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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-03-2019

Mito y distopia en la Nicaragua de la neocolonizacin

Mariapaola Ciafardoni
Rebelin


Sumergidos en una cultura de la mentira, se nos hace siempre ms difcil distinguir lo real de lo falso. Un pilar fundamental del gobierno de Ortega ha sido la construccin de sistemas de creencias y de realidades paralelas inexistentes que han tenido a la gente ocupada en sueos que nunca se hicieron realidad. El pueblo nicaragense no ha estado dormido durante doce aos. No ha sido simplemente una anestesia lo que vivi el pas con las legislaturas del presidente rojinegro: sera demasiado sencillo liquidar la cuestin de esta manera, adems de ser una ofensa a la inteligencia colectiva nicaragense.

Daniel Ortega y Rosario Murillo (su esposa) son excelentes historiadores y han sabido inventar un mundo donde colocar vidas y esperanzas. Las consignas del gobierno en los ltimos doce aos aos han sido clarsimas: Nicaragua cristiana, socialista y solidaria, Gobierno de paz, amor y reconciliacin. Y no solo esto: los colores con que se ha pintado un pas entero (rosa, fucsia, amarillo, rojo), los gigantescos (y carsimos) rboles de lata instalados en vas pblicas, los colorados altares a Hugo Chvez, han creado un entorno digno de la fantasa de Lewis Carrol.

Es complejo describir un pas tan chiquito y tan peculiar como Nicaragua: la tierra de los poetas se ha convertido en una tierra de realismo mgico, distpico y peligroso que hace difcil compararlo con otros contextos aparentemente parecidos.

La retrica del gobierno ha sido capaz de apropiarse de un lenguaje clave, haciendo de la utilizacin de las palabras un puro lusus literario: vacindolas de contenido y dndoles uno nuevo. En la poca del post-truth no cuenta lo que realmente est pasando, los hechos: cuentan las historias, la realidad construida a base de mentiras institucionalizadas y astuto engao.

Lo que est pasando actualmente no es un retroceso respeto a ideales de izquierda o sandinistas: los discursos oficiales del presidente y de Rosario Murillo tenan a las masas obnubiladas con promesas que nunca se cumplieron y que mucho menos ahora, se lograrn cumplir. No haba socialismo ni mucho menos, solamente una base solida de conservadurismo patriarcal que sostena un gobierno primeramente autoritario y hoy, definitivamente, dictatorial. Y la punta de lanza es Rosario Murillo, la vicepresidenta que presumiendo de un alto cargo y una poltica con equidad de gnero, pisa las mismas huellas de su macho y consolida su sistema de poder.

La historia de Nicaragua es la historia de una colonizacin sin fin: en los 90 la aceptacin (por parte del Frente) de la victoria de la UNO se conoci como el gran ejemplo de democracia por un pas que no estaba acostumbrado a demostraciones de ese tipo. La victoria de Violeta Barrios parte en dos la historia del partido sandinista ya que con la piata de los 90 se dio el primer paso hacia el derrumbe de la revolucin.

A pesar de que en los aos siguientes se hayan reconfigurado las caractersticas de los grupos de poder, cambiado los colores de la bandera del partido al mando, no se modific el modus operandi de las estructuras de gobierno: la dominacin. Puede haber crisis, cambios, revoluciones pero la dominacin ha sido una constante.

Lo que se ha ido dando en Nicaragua en los ltimos aos es puro autoritarismo: asistimos mudos a un manipuleo psicoptico de la poltica versus un pueblo sbdito de las necesidades de otros.

El colonialismo del pasado que llegaba desde afuera y aniquilaba la cultura, la esencia, la memoria y la religin se ha transformado en un colonialismo interno en donde una misma familia en el poder utiliza una estructura del pasado, perpetuando un modelo de dominio: los cambios de agenda poltica y de los marcos legales de los diferentes gobiernos que han subseguido despus de la revolucin, no ha implicado un cambio de ruta en la manera de gobernar, ya que el control ha sido el modo de hacer poltica y representando, de hecho, una medida necesaria (aunque deplorable) para mantener la calma en un estado capitalista y opresor.

La familia Ortega-Murillo forma parte de esas lites mestizas que quieren preservar sus intereses usando las formas aprehendidas por el opresor: por eso, una de las consignas ms fuertes del movimiento autoconvocado ha sido Ortega y Somoza son la misma cosa. Lamentablemente, esto est ocurriendo actualmente en Nicaragua, en donde adems de los muertos, las evidencias estn en el modo de actuar de cara el pueblo, con la economa, con la religin: todo se rige por dinmicas de mando-obediencia.

No obstante, Ortega supo ganarse su pueblo y su fidelidad: la oferta de prebendas y puestos en instituciones de gobierno garantiz una devocin total. Pero no fue solo eso: Ortega cre su propio mito, un mito de baja intensidad tpico de nuestra poca. Del siglo XX en adelante, regmenes o lderes polticos y/o religiosos han buscado como adoptar rituales de tipo sagrado para construir la adhesin de las masas: mientras los mitos antiguos se consideraban separados de la vida cotidiana, los pequeos mitos de la poca contempornea se consuman, se viven, cambiando los rituales ancestrales por vida ordinaria.

En el caso de Nicaragua basta pensar en los libros de texto de la escuela pblica que educan a los nios hacia el culto de personas (son impactantes las peticiones y oraciones a la divinidad de Hugo Chavez), o en la juventud sandinista que ha sido carne de can de este gobierno infundindole sentimientos reaccionarios y acostumbrada a la obediencia. Esta es la base y la condicin sine qua non del gobierno autoritario y es tierra frtil que lo sustenta: un verdadero caldo de cultivo que cra seres obedientes y temblorosos que perpetan la legitimidad de gobiernos autoritarios sobre masas infantilizadas.

Como y al lado de la religin catlica, Ortega pide a su pueblo de distinguir entre fieles e infieles con un acto de voluntad del creyente, un acto de f y para quien no se conforma la respuesta es hostigamiento constante y hoy represin violenta (como un castigo divino). Ortega, como un Dios que no est entre nosotros, nunca ha aparecido en pblico en sus aos de gobierno a parte en los momentos de celebracin de eventos histricos que de hecho se volvan culto de su propia persona (tiene canciones que lo idolatran, fotos, rtulos gigantes en todo el pas).

Ortega fue el modelo de hombre que todo lo haba logrado y no representaba solamente el presidente de un pas, era algo ms: no era solo por la lmina de zinc que la gente lo amaba, lo miraban como un lder, como un dios y como un padre.

La estructura triangular de la familia (padre-madre-hijos) se ha transferido al gobierno (presidente-videpresidenta-pueblo) y se ha legitimado por la religin (Dios-Virgen Maria-hijos/pueblo). La patria cristiana, solidaria y socialista se refiere precisamente a estos tres mbitos: religioso, poltico y social/familiar.

Su mito se sustenta de la mentalidad colonial que sigue teniendo Nicaragua, en la estructura religiosa y en la familia, todas e igualmente con un ordenamiento jerrquico que se alimentan y legitiman la una con la otra. De aqu la fuerte estigmatizacin de los movimientos feministas que no encajan con un sistema patriarcal, del campesinado que quiere independizarse del feudo y de las minoras, sobrevivientes directas de la destruccin colonial.

Lo bueno (o malo, dependiendo de la perspectiva) de estos pequeos mitos de hoy es que tienen fecha de caducidad, no son eternos porque se alimentan de la vida diaria de la gente y los gustos cambian.

Es por todo esto y mucho ms que la reforma del INSS o previamente el incendio de la Reserva Indio Maz han sido algunas de las chispas del fuego que se ha desatado en el pasado abril. Sin embargo, los carbones ardan desde hace rato. Y es por la misma razn que la teora de una manipulacin por parte de Estados Unidos o fuerzas derechistas parece siempre menos creble.

El hartazgo ha ganado sobre el aguante y la forma en que esta rebelin se ha dado es revolucionaria para Nicaragua: la ausencia programtica de armas y la voluntad poltica de no usarlas por parte del movimiento autoconvocado han representado una novedad en esta nueva etapa de la historia del pas.

Los sucesos delos ultimos meses no se pueden llamar una nueva revolucin pero si es revolucionaria la forma pacfica de vivir este conflicto a pesar de la extrema y letal violencia ejercida por el estado/gobierno.

En fin: Daniel Ortega no es el mayor problema. Es un sntoma pero la enfermedad hay que buscarla en el profundo de nuestras culturas, de nuestras estructuras sociales y polticas: difcil quitarse de encima el bozal cuando fuimos nosotros y nosotras mismas a regalarle la correa a nuestro opresor.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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