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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-02-2019

Crnica desde un Hait al rojo vivo
Debemos vivir como personas

Lautaro Rivara
Nodal


El clima social viene caldendose en Hait, conforme las frustraciones sociales se acumulan en un polvorn que nunca termina de desactivarse. Despus de las intensas movilizaciones del ao pasado, con epicentros masivos y radicales en los meses de julio, octubre y noviembre, la tregua tcita de fin de ao dio lugar a unas navidades materialmente precarias, pero tranquilas. Pero las festividades no fueron ms que un interludio breve.

Pronto se reanudaran las batallas contra la caresta de la vida, la corrupcin endmica, la crisis social y econmica y la ausencia de un modelo de nacin para la primera repblica independiente surgida a la historia de este lado del Ro Bravo. Las protestas ya llevan ocho intensas jornadas, y nada parece sealar que vayan a detenerse.

Los primeros sntomas de este nuevo ciclo de protestas se manifestaron en nuestro propio pueblo, cuando jvenes descontentos por el accionar policial en un conflicto de tierras prendieron fuego a la comisara de polica de la localidad de Montrouis, en el departamento Artibonite. La respuesta, previsible, fue la rpida militarizacin de un poblado por lo dems pacfico. Al da siguiente del hecho, las fuerzas especiales del CIMO ya dorman su siesta larga frente al mercado del pueblo, y nadie poda recordar cmo era que haban ido a parar all, ni con qu propsito. Pero pronto el conflicto comenz a multiplicarse en diferentes focos del pas hasta llegar a la explosiva jornada del 7 de febrero, aniversario de la huida del pas del dictador Jean-Claude Duvalier. Desde entonces comenz a combinarse todo el repertorio de acciones callejeras habidas y por haber: concentraciones espordicas, inmensas movilizaciones espontneas, caravanas de motocicletas, huelgas de transportistas, la quema de comisaras y edificios gubernamentales, y, sobre todo, miles de barricadas que rpidamente tabicaron la capital y los diez departamentos del pas.

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Hace semanas que la escasez de combustible no deja de agravarse. Las largas colas que poblaban las estaciones de gas han cedido paso a puertas cerradas y playones vacos, sin autos ni transentes. Los ltimos galones de circulacin legal fueron engullidos por el contrabando, y ahora slo es posible conseguir combustible en la calle, tras arduas negociaciones y a precios imposibles. En estas refriegas es el pequeo consumidor quin lleva todas las de perder, desde el chofer que necesita echar a rodar su motocicleta para comprar su racin diaria de arroz con frijoles, hasta la vendedora que precisa encender su mechero para continuar sus ventas al menudeo en las horas sin sol.

Las causas del desabastecimiento tienen que ver con las responsabilidades contradas por el deficitario estado haitiano, que adeuda pagos millonarios a la empresa que concentra las importaciones. Los monopolios, sin remordimientos, ajustan cuentas haciendo rechinar los dientes de toda la poblacin con su poder de paralizar el pas. Las calles estn casi vacas, y los precios de todas las cosas, desde el transporte hasta la alimentacin, se han disparado por los aires. La economa cotidiana est deshecha, y est paralizado el trajinar diario de quines cada da luchan por su subsistencia en el pas ms pobre (o ms bien, empobrecido) de todo el hemisferio.

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Mientras la agenda internacional se empecina en volver la mirada hacia la agredida Venezuela, la grave crisis haitiana pasa, una vez ms, prcticamente desapercibida. Y es que a los motivos del aislamiento que sufre la nacin caribea, en dnde los factores polticos y econmicos son an ms determinantes que su condicin insular o su singularidad lingstica, se suma un hecho fundamental. El ensimismado gobierno nacional de Jovenel Mose, jaqueado por ocho das de protestas y repudiado por prcticamente todos los sectores de la vida nacional haitiana, viene de dar una significativa seal de alineamiento a la diplomacia de guerra norteamericana, al reconocer en la OEA al autoproclamado Juan Guaid. White dog, como se ha dado en llamar al recientemente ungido presidente del Departamento de Estado.

La poltica abstencionista que Hait vena sosteniendo junto a otras naciones caribeas, haba sido determinante para evitar que los Estados Unidos y el Grupo de Lima expulsaran a Venezuela del mismo organismo inter-regional en el mes de febrero del 2018. Ahora bien, la poltica pragmtica y mendicante de Mose malamente podra ser confundida con afinidad ideolgica con el socialismo del siglo XXI. Al ser jalado de la correa Mose volvi rpidamente al redil, traicionando los vnculos histricos del pas con Venezuela y sobre todo la generosa poltica sostenida por Hugo Chvez Frias y la plataforma de integracin energtica Petrocaribe desde el ao 2005.

As es que a casi nadie conviene hoy sealar que si se trata de urgencias humanitarias, xodos migratorios, inseguridad alimentaria, represin estatal y ausencia de democracia, el foco de las preocupaciones debera recaer sobre el devastado Hait y las miradas admonitorias sobre su clase poltica y sus puntales internacionales. Pero es evidente, dado el apoyo irrestricto de los Estados Unidos al apartheid israel o al desquiciado rgimen de la monarqua absolutista saud, que de lo que se trata es de garantizar la explotacin del crudo venezolano y de completar el proceso de recolonizacin continental inaugurado con el golpe de estado en Honduras hace ya exactamente una dcada. Lo dems son tan slo coartadas ms o menos imaginativas, como las armas de destruccin masiva de Iraq o el patrocinio de Cuba al terrorismo.

Resultado de imagen para haiti racismo. A esta resonante indiferencia ante la crisis haitiana, debemos sumar tambin una explicacin ligada al secular racismo de un mundo colonialmente estructurado desde los tiempos de la esclavitud plantacionista y el comercio triangular. Racismo que hace que diversos sectores, incluso progresistas o de izquierda, se encandilen ante la elegancia con que luchan en las calles parisinas miles de chalecos amarillos (ciertamente dignos), pero despreciar las batallas desesperadas de un pueblo negro y tercermundista que no ha cesado de movilizarse de a cientos de miles, e incluso de a millones, desde la insurreccin popular de julio de 2018.

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La palabra ladrn tiene en creol, la lengua nacional de los haitianos, una connotacin mucho ms subida que en otras lenguas continentales como el portugus, el espaol y el ingls. No es un trmino de uso tan frecuente ni un vocablo para dispensar a la ligera. El robo es considerado una ofensa grave a toda la comunidad, por lo que en algunas zonas rurales an se lo castiga severamente, con mtodos de justicia autogestionados por las propias comunidades. Por eso es que caracterizar al presidente de la repblica y a toda la clase poltica como viles ladrones, es un hecho menos frecuente y an ms significativo que en muchos de nuestros pases. Resultado de imagen para haiti pobreza

La acusacin se relaciona al desfalco de fondos pblicos, probado por el Senado haitiano e investigado por el propio Tribunal Superior de Cuentas, que inculpa a altos funcionarios de estado de la actual administracin y de la anterior gestin presidencial de Michel Martelly. La suma, dilapidada por la clase poltica local en convenio con capitales diversos, es de unos 3.800 millones de dlares, previstos para atender las infinitas urgencias infraestructurales que tiene el pas. Se trata de fondos que la Revolucin Bolivariana otorgara generosamente en el marco de los programas de desarrollo de la Plataforma Petrocaribe.

Si a esta corrupcin endmica sumamos la delicada situacin de la economa y la sociedad haitianas, podremos comprender fcilmente los rencores acumulados y las ansias de transformacin social, expresadas en las calles por un mosaico que expresa contradictoriamente a sectores sindicales y polticos, urbanos y campesinos, eclesisticos y empresarios, conservadores y radicales.

Algunos indicadores econmicos pueden ayudarnos a resumir rpidamente la situacin: una devaluacin de la moneda nacional, el gourde, de un 20 por ciento a lo largo del 2018; una inflacin de dos dgitos que algunos analistas estiman en el orden del 14 o 15 por ciento; el derroche de recursos pblicos en prebendas de todo tipo absorbidas por la clase poltica; el desmanejo econmico de un estado que ni siquiera cuenta con un presupuesto oficial desde que fuera retirado el previsto para el ciclo 2018-2019; los niveles alarmantes de desempleo y la completa informalidad del mundo laboral; la ruina pronunciada de la produccin agrcola; el xodo permanente de las jvenes, expulsados del campo a la ciudad y de all a pases dnde son discriminados y superexplotados; y por ltimo, el hambre que golpea duramente a prcticamente un 60% de toda la poblacin.

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Un carro blindado de las Naciones Unidas, conducido por militares extranjeros, perdi el control y embisti de lleno a un tap tap, el popular medio de locomocin haitiano. El saldo, trgico, fue de cuatro muertos y nueve heridos. Un accidente involuntario, sin dudas. Pero el estupor y la bronca de los ciudadanos de a pie no parece deberse a la impericia del conductor, sino al hecho de no poder entender por qu un carro blindado, un vehculo de guerra, circula amenazante por un pas pobre y sin fuerzas armadas que no representa una amenaza para la seguridad de terceros pases. Hace 15 aos comenz la llamada pacificacin de Hait, impulsada por las Naciones Unidas y plasmada en la intervencin de una fuerza militar y civil multilateral, la MINUSTAH (hoy MINUJUSTH).

Pero al da de hoy, la principal amenaza para la poblacin, ms que la inseguridad local (baja si la comparamos con su incidencia en el resto de la regin) y an ms que el accionar sus propias fuerzas policiales, lo constituye la presencia de una fuerza de ocupacin. Entre los atropellos se cuentan las violaciones sistemticas a mujeres de los llamados guetos, entre 7 mil y 9 mil vctimas fatales por la epidemia de clera trada al pas por un contingente de soldados nepales, y un nmero incierto de jvenes asesinados en las barriadas de la capital Puerto Prncipe. En Hait, cmo podra suceder en Venezuela, la llamada ayuda humanitaria no ha sido ms que una excelente coartada para violar la soberana territorial de nuestras naciones. La pequea nacin caribea es hoy un muestrario de lo que el capitalismo humanitario podra generar en Venezuela.

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10 muertos reconocen ya las fuerzas policiales. Una media centena, e igual nmero de heridos, afirman enfticamente sectores de la oposicin y los movimientos sociales. En los ltimos das las calles y las redes sociales muestran una serie de imgenes escabrosas. Jvenes y nios tendidos, agonizando, en las calles de la capital. Un militante popular socorrido por sus compaeros, tras ser derribado por una bala policial en las inmediaciones del parlamento. Una densa humarada negra que cubre la ciudad de forma casi permanente, generando un clima irrespirable.

El mercado de Croix-des-Bossales, mil veces incendiado, mil veces reconstruido, otra vez reducido a una maraa de hierros retorcidos. Pero tambin hay imgenes indudablemente heroicas, con ese herosmo propio de las gentes sencillas, sin margen, que se animan. Estar en las calles de Hait es hoy mucho ms que una opcin poltica y un gesto de coraje: es una necesidad vital, el cross desesperado de un pueblo contra las cuerdas. Hombres en sillas de ruedas o en muletas marchando bajo el sol abrasador de medioda. Vendedoras y mujeres ancianas gritando sus consignas desaforadas frente a la represin policial. Y tambin, pequeos de gestos de solidaridad internacional que titilan como luces tenues, y llegan al pas saltando las barreras del idioma y la desidia.

Nou gen dwa viv tankou moun. Tenemos derecho a vivir como personas, se lee en una pancarta que sintetiza un programa mnimo, elemental, meramente humano. El programa de un pueblo que an recuerda las glorias pasadas, que an cree en las posibilidades de regeneracin nacional y que busca fanticamente y por segunda vez, su independencia y su dignidad. Un pueblo que sufre, s, pero que jams se resigna.

Lautaro Rivara es socilogo y miembro de la Brigada Dessalines de Solidaridad con Hait.

Fuente: https://www.nodal.am/


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