Portada :: Cultura
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-12-2018

Robespierre. Una poltica de la filosofa

Georges Labica
El viejo Topo


Nota de edicin. El 27 de diciembre de 1930 naca en Toulon el insigne filsofo marxista francs Georges Labica. Lo recordamos con este texto introductorio a su penetrante estudio del principal actor de la Revolucin Francesa: Maximilien Robespierre.

 

https://www.elviejotopo.com/wp-content/uploads/2018/12/Execution_robespierre_saint_just.jpg

 

INTRODUCCIN. UN PENSAMIENTO DE LO INDITO

Para qu aadir un nuevo Robespierre a una bibliografa que comporta ya algunas sumas decisivas y que no ha cesado de extenderse, a pesar de las reservas recientemente manifestadas, despus de la conmemoracin del bicentenario de la Revolucin de 1789, en relacin con el Incorruptible? Simplemente porque me ha parecido que el pensamiento poltico de Maximilien Robespierre mereca ser tomado en serio. Este es un libro de un filsofo que escucha a uno de lo suyos.

De quien conviene, de entrada, subrayar la originalidad.

El carcter propiamente innovador del pensamiento de Robespierre, aunque no tenga nada de excepcional en su poca, puesto que este carcter innovador es compartido por muchos de sus contemporneos (Saint-Just, Marat, Grgoire, Couthon, de Gouges, Billaud, Roux, Babeuf, etc.), no adquiere menos un valor emblemtico. Se trata de pensar la Revolucin en el momento mismo en que se produce, en el momento en que, a veces a tientas, a veces de forma fulgurante, ella pretende controlar intelectualmente sus actos, inventando toda una terminologa con todas sus piezas. Esto no tiene precedentes. Es difcil y ms de lo que se cree, acotar el concepto de revolucin, incluso para nosotros que nos beneficiamos del corpus marxista y de un siglo y medio de experiencias histricas y tericas. An ms lo era para Robespierre, que fue el producto de la Revolucin, literalmente hecho por ella, arrebatado por su movimiento, obstinndose tenazmente, esta vez, sin nada anlogo, en captarla, ceido a sus procesos, no habindola vista venir, ni anticipar, pero siguindola, dejndose inspirar da a da y tratando en vano, lo sabemos, asegurar su control. Marx, durante su vida, prepar la Revolucin, determin sus condiciones, previ sus actores y fuerzas motrices, estableci las vas, los fines y sugiri las perspectivas, pero no la hizo. Se como sea y a pesar de sus compromisos episdicos o marginales, l fue nicamente un espectador, en 1848, como bajo la Comuna. Lenin, desde los ltimos aos del siglo XIX, prepara el octubre sovitico, que es su creacin, la culminacin del trabajo sin des can so de dos decenios. Hizo la Revolucin que tena en la cabeza y cuyo advenimiento le sorprendi en plena redaccin, suspendida inmediatamente, de El estado y la Revolucin, que pona las bases de su porvenir y expona sus etapas. l dirigi la Revolucin segn sus principios, fund un nuevo tipo de poder, gobern la sociedad, promulg las reglas de acuerdo con sus posibilidades y midi sus contradicciones. An ms: adopt los medios para su universalizacin, fundando la Internacional comunista. Orquest su defensa, asegur su ejemplaridad, mundializ su prctica.

Nada que ver con Robespierre. En 1775, a los diecisiete aos, el brillante alumno del colegio Luis el Grande, vio como se le confiaba el honor de recitar el cumplido de costumbre a la joven pareja real, Luis XVI y Mara Antonieta. El 26 de abril de 1789, era un abogado de treinta aos, que gozando de una notoriedad local de buen gusto, bien integrado en su medio, miembro de la Academia de Arras y orgulloso de pertenecer a la Sociedad de los Rosati, donde hace ri mas gentilmente, fue elegido diputado del Tercer Estado de Artois en los Estados Generales. En contraste con los grandes tenores, con la reputacin ya adquirida, fuera cual fuera, los Condorcet, La Fayette, Barnave, Siys o Mirabeau; a diferencia de Marat, del cual estar tan prximo, que haba publicado, catorce aos antes, su Las cadenas de la esclavitud (1774), Robespierre solo es alguien annimo, entre otros miles. Sus intervenciones en la Constituyente, aunque numerosas, pasarn desapercibidas. As, l nacer con la Revolucin, al mismo tiempo que ella, y ser el ms intransigente en encarnarla hasta su muerte.

Es justo decir, con el conjunto de sus intrpretes, que su existencia se confundir totalmente con la trayectoria de la Revolucin (1) desde 1789 hasta 1794, desde su primera toma de palabra, el 18 de mayo de 1789, a la ltima, el 26 de julio de 1794 (8 de Thermidor). Con su ejecucin, como dir Laponneraye, y tantos otros despus de l: La Revolucin se par y volvi sobre sus pasos (Robespierre, p. 22). El 7 de enero de 1795, la panadera Pommier hizo, ante el estupor de sus clientes, que la denunciaron, esta constatacin: Desde que asesinaron a Robespierre, se hizo la contrarrevolucin (2). Entendmoslo: la Revolucin en su radicalidad. A la que, consciente y voluntariamente, Robespierre consagr y sacrific su vida. l lo experimentaba y lo anunciaba, desde los primeros versos en los Rosati:

El nico momento crucial del justo, en su ltima hora,

Y el nico del que entonces ser desgarrado,

Es ver, murindose, la plida y sombra inquietud

Destilar en mi frente el oprobio y la infamia

De morir por el pueblo y de ser aborrecido por l (3).

https://www.elviejotopo.com/wp-content/uploads/2018/12/rob1.jpg

 

 

l lo repetir constantemente, no sin un cierto masoquismo, hastaclos ltimos discursos en el club Jacobino (No me veris mucho tiempo) y en la Convencin (Qu amigo de la patria puede querer sobrevivir). Hasta el punto que su fin es asimilable a un suicidio poltico deliberado. No es menos exacto reconocer que el Incorruptible epteto que se impone desde la primavera de 1791 fue objeto, por esa razn, de una popularidad sin igual, y quizs como lo asegura Massin, amado por el pueblo de Francia como ningn jefe poltico, ningn gobierno de su tiempo (p. 6) (4). Lo testimonian sus elecciones, de las cuales la ltima, casi unnime, a la presidencia de la Convencin (6 de junio 1794), y el hecho de que l transitaba siempre, incluso en los peores momentos, a pie, sin proteccin.

El pensamiento de la Revolucin, hay que insistir en ello, el pensamiento de un fenmeno tan global como el de la Revolucin francesa, no tiene, hablando estrictamente, un predecesor. De ah el emprstito por parte de los hombres de 1789, a las figuras legendarias de la Antigüedad romana. Robespierre fue perfectamente consciente de esta novedad. En abril de 1789, en su Dedicatoria a los manes de Jean-Jacques Rousseau, l evoca la peligrosa carrera que una Revolucin increble acaba de abrir ante nosotros (subrayado por G.L.). l declara, el 25 de diciembre de 1793: la teora del gobierno revolucionario es tan nueva como la Revolucin que la ha trado. No hay que buscarla en los libros de los escritores polticos, que no han previsto de ninguna manera esta Revolucin, ni en las leyes de los tiranos que, contentos de abusar de su poder, se ocupan muy poco de buscar su legitimacin. Lo nuevo, es la autocreacin revolucionaria, la primera repblica del mundo (noviembre de 1793), que da a Francia, dice en embargado por el entusiasmo, dos mil aos de adelanto sobre la especie humana. Es la era francesa y su absoluta novedad, que Destutt, en su Gramtica, opone a Montesquieu. La primaca y la originalidad de la Revolucin francesa, en relacin con la revolucin americana, fueron saludadas igualmente por Condorcet y por Burke.

Nadie estuvo ms convencido de ello que Robespierre: Los Franceses son el primer pueblo que ha establecido la verdadera democracia, llamando a todos los hombres a la igualdad y a la plenitud de los derechos del ciudadano (4 de febrero) de 1794.

El ltimo aspecto, tambin l adecuado a lo indito que nos llama la atencin: la elocuencia de Robespierre, es decir su obra. No se trata de considerar aqu su estilo oratorio, tema controvertido, a pesar de que, si es cierto, como dice Korngold, que l fue el dolo del bello sexo ms que cualquier otro hombre de la Revolucin y que cada vez que l tomaba la palabra, las mujeres se atropellaban en las tribunas (p. 27; igualmente, p.64, 85, 245), debemos, por lo menos, atribuirle la elocuencia del corazn. No es significativo que alguien que era, ante todo, un asceta, un virgen, que suscita algunas pasiones (la de su hermana, Charlotte, la de la seorita Duplay), cuya vida sentimental fue sin duda inexistente, por causa de la revolucin haya seducido con su palabra a las mujeres de su tiempo? Pero se trata de levantar acta de que Robespierre fue, por excelencia, un hombre de palabras y nicamente esto. Desde sus alegatos de joven abogado hasta sus largas exposiciones en la Convencin, 100 intervenciones a la Asamblea en 1790, ms de 300 en 1791 (Guillemin, p.71), de 250 a 300 bajo la Convencin, 200 en 144 sesiones del Consejo general de la Comuna (Bouloiseau A, p. 18-19), he aqu su obra, completada por los artculos de su diario El Defensor de la Constitucin, por las cartas, por un Carnet y por Notas, publicadas por Mathiez. En total un millar de discursos, muchas veces redactados con cuidado, repetidos al menos dos veces en el mismo da, en el Club y en la Asamblea, reproducidos oficialmente y difundidos en toda Francia, otras veces improvisados, a medida de las coyunturas y de los debates. No eran obras acabadas, aunque muchos textos, sobre todo los de la Convencin (lo veremos ms adelante), merecen ampliamente este estatuto, mientras que Marat, que tena quince aos ms que l escribi diversos libros antes y durante la Revolucin, igual que Saint-Just, que tena quince aos menos. He aqu otra singularidad, el pensamiento de la Revolucin, su palabra, se casa con su desarrollo, hecho de sobresaltos, se pega a sus actos, discurre sobre ella, la sostiene y la desaprueba, busca su coherencia e intenta comprenderla tericamente, sin antecedentes que la prefiguraran, sin consecuencias que fijasen su figura. La cancioncilla popular de 1792, ltimo cumplido a M. Petion, sin duda tiene razn:

Es el hombre ms elocuente

Despus de Robespierre (5)

A estas especificidades probadas que definen el pensamiento poltico del principal actor de la Revolucin, est consagrado este libro.

Notas:

     

(1) No fue el caso, lo sabemos, ni de Mirabeau, ni de Condorcet, ni de Danton, ni de Marat, ni de Hebert, desaparecidos, durante el camino, de diversas maneras tampoco el de Saint-Just, ausente al inicio.

(2) Citado por D. Godineau, Les tricoteuses, Pars, Alina, 1988, p. 292.

(3) M. R. Oeuvres, t. I, p. 246.

(4) Robespierre fue, escribe Soboul, y contina siendo el Incorruptible, el nico entre nuestros hombres polticos, desde casi dos siglos, en haber merecido este ttulo (p. 225).

(5) Chansonnier Rvolutionnaire, d. De M. Delon y P.-E. Levayer, Pars, Gallimard, 1989, p. 83.

     

Introduccin del libro de Georges Labica Robespierre. Una poltica de la filosofa.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/robespierre-una-politica-de-la-filosofia/



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter