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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-01-2019

Los trminos de la libertad de expresin

Antonio Lorca Siero
Rebelin


Pudiera resultar paradjico decir que en la poca del progreso tecnolgico incontenido, de los derechos humanos crecientes y de un conglomerado de ilusiones ms, la libertad de expresin no existe, porque no sera exacto. Sabido es que para alabar a quien se sienta afectado por su libre ejercicio, esta forma de practicar la libertad no tiene lmites, mientras que para criticarle, la cosa se complica. Por lo que en este caso el cacareado progreso, si se desciende a la arena de la realidad, por un lado, puede ser que avance en lo que se refiere a la tecnologa, mientras que, por otro en lo que afecta a la civilizacin no prefabricada, est detenido, y a ratos caminando hacia atrs.

Para examinar los trminos en los que se hace posible practicar la libertad de expresin hay que echar un vistazo al tema desde el punto de vista de dos posiciones sociales clsicas: las elites del poder poltico y las masas gobernadas.

Los que ejercen el poder apenas tienen problemas con la libertad de expresin de los individuos, porque si surgen, pronto dejan de serlo, ya que para resolverlos cuentan con el instrumental de la censura, siempre vigente, pese al mito de la libertad que flota en el ambiente. No se emplea con la misma intensidad, ya que se mueve conforme a las necesidades del momento; si la cosa puede resultar preocupante, se torna enrgica, y si solo es meramente anecdtica, pasa a ser laxa, para que pueda decirse que eso de la libertad es algo ms que simple publicidad. Cuando el tema toca los planteamientos bsicos del poder, se acude a las leyes represivas para que rueden cabezas. Lo habitual es que si se emplea la censura para imponer la ley del silencio, basta con colocar la mordaza a cuanto pretenda difundirse en trminos que contraren la doctrina del grupo que a la sazn ejerce el poder. Para declarar la vigencia del mito de la libertad de expresin algunas veces no es preciso acudir a la censura, basta con hacer uso del silencio para con el contestatario. Es el caso de los francotiradores, a los que si se les cortan los cauces de expresin, si se consigue que nadie les escuche, a base establecer cotos cerrados para la opinin y zancadillas para la difusin, ya no hay problema. Si se escapan de control o hay inters en ejemplarizar, los gobernantes echan mano de las leyes e incluso, cuando se contravienen los intereses doctrinales acuden a la sancin penal. Finalmente, si el asunto les desborda abiertamente, no dudan en perpetrar un crimen de Estado ejemplos palmarios de este ltimo recurso para silenciar la libertad de expresin los hay, basta con que quieran verse. Tales crmenes se tratan de cometer con suma discrecin, a cobijo de la propaganda y de la publicidad, y pretenden justificarse en base al peso del dinero y los intereses polticos. En suma, la libertad de expresin es una realidad formal siempre presente y permanentemente ausente en lo esencial, condicionada a seguir los mandatos de la doctrina oficial.

En el caso de que los protagonistas de la contralibertad de hablar se encuentren entre las masas, los ataques frente a la libertad de expresarse vienen desde los individuos o los grupos de intereses pidiendo amparo al poder porque se ha ofendido su honor, su dignidad o su buen nombre. Entonces se aplica la justa represin la crcel, las multas, las indemnizaciones, las injusticias, el ostracismo moderno,... , simplemente por expresar alguien lo que piensa. Incluso parece intuirse que a lo que se aspira con la represin no es restablecer el imaginario y trasnochado derecho al honor de la vctima, sino a imponer el pensamiento acrtico por decreto, si se desliza al margen de la doctrina oficial. As el ofendido ve restablecido su honor desde la venganza y se siente satisfecho, porque al culpable se le ha metido en prisin por ofenderle o se le ha dado un escarmiento, a menudo simplemente por opinar sobre el mundo y sus personajes. Se habla del honor, pero el honor no est en lo que piensan los otros, sino en uno mismo, en su propia conviccin, lo otro es apariencia. Los dems son libres de pensar y de decir lo que quieran; si dicen que digan, aunque pudiera ser que no dijeran, en todo caso ese sera su problema. No hay ofensa si nadie se da por ofendido, y an as, las ofensas son como el humo, porque se las lleva el viento, y solo permanecen en aquellas mentes donde anida permanentemente el resentimiento, la envidia y el nimo de venganza. En consecuencia, para la particularidad, la libertad de expresin suele ser entendida como un derecho que permite opinar sin limitaciones, en general de los otros, pero pasa a ser una prohibicin si la de los otros afectada desfavorablemente a su propia sensibilidad.

A pesar de lo que digan los entendidos que hay muchos, variados y sabios las palabras son inofensivas por s mismas porque no tienen vida propia ni portan el germen de la violencia, simplemente son instrumentos que transmiten ideas, poca cosa ms. Decir se puede decir, pero no basta con decir, se trata de hacer, que es algo ms palpable y real. En caso contrario la palabra oral o escrita queda flotando en el aire como parte de la contaminacin ambiental que afecta a la existencia. Y as resulta que, pese a lo que diga la doctrina oficial, no hay apologa del mal ni del bien ni calumnia ni injuria ni mentira ni odio, solo debilidad mental del que se siente ofendido, porque no tiene en cuenta que se trata de simples palabras. La violencia solo reside en el espritu de quien se siente violento y permanece dispuesta para utilizarla como disculpa para ejercer su propia forma de violencia. En el caso del poder, la mordaza o la pena son simples actos de venganza contra el crtico del sistema y, en los dems afectados, se trata de la misma venganza, pero en esta ocasin no por razones polticas, sino por no haber sido alabados. Lo que no pasa de ser un sentimiento, y all cada uno con sus cosas y sus credos.

Lo trascendente es que cuando falla la libertad de expresin o se ponen obstculos para exteriorizar las impresiones individuales, al final resulta que no hay crtica, y sin ella no cabe progreso real. Si no hay posibilidad de opinar, se encierra al individuo en su individualidad, se cultiva la hipocresa como valor social y se fomenta la apariencia confundida como exponente de civilizacin. Opinar no siempre es cantar las virtudes, sino trasladar al otro lado las impresiones razonadas del individuo, por lo que privar de la opinin supone retornar al oscuro pasado de la humanidad. Sin embargo, el hecho es que hablar en trminos de opinin ha quedado reducido a invitar a expresarse en lnea con la apariencia dominante, con lo que parece ser que la nica va que se ofrece es no opinar, no decir nada, o seguir los mandatos de la doctrina oficial sin rechistar y dedicarse a los complacientes ecos de sociedad.

 

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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