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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-01-2019

Poltica de las emociones: marea negra, marea amarilla

Albert Recio Andreu
mientras tanto


I

Pensbamos vivir en un pas diferente, donde la respuesta a la crisis y la globalizacin, en lugar de favorecer el crecimiento de la extrema derecha, haba generado la nueva izquierda de Podemos. Pero esto fue hace cuatro aos, cuando tambin en otros pases pareca que poda ocurrir lo mismo; cuando Syriza triunfaba en Grecia, cuando se constitua el tripartito portugus, cuando Bernie Sanders y Jeremy Corbin eran estrellas en ascenso, y cuando la nueva izquierda espaola estaba a punto de obtener el control de importantes ciudades del pas.

Pero cuatro aos son muchos, y entretanto ha habido situaciones que han activado al sector ms tradicional de la poblacin espaola. Catalunya en primer trmino, pero tambin el tema de los refugiados y el temor a una avalancha migratoria, temor que es difcil de sostener con datos estadsticos pero que constituye un reclamo poderoso para las mentes influenciables (sin olvidar el miedo que genera entre los machos alfa la nueva fase de movilizacin feminista). Los independentistas catalanes son culpables de sus propios errores, pero es indudable que su revuelta ha posibilitado que la derecha pura y dura haya encontrado una va de activacin de una base social dispuesta a ello.

Por el contrario, la izquierda ha perdido atractivo y desmovilizado a sus bases. Parte de este desencanto obedece al simple hecho de que no se cumplieron las expectativas de victoria en las elecciones generales. Los votantes de izquierdas a veces parecen comportarse como los inversores financieros que huyen de las empresas que no consiguen cumplir unas expectativas demasiado optimistas, aunque sus resultados financieros sean buenos. Parte de este extraamiento es fruto de la incapacidad de la izquierda organizada para resolver adecuadamente sus conflictos internos, para gestionar su inevitable diversidad y para evitar, demasiadas veces, que la disidencia se convierta en un conflicto mayor (y, lo que es peor an, de la pulsin de muchos lderes a generar un conflicto poltico cada vez que sienten que sus mritos no son reconocidos).

Se debe tambin a que el espacio de Unidos Podemos ha sido incapaz de trasladar a parte de las bases la necesidad y oportunidad de un proyecto comn, y a menudo han proliferado los sectarios ms interesados en mantener su pequea parcela de poder que en desarrollar una lnea de accin colectiva. Y es consecuencia tambin de que la gestin realizada en los grandes ayuntamientos no ha provocado los cambios radicales que la gente crea. Esto ltimo quiz sea en lo que menos responsabilidad tienen quienes han gestionado las instituciones, aunque sin duda pecaron de voluntarismo y pensaron que bastaba con acceder al poder municipal para realizar transformaciones profundas. En su defensa hay que reconocer que han hecho bastantes cosas (en mi ciudad, lo ms relevante ha sido un aumento del gasto social, que ha paliado la grave situacin que padece una parte de la poblacin, y un aumento del gasto en movilidad que ha reducido el coste real del transporte pblico), pero estas cosas ni llegan a todo el mundo (especialmente el gasto social), ni son vistosas, ni sirven para resolver otras demandas sociales como la de numerosos equipamientos pendientes, la subsanacin de los problemas de vivienda, de la precariedad, ni han generado una ruptura total con la hegemona de los intereses especulativos. Era ingenuo pensar que ayuntamientos aislados, en un contexto de globalizacin, polticas neoliberales y parlisis institucional, podran cambiar las cosas. Y puede ser an ms errneo no reconocer estas limitaciones, no explicarlas y no elaborar una propuesta de cambios crebles que ayuden a recuperar parte del entusiasmo perdido.

Las elecciones andaluzas han sido una bofetada de realidad y un aviso. Culpar de todo ello a Susana Daz y su troupe es lo ms fcil. Su responsabilidad pasada y presente es indudable, pero el ascenso de la derecha, con un discurso netamente ultra en las tres formaciones, y la cada de Unidos Podemos no pueden ser obviadas tan simplemente. Hay que analizar cules son los procesos que activan o desmovilizan a la gente. Es la nica forma de poder desarrollar una poltica con sentido.

II

Si en Espaa noviembre ha trado la marea negra, en Francia este pas al que tanto seguimos mirando ha trado la marea de los chalecos amarillos. Un movimiento en s mismo extrao del que slo estn claras algunas cosas: su capacidad de generar incendios sociales a travs de las redes, especialmente como respuesta a una accin puntual que impacta (en este caso el anuncio del aumento del gasleo), y la ausencia de una direccin y unos objetivos claros, ms all del rechazo al poder poltico en general y a Macron en particular.

En algunos aspectos recuerda al 15-M del no nos representan. En otros, no: mientras que all hubo gora y debate (todo lo ingenuo que se quiera, pero salan ideas y propuestas), aqu hay mucha ms accin que propuestas. Presenci en directo la manifestacin de Montpellier el da 8 de diciembre (estaba ejerciendo de turista, sinceramente). Unas mil personas se manifestaban por el centro (la ciudad tiene un cuarto de milln de habitantes, y la conurbacin supera el medio milln) sin consignas ni pancartas. Se limitaban a bloquear actividades (un centro comercial, un mercadillo navideo) sin generar mayores tensiones. De hecho, el centro comercial haba sido bloqueado por la accin de un piquete de unas quince personas y la pasividad policial (nada que ver con lo que hemos experimentado en jornadas de huelga, por ejemplo delante de El Corte Ingls). Quiz mi observacin sea sesgada, quiz en Pars fuera muy diferente, quiz el da 8 la cosa ya anduviese a la baja. Pero es bastante obvio que el movimiento carece de una direccin clara. Que es ms una respuesta reactiva que propositiva. Que rene a gente que vota a Le Pen (aunque ahora parece que el partido no est por la labor, pues huele a sangre electoral) y a gente de Mlenchon, esta ltima dispuesta a apuntarse a todos los follones con el convencimiento de que estos siempre producen resultados progresistas. Ms o menos el mismo tipo de pulsiones que han llevado a muchos izquierdistas catalanes a ser abducidos por el procs, con la esperanza de que acabe provocando una ventana de oportunidad para un cambio social ms profundo. Pero raras veces este tipo de movidas evolucionan hacia procesos traducibles en polticas alternativas, en gran medida porque la espoleta que los genera se sustenta ms en valores tradicionales que en una demanda de cambio social real.

Que Macron representa un modelo de poltica desde la lite es indudable. Que sus propuestas han impactado negativamente en las clases populares, tambin. Que las movilizaciones reflejan el hartazgo por una situacin que la gente de a pie viene padeciendo desde hace tiempo, tres cuartos de lo mismo. Pero lo que resulta llamativo es la radicalidad y rapidez con que ha calado una respuesta social contra el aumento del precio del combustible, frente a, por ejemplo, la timidez y la falta de contundencia ante unas reformas laborales de mucho mayor calado.

III

En todas las mareas actuales juega un factor comn: hay algn elemento emocional que tiene un enorme impacto catalizador. Y en todos ellos se trata de un elemento que apunta a valores, creencias o experiencias conservadoras. Es evidente en los movimientos nacionalistas convergentes que se confrontan en el espacio espaol. Independentistas y unionistas apelan a una visin mtica del pas, sin contaminacin externa. Aunque en el nacionalismo cataln proliferan los grupos que se definen como anticapitalistas, su conviccin de que con la independencia todo resultar ms fcil parte del convencimiento de que Catalunya tiene una tradicin mucho ms democrtica que el resto del pas. Y si de las declaraciones de los lderes se pasa al debate con la gente que los apoya, afloran con mucha ms facilidad valores y prejuicios tradicionales. Aunque es cierto que hay una diferencia notable respecto a lo que se intuye en el votante de Vox y el votante independentista, lo que subsiste es la visin reduccionista del otro.

Pero este, el del nacionalismo identitario, es slo uno de los factores que enervan a un sector de la poblacin y lo movilizan. Hay cosas ms modernas que generan respuestas igualmente potentes. Todo lo que tiene que ver con el coche privado es una de ellas. Que la espoleta de los chalecos amarillos haya sido el aumento de los impuestos al gasleo no es una curiosidad. El coste de los carburantes ha intervenido en movimientos sociales explosivos en diversos pases subdesarrollados en los que el porcentaje de propietarios de vehculos es sustancialmente inferior. (Sin contar el relevante papel que han tenido los peajes de autopistas en la construccin de la sensacin de agravio que ha impulsado al independentismo cataln.) La reaccin airada de un sector de la poblacin cuando se toca algo que afecta al coche es algo habitual en la poltica urbana: cualquier lder vecinal puede explicar los enfrentamientos que ha experimentado cada vez que un solar es transformado en un equipamiento o una zona verde, o cada vez que se pacifica una calle (y se pierden espacios de aparcamiento), por no mencionar el debate actual que genera la implantacin de carriles bici. El coche es un ttem consumista de primera dimensin; un ttem que combina aspectos de estatus, de autonoma personal. El coche ha posibilitado un desarrollo espacial y una gestin de la vida cotidiana impensables con otro modelo de transporte, y cualquier regulacin que lo afecte impacta en la cotidianidad de mucha gente. No es casualidad que sea el mundo rural y semirrural el que responde con ms energa, pues es all donde el vehculo privado desempea un papel ms esencial en la gestin del da a da, y donde los nuevos impuestos impactan ms en el bolsillo de la gente.

Si algo de nuevo tiene el conflicto francs es que apunta a un tipo de conflictos que pueden proliferar en el futuro prximo. La crisis ecolgica empieza a mostrar sus primeros sntomas importantes y obliga a aplicar algunas regulaciones. Pero estas no son generales ni se traducen en cambios de orientacin que afecten a los intereses econmicos dominantes. Son medidas parciales que impactan ms en unos colectivos que en otros y que, lejos de propiciar una comprensin seria de la naturaleza de los problemas, lo que hace es generar agravios a sectores particulares. El de los impuestos al gasleo o el de las restricciones de trfico a los vehculos ms contaminantes son buenos ejemplos. Afectan ms a la gente con menos ingresos, que no puede renovar su equipo, que a la gente pudiente que acabar comprando los vehculos que se adapten a la nueva regulacin (de hecho, se trata de una medida pensada para que el sector automovilstico pueda prolongar su ciclo de vida), y por ello es una fuente de tensiones y respuestas virulentas; respuestas en que los polticos que adoptan medidas son fcilmente vilipendiados por miles de personas que han construido parte de su vida diaria en torno al coche.

Los polticos ultra tienen muchos campos donde fertilizar su demagogia apoyndose en los valores y las prcticas de toda la vida, creando chivos expiatorios y ofreciendo respuestas simplistas a problemas graves y complejos. Y apuntarse a este terreno con la esperanza de que, tratando de estar al frente de las movilizaciones, se conseguir encauzar la situacin hacia otro territorio es lo ms ingenuo e intil que puede hacer la gente de izquierdas. Supone ignorar a qu responden y qu dinmicas tienen las pulsiones que han generado el movimiento. Lo importante no es quin dirige sino hacia dnde se va; supone proponer una ruta alternativa a problemas reales de la gente, transformar la dinmica de las pulsiones instantneas en un proceso de reflexin y respuesta colectiva.

IV

Las emociones son inevitables en cualquier actividad social. Olvidarlas y pensar que las personas actan siempre como respuesta a una reflexin profunda e informada es intil. Lo saben muy bien los miles (o millones) de psiclogos, especialistas en marketing, que asesoran a las empresas y los grandes lderes para hacer que la gente se comporte en un determinado sentido. No siempre se consigue, pero es obvio que su papel resulta esencial para la continuidad del sistema, para la supervivencia de la cultura de la competencia individual y el consumismo.

Pero basar la accin poltica en el manejo de emociones es seguramente la mejor va para que el sistema social siga generando movimientos que no slo son incapaces de generar un proceso de verdadera transformacin e impugnacin del poder del capital, sino que a menudo conducen a verdaderas catstrofes. Conocer el papel de las emociones es tan necesario como buscar formas de accin poltica y social que reduzcan su papel. Supone de entrada replantearse el papel de los nuevos medios de comunicacin que tanta influencia estn teniendo en la generacin de respuestas reactivas, movidas de corto alcance (en cuanto a su continuidad temporal) y legitimacin de discursos reaccionarios. El 15-M tuvo la virtud de generar un debate sobre la democracia, pero, inevitablemente, predominaron las respuestas simplistas y la ingenuidad. Ahora toca revisar la experiencia y buscar salidas frente a la suma de mareas que pueden anegar cualquier posibilidad de avanzar hacia sociedades democrticas, igualitarias y ecolgicamente sostenibles. Y me temo que algunas de las respuestas deben darse con urgencia, pues alguna de las mareas amenaza en el horizonte.

Fuente: http://www.mientrastanto.org/boletin-175/notas/politica-de-las-emociones-marea-negra-marea-amarilla



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