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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-01-2019

La guerra de los cerdos y la poltica tribal

Jorge Majfud
Rebelin


Para distraer la atencin del asalto global del 0,1 por ciento de la poblacin mundial, tenemos una creciente Guerra del Cerdo (novela de 1969 de Bioy Casares) pero extendida a los extremos ms diversos que el novelista argentino nunca imagin: jvenes contra viejos, blancos contra negros, latinos contra anglos, gordos contra flacos, camioneros y mineros contra universitarios, bebedores de cerveza contra abstemios, veganos contra vegetarianos y vegetarianos contra carnvoros, feministas de la primera ola contra feministas Instagram contra hombres, machistas contra feministas, hombres contra mujeres, lesbianas contra heteros y heteros contra gays, conductores de Ford contra conductores de Chevrolet, contra barbudos de Harley-Davidson contra profesores sin barba, inmigrantes de tercera generacin contra inmigrantes de primera, amante de las armas y creyentes en Saturno contra creyentes en Urano. Odiadores buenos contra odiadores malos (odiadores, haters, otra palabreja intraducible defecada en el centro del mundo para consumo de la periferia).

A principios de este siglo (todava con cierto optimismo en una nueva forma de democracia radical, directa, de una sociedad desobediente liberada de sus grandes lderes y de las manipulaciones de la aristocracia financiera) comenzamos a publicar sobre el regreso de Las fronteras mentales del tribalismo (2004, tribal, en el sentido europeo de la palabra, porque las tribus salvajes que encontr en frica eran lo ms civilizado y pacifico que conoc en mi vida), sobre la nueva Cultura del odio (2006) y sobre el posible regreso de los monstruos occidentales (El lento suicidio de Occidente, 2002) como el fascismo, la arrogancia y la intolerancia hacia el otro. El ms reciente artculo La opinin propia y otras banalidades (2015), por entonces ledo como stira, hoy es una realidad: las mquinas fcilmente pueden opinar por cada individuo basadas en sus hbitos consumistas o en su posicin social, racial, etc.

Pero todava podemos especular que toda esa mentalidad medieval que se ha instalado en el mundo puede ser solo una reaccin a un movimiento histrico mayor, profundizado en los sesentas o, en el peor de los casos, un ciclo histrico en s mismo que ha llegado para quedarse por muchos aos. (No creo tanto en esto ltimo. Lo ms probable es que en unas dcadas estemos hablando de una reaccin de los de abajo. Todava no hemos cruzado la inevitable lnea de quiebre y no va a ser agradable para nadie).

Los nuevos medios interactivos no han ayudado significativamente para conocer mejor al otro (al otro individuo, a la otra cultura) sino, probablemente, lo contrario.

Por qu? Qu pas?

Muchos aos atrs, con una mirada exterior desde dentro de la gran potencia, nos sorprenda que en Estados Unidos uno pudiese adivinar la afiliacin poltica de una persona con slo mirarla a la cara, con verla caminar, sin necesidad de que dijera una sola palabra. Ese aparente absurdo es actualmente la tendencia de moda en el mundo.

No previmos que uno de los monstruos reprimidos a los que nos habamos referido antes de ese momento y que nos definen como seres humanos, opuesto al altruismo, a la bsqueda de justicia y convivencia, se iba a potenciar gracias a los mismos medios de interaccin. Me refiero al ego ciego, a la necesidad de sentirse superior al resto a cualquier precio, al sndrome Trump en cada individuo como fuente ilusoria de placer (ya que no de felicidad) que solo provoca ms ansiedad y frustracin.

En otras palabras, es la poltica de las antes mencionadas tribus (los nacionalismos) y de las micro tribus (las burbujas sociales). Muchas veces, burbujas prefabricadas por la cultura del consumo.

A partir de esta atomizacin de la poltica y de la sociedad en tribus, en microburbujas, nuestra cultura global se ha convertido en algo crecientemente toxico, y el odio al otro en uno los factores comunes que la organiza. Odio e inevitable frustracin exacerbada por la lucha por el reconocimiento social, por la fama de cinco minutos, por el deseo de convertirse en virus por alguna frivolidad, por la necesidad de visibilidad, antigua palabra y obsesin de la cultura estadounidense antes de ser adoptada como propia y natural por el resto del mundo. (Hace unos meses, una diputada uruguaya de nombre Graciela Bianchi, no una milenial sino una seora mayor, se defenda del cuestionamiento de un periodista argentino sobre los fundamentos de sus declaraciones diciendo que ella tena mucha visibilidad en su pas.)

Pero como no todos los individuos pueden ser famosos, influencers (mucho menos cuando el individuo ya no existe, cuando es un ente plano, estndar, repetido con mnimas variaciones que cada uno considera fundamental), la necesidad de reconocimiento individual se proyecta en un grupo mayor, en la tribu, en los irracionales sentimientos nacionalistas o raciales donde la furia por una bandera de un pas o por la bandera de un club de futbol casi no difieren sino en escala. As, si hasta un individuo llamado Donald Trump, un millonario que ha llegado a ser presidente del pas ms poderoso del mundo, necesita humillar y degradar al resto para sentirse superior, no es difcil imaginar lo que pasa por el msculo gris de millones de otros abstemios con menos suerte.

La idea humanista de igualdad-en-la-diversidad, el paradigma que ms recientemente defini la Era Moderna (aparte de la razn y el secularismo) y que fuera una novedad absurda hasta el siglo XVIII, ha perdido, de repente, gran parte de su prestigio.

Aunque parezca absurdo, los pueblos se cansan de la paz, se cansan de la justicia, se cansan de la solidaridad. Por eso necesitan, cada tanto, un gran conflicto, una catstrofe, para volver a dejar de lado la rabia y el orgullo fallaciano, esa toxina del individuo, de la raza, de la tribu, del grupo en funcin a un enemigo y volver a preocuparse por los valores de la justicia y la sobrevivencia colectiva.

Por esta razn, son posibles ciertos perodos de paz y solidaridad mundial, pero la humanidad en s est condenada a la autodestruccin, ms tarde o ms temprano. La naturaleza humana no se conforma con descargar sus energas ms primitivas en los estadios de futbol, en las elecciones presidenciales, sino que necesita humillar, violar y matar. Si lo hacen otros en su nombre y con una bonita bandera, mucho mejor.

La historia seguir escribindose en la eterna lucha del poder contra la justicia, pero la arrogancia moral, el egosmo, individual o colectivo, siempre tendrn la espada de Damocles en su mano. La novela La ciudad de la Luna, publicada tardamente en 2009, fue una metfora clara del mundo que vino despus, de este nuevo medievalismo en el que nos vamos hundiendo lentamente como Calataid se hundi en las arenas del desierto mientras sus integrantes se odiaban unos a otros en sectas que se consideraban la reserva moral del mundo.

No, no fue una sorpresa de la historia.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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