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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-01-2019

La izquierda se equivoc cuando se sum al pensamiento post moderno
Regresa el sujeto histrico con los chalecos amarillos?

Susan Roberts
Krtika


Si alguien me preguntara el significado de la poltica, dira que se refiere a la disputa por el poder; es decir, la poltica es agonista, incluso antagonista. Y si esto es as, la poltica lo que debe cuestionar es el equilibrio de poder entre los diferentes intereses de clase. Como Marx reconoci, el propsito subyacente de las instituciones sociales, polticas, econmicas e incluso legales de la sociedad capitalista es preservar el monopolio del poder que goza la clase propietaria del capital. Y, en consecuencia, cualquier intento de desafiar ese monopolio, en cualquier esfera, ser contrarrestado, como lo estn experimentando actualmente los chalecos amarillos en las calles de Pars.

Sealo esto porque la naturaleza de la poltica parece haber cambiado radicalmente en las ltimas dos dcadas. Me atrevo a decir que la poltica se ha vuelto ms bien apoltica. Hoy se preocupa ms por aliviar los excesos del capitalismo que desafiar al sistema en s. Las protestas contra el capitalismo global que marcaron el fin del siglo se han convertido en una tregua no incmoda, a medida que han surgido nuevos actores transnacionales para llenar y despolitizar el espacio radical anteriormente ocupado por la clase obrera. Estos nuevos actores comprenden una serie de Movimientos de Justicia Social Global (GSJM) y Organizaciones No Gubernamentales (ONG) que imponen su agenda a una sociedad civil incipiente en todo el mundo.

Si bien el rango de sus intereses particularistas es vasto, en general estn relacionados con el rechazo a una poltica independiente de la clase trabajadora. Estos movimientos tienden a ser manejados por personal de clase media occidental [1] y que muy a menudo son financiados, directa o indirectamente, por intereses corporativos occidentales [2], evitan las demandas de la poltica de clase, proponiendo, en cambio, un agenda individualista porque esta accin ejercera una autoridad moral superior. A los ojos de estos nuevos actores globales, la poltica colectiva, con sus demandas de representacin, constitucin e incluso democracia, son artefactos desacreditados de un sistema, que debe ser reemplazado por una forma ms moral de gobierno global.

La rpida multiplicacin de estos actores globales, conocedores de los medios de comunicacin, que actan de manera muy parecida a los cabilderos, al negociar concesiones en las cumbres capitalistas, no es simplemente una manifestacin cruda de un capitalismo global expandido. No es extrao, entonces, que el Banco Mundial involucre a las ONG en sus programas para promover el desarrollo en el tercer mundo. Tambin tienen una justificacin filosfica para apuntalar el surgimiento de estos movimientos pospolticos y la consiguiente sustitucin del sujeto colectivo centrado en la poltica de clase por un socio apoltico ms complaciente.

Mientras los neoconservadores se han empeado en hacer retroceder al Estado (acogiendo la influyente obra del filsofo neoliberal John Rawls, que anunci la primaca del individuo autnomo [3]) lo que parece ms sorprendente es que los nuevos socios del capitalismo global son, en gran medida, una creacin de la izquierda.

Fue el abrazo de la izquierda del pensamiento posmoderno con su despreciacin de las narraciones histricas lo que ha llevado al abandono de la clase obrera como sujeto histrico o, en trminos marxistas, cuando la clase trabajadora se emancipa debe a la vez liberar al conjunto de la sociedad de la opresin de las clases dominantes.

Un corolario de esta supuesta evolucin moral en la poltica trans-global, es la depreciacin de los objetivos polticos conquistados por el trabajo organizado y sus imperativos asociados de solidaridad y comunidad: trminos que estn notablemente ausentes de los nuevos movimientos corporativos y su lxico moral.

De hecho, la difamacin de la clase trabajadora, convertido en un meme cultural desde los aos 80, ha demostrado ser una ayuda inestimable para el nacimiento de esta nueva lite apoltica. La otra anatema posmoderna es que la clase trabajadora es irresponsable. Deslegitimar las demandas de la clase trabajadora calificndola como codiciosa y egosta, ha sido relativamente fcil para los medios capitalistas. Lo que ahora se promociona, por estos medios, es un pluralismo de intereses sociales y culturales, ninguno de los cuales tiene el poder poltico, ni la voluntad de desafiar el status quo.

El gegrafo urbano, Mike Davis, discute la revolucin de las ONG bajo el ttulo Imperialismo suave, y considera que es responsable de hegemonizar el espacio tradicionalmente ocupado por la izquierda y desradicalizar los movimientos sociales urbanos. El activista de la vivienda, PK Das sostiene que el objetivo de tales movimientos es subvertir, desinformar y desidealizar a las personas para mantenerlas alejadas de la lucha de clases. Al mismo tiempo que alienta la gente a pedir favores por motivos compasivos y humanos, en lugar de hacer que los oprimidos sean conscientes de sus derechos. [4] David Chandler describe a estos actores polticos como antipolticos y elitistas [5]. Para Chandler sus acciones replican a sus antepasados misioneros: aplacar a los nativos y despejar el terreno para la expansin de la explotacin.

Sin embargo, una breve mirada a las polticas progresistas de los aos 70 demuestra que el consumismo compensatorio lanzado por los gobiernos neoconservadores, en los desregulados aos 80, que ha llevado a niveles de deuda privada sin precedentes, fue la anttesis a los proyectos socialistas surgidos una dcada antes, cuando los trabajadores haban tratado de fundar una sociedad alternativa ms all de un capitalismo destructivo y derrochador.

Un anlisis ms preciso de esos aos de disputa no es que los programas de izquierda se agotaron, sino que sus polticas nunca se implementaron. Ciertamente, en el Reino Unido, los trabajadores en huelga fueron engaados por sus propios representantes, tanto dentro como fuera del gobierno, pero tambin por el propio sistema poltico, que utiliz medios antidemocrticos para bloquear la implementacin de un cambio, necesario, irrevocable y fundamental del sistema econmico. Lo que uni todas las fuerzas de la reaccin contra los trabajadores fue la demanda de una democracia ms directa y la participacin en el proceso poltico y econmico, porque este era un desafo inaceptable, tanto para el control capitalista como para el clientelismo burgus.

Lo que ahora parece ser la tica gobernante que determina la poltica izquierdista es un cambio cultural que ha pasado de luchar por el cambio del capitalismo a aceptarlo sin cambios reales. Por lo tanto, parece oportuno reflexionar sobre la era anterior, no hace mucho tiempo, cuando una poltica de contestacin dominaba el espacio pblico y estar a la izquierda era una postura socialista, indiscutiblemente vinculada con las demandas de la clase trabajadora y la construccin de una nueva sociedad.

En el Reino Unido, en la dcada de 1970, las huelgas, las sentadas y las ocupaciones de fbricas eran eventos comunes. Hombres grises enojados, acurrucados alrededor de los braseros, eran las noticias de la noche y todos parecan estar atrapados en un debate sobre el futuro econmico y poltico del pas. Cuando Ted Heath, el primer ministro del gobierno Tory en el poder, convoc una eleccin en 1975, (despus de declarar 5 estados de emergencia), pregunt a la gente Quin gobierna Gran Bretaa?, el electorado respondi con decisin que no era l y le devolvi el gobierno al partido laborista.

Fue, de hecho, un momento de cambio. Y hubo un sentido real que un cambio fundamental era posible. Esto parece increble ahora en una era que los reality shows son lo ms destacado de la televisin del sbado por la noche. Que la silla usualmente ocupada hoy por los tipos Hollywood hubieran albergado al carismtico dirigente comunista, Jimmy Reid, para promover los intereses de la gente comn parece ahora bastante extraordinario. Pero as fue.

Lo que no es tan sorprendente, es que los medios de comunicacin de ese tiempo hayan apodado el invierno del descontento una poca en que el pas estaba al borde del colapso econmico. [6] Ansiosos por impulsar a Margaret Thatcher en la escena poltica como la gran gur neoliberal, la prensa conservadora denigr a los trabajadores en huelga y present sus demandas como codiciosas y egostas.

Sin embargo, lo que los trabajadores estaban pidiendo principalmente no era dinero, era poder y ms participacin en el proceso productivo. [7] Dado que muchas industrias manufactureras se estn cerrando, debido a una combinacin de mala gestin y falta de inversin, a pesar de los considerables subsidios del gobierno, los trabajadores podran avizorar un camino a travs de la produccin de bienes socialmente tiles, tales como mquinas de dilisis y sistemas de calefaccin eficientes para jubilados

En sus demandas de mayor participacin, los trabajadores, a travs de los Consejos de Trabajadores, presentaron estrategias industriales que reconocieron la importancia de la diversificacin, los bienes sociales, la energa verde, las limitaciones ambientales, la cooperacin y la responsabilidad de los trabajadores. En Socialism and the Environment, publicado en 1972 [8], varios aos antes de la aparicin de Green Politics, se reconoci la conexin entre la expropiacin del medio ambiente y la del trabajador, as como la necesidad de poner fin al consumismo destructivo y derrochador que contaminaba el planeta y amenazaba con hacerlo inhabitable.

Para los jvenes de hoy, la pasividad de los apolticos en lugar de la contestacin rebelde es la norma. Despus de divisiones de clase, que promovi el poder en la dcada de 1970, el sistema las ha institucionalizado y empaquetado con trayectorias profesionales para clases medias solidarias o han pasado a ser exigencias del mercado, fuera del alcance del gobierno, ya que gran parte lo que la sociedad civil fue en ese momento, ha sido destruida o privatizado.

Margaret Thatcher es recordada por su papel en la desregulacin del sector financiero y la venta de activos estatales y viviendas sociales, en un intento por crear una clase media expandida, pero su principal objetivo siempre fue la destruccin de la mano de obra organizada que reconoci como el principal desafo al monopolio capitalista.

Como vctimas del culto al individualismo que comenz a estrangular a la sociedad en la dcada de los ochenta (y del cuidado del consumidor) hoy es muy difcil para cualquier persona que crece en el capitalismo postindustrial apreciar que hace muy poco tiempo los trabajadores llamaban a la solidaridad, a la justicia, la cooperacin y a una nueva visin de la capacidad productiva en torno a un debate por la democracia en la industria, razn por la cual hubo una organizada oposicin por parte de los intereses corporativos, los medios de comunicacin, la administracin pblica y de los servicios de seguridad.

Los temores que la mano de obra organizada fuera capaz de efectuar un cambio histrico eran reales. Y la nica manera de terminar con ese desafo y asegurar su monopolio era destruir el poder colectivo de la clase trabajadora utilizando todos los medios posibles.

Estructuralmente, eso significaba domear a los sindicatos y erradicar aquellos elementos de la sociedad civil que inculcaban nociones de comunidad y solidaridad. Culturalmente, significaba efectuar un cambio radical en la percepcin que la sociedad tena de la clase trabajadora. Se impuso un visin tan negativa y dominante que pocos, independientemente de sus circunstancias econmicas, desearon ser identificados con las ideas y valores de la clase trabajadora.

Caricaturizados por medios implacables y reaccionarios, ser integrante de la clase trabajadora pronto se convirti en sinnimo de ser parte de una casta de privilegiados o un scrounger. Tambin se les imput tener puntos de vista racistas y sexistas y, con la etiqueta subclase salvaje los jvenes trabajadores fueron eliminados de toda influencia en la poltica.

Con el retiro del estado y la promocin del mantra neoconservador de responsabilidad individual, se hizo fcil presentar la pobreza y el desempleo como fallas personales. De este modo, se asegur que las etiquetas irresponsable y no aspiracional se impusieran, logrando en la prctica hacer desaparecer a los trabajadores de la escena poltica.

En La clase social en el siglo 21 de Mike Savage, publicado en 2015, se da a conocer los resultados de la mayor encuesta de clase jams realizado en el Reino Unido. Un dato importante es que con 161.000 participantes, no respondi ni un solo limpiador o trabajador en los servicios elementales. [9] De esta manera Savage reconoce que hay patrones reveladores en los resultados de la encuesta, particularmente porque hubo una excesiva representacin de hombres de negocios y profesionales de las finanzas, y que las respuestas recibidas de los CEOs son ms de 20 veces del nmero esperado.

Desafortunadamente, l no explica cul es la proporcin de encuestados que no creen pertenecer a una clase en una jerarqua de clases que desciende. Solo una cuarta parte del precariado reconocen su estado de clase baja. Mientras esto ocurre con el precariado, la mitad de la lite est orgullosa que pertenecen a su clase.

Savage sugiere que esta es una inversin fascinante de la tesis de Marx. A saber; la conciencia de clase crece entre los proletarios, porque no tienen nada que perder, sino sus cadenas. Al contrario, dice Savage; de hecho, los que estn al final son los que menos piensan que pertenecen a la clase trabajadora. [10]

Aparte del hecho obvio que lo que la gente piensa y lo que dice es a menudo muy diferente, hay que decir que nadie quiere ser parte del equipo perdedor; por tanto no hay ninguna milagrosa inversin de la tesis de Marx con esta encuesta.

Una mejor explicacin del porqu el proletariado no rompe sus cadenas es qu hay pocas posibilidades de perderlas en un momento en que su encarcelamiento se ha normalizado, es decir, despolitizado. En este momento, todo lo que se logra es recordarle su lamentable estado de olvido. La observacin de Lenin sobre la esclavitud cultural de la clase trabajadora parece ms cierta que nunca. [11]

El trabajo de Savage tambin es instructivo pues pone en evidencia la vulnerabilidad social de las clases medias y cmo la propia palabra clase ha adquirido un significado cultural: un significante de valor moral e intelectual. Sin embargo, la divisin de la encuesta en 7 divisiones de clase separadas oculta un panorama ms amplio de ganadores y perdedores, dejando a la vista la actual incapacidad dramtica de una respuesta social organizada.

Un anlisis menos confuso de esa tendencia es quizs provisto por la simple distincin social hecha por Thorstein Veblen en Los intereses adquiridos y el hombre comn. En el estudio de Veblen, el grupo de Inters adquirido de la clase capitalista tiene un margen relativamente estrecho de ganancia neta. Pero a cambio de ese beneficio moderado, afirma Veblen, se manipulan los sentimientos y las aspiraciones para aumentar las ganancias.

En todo caso, en un momento en que el capital social y cultural ha alcanzado nuevos niveles de valor de cambio (tras la colonizacin del capitalismo en la esfera cultural) el anlisis de Veblen es esclarecedor. Porque, en la era del capitalismo transnacional y la expansin de los movimientos sociales y culturales apolticos que la acompaa, hay muchos ms mrgenes de ganancia.

El abandono de la clase obrera como sujeto histrico generalmente se remonta al surgimiento del pensamiento posmarxiano / posmodernista en Francia en los aos 70, con su negacin de las narrativas histricas de carcter general. El trabajo que ha proporcionado autoridad moral y poltica para ese abandono del marxismo es Hegemona y estrategia socialista: hacia una poltica democrtica radical, de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, publicado en 1985.

En ese texto post-marxista, Mouffe y Laclau argumentan que la clase trabajadora ya no es el sujeto histrico, esencialmente porque no existe un sujeto histrico y, por lo tanto, no se le atribuye ningn privilegio ontolgico como una fuerza histrica efectiva contra el capitalismo. En cambio, sugieren que una gama de grupos de inters social (por ejemplo, feminismo, antirracismo, ambientalismo, etc.) pueden, a travs de un liderazgo moral e intelectual, (en oposicin a un mero liderazgo poltico) combinarse para lograr tal reto.

Los trabajadores siguen siendo importantes en esa amalgama de grupos de inters, pero solo a travs de su experiencia concreta y vivida, y no debido a la historicidad de su posicin. Es en esta nueva unidad de un conjunto de sectores que una relacin estructuralmente nueva, diferente de las relaciones de clase, debe ser forjada. Y tal conjunto, afirman, se lograr con una democracia radical. [12]

Esto es lo que Mouffe y Laclau llaman la transicin decisiva del plano poltico al moral / intelectual y es donde tiene lugar un nuevo concepto de hegemona ms all de las alianzas de clase. La razn por la que se piensa que es necesario alejarse de lo poltico es porque ellos perciben la necesidad que un conjunto de ideas y valores deben ser compartidos por diversos de sectores: que ciertas posiciones de los sujetos atraviesan una serie de sectores de clase.

Para Mouffe y Laclau slo abandonando una poltica de clase inadecuada y que tenga una coincidencia coyuntural de intereses, se podr establecer un nuevo movimiento singular. Parte del razonamiento es la suposicin de que la clase trabajadora no puede pensar por el resto de la sociedad: que no puede ir ms all de la defensa estrecha de sus intereses corporativos. [13] Sin embargo, la historia no lo confirma.

Como se vio anteriormente, en los aos 70 en el Reino Unido: una poca en que el poder de la clase trabajadora estaba creciendo, fue una poca muy ilustrada. Se aprobaron resoluciones antirracistas y antisexistas y tambin hubo una legislacin progresiva que protega los derechos de los homosexuales, legalizaba el aborto y facilitaba el divorcio. Los trabajadores se declararon en huelga para exigir ms dinero para los jubilados. De hecho, es difcil pensar en un rea de la vida social que no se consideraba parte del plan socialista de transformacin.

Reflexionando sobre el hecho de que estudiantes e inmigrantes, as como los trabajadores participaron en las huelgas masivas que se desataron en Francia en 1968, Mouffe sugiere que una vez que se rechaza la concepcin de la clase trabajadora como una clase universal, es posible reconocer la pluralidad de los antagonismos que tienen lugar en el campo de lo que se agrupa arbitrariamente bajo la etiqueta de luchas de los trabajadores. [14] Sin embargo, qu es exactamente arbitrario sobre esta etiqueta? y, qu beneficio se deriva abandonarla en favor de una pluralidad de etiquetas diferentes que no tienen importancia poltica en el contexto de una lucha obrera? En realidad, la disolucin de la solidez de la clase obrera en una multitud de antagonismos parece encaminada a destruir la solidaridad; Tambin parece un suicidio poltico.

En la famosa huelga de Grunwick en 1976, iniciada por mujeres asiticas no sindicalizadas que trabajaban por una miseria en condiciones extremadamente pobres, los trabajadores enviaron un poderoso mensaje de solidaridad acusando al gobierno laborista en el poder. Los problemas de etnicidad y gnero desaparecieron mientras se realizaba la mayor movilizacin de solidaridad obrera jams vista en el Reino Unido y ms de 20,000 trabajadores se presentaron en la lnea de piquete para apoyar a los huelguistas. La huelga incluso fue internacional: participaron los trabajadores de los Puertos en Blgica, Francia y los Pases Bajos, boicoteando los productos de Grunwick.

Fue precisamente la solidaridad generalizada del movimiento lo que aterroriz al gobierno, ya que lo que entonces se hizo evidente fue que la solidaridad de los trabajadores poda transformar la sociedad, por lo que el gobierno recurri a la vigilancia policial para romper la huelga (la misma tctica que hara el gobierno de Thatcher un par de aos ms tarde contra los mineros.)

Por otra parte Mouffe afirma que el pluralismo solo puede ser radical si no existe un principio de fundamento positivo y unitario. Pero es difcil actuar como una fuerza unificadora en las luchas anticapitalistas si la lucha comn olvida la explotacin. A quienes podan haber llamado las huelguistas recin llegadas del este de frica, si no a sus compaeros trabajadores explotados? Y qu tan efectivas habran sido sus acciones en ausencia de esa solidaridad?

En su intento por justificar este dramtico cambio de la poltica de clase y de los intereses histricos de la clase trabajadora, Mouffe y Laclau se basan en la nocin de Gramsci de la voluntad colectiva. El consideraba que un movimiento nacional y popular debera ser capaz de expresar los intereses compartidos de las masas, y tambin debera reconocer la importancia de un liderazgo moral e intelectual.

Sin embargo, con respecto a estos dos aspectos de su estrategia poltica, el pensamiento de Gramsci se basa en la historicidad de la clase trabajadora. Porque si bien reconoce la necesidad de alianzas (no ve a la clase trabajadora resistiendo en solitario) s la reconoce como la fuerza dirigente. El punto central de una voluntad colectiva es que se requiere una voluntad nica, enfocada, y no una variedad dispar de tcticas y objetivos.

De hecho, Gramsci opin que lo que haba bloqueado la formacin de tal voluntad en el pasado era una serie de grupos sociales especficos. Toda la historia, desde 1815 en adelante, muestra los esfuerzos de las clases tradicionales para prevenir la formacin de una voluntad colectiva de este tipo y para mantener el poder econmico-corporativo en un sistema internacional de equilibrio pasivo. [15]

El hecho de que Gramsci Identificara la necesidad de un liderazgo moral e intelectual en la formacin de tal voluntad no significa que pierda su base poltica / econmica. Por el contrario, es evidente que Gramsci propona un movimiento liderado por un partido basado en la poltica. [16] Tambin afirmaba que las polticas morales e intelectuales no son nada sin un cambio estructural: La reforma intelectual y moral debe vincularse con un programa de reforma econmica; de hecho, el programa de reforma econmica es precisamente la forma concreta en que la reforma moral se presenta. [17]

Al elevar un liderazgo moral espureo por encima de la poltica de clase, se ha creado una plataforma para una pluralidad abierta de causas apolticas. El efecto ha sido despolitizar radicalmente la democracia al eliminar las cuestiones definitorias de la contestacin de la clase trabajadora. Si bien Mouffe sugiere que una identidad muy fragmentada y separada de estos antagonismos especficos produce una profunda concepcin pluralista de la democracia, la realidad ha sido todo lo contrario.

Como seala Ellen Meiksins Wood en La democracia como ideologa del imperio, es precisamente la desaparicin de las relaciones de clase definidas polticamente lo que hace que esta versin de democracia des-socializada sea tan atractiva para el capitalismo global. Porque, al poner las preocupaciones sociales y polticas anteriores de la poltica de clase ms all del alcance de la responsabilidad democrtica, la poltica se subordina fcilmente al mercado. [18]

Claus Offe tambin reconoce que el proyecto neoconservador de aislar lo poltico de lo no poltico se basa en una redefinicin restrictiva de lo que puede y debe considerarse poltico, lo que permite a los gobiernos eliminar las demandas sociales problemticas de sus agendas. Al mismo tiempo, observa que el surgimiento de nuevos movimientos sociales, que operan en esferas de accin no polticas, sirve para justificar esa despolitizacin.

La protesta de los chalecos amarillos es una respuesta a una versin de democracia cada vez ms desocializada y al poder de las lites, que solo ha aumentado bajo Macron. Lo que comenz como una protesta contra el aumento del impuesto sobre el combustible es ahora mucho ms. Alentados por la solidaridad generalizada, los trabajadores exigen el fin del elitismo y la corrupcin del gobierno y notifican que la clase trabajadora NO quiere migajas.

El derrocamiento de Macron, el fin de la corrupcin poltica, una nueva repblica, el surgimiento de un nuevo partido poltico de la clase obrera? Es imposible pronosticar cmo terminar la protesta. El movimiento no habra durado tanto si no hubiera sido por la solidaridad generalizada que los trabajadores han demostrado. La solidaridad se basa en el amor a la justicia, que es la sangre vital de la poltica de la clase trabajadora y, por lo tanto, hasta que se termine la injusticia, la disputa debe continuar. Porque, como reconoci el padre de la filosofa poltica, siempre son los ms dbiles quienes buscan la igualdad y la justicia, mientras que los ms fuertes no les prestan atencin. [19)


Notas

[1] Claus Offe, Nuevos movimientos sociales: desafiando los lmites de la poltica institucional, investigacin social 52: 4 (1985: invierno) 832

[2] James Heartfield, La Unin Europea y el fin de la poltica (Zero Books: Winchester 2013) 117

[3] John Rawls, Una teora de la justicia (Oxford University Press: Oxford, 1972)

[4] PK Das, Manifiesto de un activista de la vivienda citado en Planet of Slums de Mike Davis, (Verso: Londres, 2006)

[5] David Chandler, Deconstruyendo la soberana en la construccin de una sociedad civil global en Politics Without Sovereignty, (UCL Press: Londres 2007) 150

[6] John Medhurst, esa opcin ya no existe Gran Bretaa 1974-76, (Zero Books: Winchester, 2014)

[7] Intervencin estatal en la industria: una investigacin de los trabajadores (Russell Press Ltd .: Nottingham, 1980)

[8] Ken Coates, Socialismo y medio ambiente , (Portavoz: Nottingham, 1972)

[9] Mike Savage, clase social en la 21 st Century , (Pelican: Random House, 2012) 11

[10] Ibid., 367.

[11] VI Lenin Collected Works , vol. 27, (Mosc, 1965) 464

[12] Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, Hegemona y estrategia socialista Hacia una poltica democrtica radical (Verso: Londres, 1985) 64

[13] Ibid., 66.

[14] Mouffe, ibid., 167.

[15] Antonio Gramsci, Selections from the Prison Notebooks , editado y traducido por Quintin Hoare y Geoffrey Nowell Smith, (Lawrence y Wishart: Londres, 2003) 132

[16] Gramsci, Ibid., 129.

[17] Ibid., 133.

[18] Ellen Meiksins Wood, La democracia como ideologa del imperio en The New Imperialists (Publicaciones de Oneworld: Oxford, 2006) 9

[19] Aristteles, Poltica, traduccin, Joe Sachs (Focus Publishing: Newburyport, 2012) 1318b

Susan Roberts, historiadora britnica.

Fuente original: https://kritica.info/regresa-el-sujeto-historico-con-los-chalecos-amarillos/



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