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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-03-2019

El valor de la democracia representativa

Antonio Lorca Siero
Rebelin


Como aporte sustancial derivado del movimiento burgus, la democracia representativa trajo un cambio radical no solamente en la forma de gobernar, sino en la sociedad misma. La simple referencia a la idea de democracia pareca remitir al pueblo como conductor directo de su propio destino, llamaba al ejercicio de los derechos, a las libertades y supona la ruptura con la tradicin representada por la sociedad estamental. Para su desarrollo ideolgico, el proyecto contaba con el respaldo de la fuerza del capitalismo, que colocaba el capital como nuevo valor conductor de la tercera revolucin social, dispuesto a superar la fuerza de la violencia y la fuerza de las creencias, para dar un paso adelante en el proceso de civilizacin. Las nuevas sociedades desarrolladas aparecen dirigidas desde la ideologa capitalista en el plano del pensamiento, en el terreno real por el mundo del dinero producido por las empresas, jurdicamente por el Derecho positivo y polticamente por la democracia representativa.

La democracia solo era una idea poltica que mantena en plena vigente la tradicin del elitismo, y el trmino representacin lo dejaba claro quienes mandaban eran las elites. Con la estrategia de la democracia representativa, como parte del instrumental poltico de la nueva fuerza dirigido a mantener el orden, se hizo creer a las masas que a travs del voto pasaban a ser las autnticas protagonistas de la poltica, cuando en realidad su papel se limitaba a dar el visto bueno a un guiso previamente cocinado. Por tanto, la tercera revolucin social haba quedado inconclusa y en tal estado continua, porque aunque el capitalismo pareca conceder al pueblo la posibilidad de autogobernarse, simplemente result ser una promesa vaca de contenido real. De otro lado, era sospechoso que el capitalismo viniera defendiendo con tanto inters su democracia, seguramente solo pensaba en el beneficio mercantil. Actualmente se ha puesto en evidencia que la democracia representativa no es ms que un productoideado por el capitalismo para mantener fundamentalmente el orden del mercado y animar al consumismo de las masas para sostener el negocio del capital sin levantar suspicacias.

Ya en su terreno, la democracia representativa modific las reglas de funcionamiento de la poltica y estableci las bases de la nueva legitimidad. Generalmente a travs de las urnas, los electores validan una ideologa que se coloca en la lnea de salida como la etiqueta de partido y de all surgen los destinados a ejercer el poder estatal aprovechando adhesiones ideolgicas masivas. Este es el instrumento de legitimacin del ejercicio del poder actual consensuado por la sociedad no desde la racionalidad, sino al amparo de las creencias, algo provisional y que no goza de total garanta, puesto que puede ser falseado utilizando diversas vas. Pese al electoralismo no se puede evitar que se produzcan anomalas democrticas. Por ejemplo, cuando la legalidad constitucional permite sortear la legitimidad electoral para que se acceda al ejercicio del poder por la va del atajo. Otras veces surge un movimiento atpico que toma la delantera electoral sin que se sepa quien le ha colocado all. En casos extremos la dictadura, la tirana o el totalitarismo, todos ellos instalados por va democrtica, se sitan en los centros de poder legalmente. Y como denominador comn, la democracia representativa nunca tiene reparos en acudir al Estado policial para socavar la libertad, la intimidad, los derechos y la individualidad, burocratizando la existencia, aunque sostenindose en la antinomia de declararse protectora de los derechos y libertades interpretados a conveniencia del que gobierna para guardar las formas. De manera que a veces la evidencia est ah, ya que  la legitimidad desde la legalidad se encuentra con el problema de la legalidad burlada , puesto que est sujeta al imperio de la ley, que luego se fabrica, cuando interesa, por la va del decreto .

En base a la intervencin de las masas en el modelo poltico electoral, la democracia representativa ha permitido que quedara plenamente definida la profesin de poltico, abierta a la posibilidad de que todos puedan incorporarse a ella. Para el acceso a la profesin basta con hacer carrera en un partido, a travs del merito o los contubernios, lo que abre la oportunidad para dar el salto al poder. Pudiera ser este sentido de la poltica, junto al derecho de expresar preferencias ideolgicas a travs del voto, el otro atractivo de masas que ofrece la democracia representativa, por cuanto permite a cualquier persona formar parte de la minora gobernante, aunque no como representante directa de las masas, sino de un partido. En el fondo, este planteamiento aporta una nueva falacia, parecida a la del voto, puesto que la va de acceso a la primera lnea de la profesin se gua no tanto por el mrito como por intereses ocultos. Aunque se trate de una ingenuidad, cuanto menos el ciudadano puede sentirse confortado por el avance del progreso poltico, ya que alguno de los suyos, y no del estamento tradicional, est destinado a gobernarle. Histricamente, la ruptura del modelo estamental, al poner al alcance de todos el acceso al poder, aport otro aliciente ms para crear en las masas ese sentido de autogobierno, que no ha llegado a ser realidad.

Para no romper con la tradicin, desde el primer momento de la democracia burguesa ya se dej claro que una vez elegido democrticamente el gobernante caminara porlibre, puesto que se trataba de ejercer la representacin de sus conciudadanos realmente del partido que le ha situado en el poder sin sujecin a mandato imperativo. Por tanto, no estaba obligado a guardar fidelidad a los electores, mas s a su partido, que era realmente quien le haba colocado en el estrado. La implementacin de la nueva forma de hacer poltica se ha estructurado como una carrera personal por llegar a ocupar un lugar en la plantilla oficial de los ejercientes del poder estatal arropado por un grupo de intereses polticos. En cierta manera se tratara de un poder autnomo respecto de los votantes y dependiente del partido. La cuestin es entrever donde reside la fuerza material que soporta el partido poltico, porque no existe poder sin una fuerza real que lo respalde. Pese a la fuerza que otorga el voto, no es ms que un conjunto de adhesiones ideolgicas temporales carentes de soporte real, porque son simples propuestas para realizar ideas dirigiendo el aparato estatal cuyo funcionamiento est sometido a la norma jurdica.

Los encargados de oficiar la poltica suelen ser el producto resultante de un proceso en el que el partido propone a los electores una serie de personajes que se han situado en el orden jerrquico del grupo atendiendo a mritos inespecficos para la ciudadana a fin de que le otorgue su apoyo ideolgico a travs del voto. A veces, la poltica dirigida por el capitalismo se puede evidenciar en el mismo marco del partido. Cuando el propio partido no se entrega abiertamente a los intereses capitalistas se busca un candidato fiel a los intereses dominantes y se le coloca en la escena, los militantes, al igual que sucede con los votantes se dejan conducir por la verborrea del candidato, a menudo hablando de progreso y utopas, pero detrs de l solo se encuentra la fuerza real capaz de colocarle en la escena. Para ascender en el nuevo modelo de poltica parece necesario contar con dotes de buen vendedor ante las masas, pero quizs ms importante sea venderse como fiel seguidor de las ideologas del momento y estar apadrinado por la direccin del capitalismo.

Lo que queda claro es que, tras la sistemtica electoral, con la democracia representativa el pueblo no gobierna, simplemente es gobernado, pero se insiste en crear la ficcin de que es soberano. El centro de atraccin ideolgica, llamado partido, carece de consistencia material, al ser una agrupacin de intereses ideolgicos con fines electorales para gobernar un Estado temporalmente. Teniendo en cuenta que pese a la estructura poltica del Estado de Derecho y la democracia representativa, junto con las elecciones peridicas en las que participa la ciudadana, no parecen argumentos convincentes para considerar que el sistema de gobierno sea como parece ser. Por tanto, si el partido gobernante carece de fuerza real en s mismo, porque se la prestan el capitalismo y los votantes, cabe formular ahora la pregunta, quin mueve los hilos?.

Sobre el papel, la poltica tal como viene siendo planteada se conduce a saltos de elecciones regladas, coordinadas por partidos y tericamente dependientes de la voluntad del electorado, resultando que tanto unos como otros no disponen de fuerza real. Aquellos, porque carecen de fuerza propia, ya que se amparan en una ideologa dependiente de la calidad que desee darla el electorado en orden a su desarrollo; es luego, si son elegidos, cuando la fuerza de la ideologa votada permite que el partido asuma el control de las funciones institucionales que otorga el poder del Estado. En cuanto a los votantes, han renunciado a su fuerza natural como colectivo social en favor del capitalismo, en cuanto fuerza social y del Estado, como poder institucional a la sombra de la legalidad. Quien tiene la fuerza real capaz de mover la sociedad es el capitalismo y as se le reconoce, de manera que, en definitiva es el nico que dispone de la capacidad efectiva de gobernar, aunque no tenga poder legal para ello pese a que lo tenga real, ya que corresponde al Estado. No es el pueblo el que elige a sus gobernantes, sino el capitalismo, el pueblo solamente los valida incautamente, mientras se le anima a intervenir en la poltica a travs del viejo mito de la democracia .

Actualmente, practicar el oficio de la poltica consiste en llegar a ejercer el poder general depositado en el Estado a travs del formalismo electoral, pero la clave del ascenso no est tanto en los electores como en el quien maneja el panorama poltico. Aqu entra en escena ese otro poder en la sombra que suele llamarse el Estado profundo. En todo caso, quien en ltimo trmino posiciona a los elegidos no es el electorado ni incluso el partido, sino el capitalismo, porque es la fuerza que permite poner en funcionamiento la sociedad atendiendo a la resolucin de sus necesidades vitales a travs de la circulacin del dinero. Los polticos, de cualquier ideologa incluidos los llamados anticapitalistas, han de contar con la aprobacin del conglomerado de intereses econmicos dirigido por la ideologa capitalista. Es este quien coloca en la escena poltica, del signo ideolgico que sea, a quienes deben llevar la direccin de la poltica de los distintos pases, para que simplemente sean ratificados por los electores. Lo de la democracia representativa no pasa de ser un simple formalismo poltico para cubrir las apariencias.

Casos concretos de que alguien mueve los hilos , al margen del juego de la democracia, de las legitimidades y las legalidades proclamadas por el sistema se observan sin mayor dificultad. Puede citarse algn que otro personaje que ha agotado su carrera poltica y de improviso se le resucita en la escena y se le coloca en primera posicin, en virtud de un pacto oculto con los intereses dominantes. Tal vez otro personaje populista aparezca en el escenario al margen de la clase poltica, pero con el respaldo del dinero, y se imponga al partido por decreto del capitalismo. Acaso venga otro debidamente apadrinado por el capitalismo que haya que colocar al frente de un pas contra viento y marea, porque es manejable. O conforme a la legalidad, un gobernante puede sustituir a otro legtimamente elegido por el pueblo y ocupar su puesto siguiendo la va rpida. Sin entrar en detalles, tales ejemplos, ausentes de sentido democrtico, pueden observarse en el plano real, y solo encuentran explicacin si la marcha de la poltica depende de algo ms que de la democracia representativa.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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