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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-03-2019

Cuatrienio negro?

Albert Recio Andreu
mientras tanto


I

El devenir histrico no evoluciona en funcin de un guion pre-escrito. Pero las estructuras sociales, econmicas, internacionales, etc., marcan un campo de posibilidades y de resistencias. Y el proceso al que se ha llegado en un momento concreto condiciona la coyuntura. Una gran parte del xito de una determinada iniciativa poltica descansa en entender cules son las estructuras profundas, cules son las dinmicas presentes y cules son las posibilidades de intervenir para hacer que las cosas vayan a favor. Nunca he entendido bien la referencia a Lenin del anlisis concreto de la situacin concreta, pero intuyo que ms o menos iba de esto.

No siempre los agentes polticos, los partidos, los militantes, son conscientes de la necesidad de elaborar propuestas que tengan en cuenta estos tres elementos ―estructura, dinmica pasada y posibilidades alternativas―. Hay mucho de pasin, de improvisacin, de inercia en las respuestas. Y por ello, tambin se producen muchos desastres imprevistos. La izquierda, en todas sus variantes, es bastante tenaz en la repeticin de errores. Quiz porque siempre se tiene que desenvolver en una estructura hostil, porque sus deseos de transformacin le juegan malas pasadas, y porque el campo de las pasiones acaba dominando sobre la necesidad de construir una accin poltica paciente.

Hoy nos enfrentamos a una nueva situacin en la que urgen las salidas inteligentes y sobran los iluminados. Corremos el riesgo de que el alivio experimentado al expulsar al PP del Gobierno hace menos de un ao haya sido solo eso, un receso momentneo. Y que, con variantes, se vuelva a repetir lo ocurrido en pocas anteriores: la vuelta al poder de una derecha inmisericorde, zafia, brutal.

Una derecha que viene aupada por una situacin mundial favorable. Que siempre cuenta con muchos recursos econmicos. Que controla importantes aparatos de creacin de conciencia (desde la escuela catlica hasta importantes medios de comunicacin, pasando por poderosos think tanks). Que tiene a su favor una estructura social donde la individualizacin y el consumismo han debilitado muchos de los nexos sociales sobre los que se fundaban los proyectos transformadores. Que cuenta con un suelo social formado por hombres socializados en la milenaria tradicin patriarcal, de individuos adictos al cambio tcnico e ignorantes de los impactos naturales de nuestra actividad

Y que llega a esta nueva cita electoral tras un perodo de fuerte crispacin en torno a cosas tan sensibles como las banderas y las identidades nacionales.

II

La crispacin la ha generado, principalmente, el movimiento independentista cataln. Su desafo, ms verbal que real, ha activado todas las pulsaciones que permiten a la derecha espaolista alcanzar un predicamento que quizs en otras circunstancias no tendra. Con un Partido Popular que una y otra vez debe acudir a tribunales por sus innumerables casos de corrupcin y con un Ciudadanos cuyas propuestas neoliberales difcilmente seduciran a parte de sus votantes. Pero una derecha que puede tapar todas sus fechoras y sus debilidades con la apelacin a la unidad nacional. Los independentistas catalanes han conseguido alimentar, hasta lmites inconmensurables, la tensin que se vive en un Bara-Madrid. Y ya se sabe que cuando las cosas van de emociones la razn suele esfumarse. Y que el triflico (a veces hay lapsus esclarecedores) pacto de la derecha (moderada y ultra) corre el peligro de garantizarnos un cuatrienio negro.

Lo peor de todo es que una gran parte de la izquierda transformadora, de militantes y activistas, se ha quedado sin voz propia en esta pelea de gallos. O simplemente ha estado abducida por el independentismo. La defensa de un abstracto derecho de autodeterminacin, la valiosa inclinacin a ponerse al lado del dbil, la sugestin de que el movimiento independentista era una ventana abierta a una profundizacin democrtica o, directamente, una puerta a una transformacin social ms radical, ha acabado por bloquear cualquier posibilidad de voz propia en este conflicto. Estos das que ando releyendo a Rosa Luxemburg, me asalta la idea que el nacionalismo es la piedra en la que siempre tropieza la izquierda. Una izquierda que hasta el momento ha sido incapaz de generar, en los grandes momentos, un movimiento potente que una a la gente por abajo en lugar de ponerla a formar detrs de unas banderas que otros controlan.

Esta prdida de voz propia proviene tanto de la adscripcin dogmtica a un abstracto derecho de autodeterminacin (evitando evaluar las consecuencias de su aplicacin) cmo de la fascinacin generada por las movilizaciones independentistas de los ltimos aos. Unas movilizaciones que en gran parte se desarrollaron alimentadas por un machacn discurso que situaba todos los problemas de la sociedad catalana en su dependencia respecto al estado espaol, y que aseguraba que la independencia era cuestin de mera voluntad. Que ofreca, por tanto, la posibilidad de alcanzar la utopa a bajo coste. Y que, para alimentar los nimos, pintaba al Estado espaol totalmente irreformable (casi una mera prolongacin del franquismo) y reforzaba una visin idlica de la sociedad catalana (casi siempre se cuestionan los programas polticos de los medios de comunicacin; a mi modo de ver esta construccin es mucho ms potente en buena parte de los espacios de entretenimiento y deporte). Este era precisamente el discurso que una izquierda con clarividencia debera haber combatido con ahnco.

Era falso que la independencia fuera cosa fcil. El estado espaol no lo iba a permitir, ni contaba con ningn apoyo internacional serio. Entre otras cosas, porque el desgajamiento de Catalunya supondra un nuevo elemento de tensin, econmico y poltico, para el conjunto de Europa. Y no es cierto que los problemas de la sociedad catalana sean provocados desde Madrid (lo que no quiere decir que los Gobiernos centrales no tengan ninguna responsabilidad y que muchas de sus actuaciones hayan jugado un papel esencial en exacerbar la tensin). De hecho, la conversin de Artur Mas al independentismo fue en parte una maniobra para esconder y desviar la reaccin social provocada por las retalladles, la corrupcin pujolista y la inanidad de sus polticas. Del cerco al Parlament pasamos al pas de las esteladas. Y se gener una dinmica donde lo que ha estado ausente es toda posibilidad de proceso deliberativo. Donde se ha confundido democracia con el mero acto de votar en una consulta en la que no exista ninguna de las condiciones formales bsicas que garantizan la pulcritud del proceso. Era, adems, bastante claro que no haba ninguna estrategia clara por parte de los dirigentes independentistas, que muchos eran conscientes de que la va unilateral era obligada, que casi nadie estaba dispuesto a ejercer una desobediencia activa verdaderamente radical. Tampoco lo tenan claro los nominados como sindicatura electoral (que renunciaron a la primera amenaza de multa), ni los cientos de altos funcionarios de la Generalitat que acataron sin chistar la aplicacin del 155, ni mucho menos los lderes polticos que tras proclamar la independencia se fueron a dormir a Francia por si las moscas y se olvidaron incluso de cambiar la bandera. El procs ha sido mucho ms una revuelta pasional, una accin poltica manipulada, una aventura desnortada, que otra cosa. Y ha generado ms una cultura de autoafirmacin nacionalista, de desprecio al debate documentado y de banalizacin de los procesos participativos, que de una democratizacin social profunda.

La gente de izquierda ha sido, en general, incapaz de tener una voz propia en el proceso. Una voz que se opusiera a los discursos anticatalanes y autoritarios de la derecha y al mismo tiempo pusiera en evidencia la inviabilidad del proceso independentista, la falsedad de su propaganda, su ausencia de estrategia realista y sus dficits democrticos e igualitarios. Tambin que la tensin entre espaolistas e independentistas ha servido en todos lados para tapar la ausencia de polticas sociales y econmicas necesarias, para camuflar una mera inaccin.

No era fcil hacerlo. En el tipo de dinmica en la que estamos inmersos es difcil encontrar un punto medio. La revuelta independentista fue alimentada por la continuada campaa anticatalanista del PP (incluidas sus maniobras de control de la cpula judicial) y por la incapacidad de llevar a cabo un encaje ms adecuado en la articulacin de un estado donde coexisten sensibilidades muy diferenciadas del hecho nacional. Y an lo ha hecho ms difcil la desaforada actuacin de la alta judicatura con el mantenimiento de prisiones provisionales abusivas y calificaciones desaforadas de los delitos. Los lderes independentistas podan ser objeto de un proceso judicial por algunas de sus actuaciones, pero sobre todo requieren ser objeto de un proceso poltico por su aventurerismo, su manipulacin, su irresponsabilidad y su incoherencia. Y precisamente es la judicializacin del proceso, su planteamiento sesgado (sensacin que la actuacin de los fiscales en lo que llevamos de juicio no ha hecho ms que reforzar), el mayor obstculo para serenar los nimos.

Las peleas sobre lo nacional siempre tienden a bloquear los debates sobre el resto de cuestiones. Siempre generan tal nivel de pasin que enturbia nimos e impide el debate sereno. Siempre coloca a los disidentes de uno y otro bando bajo sospecha. En la situacin presente, con una izquierda alternativa tan poco madura, tan poco asentada, tan sujeta a presiones, quizs era pedirle demasiado que asumiera la osada de hablar claro y aguantara el chaparrn. Pero el rey sigue estando desnudo y se sigue notando la ausencia de la voz del nio que lo haga evidente.

III

El independentismo ha vuelto a dar la nota en la cuestin presupuestaria. Ha preferido cargarse al Gobierno y abrir la posibilidad de un cuatrienio negro que realizar una accin tctica de repliegue. Es, hasta hoy, la ltima jugada del juego de la gallina que llevan protagonizando las diferentes familias del soberanismo (tan bien narradas y analizadas por el periodista Guillem Martnez en sus contribuciones a la revista digital Ctxt). Cuando pareca que ERC haba asumido una posicin ms sensata respecto a la situacin que sus competidores de Junts per Catalunya, ha sido ERC el primero que ha corrido a anunciar su veto a los presupuestos del Estado, seguramente para tomar la delantera a la gente de Puigdemont. Ms o menos lo mismo que hicieron en octubre del 2017, cuando varios de sus lderes se afanaron en cuestionar que Puigdemont anunciara una convocatoria de elecciones que habra frenado el 155. Y fue ERC la que inici la campaa a favor de un referndum de independencia que acabara generando la situacin actual. Son demasiadas ocasiones para mostrar sentido de la oportunidad.

En la situacin actual, la victoria de un tripartito derechista es probable. Y no conviene minusvalorar la amenaza. En los ltimos seis aos de Gobierno Rajoy ya hemos asistido a una regresin de derechos sociales y polticos considerables. El corto Gobierno de Snchez no ha tenido tiempo ni demasiada voluntad para revertir los ms dainos (la reforma laboral, la ley mordaza). Una derecha reforzada slo promete reforzar el desastre. Los que han hecho caer al Gobierno prefieren jugar a la ruleta rusa. Supongo que algunas de sus mentes pensantes creen que un Gobierno derechista puede decantar a su favor la opinin pblica catalana. Pero ignoran tanto la polarizacin poltica que ya se ha producido en Catalunya como el peligro que puede suponer el tro de Coln y la larga sombra de un Aznar sin complejos.

Y cuando la irresponsabilidad ha precipitado una situacin dramtica, una parte de los Comunes anuncia, precisamente, que va a crear una nueva organizacin poltica soberanista que presumiblemente est dispuesta a hacer un frente con ERC. Y es la gente de este entorno la que est creando un discurso paralelo segn el cual lo que quieren las lites espaolas es una reedicin del nonato pacto PSOE-Ciudadanos, y lo del tripartito es fundamentalmente un espantajo para hacer aceptable este pacto. Es posible que alguien haga este tipo de apuesta, aunque las lites econmicas del pas nunca han hecho ascos a gobiernos de derechas (que adems estarn bien alineados con la ultraderecha de Trump). Ms bien suena a un argumento construido para obviar la enorme responsabilidad de ERC y Junts per Catalunya y seguir jugando al procs.

Seguimos viviendo en un pas donde la nica posibilidad de generar transformaciones mnimas pasa por una alianza de toda la izquierda y el nacionalismo perifrico. No es un problema de deseo, me baso en el anlisis de los resultados electorales, de observar cmo los actuales son bastante parecidos a los de la Segunda Repblica, e indican que hay una estructura socio-poltica relativamente estable, aunque algunas coyunturas lo pueden alterar (como la mayora absoluta del PSOE en 1982, que expres de forma ntida una voluntad de liquidar el franquismo). Y para hacerla posible, requiere que todas las partes sean capaces de articular soluciones aceptables. Y esto vale tanto para los independentistas como para la izquierda alternativa. Entenderlo posiblemente nos ayudara a todos a elaborar mejores propuestas, a desarrollar vas ms slidas de transformacin. Algo que ser mucho ms difcil si en los prximos cuatro aos se produce un nuevo retroceso poltico.

Parte del desastre ya se ha producido. Es inevitable. Pero an hay espacio para evitar lo peor, antes y despus de las elecciones. El primer paso para ello debera consistir en tratar de imponer una visin realista de la situacin, en reconocer que la trayectoria seguida ha contribuido a generar el problema, en tratar de propiciar una dinmica que nos saque del pozo.

Fuente: http://www.mientrastanto.org/boletin-177/notas/cuatrienio-negro



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