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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-02-2019

Imgenes de poder

Gregorio Morn
Vox Populi

Quien roba y se enriquece a cargo del Estado no es precisamente un enfermo necesitado de que le expliquen las normas de comportamiento de un cargo pblico


Silvio Berlusconi, durante una entrevista en televisin (Cordon Press).

Ya no hay lderes sin imgenes. Incluso antes de que exista el liderazgo aparecen las imgenes que lo preparan para que lo sea. Previo a pasar por las urnas ha de exhibirse en una pantalla y ella ser la que decida las muchas o pocas posibilidades de llegar lejos. De ah que los chepudos, bajos, feos o con minusvalas tengan en los partidos el papel de ayudantes del que manda. Una cosa es admitirlos como parte del paisaje, entre otras cosas porque queda bien, y otra que aspiren a alcanzar la cima. El electorado no se lo permitira y las cpulas de los partidos an menos. Como tenemos un presidente del Gobierno que se jacta de guapo, agudo, inteligente, seductor y todo lo humanamente posible para quien no pone lmites a su ego y su ambicin, no cabe descartar que ms pronto que tarde se inclinar por la exhibicin en el cine. Si ha llegado a convertirse en autor de un libro, tratndose de un tipo que por no escribir ni ha redactado su propia tesis doctoral, por qu habremos de sorprendernos cuando lo veamos en la gran pantalla haciendo de guapo, agudo, inteligente y seductor presidente del Gobierno.

Existe ya un precedente: Silvio Berlusconi, el rey de las imgenes. Es un fenmeno a estudiar, tanto por el arte de encantar a sus innumerables espectadores como por su capacidad para convertirlos en sumisos votantes. Dedicamos demasiado tiempo a analizar su atractivo para las masas de televidentes, pero muy poco a sus caractersticas personales. Aqu es donde entra una pelcula como Silvio (y los otros), un filme de ese director seducido por las imgenes del poder, Paolo Sorrentino. Cabe darle las gracias a l y a la siempre emptica actuacin de Toni Servillo, un actor moldeable como un guante que lo mismo sirve para transmitir el calor de un abrazo como para dar brutales golpes sin estropearse la mano.

Son ellos los que me llevaron a descubrir una singularidad en nuestras carteleras: la coincidencia de tres filmes sobre las imgenes del poder. Adems del Berlusconi de Sorrentino-Servillo, el escabroso relato del ascenso de Dick Cheney hasta el poder absoluto en los EEUU de Bush, el tonto. Por alguna razn que se me escapa, en Espaa se titula El vicio del poder, lo que me parece una cursilada de fariseos, porque el poder no es un vicio sino algo que va ms all del ego y que afecta al conjunto de la sociedad e, incluso en este caso, al mundo. Donde los norteamericanos titularon con el escueto Vice, que indica el Vicepresidente, aqu han querido darle una vuelta de tuerca y calificarlo como El vicio del poder.

No es extrao que el tercer filme sobre el tema, el espaol 'El Reino', de Rodrigo Sorogoyen, tenga cierto aire de pecado. No estamos ante dos animales del poder y el beneficio, como con Berlusconi o Cheney, sino ante un pjaro de menor cuanta, alto cargo autonmico, visible cabeza de una trama de corrupcin generalizada y en la que no cuesta demasiado ver la sombra del PP, de Brcenas, de Valencia o de Galicia. Una pelcula ms que digna que tiene el mrito de poner en imgenes el flagelo que nos castiga.

Quiz su fragilidad est en que los actores de la pelcula espaola, notables pero demasiado apegados al pelo de la dehesa, no alcanzan la envergadura de un Berlusconi o un Cheney. Aqu, la realidad evidente de los protagonistas acaba achicando al filme por falta de carcter, una ausencia solo superada por las breves y contundentes intervenciones de ese actor descomunal que es Jos Mara Pou. Igual que un vicepresidente autonmico no tiene a su alcance el poder de Berlusconi o Cheney, unos actores voluntariosos pero con limitados recursos no llegan a transmitir el volumen de su desvergenza. Las escenas de accin y hasta las de jolgorio traslucen una pobreza involuntaria que no casa con la envergadura de sus delitos, parecen producto de telefilme. Bastara decir que el momento ms trascendental, el que resume y cierra la pelcula, el que planta a dos protagonistas ante dos monlogos definitivos por su fuerza, se ven empequeecidos porque la tarea est muy por encima de la capacidad de los actores, y no porque lo hagan mal sino porque les falta presencia y dominio. Ese estar ante las cmaras para que te adoren, como Berlusconi, o para despreciarlas, como Dick Cheney.

El fondo del asunto est ah. Nosotros podemos tratar la corrupcin del poder, pero an no somos capaces de representarlo sin que parezca un vicio. Quien roba y se enriquece a cargo del Estado no es un enfermo necesitado de que le expliquen las normas de comportamiento de un cargo pblico. sas se las sabe muy bien, mucho mejor que usted y yo. Hacerse muy rico aprovechando a la Administracin que diriges es una misin que colma una vida. Las paparruchas sobre el patriotismo, la sociedad abierta y liberal, la igualdad de oportunidades, pueden llegar a ser una herramienta, pero lo que mueve a un hombre de Estado no solo es ejercer el poder sino servirse de l. Para qu estara el poder si no!

Cuando Dick Cheney consigue convencer a los suyos y a algunos aliados menos avezados que l, como nuestro inefable napoleoncito de los abdominales, de que hay que invadir Irak y derribar a Sadam, no es por una cuestin geoestratgica -de ah su inquina hacia Kissinger, que todo lo analiza en esos trminos-, sino por sus intereses econmicos con las grandes empresas energticas. No tiene vicios; solo intereses. Le ocurre lo mismo que a Berlusconi y lo expresa meridianamente su esposa en el filme: todo se lo debes a Craxi. Porque aquello que los espectadores deben tener muy claro es que para llegar ah no basta con ser un garrulo constructor de contratas amaadas desde la autonoma de una regin espaola; es una operacin de altura que requiere a alguien que te ensee el oficio de estafar a lo grande, y en este caso berlusconiano fue el lder socialista Bettino Craxi, al igual que para Cheney lo fue lamer los traseros de los potentados que auparon a Richard Nixon.

No se pierdan las pocas oportunidades que tenemos de contemplar al poder en el espejo de una pantalla y disfruten de su propia dolencia, como masoquistas que somos, al contemplar cmo nos engaan los guapos mientras les brindamos unas sonrisas por su talento para burlarse de nosotros.

Fuente: https://www.vozpopuli.com/opinion/Imagenes-poder_0_1220879137.html

 


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