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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-01-2019

Idea de historia: del apocalipsis a la Ilustracin

Jos Mara Agera Lorente
Rebelin


Cuando reparamos en las falsedades que hemos asumido como cimientos slidos de nuestra existencia nos estamos asomando a la esencia de la Historia
(R. Argullol: Mentiras vividas).

 

Fue hace ya bastantes aos (me refiero al siglo pasado, no digo ms), cuando era un joven estudiante de filosofa. Una tarde, en la que me haba entregado al estudio, llamaron a la puerta del piso que comparta con un par de colegas. Al abrir me saludaron con un simptico acento yanqui dos jvenes ms o menos de mi misma edad, rubios, de ojos azules, pulcramente vestidos con camisa blanca y sobria corbata negra. Enseguida vino la pregunta: Ests preparado para la llegada inminente del Juicio Final?. As, a bocajarro, la cuestin me pill desprevenido, pero supe replicar de inmediato haciendo gala de los reflejos dialcticos que llevaba ya un par de cursos afilando en la facultad (en la cafetera de la facultad, para ser exactos). Ah, pero ya toca el Juicio Final? Cmo lo sabis?, interrogu a mi vez yo. Ellos parecieron sorprenderse, como si no tuvieran previsto en el catlogo de las posibles respuestas con las que podan tropezar mi improvisada rplica teida de escepticismo. Tras sacudirse mediante una mirada mutua la momentnea perplejidad uno de ellos repuso vehemente: es claro recuerden ponerles a mis interlocutores el acento yanqui porque la humanidad est cada vez ms hundida en el cieno de la depravacin moral. Y entonces me ocurri algo extrao, pues he de confesar que me considero de natural pesimista; en otras palabras: soy consciente de que no soy la alegra de la fiesta. De hecho las fiestas me entristecen. As que lo que me sala espontneamente era darle la razn a los heraldos del apocalipsis venidos de allende el atlntico, y decirles: qu razn tenis machos, vayamos, pues, a beber hasta perder el sentido, porque este puetero mundo es, como dijo maese Shakespeare, el absurdo invento de un idiota (o algo as). En vez de eso, sin embargo, llevado seguramente por algn vestigio de mi etapa de rebelde adolescente sin causa, contraataqu: yo veo todo lo contrario; opino que hay razones para creer en el progreso moral de la humanidad. Y me qued tan ancho y tan pancho.

Intercambiamos algn que otro argumento ms mis coetneos apstoles del Evangelio segn San Juan y yo, pero no logramos llegar a un consenso. Tras un rato en el vano de la puerta practicando el esgrima de las razones, se marcharon no sin antes regalarme un par de panfletos de excelente calidad editorial (el negocio de la religin siempre dio pinges beneficios), repletos de textos bblicos ilustrados con profusin de imgenes representativas de ese momento culmen del plan de Yahv/Jehov, donde los humanos solemos aparecer como un rebao de aturdidos animalillos necesitados de que alguien nos gue en direccin a la salvacin eterna.

Hay que reconocer que tiene su morbo el apocalipsis. Es un tema recurrente que ha demostrado en muchas ocasiones ser una potente fuente de inspiracin artstica. Recuerde el lector sin ir ms lejos la pieza que el genial Miguel ngel le dedica al escatolgico evento del Juicio Final en una de las paredes de la Capilla Sixtina. Nadie puede negar su condicin de prodigio esttico si no quiere pasar por un insensible bodoque. Y en nuestro (pos)moderno mundo en el que impera la cultura de lo audiovisual, tanto en series como en pelculas y videojuegos, el gnero catastrofista y apocalptico cuenta con un nmero considerable de productos representativos que suman millones de seguidores.

Hace un mes y medio publicaba el profesor Antonio Costa Silva un artculo en el que hablaba precisamente de lo que l denominaba irracionalismo catastrofista, donde identifica como uno de los rasgos esenciales de la especie humana la atraccin que sobre ella ejerce la idea del apocalipsis. Adoramos cuando nos dicen que el fin del mundo est al llegar, afirma. No se puede negar que esa idea desde luego capta nuestra atencin. Mira que se le ha dado vueltas a las dichosas profecas de Nostradamus. Yo, que empiezo a peinar canas, ya he sido testigo en ms de una ocasin de la atencin meditica que se le presta a los diversos cuentos sobre el advenimiento del fin de los das. La magna y definitiva performance compite en sus diversas versiones seculares, ya sea el cataclismo ecolgico o la total y absoluta debacle econmica global, trasuntos en verdad del tradicional apocalipsis por designio divino.

Tan aciaga visin, en la que se recrea patolgicamente el ser humano desde hace siglos o incluso milenios, tiene su lado siniestro que se percibe de forma destacada si se contempla desde el prisma no tan espectacular, eso s de la racionalidad. Es el representado de manera paradigmtica por la tragedia de Macbeth, escrita en los albores de la modernidad por el ya recordado William Shakespeare. Salud a ti, Macbeth! Sers un da rey. Con esta frase de las brujas queda sentenciado el destino del desgraciado protagonista de la obra del dramaturgo isabelino. Es bien conocido el destino que le espera al desgraciado personaje el cual, presa del hechizo de la profeca autocumplida, se convertir en regicida y en alma corroda por los remordimientos que le arrastrarn sin remedio a un fatal desenlace. Fue el socilogo norteamericano Robert K. Merton quien defini el concepto, casi cuatro siglos despus de que el clsico ingls estrenara su obra, con estas palabras de su libro Teora social y estructura social: Una profeca autocumplida es una falsa definicin de una situacin o persona que evoca un nuevo comportamiento, el cual hace que la falsa concepcin se haga verdadera. Esta validez engaosa perpeta el error. El poseedor de la falsa creencia, percibir el curso de eventos como una prueba de que estaba en lo cierto desde el principio. En el caso de Macbeth las brujas saben cmo emponzoar su noble espritu instilando en l la creencia de que se cumplir pronto lo que l tanto ambiciona. Como toda creencia es una accin en potencia, slo hay que esperar a que la confluencia de las apropiadas circunstancias convierta en realidad lo que slo era posibilidad. Y entonces ya no hay marcha atrs.

El irracionalismo apocalptico guarda en sus entraas el veneno de la profeca autocumplida arrojando a la humanidad al pozo ciego de un futuro con cuenta atrs. Dirase que la historia ha llegado a su punto final, no por haber alcanzado la tierra prometida de la democracia liberal Fukuyama dixit, sino por la incapacidad del ser humano de imaginar itinerarios alternativos y recorrerlos.

Para escapar de las sombras de esa caverna platnica y retornarnos a la condicin de videntes capaces de atisbar horizontes a los que dirigirse en los que reconozcamos las ms nobles metas que tambin han guiado a los individuos de nuestra especie, nada mejor que volver a la historia, y constatar que la idea que de ella se tiene es determinante para hacer el presente. Es la nica manera de escapar al insano hechizo del apocalipsis, a la embriagadora inercia del tiempo que se agota.

La historia nace como el intento de preservar lo que naci por obra de los hombres, como estableci Herdoto, el reconocido como su fundador, hace dos mil quinientos aos; por la misma poca en que la filosofa, de la mano de Scrates, baj de las esferas celestes y traspas las fronteras de lo natural para ocuparse del reino de lo humano, de la palabra, de la moral, de la educacin, de la poltica. As la accin del hombre se torna irremediablemente reflexiva. Crece la consciencia tanto individual como colectiva, y con ella la libertad y su problemtica. Se afronta la realidad del mundo humano, pero sin desprenderse del todo del mito. La idea griega de historia careca de perspectiva y era pobre su acervo de hechos sobre el que ejercer el anlisis requerido para extraer todas sus enseanzas sobre la condicin humana. Luego sobrevino lo que la autora britnica Catherine Nixey denomina la era de la penumbra, que da ttulo a su libro de publicacin reciente. Durante los siglos IV, V y VI, con la descomposicin del Imperio Romano, el vaco de poder que deja en los distintos territorios a los que daba unidad de civilizacin, a pesar de la existencia de una gran diversidad de pueblos, lo llena el cristianismo, el cual provoca una mutacin de la atmsfera mental. La idea de historia se teologiza, queda contaminada con la idea de providencia. Dios irrumpe en ella teniendo la ltima palabra sobre las acciones de los agentes humanos. Ningn smbolo plasma mejor esta nocin que la cruz bajo cuyo brazo horizontal aparecen las letras griegas alfa y omega, principio de la creacin divina y fin de la misma decretado por la providencia cuando el eterno hacedor as lo quiera. Se introduce un componente de direccin en la idea de historia, eso s, al margen de la voluntad humana. Agustn de Hipona (354-430), uno de los padres de la Iglesia, inserto en la tradicin de los ilustres con el apodo de Doctor de la Gracia, condens esa idea en su nocin de Ciudad de Dios, expresin que da ttulo a una de sus obras, escrita en el contexto de la inminente extincin de Roma como unidad poltica. Desde su perspectiva cristiana la historia es resultado de la lucha de la ciudad de Dios y de la pagana, compuesta la primera por todos los creyentes y la segunda por los que no creen, y que representan el bien y el mal respectivamente. Este planteamiento de confrontacin es consciente e intencionado y se deja ver en el mismo ttulo completo de la obra, que en latn es De civitate Dei contra paganos. El final no puede ser otro que el triunfo de la Ciudad de Dios, una vez que Dios en el apocalipsis distinga a los que durante la vida terrenal han vivido mezclados. Su concepcin de la historia conlleva la unidad de destino trascendental en la salvacin (de los cristianos, eso s).

No se piense que esta idea de historia, ciertamente fundacional de la Patrstica, perdi su vigencia con el transcurrir de los siglos. Ni mucho menos; fue determinante para configurar el pensamiento cristiano respecto de otras cuestiones centrales a la hora de configurar la mentalidad humana segn la cual obraban nuestros antepasados. As, en la poca en la que dominaba la filosofa escolstica, cuyo terico principal fue Toms de Aquino (1224-1274), alias Doctor Anglico, la tal idea mantena su influencia sobre aspectos del pensamiento tan decisivos como la propia concepcin del conocimiento, y particularmente de sus posibles logros. Aunque sea un personaje de ficcin, el monje dominico Jorge el Venerable de la pelcula El nombre de la rosa (1986) cuya historia protagonizada por monjes envueltos en una trama detectivesca, se sita en los inicios de la Baja Edad Media expresa magnficamente bien los efectos sobre el paradigma epistemolgico cristiano con estas palabras: Retornemos a lo que siempre fue y siempre debe ser el oficio de esta abada: la preservacin del conocimiento. Preservacin, he dicho, no bsqueda; porque no hay progreso en la historia del conocimiento, sino una continua y sublime recapitulacin.

Tambin hay consecuencias, claro est, en lo que respecta al orden poltico, y de prolongado alcance en el tiempo (y que, por cierto, nos tocan de cerca a los sufridos espaoles). Recurdese si no este mensaje de su Ilustrsima el cardenal Isidro Gom en su instruccin a los diocesanos en fecha tan sealada como lo fue noviembre de 1936: Los hombres se mueven y Dios los dirige. Su voluntad triunfa de todas las armas, y ante la diplomacia de sus inescrutables designios sobre el mundo humano son castillo de naipes todos los proyectos y combinaciones de las cancilleras. Si verdaderamente se cree que esta aseveracin es correcta poca fe se puede tener en la poltica para transformar las condiciones de vida de las personas a fin de ofrecerles la oportunidad de alcanzar una existencia digna. Todo se halla en manos de la providencia divina.

La Edad Moderna constituye una nueva etapa histrica porque supone un punto de inflexin decisivo en el devenir de la humanidad, y no slo de la as llamada civilizacin occidental. Se distingue del Medievo por la atmsfera mental que se transforma durante este periodo histrico dando lugar a un complejo paradigma cultural al que solemos denominar modernidad. A lo largo de su desarrollo la idea de historia muta, especialmente con la Ilustracin. El giro copernicano que da pie a la revolucin cientfica tiene su rplica en la filosofa otorgando entidad particularmente a la filosofa de la historia. La nueva idea de historia que se conforma inspirar al hombre moderno dirigiendo sus pasos hacia un horizonte en el que cabe la mirada utpica.

Entre los artfices de esta nueva perspectiva histrica (que es histrica y es de la historia) est de los primeros el filsofo ingls Francis Bacon (1526-1626). Su principal obra, de ttulo Novum Organum, es toda una objecin a la autoridad omnmoda de Aristteles, encumbrado como tal por los filsofos escolsticos, as como a la idolatra de la tradicin, que paraliza la innovacin del conocimiento. Pero es en la otra gran obra de este a mi juicio poco (re)conocido pensador, La Nueva Atlntida, seguramente la primera utopa cientficotecnolgica, donde tiene su cuna la idea moderna de la historia. En su ncleo est el conocimiento como motor del progreso cuando se convierte en instrumento de la accin de los hombres que as se reconocen liberados de la frula de la providencia. Bacon otorga a las ciencias un papel bienhechor, pues su fin no es otro que sentencia dotar a la vida humana de nuevas invenciones y riquezas. El filsofo ya no se confunde con el telogo como era habitual en el pensamiento medieval; volver a ser el progenitor de la ciencia. El horizonte queda despejado para que se haga posible la revolucin de ideas que dar pie al nacimiento de la ciencia moderna, la cual se convertir en competidora de la religin a la hora de incidir para bien y para mal en el devenir de la historia de la humanidad entera. Esta nueva mentalidad que Bacon representa incluye entre sus innovadoras propuestas la de que la felicidad en la Tierra es un fin a perseguir por s mismo, una meta que debe alcanzarse mediante la cooperacin de la humanidad en su conjunto. La incipiente ciencia nacer como una empresa universal y cosmopolita.

As arribamos al momento en el que se da el punto de inflexin que consolida la idea de historia, es decir, el momento en el que el intelectual europeo convierte en tema de examen crtico la historia misma como hecho humano: el conocido como Siglo de las Luces. Porque la apuesta ms radical de la Ilustracin fue, ms all de la innegable promocin del pensamiento cientfico, la conquista para el reino de la racionalidad del espacio moral, social, jurdico, econmico, artstico y literario, lo que incluye a la propia historia. La perspectiva ilustrada se desarrollar a partir de la premisa de que lo histrico no es lo contrario de lo racional; conforma una unidad epistmica segn un enfoque inmanentista, ni sobrenatural, ni suprahistrico.

El primero en aplicar esa mirada cientfica a la historia, an no iniciado el Siglo de las Luces, es el filsofo francs Pierre Bayle (1647-1706). Su Diccionario histrico y crtico de 1695 es el producto de quien est convencido de que la historia ha de ser conocida a travs de sus hechos, por lo que hay que exigirse el mximo rigor cientfico a la hora de estudiarla. Ello se traduce en el ejercicio de una crtica implacable de lo tradicional, buscando lagunas y contradicciones, con exactitud e incluyendo, por supuesto, la crtica de las fuentes histricas. El imperativo tico que gua la tarea del historiador sostiene Bayle es la exclusiva fidelidad a la verdad, nunca a la tribu; exigencia que en los tiempos que corren habra que tener bien presente a tenor de la frivolidad con la que se esgrime la historia hoy en da para ganar polmicas las ms de las veces estriles.

Ser ya cuando la Ilustracin se halle alcanzando su apogeo que una de sus figuras ms relevantes alumbrar para la cultura una filosofa de la historia propiamente dicha. El mrito cabe atribuirlo a Charles Louis de Secondat, seor de la Brde y barn de Montesquieu (1689-1755), quien en su El espritu de las leyes de 1748 intenta por primera vez la fundamentacin de una filosofa de la historia. Su tesis en esta obra seera del pensamiento ilustrado es que existen unas leyes que gobiernan la historia, no el azar o la providencia. Tal como l nos lo dej escrito: Varias cosas gobiernan a los hombres: el clima, la religin, las leyes, las mximas de gobierno, los ejemplos histricos, la moral y las costumbres, de todo lo cual resulta un espritu general. Aqu mismo est el germen epistemolgico de las ciencias sociales. Respecto de la finalidad de la historia Montesquieu la define como una meta universal para toda la humanidad consistente en el establecimiento de un orden que sea comparable en rigor y seguridad al de las leyes naturales, y que permita al ser humano crear libremente el futuro adecuado para l. Para ello el instrumento imprescindible es el conocimiento de los principios y leyes que permiten comprender el devenir de todas las naciones.

A dnde nos conduce ese devenir? Esta pregunta tiene su respuesta en una obra de ttulo largusimo, a saber: Ensayo sobre las costumbres y el espritu de las naciones y sobre los principales hechos de la Historia, desde Carlomagno hasta la muerte de Luis XIII, de 1756. Su autor fue Franois-Marie Arouet, ms conocido como Voltaire (1694-1778), el filsofo de la sonrisa (pues esbozando una discreta sonrisa se le ve en la mayora de imgenes que de l disponemos). Semblante el suyo que deja traslucir su pensamiento, impregnado de un optimismo que tiene su raz en la prudente confianza que le inspira la humanidad. Por eso en las pginas del libro aludido se plasma la visin de la historia como progreso de la civilizacin humana, entendida segn un enfoque cosmopolita. Ese optimismo se justifica porque la razn universal es parte intrnseca del ser humano. Cabe esperar razonablemente que los prejuicios terminen por desaparecer de la mente de los gobernantes. Hermosas palabras estas de Voltaire que avalan lo recin expuesto: la razn universal subsiste pese a todas las pasiones que la combaten, pese a todos los tiranos que la ahogaran en sangre, pese a todos los impostores que quisieran aniquilarla mediante la supersticin.

Estas aportaciones de las mentes que alumbraron el Siglo de las Luces son las que conformaron una conciencia universal que poda servir de referencia a toda la humanidad y que la dotaba de un sentido emancipador por encima de tribales inercias fatalistas. Si esa idea de historia costosamente elaborada an tiene capacidad de inspirarnos frente a los retos globales del tiempo presente es cuestin que dejaremos para una prxima ocasin.



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