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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-02-2019

El bosque de la Saudraie

Victor Hugo
El viejo topo


Nota de edicin: Tal da como hoy [26.02] de 1802 naca el gran escritor francs Vctor Hugo. Lo evocamos con el primer captulo de su ltima y trepidante novela, mezcla de ficcin y relato histrico, situada en 1793: un ao turbulento y decisivo para la Revolucin Francesa.

 

El noventa y tres. Libro Primero. Captulo Primero

En los ltimos das de mayo de 1793, uno de los batallones parisienses enviados a Bretaa por Santerre registraba el temible bosque de la Saudraie, en Astill. El batalln se compona ya solo de unos trescientos hombres, porque haba sido diezmado en aquella dura guerra. Era la poca en que despus de los combates de Argonne, Jemmapes y Valmy, el primer batalln de Pars, que tena seiscientos voluntarios, haba quedado reducido a veintisiete hombres, el segundo a veintitrs, y el tercero a cincuenta y siete. Tiempo fue aqul de luchas picas.

Los batallones enviados desde Pars a la Vende constaban de novecientos doce hombres. Cada batalln llevaba tres piezas de artillera. Haban sido organizados rpidamente. El 25 de abril, siendo Gohier ministro de Justicia y Bouchotto ministro de la Guerra, la seccin de Bon-Conseil propuso enviar batallones de voluntarios a la Vende. Lubin, miembro de la Municipalidad, present su dictamen sobre este asunto, y el 10 de mayo Santerre se hallaba en disposicin de enviar doce mil sol da dos, treinta piezas de artillera y un batalln de artilleros. Aun que estos batallones se organizaron apresuradamente, resultaron tan perfectos que sirven an hoy de modelo, y con arreglo a su organizacin se han formado las compaas de lnea; debido a estos batallones se ha cambiado la antigua proporcin entre el nmero de soldados y el de sub oficiales.

El 28 de abril, el municipio de Pars haba dado a los voluntarios de Santerre esta consigna: No hay perdn ni cuartel. A fines de mayo, de los doce mil hombres que haban partido de Pars, ocho mil haban muerto.

El batalln que haba penetrado en el bosque de la Saudraie marchaba con gran precaucin. Sin precipitarse, miraba al mismo tiempo a derecha e izquierda, delante y detrs. Klber haba dicho: El soldado debe tener un ojo en la espalda.

Haca largo tiempo que marchaban. Qu hora sera? En qu instante del da estaban? Hubiera sido difcil decirlo, porque siempre hay una especie de crepsculo en tan silvestres espesuras, y nunca es de da en semejantes bosques.

El bosque de la Saudraie era trgico. Fue en l donde los crmenes de la guerra civil comenzaron, en diciembre de 1792. Mousqueton, el cojo feroz, haba salido de aquellas espesuras funestas, y el nmero de asesinatos cometidos en ellas haca erizar los cabellos.

Era aquel bosque espantoso, y los soldados se internaban en l con suma cautela. Todo estaba florecido; en torno se vea una temblorosa muralla de ramajes, de los que se derramaba la deliciosa frescura de las hojas. Los rayos del sol penetraban aqu y all las verdes tinieblas; en el suelo, la correhuela, el junco de los pantanos, el narciso de los prados, la mar garita, que anuncian la primavera, bordaban y festoneaban una tupida alfombra de vegetacin, en la que hormigueaban todas las formas del musgo, desde la que asemeja una oruga hasta la que imita a las estrellas. Los soldados se adelantaban paso a paso y en silencio, apartando suavemente la maleza. Los pjaros gorjeaban por encima de las bayonetas.

La Saudraie era uno de esos sotos donde antiguamente, en tiempos ms tranquilos, se cazaban pjaros en la noche. Pero ahora solo se cazaban hombres.

El bosque se compona de abedules, hayas y encinas. El terreno era llano, y el musgo y la hierba espesa amortiguaban el ruido de los pasos; no haba ningn sendero o, por mejor decirlo, los senderos se borraban al momento; los robles, las citrinas, la maleza y las zarzas imposibilitaban ver a un hombre a diez pasos de distancia.

De cuando en cuando pasaba por entre el ramaje una ardilla o una gallineta de agua, indicando la proximidad del pantano.

Los soldados caminaban a la aventura, inquietos y temerosos de encontrar lo que buscaban.

A veces hallaban seales de campamentos, de un fuego, hierbas pisadas, palos en cruz, ramas ensangrentadas; all se haba cocinado el rancho, aqu se haba dicho misa, en aquel lugar se haba curado a los heridos. Pero los que haban pasado por esos lugares ya no estaban en ellos. A dnde se haban dirigido? Quiz estaban lejos, o quiz cerca, ocultos con el trabuco en la mano. El bosque pareca estar desierto; pero el batalln redoblaba su prudencia, porque la soledad inspiraba desconfianza.

No ver a nadie era una razn ms para temer que hubiese alguien; el bosque tena mala fama y una emboscada era lo ms probable.

Mandados por un sargento, treinta granaderos, destacados como exploradores, marchaban por delante, a gran distancia del grueso de las fuerzas; la cantinera del batalln los acompaaba. Las cantineras se incorporan de buen grado a la vanguardia; all se corre peligro, pero se ve algo, y la curiosidad es una de las formas que adopta el valor femenino. De repente, los soldados del pequeo destacamento de vanguardia experimentaron aquella sensacin conocida de los cazadores que indica la proximidad de la caza. Se haba odo una especie de respiracin en el centro de la espesura, y pareca que acababa de verse un movimiento de las hojas. Los soldados se hicieron una seal.

En las tareas confiadas a los exploradores, los jefes no necesitan mezclarse; lo que debe hacerse se hace por uno mismo.

En menos de un minuto, el punto en que se haba advertido el movimiento fue cercado. Un crculo de fusiles apuntndolo lo rode. De todas partes, y a la vez, se orientaron las bocas de fuego hacia el centro oscuro de la maleza y los soldados con el dedo en el gatillo y la vista sobre el sitio sospechoso solo esperaban para disparar la voz de mando del sargento.

Entretanto, la cantinera se aventur a mirar por entre las zarzas, y en el instante en que el sargento iba a gritar fuego!, ella grit:

Alto! se volvi despus hacia los soldados y les dijo:

No disparis, camaradas y se precipit a la espesura, seguida de los exploradores.

En efecto, all haba alguien: en lo ms intrincado del matorral, junto a una de esas pequeas explanadas que forman en los bosques los hornos de carbn al quemarse las races de los rboles, y en un agujero formado por las ramas, especie de cueva de follaje entreabierta como una alcoba, estaba sentada una mujer sobre el musgo, dando el pecho a un nio, y teniendo en su regazo las cabecitas rubias de otros dos nios dormidos.

Aquella era la emboscada.

Qu hacis aqu? grit la cantinera.

La mujer levant la cabeza.

La cantinera aadi furiosa:

Ests loca para permanecer aqu! continu enfurecida la cantinera. Un minuto ms y todos estarais muertos.

Luego se dirigi a los soldados.

Es una mujer.

Pardiez!, ya lo vemos afirm un granadero.

Venir al bosque a que os fusilen! prosigui la cantinera. Nunca he visto una idea ms estpida.

La mujer, estupefacta, petrificada, miraba a su alrededor como a travs de un sueo, viendo aquellos fusiles, aquellos sables, aquellas bayonetas y aquellas caras feroces.

Los dos nios se despertaron y asustados se echaron a llorar.

Tengo hambre! dijo uno.

Tengo miedo! dijo el otro.

El menor continuaba mamando.

La cantinera se dirigi a l.

T s sabes lo que haces.

La madre estaba muda de espanto.

El sargento se dirigi a ella:

No tengas miedo, somos del batalln del Gorro Rojo.

La mujer tembl de pies a cabeza. Mir al sargento, en cuyo duro semblante no se vean ms que las cejas, las pestaas y los bigotes, aparte de las brasas de sus ojos.

El batalln de la antigua Cruz Roja aadi la cantinera.

El sargento continu:

Quin eres?

La mujer lo contemplaba muda de espanto. Era delgada, joven, plida e iba vestida de harapos, con el grueso capuchn de las labradoras bretonas y la manta de lana sujeta al cuello con un bramante. Dejaba ver su seno desnudo con la indiferencia de una nodriza. Sus pies, sin medias ni calzado, estaban en sangrentados.

Es una mendiga dijo el sargento.

Cmo te llamas? pregunt la cantinera con una voz que estaba entre la del soldado y la femenina, pero en cualquier caso dulce.

Michelle Flchard murmur la mujer tartamudeando.

La cantinera, entre tanto, acariciaba con su ruda mano la cabecita del lactante.

Cunto tiempo tiene este mueco? pregunt.

La madre no comprendi. La cantinera insisti:

Qu edad tiene este?

Ah! Dieciocho meses dijo la madre.

Ya es mayor dijo la cantinera. No tienes que darle ms de mamar. Ser preciso destetarlo. Le daremos de nuestra sopa.

La madre comenz a tranquilizarse. Los dos nios, ya completamente despiertos, se mostraban ms curiosos que asustados.

Admiraban los plumeros de la tropa.

Ah! exclam la madre. Tienen mucha hambre.

Y aadi:

Y ya no tengo leche.

Les daremos de comer dijo el sargento, y tambin a ti. Pero antes dime: cules son tus opiniones polticas?

La mujer mir al sargento sin responder.

Entiendes mi pregunta?

Ella balbuce:

Me encerraron en un convento siendo muy joven, pero me cas, no soy religiosa. Las monjas me ensearon a hablar francs. Mi aldea fue incendiada. Nos pusimos a salvo con tan tas prisas que no pude ni ponerme los zapatos.

Te pregunto cules son tus opiniones polticas.

De eso no entiendo.

Es que hay espas prosigui el sargento, y a los espas se les fusila. Vamos, habla, no eres gitana?, cul es tu patria?

Ella continu mirndolo sin comprender.

Cul es tu patria? insisti el sargento.

No lo s.

Cmo! No sabes de qu pas eres?

Ah, s, de mi pas.

Y cul es tu pas?

La alquera de Siscoignard respondi la mujer, en la parroquia de Az.

El sargento se qued estupefacto.

De dnde has dicho? inquiri, tras meditar un momento.

De Siscoignard.

Eso no es una patria.

Pero es mi pas. Ya entiendo agreg la mujer, tras reflexionar unos instantes. Vos sois de Francia y yo de Bretaa.

Y qu?

Que no es el mismo pas.

Pero s la misma patria! proclam el sargento.

Yo soy de Siscoignard se limit a responder la mujer.

Vaya por Siscoignard repuso el sargento. Es de all tu familia?

S.

Y qu hacen?

Han muerto todos. Ya no tengo a nadie.

El sargento, al que se le daba bien el parloteo, continu el interrogatorio.

Diablo! Siempre hay o ha habido parientes. Quin eres t? Habla.

La mujer escuchaba aturdida los sonidos de aquellos acentos que ms le parecan los rugidos de una fiera que palabras humanas.

La cantinera comprendi la necesidad de intervenir. Volvi a acariciar al beb y golpe cariosamente las mejillas de sus hermanos.

Cmo se llama la pequea?, porque ya veo que es una nia.

Georgette respondi la madre.

Y el mayor? Porque este bribn ya es un hombre.

Ren-Jean.

Y el pequeo, que tambin es todo un hombre, el mofletudo?

Gros-Alain repuso la madre.

Estos nios son muy guapos admiti la cantinera, y ya se dan el aire de personas.

Bien, tienes casa? intervino de nuevo el sargento.

Tena una.

Dnde?

En Az.

Por qu no ests en ella?

Porque la han quemado.

Quines?

No lo s. Hubo una batalla.

De dnde vienes?

De all.

Adnde vas?

Lo ignoro.

Veamos, quin eres?

No lo s.

No sabes quin eres?

Somos fugitivos.

A favor de quin ests?

No lo s.

Ests a favor de los azules o de los blancos? Con quin ests?

Estoy con mis hijos.

Hubo una pausa. La cantinera dijo:

Yo no he tenido hijos, nunca tuve tiempo.

El sargento prosigui:

Pero y tus padres? Ponme al corriente de lo que son tus padres. Yo me llamo Radoub, soy sargento, nacido en la calle de Cherche-Midi, y de all eran tambin mi padre y mi madre.

Puedo hablar de ellos. Hablemos ahora de los tuyos: quines fueron tus padres?

Eran los Flchard. Eso es todo.

S, claro, los Flchard son los Flchard, como los Radoub son los Radoub. Pero todo el mundo tiene una profesin. Cul era la de tus padres? Qu hacan o qu hacen? Qu flechardeaban esos Flchard?

Eran labradores. Mi padre estaba enfermo y no poda trabajar a causa de los palos que el seor, nuestro seor, le mand dar; lo cual fue una bondad del amo, porque mi padre atrap un conejo y estaba condenado a muerte por ello. Pero el amo le perdon la vida, diciendo: Dadle solo cien palos!, y mi padre qued lisiado.

Y qu ms?

El abuelo era hugonote y el seor cura lo envi a galeras. Yo era muy pequea.

Qu ms?

El padre de mi marido era contrabandista de sal y el rey lo mand ahorcar.

Y tu marido?

En estos das combata.

Por quin?

Por el rey.

Y qu mas?

Y por el amo.

Y qu ms?

Por el seor cura.

Voto al diablo! Cuntas barbaridades! grit un granadero.

La mujer se sobresalt y empez a temblar.

Nosotros somos de Pars dijo con simpata la cantinera.

La mujer cruz las manos.

Oh, Dios, Seor Jess! exclam.

Nada de supersticiones! le advirti el sargento.

La cantinera se sent junto a la mujer y puso en su regazo al mayor de los nios, que se dej hacer. Los nios se tranquilizan con la misma facilidad con que se irritan, sin que se sepa por qu; tal vez tengan alguna clase de reflejo interior.

Mi pobre buena mujer de estas tierras dijo la cantinera, tus hijos son muy guapos; adivino su edad. El mayor tiene ya cuatro aos y su hermanito tres, y la muequita traga glotonamente. Ah, monstruo! Piensas comerte a tu madre? Vamos, buena mujer, no temas nada. Deberas entrar en el batalln como yo. Me llaman La Hsar. Es un mote. Pero prefiero llamarme La Hsar a que me llamen seorita Bicorneau, como a mi madre. Soy la cantinera, la que da de beber a los hombres cuando se llenan de metralla o asesinan. El diablo y su cola.

T y yo tenemos ms o menos el mismo pie. Te dar zapatos mos. Yo estaba en Pars el 10 de agosto y di de beber a Westermann. Todo fue bien. Vi cortar la cabeza de Luis XVI, Luis Capeto, como lo llamaban. No quera. Y pensar que el 13 de enero haca asar castaas y se rea con su familia! Cuando le pusieron a la fuerza en la guillotina no llevaba ni casaca ni zapatos; solo vesta una camisa, de piqu, unos calzones de pao gris y medias de seda grises. Yo vi todo esto. El carruaje en que lo llevaban estaba pintado de verde. Con que vente con nosotros; hay buenos muchachos en el batalln; sers la cantinera nmero dos y yo te ensear el oficio. Es sencillo: no hay ms que tomar la cubeta y la campanilla y acudir donde hay ruido, donde hace fuego el pelotn, donde se disparan caonazos, y gritar: Quin quiere beber un trago, muchachos?

A eso se reduce todo. Yo doy de beber a todo el mundo, a los blancos y a los azules, aunque por mi parte soy azul, y de las buenas. Pero les doy de beber a todos. Los heridos siempre tienen sed. Se mueren sean cuales sean sus opiniones.

Los que mueren, deberan estrecharse la mano. Qu estpido es combatir! Ven con nosotros. Si me matan tendrs mi herencia. Ya ves, no tengo buen aspecto, pero en el fon do soy buena y tan valiente como un hombre. No temas nada.

Cuando concluy de hablar la cantinera, la mujer murmur:

Nuestra vecina se llamaba Marie-Jeanne, y nuestra criada Marie-Claude.

Entretanto el sargento Radoub rea al granadero.

Cllate, has asustado a esta mujer! No se jura delante de seoras!

Es que, mi sargento, no me cabe en la cabeza, ni en la de ningn hombre honrado replic el granadero, ver iroqueses de la China, como stos, que despus de haber tenido a su suegro lisiado por el amo, al abuelo en galeras y al padre ahorcado por el rey, se estn batiendo, se subleven y se dejen descuartizar por el amo, por el cura y por el rey.

Silencio en las filas! grit el sargento.

Ya me callo, mi sargento, pero esto no me impide pensar que es una lstima que una joven hermosa como sta se exponga a que le partan la cara por un curilla.

Granadero le record el sargento, aqu no estamos en el Club de las Picas. Basta de elocuencia.

Se volvi hacia la mujer:

Qu fue de tu marido? Qu hizo?

Muri.

Dnde?

En el soto.

Cundo?

Hace tres das.

Quin lo mat?

No lo s.

Vaya! No sabes quin mat a tu marido?

No.

Fue un blanco o un azul?

Fue un tiro.

Y hace tres das?

S.

Hacia qu parte?

Hacia Erne; all cay muerto. Eso es todo.

Y desde que muri tu marido, qu haces?

Cuidar de mis hijos.

Adnde los llevas?

Conmigo.

Dnde duermes?

En el suelo.

Qu comes?

Nada.

El sargento estir los labios hasta tocarse la nariz con el bigote.

Nada?

Endrinas, moras de las que quedaron del ao pasado y hojitas tiernas de helecho.

O sea, nada.

Tengo hambre grit el mayor de los nios, que pareca seguir la conversacin.

El sargento sac de su morral un pedazo de pan y se lo ofreci a la madre, la cual lo dividi en dos porciones que entreg a sus hijos, quienes las devoraron vidamente.

No ha guardado nada para ella murmur el sargento.

Porque no tendr hambre dijo un soldado.

Porque es madre dijo el sargento.

Agua! interrumpi uno de los nios.

Agua! repiti el otro.

No hay ningn arroyo en este bosque de los demonios?

dijo el sargento.

La cantinera cogi el vaso de cobre que penda de su cintura al lado de la campanilla; dio vueltas al grifo de la cubeta que llevaba suspendida de la banderola, verti unas gotas en el vaso y lo acerc a los labios de los nios. El primero bebi e hizo una mueca; el segundo bebi y escupi.

Y eso que es bueno objet la cantinera.

Es levantamuertos? inquiri el sargento.

S, del mejor, pero stos son de campo la cantinera enjug el vaso.

Entonces, huyes? prosigui el interrogatorio el sargento.

Tengo que hacerlo.

A travs de los campos, por donde te he encontrado?

Corro con todas mis fuerzas, camino y me caigo.

Pobre infeliz! dijo la cantinera.

Por todas partes hay combates balbuce la mujer estoy rodeada de tiros. No s qu quieren unos y otros. Lo nico que comprendo es que han matado a mi marido.

El sargento golpe el suelo con la culata del fusil, gritando:

Diablo de guerra! Qu barbaridad!

La mujer continu:

La noche pasada nos acostamos en el hueco de un rbol.

Los cuatro?

Los cuatro.

Acostado?

Acostado.

Acostados de pie dijo el sargento. Camaradas aadi, tras una pausa, dirigindose a los soldados, estos salvajes llaman acostarse a meterse en el hueco del tronco de un rbol grande y viejo. Cmo son! No todos pueden ser de Pars.

Acostarse en el hueco de un rbol y con tres nios! dijo la cantinera.

Y para los que pasaran por all sera chocante que un rbol gritara Pap, mam, si a los nios les daba por llorar agreg el sargento.

Por suerte estamos en verano suspir la mujer.

Baj los ojos mirando al suelo, resignada, con el asombro de las grandes catstrofes reflejado en ellos.

Los soldados, silenciosos, formaban un crculo alrededor de aquella miseria.

Una viuda y tres hurfanos, obligados a la fuga, el abandono y la soledad, la guerra rondando por todo el horizonte, el hambre y la sed, sin otro techo que el cielo.

El sargento se aproxim a la mujer y fij su vista en la nia, que an mamaba. En aquel momento, la nia volvi dulcemente la cabeza, mir con sus hermosos ojos azules el temible y velludo rostro que se inclinaba sobre ella, y sonri.

El sargento se irgui y una lgrima rod por su mejilla, detenindose como una perla en el extremo del bigote. Alz la voz, y dijo:

Camaradas!, de todo esto deduzco que el batalln va a ser padre. Os parece bien? Adoptamos a estos tres nios?

Viva la Repblica! gritaron los granaderos.

Est dicho aadi el sargento, y extendiendo las dos manos sobre las cabezas de la madre y los nios dijo:

He aqu a los hijos del batalln del Gorro Rojo!

La cantinera dio un salto de alegra.

Tres cabezas en un gorro! exclam.

Despus, sollozando, abraz cariosamente a la pobre viuda y le dijo:

Qu aspecto tan pcaro tiene ya la niita!

Viva la Repblica! repitieron los soldados.

Ven ciudadana, ven le dijo el sargento a la madre.

Captulo Primero del libro de Vctor Hugo El noventa y tres ( https://www.editorial-montesinos.com/clasica/2863-el-noventa-y-tres-9788495776211.html )

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/el-bosque-de-la-saudraie/

 



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