta? Me puse a buscar entre mis cosas pero no lo encontr. Entonces se fue con el cuento a la administracin y volvi con la sentencia: mereca una sancin que sirviera de ejemplo a los dems reclusos. De modo que me quitaron mis cosas durante tres das y yo no paraba de hacerme esta pregunta: por qu me castigan, qu iba a hacer yo con un trocito de sobre de plstico?

Otra vez la providencia me reuni en el mismo barracn con Yamel el ugands, Mohamed el chadiano y Yamel Blama el britnico. Estbamos juntos, pero tambin unidos por el mismo color negro de la piel y el mismo color odioso de nuestro mono naranja. Nuestra piel negra bastaba para excitar a los carceleros, que nos hacan la vida imposible castigndonos con motivo o sin l. A menudo nos despertaban en medio de la noche con el pretexto de cachear la celda. Una noche me despertaron para un cacheo. No encontraron nada sospechoso, salvo tres granos de arroz en el suelo que haban atrado a unas hormigas. Entonces me pusieron una sancin de siete das. Lo que me oblig a hacerme la misma pregunta obsesiva: por qu me castigan? No me pareca que tres granos de arroz y cuatro hormigas fueran motivo suficiente.

Otra noche dos soldados se pararon delante de la puerta de mi jaula. Llevaban cadenas y grilletes. Golpearon violentamente la puerta y me despert asustado. Me esposaron y me llevaron al barracn Romeo, donde me metieron en una jaula despus de dejarme en camiseta y calzoncillos. Nada ms, ni siquiera jabn o cepillo de dientes.

Por mucho que preguntara nadie me explicaba el motivo del castigo, hasta que a la maana siguiente, ante mi insistencia, un responsable me dijo que estaba sancionado con dos semanas de aislamiento porque un soldado haba encontrado un clavo en el borde exterior de la abertura de aireacin de mi jaula.

Entonces le dije al responsable: Cmo iba a tener yo ese clavo, de dnde lo habra sacado y cmo habra podido ponerlo en el borde de fuera de esa abertura, y para qu?, pero me dio la espalda y se fue sin contestar a mis preguntas.

De modo que estuve 14 das sentado y evitando, por pudor, rezar mis oraciones con el culo al aire, y tuve que dormir durante 14 fras noches de invierno sobre el somier, sin colchoneta ni manta.

El acoso y las provocaciones de los soldados fueron en aumento. Una vez nos enteramos de que un soldado haba pisoteado el Santo Corn y haba dejado en l la huella de sus botas. Todos los presos se rebelaron y decidieron devolver los ejemplares del libro santo a la administracin para que no los profanasen delante de ellos, porque adems el general se haba comprometido en otra ocasin a que esa clase de provocaciones no se repetiran. Pero no cumplieron la promesa. Los presos decidieron no salir de las jaulas, ni siquiera para el paseo y la ducha tan ansiados, para que recogieran los ejemplares del Corn.

Como siempre, los responsables vinieron dando rdenes y profiriendo amenazas. Al momento llegaron las valientes fuerzas antidisturbios, que abrieron los calabozos y golpearon a los reclusos antes de encadenarlos y ponerles los grilletes. Les cortaron el pelo, la barba y el bigote y les metieron en jaulas individuales.

Como a los dems presos, a m tambin me lleg el turno. Me rociaron los ojos con un gas y luego cinco soldados me dieron una paliza, me sacaron a la zona de paseo y me tiraron al suelo. Entonces uno de ellos me agarr la cabeza y la golpe contra el suelo de cemento. Otro me dio una patada entre las cejas y me hizo una brecha. Brot la sangre y me cubri la cara. Todo eso mientras yo estaba tirado en el suelo, esposado y encadenado. Me cortaron el pelo, el bigote y la barba y me metieron en una jaula individual, baado en sangre.

Al cabo de una hora lleg un soldado y me pregunt a travs de la abertura si quera que me viera un mdico. Dije que no y me encomend a Dios, denunciando ante l la injusticia de mis carceleros. Hubo un momento en que sent que me desvaneca por la prdida de sangre, y entonces ped un mdico. Llegaron y me dieron tres puntos de sutura en el arco superciliar, me pusieron un apsito en la cabeza y me dieron somnferos diciendo que eran antibiticos. Todo eso por una abertura de unos pocos centmetros.

Me qued dormido, abatido por la tremenda injusticia de los hombres.

A la maana siguiente volv a hacerme la pregunta obsesiva: por qu me castigan?

Acaso la defensa de mi fe y mi religin es un crimen castigado con prisin? Tambin es un crimen nuestra peticin de que recojan los ejemplares del Corn para que no los profanen delante de nosotros? Por qu estoy aqu? El haber viajado a Afganistn para pasar cuatro semanas con una cmara de Al Yazira despus de la guerra de agresin contra un pueblo afgano inerme tambin es un crimen por el que merezco llevar ms de cuatro aos preso? Y adems acusado de terrorismo? Son muchas las preguntas que me bullen en la cabeza, atormentan mi espritu y chocan con la estridencia de los eslganes embaucadores esgrimidos por quienes se dicen promotores de la libertad, defensores de la democracia y protectores de la paz sobre la faz de la tierra.

http://www.aljazeera.net/NR/exeres/08DE9B0F-391A-42B4-B391-A73AE742F133.htm/



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