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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-02-2019

El crimen fue en Azuaga

Manuel Caada
Rebelin


Un bar es un sueo

en la luz de los vasos

y permite la droga azul del vino

para olvidar horarios cotidianos.

 

La juventud est sola

con los brazos cruzados

y busca en el amor

las gotas del milagro.


As comenzaba el poema que Manuel Pacheco escribira das despus del suicidio de Diego Snchez Molina. El 6 de febrero de 1987, el joven de 21 aos se ahorcaba colgndose de una viga en el corral de su casa, en Azuaga, das antes de ingresar en prisin condenado por escndalo pblico. Aquel crimen con forma de suicidio estremecera a toda Extremadura.

La trgica historia comienza un ao antes, el 2 de febrero de 1986, en el hostal Las Conchas, un singular bar y restaurante de la localidad, cuya fachada e interiores estn literalmente forrados por miles de conchas marinas. No hay como el calor del amor en un bar canta por esas fechas Gabinete Caligari. Diego y su novia, Mara, se encuentran aquel medioda en el local, tomando una copa junto a otra pareja, sentados frente a una de las chimeneas del amplio saln. Es domingo y los jvenes, ven la televisin, bromean y se besan. Como tantos otros, en cualquier rincn del mundo, van descubriendo el amor a tientas, acercando los cuerpos interrogantes, explorando los caminos innumerables del deseo.

Cerca de nosotros haba una pareja, unos nios que jugaban al futboln y el juez, que no sabamos quin era. Nuestro comportamiento era normal y, en determinado momento, Diego se levant para sacar un paquete de tabaco de la mquina. Luego, cuando regres yo puse una pierna sobre las suyas y Diego me dio un beso. Fue entonces cuando este seor, el juez, se levant y fue a llamar a dos policas municipales que, vestidos de paisano, tambin se encontraban all. As lo rememorar Mara unos das despus de que Diego se quite la vida. El juez de distrito de Azuaga, Antonio Navarro, se dirige a la pareja y recrimina su conducta: Esto no se puede hacer en pblico. El joven, asombrado de que alguien al que no conoce pueda censurarle de ese modo, responde airado: Con mi novia, puedo hacer lo que me sale de los huevos. Y el juez replica: Por decir eso no vas a ir al calabozo, vas a ir a la crcel. Ah comienza el calvario de Diego Snchez Molina. De nada servir que, al enterarse de quin es aquella persona, intente varias veces, pedirle perdn. El juez, en aquel mismo momento, ordena a los policas municipales que detengan al joven y le metan en el depsito municipal: No dejen entrar a nadie, slo a sus padres si quieren llevarle comida o mantas.

Diego duerme esa noche en los calabozos municipales y a la maana siguiente es trasladado al juzgado de Llerena, donde comparecer junto a su novia y a la pareja amiga. El juez Antonio Navarro les ha denunciado por escndalo pblico y desacato a la autoridad. Argumenta que Diego y Mara se encontraban en el bar Las Conchas iniciando continuas efusiones erticas. El juez de instruccin de Llerena, Jos Carlos Ruiz de Velasco Linares, deja en libertad a los otros tres denunciados pero decreta para Diego la prisin incondicional sin fianza y apelando a la alarma social que, segn l, ha suscitado el hecho, ordena el traslado inmediato a la prisin de Badajoz, ubicada a 148 kilmetros de la localidad. A las 17:45 la guardia civil se lleva al joven de Azuaga a la crcel pacense. All permanecer ocho das, en los que sufrir intentos de violacin, robos y palizas, que le marcarn hondamente. Al noveno da, el juez de instruccin dicta un nuevo auto, modificando el anterior, decretando la libertad provisional sin fianza de Diego Snchez Molina.

Leyes hediondas, cdigos, ratas de paisajes derruidos (Luis Cernuda)

 

En las caricias puras

las manos fueron ojos

que miraron los muslos deseados.

 

Ellos estaban solos

en la unin de sus manos

y no vieron al juez

que vigilaba sus abrazos.

 

Manuel Pacheco


Diego era un obrero eventual, que trabajaba en lo que sala, de jornalero en el campo, descargando camiones o de camarero. No tena trabajo fijo, serva copas algunas noches en la discoteca Canotier, aqu en el pueblo. No puedo entender porque mi hijo se quit la vida. Entre todos fueron cerrndole las puertas en cuanto al trabajo. Pocos das despus del suicidio, Emilia Molina, la madre, recordaba as las fatigas del joven durante el ltimo ao.

El dilema lacerante al que se ven abocados miles de extremeos, elegir entre la precariedad extrema o la emigracin, lo sufrir en carne propia la joven vctima. Azuaga es uno de los mejores exponentes de esta disyuntiva coercitiva que denigra a Extremadura. En 1950 la localidad contaba con casi 18.000 habitantes, en 1987 el nmero se haba reducido ya a poco ms de 10.200 y en 2019 la cantidad no alcanza siquiera los 7.900. El cierre de las minas, el desarrollismo ms bien el subdesarrollismo- franquista, el sometimiento de las inmensas riquezas de la regin a los intereses de una casta econmica y poltica parasitaria, todo ello ha contribuido a condenar a miles de vecinos a la emigracin forzosa. Y en el caso de Diego, tras el incidente, el campo de posibilidades se cierra progresivamente. La maldicin del caciquismo y de la humillacin planea sobre su futuro. La incertidumbre estrecha el cerco.

El joven ha salido de la crcel de Badajoz destrozado. All ha permanecido ocho das sin que ni siquiera la familia haya podido verle. Fuimos a buscar a Diego a la puerta de la crcel. No pareca el mismo. Estaba muy delgado, traa barba Pareca un desenterrao, recuerda la madre. Y el testimonio de Mara, la novia, apunta en el mismo sentido: El tiempo que pas en la crcel le marc. Yo le vi seales de pelea e incluso un mordisco en la oreja, pero el pareca estar como siempre. Lo paso fatal, se quiso cortar las venas, le haban pegado y le haban querido quitar una medalla, y un da le tuvieron mucho tiempo desnudo en la ducha, porque los otros reclusos no queran darle la ropa. La crcel, la mquina de suplicios y de destruccin humana, se ha empleado a fondo con Diego. Alguien debe haber sugerido la conveniencia de dar un escarmiento a aquel joven de tanto coraje. Al regresar a casa, Diego padece frecuentes depresiones nerviosas.

Pero la emboscada no ha hecho ms que comenzar. Un mes despus de retornar a su domicilio, el 17 de marzo, por orden del juez se procede al embargo del Renault5 propiedad del joven, con el objeto de cubrir la responsabilidad civil. Es todo lo que posee Diego. Pero su valor es nulo. Y as, el perito que tasa el coche para el juzgado certifica que el vehculo no vale nada por su antigedad y deterioro.

En los carnavales, una murga interpreta una copla con la msica de El beso y el siguiente estribillo: "El beso, el beso en Azuaga lo llevan las hembras con miedo y con ansia. No pueden darlo en la mano, ni pueden darlo al hermano, por qu, a ti te sale condena; si te ve el juez tu dormirs en la trena". El juez denunciante, Antonio Navarro, teme que la crtica ciudadana se extienda y comienza a preparar el juicio, citando a la pareja en numerosas ocasiones. Nos tena en un puo, afirma textualmente Mara.

El abogado que han buscado los jvenes, Valentn Robina, les sugiere que no hagan nada, que asuman su culpa. Esto me lo coment el propio Diego cuando le ofrec buscar un abogado apropiado, indica Jos Luis Gmez Gata, que era por entonces uno de los dirigentes de Izquierda Unida en Azuaga. Curiosamente, el letrado se retira meses despus sin explicar su decisin, porque est bajo secreto profesional.

Segn se acerca la fecha del juicio, el juez de distrito redobla los consejos y advertencias. Nos deca que como aceptsemos que se hiciera una manifestacin en el pueblo mandara a Diego a la prisin de Zaragoza siete u ocho aos, manifiesta la novia del joven. Y otro tanto testimoniar su ta, Mara Quintana: la madre nos deca que Zaragoza est muy lejos y que no bamos a poder ir a ver a Diego. Badajoz est ms cerca y as de vez en cuando le podremos visitar. Los jvenes acaban desistiendo, esperando de ese modo que la sentencia no sea severa. Hacen caso a la recomendacin del juez de no llevar testigos al juicio, aunque quienes s comparecern en l sern los policas locales presentes en la detencin

El 24 de noviembre de 1986 la Audiencia Provincial de Badajoz dicta una sentencia que echa por tierra sus esperanzas. Condena a Diego Snchez a cinco meses de crcel, 30.000 pesetas de multa y siete aos de inhabilitacin para ejercer la docencia por un delito de escndalo pblico y otro de desacato a la autoridad. Y castiga a Mara Dolores Muoz a dos meses de arresto, 20.000 pesetas de multa y tres aos de inhabilitacin para ejercer la docencia. La resolucin del tribunal argumenta que Diego y Mara ofendieron las buenas costumbres usuales, constituyndose en indeseable espectculo de actividades sugerentemente obscenas. La suerte est echada.

Una ciudad sumergida donde luchan el amor y la muerte


Judicialmente hablando

una cuerda en forma de injusticia

ahorc al muchacho.

 

Manuel Pacheco


6 de febrero de 1987. Diego ha salido a dar una vuelta con los amigos. Antes ha estado viendo un rato la pelcula de la segunda cadena, Un piloto regresa, que cuenta la historia de un soldado italiano confinado en un campo de prisioneros durante la segunda guerra mundial. Ese da mi Diego no tena que trabajar. Sali de casa y no volvi para la cena. Estuvo con unos amigos, gastando bromas con ellos. No notaron nada raro ni hizo comentarios sobre el suicidio o la muerte Al rato nos acostamos, pero a eso de la una de la madrugada, sent ruido. Diego haba vuelto a casa. O que pona la televisin y el volumen muy bajito. Y tambin ruido de platos, pues le haba dejado la cena en la mesa. Luego me dorm텔, as recuerda Emilia aquella noche fatdica.

A las siete de la maana la madre se levanta, un plpito la sobrecoge al ver la luz de la habitacin encendida, la colcha recogida y, sobre la mesilla, las llaves de casa y cuatrocientas pesetas en monedas. Me dio un vuelco el corazn. Llame a mi hija. Fali!, ha pasado algo, la cama de Diego est intacta, sus cosas estn colocadas. An es de noche, van a llamar al to, su casa est a cincuenta metros escasos. Claudio, ven, que ha pasado algo! El to sube al doblao, revisa las habitaciones, sale al patio, nada, ni rastro. Son las ocho menos veinte de la maana, empieza a clarear, Claudio se asoma al pozo y al darse la vuelta distingue unos zapatos apenas ocultos tras una toalla tendida en el alambre. El to retira la prenda y se estremece. All se encuentra el cuerpo de Diego, colgado de una soga. As, sin ruido, con una desesperacin sorda, procurando no molestar, yndose de puntillas, buscando el sosiego en la noche del fracaso. Un gran chorro de sombra inunda el patio. La noche soy y hemos perdido. As hablo yo, cobardes. La noche ya ha cado y ya se ha pensado en todo (Alejandra Pizarnik).

Durante todo un ao el corazn de Diego se ha ido llenando de asechanzas, de presagios de crcel, de alas rotas y flores de trapo (Lorca). Todos los caminos se han cegado, la desesperacin ha ganado la partida definitiva.

La noticia de la tragedia corre de boca en boca por todo el pueblo. Todo el mundo sabe que el chaval era una bella persona y que ha sido objeto del ms vil ensaamiento. Un rumor de indignacin va creciendo en cada casa, en cada familia. Un sentimiento hondo de humillacin recorre Azuaga y en cada pecho hay un conato de fuenteovejuna. La ira del pueblo estalla al da siguiente, tras el funeral. Una manifestacin espontnea, un tumulto de dignidad contra la injusticia, parte de la iglesia y recorre las calles, se planta ante el juzgado y despus frente a la puerta de la casa de Antonio Navarro. "Juez marrano, ponte en nuestras manos", gritan y lloran con rabia los amigos y vecinos de Diego. Es la nica vez en mi vida que he visto a todo el pueblo de Azuaga unido, me aseguraba hace unos das el dueo del bar Las Conchas, recordando el clamor de aquellos das.

El 12 de febrero se declara la huelga general en la localidad, denunciando el abuso judicial y exigiendo la inhabilitacin del juez. Todo el pueblo se echa a la calle tras una pancarta con una sola palabra en maysculas: JUSTICIA. Hace una semana, Isabel, amiga ntima de Mara y compaera de colegio del joven, evocaba la fecha con amargura y emocin inocultables: el pueblo sali a la calle muy tarde, reaccionamos ms a su muerte que a la injusticia, tendramos que haber apoyado mucho antes a Diego, es aberrante que te puedan meter en la crcel por mostrar un comportamiento carioso en pblico. El da de la manifestacin bamos todos en silencio y de repente alguien grit Asesino! Yo iba con un compaero al lado, detrs de la pancarta, y los dos nos echamos a llorar.

El juez, cuyo contrato haba terminado el 3 de febrero no volver a pisar la localidad, pero jams pagar pena alguna por su fechora. La movilizacin del pueblo ha puesto el dedo en la llaga, aunque sea de forma tarda. No, no es un lamentable episodio privado, sino una canallada, un crimen, sntoma de otros muchos crmenes y atropellos contra los ms humildes. Como ocurre siempre que el pueblo toma la palabra, el suicidio pasa de la pgina de sucesos al orden del da de la injusticia social, revolviendo los tranquilos despachos del despotismo y levantando la costra opaca de los considerandos. Las reacciones judiciales y polticas se suceden. Uno de los jueces firmantes de la sentencia, Julio Cienfuegos Linares, en un alarde de bellaquera corporativa manifiesta an el 11 de febrero que la condena era leve respecto a los hechos que haban ocurrido". Pero no est el horno para bollos y el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura, Jess Gonzlez Jubete, anuncia la denegacin de renovacin en el cargo de juez a Antonio Navarro (aunque aos ms tarde ser reenganchado como juez en cija). La sentencia impuesta por escndalo pblico deteriora la imagen de la Justicia y echa por tierra la labor realizada en los ltimos tiempos, declara el magistrado cacereo.

En los meses y aos siguientes, el manto del olvido, caracterstico de una transicin que ha decretado la amnista y la amnesia permanente para los desmanes de los poderosos, ir ocultando la sentencia vergonzante y el entramado institucional que la ha hecho posible y ha arrastrado al joven al suicidio. En octubre de 1987, el humorista Jos Luis Coll es procesado por desacato, a causa de un artculo publicado en Diario 16, titulado Ese juez, en el que criticaba al magistrado de Azuaga. Se le imponen 50.000 pesetas en concepto de responsabilidad pecuniaria. Y en febrero de 1988, la Audiencia provincial de Badajoz deniega la admisin a trmite de la querella por posible prevaricacin e induccin al suicidio, contra el juez Antonio Navarro, presentada por Cristina Almeida en representacin de la comisin vecinal. Con todo, el caso Azuaga y la movilizacin ciudadana sern determinantes para que en marzo de 1988, a propuesta de Izquierda Unida, sea derogado el delito de escndalo pblico, y se proceda a las modificaciones correspondientes en el Cdigo Penal.

El caso Azuaga pone de relieve una vez ms hasta qu extremo es alargada la sombra del franquismo, la pervivencia de la moral mojigata propia del rgimen y la complicidad estructural e impunidad de los dispositivos de poder que han sobrevivido a la dictadura. Los aos de la Transicin estn tallados por el miedo y la violencia institucional. En Extremadura, tres hechos de los aos ochenta cuando pareca que la democracia estaba ya consolidada- lo simbolizan con claridad. Feria-1980, Azuaga-1987 y Palomas-1989 representan cabalmente la otra transicin, la que nos han ido hurtando episodio tras episodio de Cuntame. El asesinato en Feria de Joaqun Mendoza, de 17 aos de edad, por parte de la guardia civil, el crimen-suicidio en Azuaga, y la muerte en Palomas de ngel Luis Snchez y Marcelino Garrido, los jornaleros furtivos ahogados en el ro Matachel cuando huan de la guardia civil, encarnan el marco de coaccin en el que se produjo la transicin. Cuatro vidas, cuatro jvenes menores de 21 aos, atropellados por un poder brutal, decidido a toda costa a frenar las ansias de cambio social.

En Espaa se han perdido las buenas costumbres. La gente no ha sabido responder al cambio democrtico porque ahora se hace un uso nefasto de las libertades, declarar el infame juez Navarro, an el 12 de febrero, con el cadver an reciente del joven de Azuaga. Si el muchacho se hubiera disculpado en pblico yo habra retirado los cargos, pero no lo hizo, por chuleta. Les mand detener mayormente por el insulto, por el principio de autoriad. Lo que no se puede aguantar en esta vida es la chulera de algunos que se creen los dueos del mundo.

El suicidio de Azuaga revela hasta qu extremo las instituciones funcionan como un conjunto de cepos concertado contra la disidencia social y especialmente contra los jvenes. A pesar de que el movimiento popular que emergi con fuerza en el tardofranquismo y en la transicin parece embridado, la juventud sigue representando para los sectores ms reaccionarios la bestia negra, el emblema de la ruptura democrtica que, quin sabe, an podra retornar. Sobre la juventud, se proyectan fantasas, temores y deseos para poder disciplinar su belleza, es decir, su potencial poltico, la vida nueva que los cuerpos de los jvenes llevan como promesa de transformacin en su interior (Germn Labrador). Cuntos jvenes arrebataron la represin y la herona en los aos ochenta y noventa? La herona, que como deca una campaa de la poca, no cae del cielo, introducida en los barrios por el poder, destrozando el tejido comunitario de aos. Sin trabajo, ni hogar, ni perspectivas, la juventud marginada se deshace en los aos ochenta a las espaldas del mundo. La imagen de los jvenes se carga de estigmas: pasota, mangui, drogata, una generacin en la cuneta, a la que hay que rendir definitivamente y poner a currar conforme a los dictados de la precariedad y del rampante neoliberalismo. La marginacin, la porra, el desprecio, el sermn, el conductismo, las redadas, las visitas de alguna buena monja (E. Haro Tecglen), constituirn el tratamiento predilecto para aquella juventud disidente, combinado eso s con otras herramientas como el mal llamado Plan de Empleo Juvenil de 1988.

Poco antes de los hechos aqu narrados, en 1984, Vctor Chamorro, incmodo tbano para el poder, se preguntaba en el ltimo de los tomos de su Historia de Extremadura, sobre las proporciones enormes que adquira en nuestra tierra por entonces otra plaga bblica: el suicidio. Qu est ocurriendo para que se produzca esta salvaje oleada de suicidios que con trgica e inexorable puntualidad golpea todos los das a las puertas de Extremadura?. El suicidio no es un mal privado, ni el gesto heroico del vengador de s mismo, como lo definiera Sneca. El suicidio es un asunto eminentemente colectivo y sociolgico. Qu est ocurriendo en Extremadura, en Espaa, en el mundo, durante la ltima dcada para que se incremente vertiginosamente el nmero de suicidios? Cmo se explica que, desde 2008, la principal causa de muerte no natural en Espaa sea este, que rondemos ya los once suicidios diarios? El capitalismo es una fbrica de soledad, de alienacin, de desesperacin. El paro, los desahucios de vivienda, la explotacin, la violencia en todas sus formas, la competencia como ley principal, la humillacin social, la disolucin de los vnculos comunitarios, son la va regia al suicidio.

No son suicidios son asesinatos, hemos gritado en los ltimos aos, frente al intento de privatizar el dolor colectivo de la marginacin y los desahucios. Tampoco la muerte de Diego Snchez Molina fue un suicidio, sino un crimen, un asesinato. La libertad y la dignidad siempre estn asediadas por el poder, por los psicpatas con mando en plaza. Y por eso mismo, necesitan de la memoria, del recuerdo de quienes sufrieron y de quienes pelearon contra la injusticia.

Para huir de la muerte nos amaremos todos, enteros, sin horario y sin ley, sencillamente, cant el gran Pablo Guerrero por los aos setenta. Memoria y dignidad, para huir de la muerte.

Referencias: este artculo quiere ser un homenaje a Diego Snchez, a Mara Dolores Muoz y a todas las personas que sufrieron a causa de aquel proceso delirante y desptico. Tambin un reconocimiento al pueblo de Azuaga, que se levant para denunciar la ignominia. Doy las gracias a todas las personas que han prestado su colaboracin o testimonio, y entre ellas a Isa Hep, Vicente Carmona y Jos Luis Gmez Gata, de Azuaga y a Mximo Blanco, de Maguilla. El escrito ha tomado como referencias los artculos y reportajes publicados en esas fechas en diversos diarios, especialmente el ABC, el Hoy y El Pas.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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