Portada :: frica :: Sahara: 40 aos de exilio y lucha
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-01-2006

Los cautivos de Tinduf

Aurelio Arteta
El Pas


Acabo de regresar de los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf (Argelia), donde he pasado una semana. Es una experiencia que recomiendo a mis conciudadanos, en especial a nuestros representantes, porque no tenemos tan a mano palpar de cerca la miseria del refugiado poltico. En mitad de un desierto pedregoso, al abrigo precario de jaimas y escuetas construcciones de adobe, sin agua corriente ni apenas cobertura telefnica y en compaa de unas pocas cabras ms nutridas de papeles y plsticos que de otra cosa, malviven bastantes miles de personas de cuya historia reciente formamos parte. All estn, siempre a la espera, en una provisionalidad permanente que ya dura treinta aos, al albur de la caridad pblica internacional y con la humillacin de estar condenados a recibir sin que vislumbren la menor esperanza de producir por s mismos y devolver algn da. Prisioneros del desierto, como titul hace poco un celebrado escritor espaol? Ms bien, me temo, prisioneros de una red inconfesable de intereses de la que Espaa tambin participa.

Minas de fosfato, bancos de pesca y pozos de petrleo representan al parecer mercancas ms valiosas que cualesquiera principios y acuerdos internacionales. Por ah empieza el desastre de esta poblacin sobrante y de tantas vidas desperdiciadas, el lento vagar de esos residuos humanos salidos de un infame proceso poltico que nadie desea reabrir. No estamos ante un gobierno derrotado o una minora de sus fieles en el exilio, sino ante el desplazamiento de buena parte de un pueblo; hablamos de una sociedad cuyos menores de treinta aos han nacido en los campamentos y no parecen tener otro lugar de destino que ese mismo no-lugar ausente de los mapas. Qu ser de estos perpetuos forasteros? Quienes entre ellos lleguen a obtener en el extranjero un ttulo superior se enfrentan al dilema de sacrificar a los suyos y marcharse o sacrificarse por ellos y encerrarse tras los muros de adobe. Con el frreo control argelino al fondo y bajo el peso de la interminable sucesin de das vacos, el visitante no acierta a imaginar expectativas para estos nmadas detenidos. A ese visitante le tienta concluir con Zygmunt Bauman que "se es refugiado para siempre. Los caminos de regreso al paraso domstico perdido (o, ms bien, ya no existente) han quedado casi cortados y todas las salidas del purgatorio del campamento conducen al infierno".

Es cierto que ahora mismo se detectan muchas otras bolsas de refugiados en el mundo (que contienen a unos 22 millones de personas), pero sta resulta la ms prxima y la ms nuestra. Quiero decir que de la desolacin en la que los saharauis estn sumidos somos en buena medida responsables: lo han sido el ltimo Gobierno del franquismo y los gobiernos pasados de la era democrtica, as como lo es el Gobierno presente. Y tambin lo somos nosotros, los ciudadanos, por haberlo consentido. No en balde, y a propsito de la culpa poltica de la sociedad alemana por los horrores nazis, proclamaba Jaspers que "cada ciudadano es responsable de la accin de su Gobierno y administracin, a menos que hable o acte abiertamente contra ellos".

Esa responsabilidad arranca de nuestra pasada condicin de potencia colonial, algo que la ex colonia recuerda todava. An recurren con frecuencia a nuestra lengua y la ensean junto a la suya en sus escuelas. Pero la responsabilidad crece hasta tornarse pura vergenza si se considera que les dejamos abandonados en el instante en que a nosotros ms que a nadie nos tocaba devolverles su libertad poltica. Les abandonamos a la rapacera del vecino ms fuerte, con olvido de la palabra repetidamente dada y de los compromisos adquiridos, con absoluto desprecio de las resoluciones de las Naciones Unidas. No hay trmino ms exacto para resumirlo que traicin. Y as el Shara dej de ser espaol dejando al mismo tiempo de ser saharaui y super una moderada colonizacin para sufrir el despojo total de su territorio.

Desde entonces hasta hoy no ha faltado la ayuda humanitaria prestada por Espaa, es verdad, lo que expresa sin duda un encomiable sentimiento de solidaridad en la sociedad espaola. Pero todo ello no pasar de ser un falso consuelo, a menos que nuestro Parlamento y Gobierno se pongan a traducir tanto gesto piadoso en una verdadera accin de justicia para el Shara. Estos refugiados molestan como testigos de esa gran ignominia cometida con ellos, pero nunca es demasiado tarde (quedan bastantes supervivientes de entonces) para repararla. El sentimiento de humanidad no debe arrinconar a la justicia, ni la moral privada puede sustituir la accin pblica. En suma: adems de la presencia humanitaria, hace tiempo que all se requiere la intervencin poltica. Cul y cmo deba ser sta lo sabrn mejor los diplomticos y conocedores de la coyuntura internacional, pero el impulso inicial lo debemos dar los ciudadanos espaoles y la meta no puede ser otra que el cumplimiento de las reiteradas resoluciones de las Naciones Unidas. Es decir, la celebracin de una pertinente consulta popular en ejercicio del derecho de autodeterminacin.

Pues se es un derecho que en su actual situacin les asiste a cada uno de los saharauis y as debe ser reconocido. No se trata de dejarles decidir por capricho lo que polticamente quieren ser, ni declarar una arbitraria voluntad de secesin respecto de Marruecos. No tienen que inventar una historia remota en apoyo de sus pretensiones ni exhibir originarios e improbables derechos colectivos. El Tribunal Internacional de La Haya (y a consulta del propio monarca marroqu) dej ya sentado el 16 de octubre de 1975 que no detectaba "ningn lazo de soberana territorial entre el territorio del Shara Occidental y el reino de Marruecos o el complejo mauritano. As pues, el Tribunal no ha encontrado lazos jurdicos (...) que modificaran la descolonizacin del Shara Occidental y en particular el principio de autodeterminacin a travs de la libre y genuina expresin de la voluntad de los pueblos del territorio".

El derecho de autodeterminacin con miras a la independencia poltica, segn los mejores estudiosos actuales (que nuestros nacionalistas, claro est, se honran en desconocer), tiene un fundamento "teraputico". Consiste en ser el ltimo remedio al alcance de una comunidad poltica particular para poner fin a la discriminacin o atropello duraderos por parte de su Gobierno central, al desprecio de los derechos humanos en ese territorio o, en fin, a su anexin por la fuerza a un Estado invasor. De ah que el campo preferente para el ejercicio de tal derecho hayan sido las anti-guas colonias. Juntos y por separado, aqullos son requisitos que all y desde hace al menos treinta aos se cumplen con creces.

Miren por dnde, de ello se seguiran otros beneficios adicionales. Y es que as se depara a nuestro Gobierno una excelente ocasin, al adoptar esa iniciativa hacia fuera, de hacer pedagoga poltica de puertas adentro. La ciudadana espaola tendra entonces la oportunidad de entender por qu un derecho incuestionable en el caso del Shara frente a Marruecos carece de fundamento legtimo en el de Euskadi dentro de nuestras fronteras. Todo cuanto se aduzca a favor de aqul tendr que argumentarse en contra de ste. De modo que, por si faltaran razones, ya slo la presuncin de este persuasivo efecto lateral debiera animarnos a favorecer el proceso de autodeterminacin saharaui.

No slo eso. Los riesgos polticos sern muchos, sin ninguna duda, pero Espaa recuperara en la escena mundial el reconocimiento que empez a ganar con la primera providencia de poltica internacional dictada por el actual Gobierno. Es hora de que nuestro Rey, en lugar de melifluas carantoas hacia el rgimen alauita, haga memoria de la palabra que empe de prncipe el 1 de noviembre de 1975 ante las gentes de El Aain. Es tambin el momento de pedir al presidente Zapatero que ese coraje del que hizo gala retirando las tropas espaolas de Irak lo muestre ahora sosteniendo la causa saharaui. Porque se trata de una deuda cuyo pago ya no pueden aguardar ms estos sufridos acreedores.


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