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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-01-2019

Lucha social & Historia feminista
Las mujeres que pararon dos meses a Franco

Patricia Simn
www.pikaramagazine.com

En 1962, una huelga minera que se inici por un conflicto laboral en Asturias termin convirtindose en el mayor desafo poltico al que tuvo que enfrentarse el franquismo desde la finalizacin de la Guerra Civil: 300.000 trabajadores de todo el Estado espaol terminaron sumndose a un paro que se extendi durante dos meses. Fueron las mujeres de las Cuencas Mineras las que garantizaron las condiciones que lo hicieron posible.


A lo largo de la historia, ha habido y hay quienes saben que s o s aparecern en los libros; quienes intuyen que sus aportaciones, para bien o para mal, podrn merecer la atencin delos que la escriben; y quienes ni por asomo lo han contemplado. A este ltimo sector pertenece la mayora de la poblacin y, en especial, de las mujeres, pero es ah donde se ha hechohistoria con maysculas, aquella que ha perpetuado la vida frente a la destruccin, que ha sembrado justicia frente a los privilegios y que se haconstituido en resistencia frente a quienessostenan que conformarseera el mandato divino o legal.

En 1962, cuando el rgimen franquista presuma de un supuesto milagro econmico como estrategia para legitimarse y lavar su imagen internacionalmente, un grupo de mujeres y hombres pobres de un aislado valle asturiano conseguan lo impensable hasta el momento: abrir la brecha de la oposicin poltica a partir de lo que empez siendo, ni ms ni menos, que una protesta laboral.

La esquiva primavera asturiana segua hacindose de rogar en la Cuencas Mineras en aquellos das de abril de 1962 en los quemiles de hombres tenan an que recorrer hasta dos horas a pie para llegar, an de noche, a los pozos en los que iban dejndose los pulmones y la vida, para salir por un msero sueldo, tambin de noche,a unas condiciones de vida que no diferan mucho de las que haban vivido sus antepasados un siglo atrs.

Con una diferencia abismal: las Cuencas haban sufrido la Guerra Civil y la posguerra con una virulencia especial, aquella que los golpistas consideraban que mereca una zona destacadamente roja y a la que tanto les haba costado aplacar que ya se haba convertido en un smbolo de los movimientos obreros con su Revolucin de 1934 y que durante aos alberg en sus montaas a guerrilleros que se negaban a dar por vencida a la democracia.

Guerrilleros que no habran podido subsistir sin el apoyo de la poblacin civil que les protega, nutra y esperaba, mayoritariamente conformada por mujeres. Una de ellas era Anita Sirgo, hija del guerrillero Avelino Sirgo, y enlace de la guerrilla desde los nueveaos. Ser miembro de una familia republicana no slo le cost no conocer a su padre slo lo vio una vez sin saber quin era y no saber an ni en qu cuneta est enterrado, sino que sus abuelos y su madre fueran encarcelados y su to ejecutado. Por todo ello, es una de las firmantes de la causa contra los crmenes del franquismo que seinvestiga en Argentina.

Pero Anita Sirgo es tambin una de lascientosde mujeres que hicieron posible la emblemtica huelga minera de 1962, que tuvo su origen en unas sanciones de suspensin de empleo y sueldo a siete mineros que se atrevieron a pedir una subida del jornal que cobraban en el Pozo Nicolasa, en Mieres. Esto, que haba ocurrido infinidad de veces anteriormente, desat un extraordinario movimiento de solidaridad que empez entre sus propios compaeros , que se negaron a trabajar al da siguiente iniciando as una huelga de dos meses que se fue extendiendo, primero por las minas asturianas y siderrgicas -60.000 obreros slo en esta regin-, y posteriormente por 23 provincias espaolas. Segn distintas fuentes historiogrficas, llegaron a participar hasta 300.000 personasde todo el Estado espaol. Y todo ello,sin convocantes ni consignas, sin apenas hablar -se conoce tambin como la huelga del silencio para evitar filtraciones y represin, y echando mano de una cultura muy interiorizada de la solidaridad de clase que cuenta con unos mecanismos de identificacin de quines son los nuestros y quines el enemigo que suelen funcionar de una manera muy espontnea ya queno requieren una militancia explcita, explica Rubn Vega, historiador y autor del libro Las huelgas de 1962.

Concentracin en Bruselas en solidaridad con las huelgas de 1962. (Archivo Fundacin 1 de Mayo)

Tal fue la repercusin nacional e internacional se celebraron actos de solidaridad en otros pases europeos, y medios como The New York Times o Le Monde se hicieron eco de la rebelin, que la huelga consigui algo extraordinario, como lo define Vega: Algo que no haba ocurrido antes y que no volvi a ocurrir: que un ministro de Franco viniese no slo a negociar con los huelguistas, sino que adems cediese. Es peculiar, adems, porque las minas eran privadas an y el que negocia es un ministro, no la patronal ni los empresarios. Y porque las cesiones se decidieron en un Consejo de Ministros presidido porel dictador y se publicaron en el Boletn Oficial del Estado. Se conceden 75 pesetas por cada tonelada producida de carbn destinadas a la subida de los salarios.

Como subraya Vega, en aquel momento los mineros llevaban ya ms de un mes en huelga, un delito equiparable a la rebelin militar segn la legislacin vigente, lo queconvirti inmediatamente a la huelga en un desafo poltico y, sin embargo, el rgimennegoci con quienes, bajo sus normas, eran delincuentes.

La ltima vez que los mineros haban visto incrementarsesus sueldos haba sido en 1956, pero en 1962 el precio de alimentos bsicos como el pan o las patatas se haba encarecido entre un 50 y un 200 por ciento. La huelga fue posible por una combinacin de factores. Haba descontento porque el rgimen presuma de que la economa empezaba a tirar, pero la gente no vea mejorar su situacin. La minera es un sector muy especial porque haba una tradicin muy fuerte de solidaridad que hizo que el conflicto estallase. Pero tambin porun relevo generacional. La mayora de los detenidos y deportados por la huelga tenan una media de edad muy joven, gente que no haba vivido la guerra y que, por tanto, tenan menos miedo, resume Vega. De hecho, pese a que haba actividades clandestinas de organizaciones como el Partido Comunista y de cristianos de base, no pudieron ver venir la huelga y ni en sus mejores sueos hubiesen podido imaginar lo que iba a ocurrir, aade. Aunque s la apoyaran una vez desatada.

Hasta aqu el resumen del relato habitual de uno de los captulos ms heroicos del antifranquismo, con el que Asturias se labr parte de su merecida reputacin obrera y rebelde. Pero, quines aseguraron en gran medida las condiciones necesarias para mantener una huelga de dos meses?

Yo he conocido a mujeres que han trabajado en todos los mbitos de la mina, explica Montserrat Garnacho Escayo, antroploga de gnero natural de Mieres, y autora de numerosos libros y artculos sobre las mujeres en las minas asturianas. Conoc a una mujer que fue picadora durante ocho aos porque su marido no poda seguir por la silicosis. Como la paga que le corresponda no le daba para vivir a ellos y a sus hijos, le pidi al jefe que le dejara desempear su puesto. Rompi aguas picando, porque tuvo dos hijos ms siendo minera. Pero, claro, la paga la cobraba a nombre del marido, porque en aquel momento era ilegal que las mujeres fueran mineras. Las mujeres estn ocultas de la foto, pero estaban ah.

Nio trabajando en una mina asturiana (Fundacin Montepo)

Las mujeres han trabajado en las minas -dentro y fuera- desde sus inicios, como los nios y las nias, por ser un trabajo precario y denostado. Tambin en Asturias, donde encontramos cmo fueron empleadas desde el siglo XIX tambin como picadoras cuando habaaumentosde la demanda, como en la paralizacin de la siderurgia vasca por la Tercera Guerra Carlista o durante la I Guerra Mundial. Siempre cobrando la mitad que los hombres, 1,05 pesetas a finales del siglo XIX segn un estudio de Fernando Garca Arenal, citado por Garnacho, y menos que los menores, que reciban entre 1,25 y 1,5 pesetas. Segn esta estudiosa, en esta poca se estima que unas 600 mujeres trabajaban en las minas asturianas de hulla.

Eso s, cuando escaseaba la demanda, las mujeres volvan a ser relegadas a las labores que tradicionalmente desempeaban como carboneras: cargar los vagones con el carbn extrado de los pozos, lavarlo a menudo, con sus bebs al lado tragando el mismo polvo que tambin a ellas les provocaba silicosis, aunque no se le reconociese como enfermedad laboral; e, incluso, recuperando el carbn que terminaba en las riberas de los ros, cargndolo en cestos chorreantes de agua sobre sus cabezas durante kilmetros, para venderlo o tener as algo con lo que alimentar sus propias cocina de carbn. Eso s, estos trabajos slo eran aceptados socialmente si los desarrollaban antes de casarse. Si no, era cosa de las viudas de los rojos, de las madres solteras o que tenan a sus esposos en los campos de concentracin, o mujeres de mineros muertos en accidente a quienes se les ofreca el medio jornal a cambio de la paga de viudedad, ms miserable an, escribe Garnacho.

Carboneras en La Hueria ( Coleccin Asociacin Amigos del Valle de La Hueria, San Martn del Rey Aurelio)

Pese a que sus condiciones eran mucho peores incluso que las de los mineros, no aparecen en el relato heroico de las condiciones que provocaron las huelgas de 1962, como tampoco lo hicieron sus vecinas y esposas, hijas y madres de los mineros que pagaron con crcel, torturas y hambre la osada de organizarse para que stos cobraran algo ms que una miseria.

Hombres que, por aquel tiempo, no tenan derecho siquiera a una muda de ropa porque llegaban por la noche con el uniforme empapado por el agua que caa en los tneles y no nos daba tiempo a secarlos, as lo pusiramos en cuanto llegaban encima de la cocina de carbn; o ducharse en un sitio cerrado y con agua caliente, nos dice Anita Sirgo, que ya trabajaba en la clandestinidad para el Partido Comunista cuando se desat la huelga del 62. Su marido, Alfonso Braa, tambin implicado en la lucha antifranquista comunista, haba sido despedido de la mina anteriormente, donde haba trabajado como picador y vigilante, pero tanto ellos como sus hijas seguan viviendo en el edificio que se haba construido en Lada (Langreo) para alquilrselo a los trabajadores de la mina. Desde all, junto aotras mujeres como Constantina Prez (Tina) y Celestina Marrn, gestaron y coordinaron la resistencia que hara posible una huelga de dos meses para unas familias que ya malvivan cuando tenan un salario y que se convirti en el primer gran desafo para el franquismo en trminos de movilizacin obrera que, adems, consigui conectar este movimiento de trabajadores con el estudiantil, el intelectual un centenar deellos firmaron una carta de protesta dirigida al rgimen- y el de mujeres -ms de 200 se manifestaron en solidaridad con la huelga en la madrilea Puerta del Sol,analiza Vega.

Como no podamos juntarnos ms de siete mujeres porque no haba derecho a la reunin, y ya estbamos fichadas, pues nos encontrbamos de a poquitas. Ponamos una cafetera y unas tazas en la mesa por si vena la Guardia Civil a ver qu estbamos haciendo, y nos ponamos de acuerdo sin poder tomar notas ni nada, todo era de memoria, rememora Anita en la misma cocina en la que organiz gran parte del reparto de la propaganda, as como muchos de los piquetes que garantizaron el mantenimiento de la huelga. Antes no haba mvil, tena que ser todo caminando y con la lengina. Haba veces que salamos a hablar con las otras mujeres por la maana y no volvamos hasta por la noche, explica esta mujer que a sus ochenta y ocho aos no aparenta ms de setenta, y que transmite tanta energa como calidez.

Anita Sirgo durante la entrevista en su cocina (Celia Cervero)

Anita Sirgo durante la entrevista en su cocina (Celia Cervero)

La participacin de las mujeres en la huelga fue decisiva desde el inicio, por ejemplo, con el reparto de propaganda que permiti que se extendiera por las Cuencas, explica Vega. Fue as como las mujeres consiguieron romper con el cerco informativo de la censura franquista y con el aislamiento que sufran las Cuencas, desde donde las noticias llegaban con das de retraso a ciudades como Gijn u Oviedo.

Para ello, las mujeres escondan bajo sus ropas las cuartillas, a sabiendas de que un delito as se pagaba con prisin. Y para asegurarse de que las mujeres que haban dado su palabra de que participaran en los piquetes no se echaban atrs, Sirgo y sus compaeras se levantaban a las cinco de la maana para ir a buscar una a una a sus compaeras. Saban, porque arrastraban el mismo dolor, que no deban temer slo a los palos con los que la Guardia Civil las intentaba dispersar, ni a las represalias contra sus maridos, sino que eran perfectamente conscientes de que el franquismo no perdonaba la disidencia porque ellas mismas haban crecido rodeadas de familiares asesinados en las cunetas, encarcelados en campos de concentracin o asediadas por el hostigamiento con el que en las Cuencas se persegua a las rojas. De aquella sabas que salas de casa, pero no si volvas. Recuerdo que el primer da de huelga que fuimos a buscarlas, estaban todas levantadas y no fall ninguna.

Armadas con palosy maz, cortaban los accesos a los pozos y regaban los caminos con los granos. El mensaje era claro, estaban llamando gallinas a los que intentaban volver al tajo, sabiendo que pocas cosas peores se les poda llamar a un paisano asturiano. Una sencilla medida que realmente contrariaba a los llamados esquiroles. Y cuando los guardias civiles intentaban detener a alguna, se entrelazaban con sus brazos al grito de o todes o nenguna (o todas o ninguna). Los porrazos llovan y los brazos se fundan.

Fotograma del corto A golpe de Tacn(Amanda Castro)

Haba esquiroles que queran entrar al pozu porque ya no se aguantaba ms, porque claro, se pas mucha hambre y eso que tenamos una muy buena solidaridad con las tiendas, que nos daban fiado, apostilla Sirgo mientras mira a su alrededor y recuerda cmo las mujeres de edificios tan austeros como ste cuyas dos plantas parecen achatarse an ms bajo el peso de un niebla materializada en orbayu se organizaban para recaudar dinero y comidade los comercios y de los chigres (sidreras) todos daban que ponan en comn para todo el vecindario. Pero tambin, para enviarlo a los ms de 120 huelguistas que fueron deportados a regiones espaolas an ms mseras y en las que no tenan a nadie, a las familias de los 198 que fueron despedidos y a las prisiones en las que se amontonaron hasta 356 huelguistas encarcelados.

 

Mineros prisioneros a la salida del trabajo en el campo de concentracin de la mina de El Fondn.

Hay que recordar que hasta los aos 50, en Asturias haba ms de medio millar de presos republicanos trabajando forzosamente en las minas, donde se instalaron algunas de las Colonias Penitenciarias Militarizadas que el rgimen reparti por todo el pas para explotar a unos 400.000 presos polticos, segn Jos Luis Gutirrez Molina, director cientfico del banco de datos Todos los nombres. Por cada dos das trabajados les restaban, supuestamente, uno de condena. Y como todo pago reciban un jornal de 50 cntimos, cuando la media por el mismo trabajo estaba entre 7 y 9 pesetas, segn el exminero y lder sindical Antn Saavedra. Muchos mineros asturianos apresados durante la guerra y la posguerra, terminaron siendo explotados en yacimientos de otras regiones. Por tanto, la prisin no era un escenario ajeno a la minera.

Reunin de mujeres de los despedidos. [Foto cedida por Francisco Gonzlez a la Fundacin Juan Muiz Zapico]

Era una solidaridad que no veo por ninguna parte hoy, cuando hay tantas o ms razones que entonces. Una de las mujeres que vena a los piquetes, con un palo que quit a una banqueta, tena ms de 70 aos. Tena a sus dos fos (hijos) en la mina. No logro entender lo que pasa hoy, dice Sirgo, ahora volcada en las manifestaciones por las pensiones, sin perder la sonrisa, porque si no mantenemos el nimo, vidina del alma ma, esto no hay quien lo soporte, porque sufrimos mucho, mucho, mucho.

Tanto como que un ao despus, en 1963,llega destinado un nuevo capitn de la Guardia Civil a las Cuencas Mineras, Antonio Cairo Leiva, para poner orden ante la sucesin de nuevas huelgas. Supongo que en su cabeza esta zona es un foco de rojos, de enemigos a conquistar. Decide hacer mritos y encontrar al ms buscado, Horacio Fernndez Iguanzo. Iguanzo, conocido como El Paisano, fue un destacado dirigente comunista que pas ms de una vez por casa de Sirgo y su marido,Braa.

Retrato de Anita Sirgo tras ser rapada.

Retrato de Anita Sirgo tras ser rapada.

El capitn Leiva manda buscar al matrimonio, como a tantos otros destacados participantes en las huelgas, para que vayan a comisara. Primero va Braa, despus Sirgo con su amiga Tina Prez. Cuando las encierran en el calabozo, Sirgo sospecha que su marido est en la celda de al lado y golpea la pared con sus tacones, que no se quitaba desde que consigui tenerun primer par el da de su boda. Al otro lado, Braa responde con los mismos golpes. A partir de ah los gritos, llantos y puetazos se suceden. Los mismos que poco despus recibiran Anita y Tina para que den nombres, localizaciones, implicaciones polticas. No abren la boca. Leiva sigue golpeando. Otros torturadores bien conocidos en las Cuencas, como el cabo Prez, tambin. Ante su silencio, Leiva ordena que las rapen. Ocho das despus de su detencin, les exige que para ser puestas en libertad, cubran su cabeza con un pauelo. Ellas se niegan. Salen con la cabeza bien alta, para que todo el mundo las vea. Anita ha perdido la audicin de uno de sus odos. Tina saldr tan debilitada, que muere dos aos despus como resultado de las enfermedades que se le sucedern a partir de ahora. Es 1965 yAnita Sirgo no podr ir a su entierro porque est en Pars, exiliada despus de que le tirar uno de sus tacones a un Guardia Civil que la persegua tras una protesta. El Partido Comunista la ha sacado deEspaa esa misma noche para evitarle la prisin. All, en casa de unos camaradas franceses, aprende a leer y escribir lo poco que s, pero, por lo menos, a m ya no me engaa nadie. Tras dos aos de exilio, pide volver bajo su responsabilidad. All estaba presa, lejos de mis fas y el mi home. En la crcel, por lo menos, van menguando los das de pena.

Tina Prez.

Tina Prez.

A su vuelta, en 1966, la condenaron a tres meses de prisin y 100.000 pesetas de multa. Se neg a pagarlas porque no las tena, porque no iba a consentir que nadie las pagara y porque no quera que se riesen de nosotros. Tuvo que cumplir un mes ms, antes de volver a su casa y seguir protagonizando algunos de las protestas ms significativas del antifranquismo en Asturias. Pero esas son ya otras historias, tambin invisibilizadas hasta recientemente por los libros de historia y por los discursos de la izquierda porque hubo dos partes en esta lucha, la de arriba, la de los hombres, y la otra pequeina, la de las mujeres, la diaria. El de los mineros es un relato pico y una foto de una mujer con una cestina en la cabeza estropea esa pica porque eso es la lrica, sintetiza Montserrat Garnacho. Una lrica que, en muchos casos, se converta en sus hogares envidasatormentadas por la violencia machista.

En este sentido, el historiador Rubn Vega, que lleva aos investigando desde el paradigma de la historia social, el de la de la inmensa mayora, la gente comn que no tiene estatuas ni recibe homenajes, entiende que la agenda de los historiadores no la cambi una reflexin intelectual que nos llevase a tomar conciencia de nuestras carencias, sino el movimiento feminista que empieza a hacer historia con perspectiva de gnero y que nos plantea el desafo de ver cmo nosotros la estbamos haciendo tapndonos un ojo, viendo slo la mitad.

Un acercamiento al estudio de la historia que no es pasado, pasado es el tema que trata, pero la historia es siempre presente porque es la mirada desde la que nos dirigimos al pasado, sostiene que cambiara no slo los relatos oficiales, sino la esencia misma de los valores predominantes de nuestras sociedades.

HUBO DOS PARTES EN ESTA LUCHA, LA DE ARRIBA, LA DE LOS HOMBRES, Y LA OTRA PEQUEINA, LA DE LAS MUJERES, LA DIARIA

Hay una cosa que hacen las mujeres en el 62 que no se haba hecho en las huelgas anteriores, que son los piquetes. Las mujeres se atreven a hacer algo que los hombres no son capaces de hacer, ycon ello juegan con algo que me parece fascinante:se hacen fuertes precisamente en su rol de gnero tradicional como esposas, madres y amas de casa para transgredirlo. Y esto a los represores, a la polica, a la Guardia Civil, les crea una contradiccin: no pueden entrar a saco a reprimir a las mujeres como lo haran con los hombres. De hecho, las torturas a Anita Sirgo y a Tina Prez ysu rapado es ms escandaloso porque son mujeres, porque a los hombres los torturaban diariamente, y porque el rapado era cosa de otra poca. Ellas son capaces de aprovechar ese rol de gnero para subvertirlo porque no se espera que las mujeres hagan piquetes, que desafen a los mineros, que extiendan la huelga o que se enfrenten a la polica. Y lo hacen en la esfera pblica, desafiando al poder y las leyes, y desde la militancia poltica, analiza Vega. Y no es que previamente fuesen feministas y entonces hagan estas cosas, sino que, quizs, el hacer estas cosas les haga adquirir cierta conciencia feminista, aade.

No podamos consentir que los hombres volvieran a trabajar con las orejinas bajas y sin conseguir nada, resume Sirgo. Y no lo consintieron. As tuvieran que pagarlo con torturas, crcel y hambre. As se lo pagaran, durante dcadas, con silencio en los homenajes y con el blanco de los mrgenes de los libros de Historia.


Fuente:https://www.pikaramagazine.com/2018/03/las-mujeres-que-pararon-dos-meses-a-franco/?fbclid=IwAR3HCu4aw7T9mNC3v3f69ZIrKfvmsiz-cD_db0dPXQWHMavIQKff_vzvtuA



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