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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-03-2019

Mujeres palestinas, guardianas de la vida, la memoria y la resistencia

Mara Landi
Rebelin


A mis amigas, vecinas, compaeras y hermanas palestinas,
por ensearme con sus vidas y sus cuerpos que existir es resistir.

 

Cada 8 de marzo evoco los que he pasado en Palestina ocupada. Fueron tres, y en tres lugares bien diferentes, pero siempre marcados por los cuerpos femeninos protestando y los masculinos armados reprimiendo. Y evoco tambin a las muchas mujeres que guardo en la memoria del corazn.

Mucho se dice y se escribe sobre las mujeres palestinas: las ms cultas y educadas de su regin; las ms politizadas (les sobran razones); las ms fuertes, valientes y resilientes. Todos los elogios se quedan cortos, y no les hacen justicia. Yo tengo la certeza de que ellas son las principales responsables de que la limpieza tnica sionista (en curso desde hace ms de siete dcadas) haya fracasado. Como dice la periodista Teresa Aranguren, que las conoce bien:

El objetivo ltimo de la ocupacin es romper las redes de convivencia que se tejen en el discurrir de la vida cotidiana, deshacer la urdimbre familiar y social que protege de la adversidad y sustenta la capacidad de resistencia de la poblacin ocupada. () la tenaz pervivencia de un pueblo expulsado de su tierra, despojado, disperso, bajo ocupacin militar, se ha apoyado en la fortaleza de sus mujeres, en su empeo, a veces sobrehumano, por reconstruir una y otra vez el hilo de la cotidianidad destruida, en su inquebrantable voluntad de seguir siendo familia, vecinas, pueblo.[1]

Numerosos trabajos acadmicos, periodsticos y de ONGs sobre las mujeres palestinas, as como anlisis del proyecto colonial sionista con perspectiva de gnero, ayudan a comprender la matriz de control que rige las vidas palestinas, y sus impactos sobre ellas. En un estudio sobre las condiciones que enfrentan las mujeres en el territorio ocupado al transitar por el embarazo y el parto, la acadmica palestina Nadira Shalhoub-Kevorkian[2] analiza la realidad que vive su pueblo desde tres claves tericas:

la biopoltica y la necropoltica, basndose en Foucault y Mbembe respectivamente[3], tal como se manifiestan en el rgimen israel de colonialismo de asentamiento. Este proyecto, segn la definicin de Patrick Wolfe adoptada por la autora, invade y se apropia de un territorio, expulsando o aniquilando a la poblacin originaria (junto con los trazos de su historia y su identidad enraizadas en esa tierra) y sustituyndola con poblacin colona. El biopoder colonial determina quin puede vivir y quin no, en funcin de sus intereses de seguridad (un trmino del cual Israel abusa para justificar todas su arbitriedades y violencias). En el contexto colonial de Israel/Palestina, un claro ejemplo son las polticas demogrficas excluyentes, diseadas e implementadas de manera violenta para imponer por la fuerza una mayora juda en un territorio donde la mitad de la poblacin no lo es. El epicentro de esa necropoltica es la ciudad de Jerusaln, donde mediante demolicin de viviendas, desalojos forzados, detenciones arbitrarias y ejecuciones sumarias de jvenes, denegacin de servicios bsicos (salud, educacin, recoleccin de residuos, permisos de construccin), clausura de centros culturales, vandalizacin de sitios religiosos y estrangulamiento del espacio pblico se busca expulsar a la poblacin palestina para judaizar toda la ciudad. Polticas que tienen impactos diferenciados de gnero, pero afectan de manera dramtica la calidad de vida de las mujeres, al incrementar sus responsabilidades de cuidados.

la construccin geopoltica del espacio (y consecuentemente del tiempo), ya que −pese a las diminutas dimensiones de Palestina− la ocupacin militar israel se ha encargado de fragmentar el territorio y hacerlo intrincado o imposible de transitar. Esto tiene enormes impactos en la vida cotidiana, ya que esa infraestructura (el Muro, los checkpoints, las carreteras segregadas o bloquedas, los diferentes documentos de identidad −y matrculas de vehculos− que coartan la libertad de movimiento) apunta a atomizar a la poblacin ocupada de mltiples formas, separando a los agricultores de sus tierras, a las mujeres de los hospitales, a la juventud de sus universidades, a las familias entre s y a la poblacin en general de sus centros culturales y religiosos. Quizs la expresin ms grfica de esta geopoltica espacial −y que constituye el terror de las mujeres embarazadas− es la cantidad de palestinas que han dado a luz, o han muerto (ellas, o sus bebs recin nacidos) esperando largas horas en un checkpoint militar para llegar a un hospital[4].

lo cotidiano como un escenario donde las polticas del biopoder y el necropoder se confrontan con las estrategias de resistencia que despliegan los grupos dominados para sobrevivir y evitar ser exterminados. Ese es el espacio privilegiado de las mujeres. Citando de nuevo a Teresa Aranguren: Siempre he pensado que una de las claves de la capacidad de resistencia del pueblo palestino es la cohesin de su entramado social, la fortaleza de sus vnculos de solidaridad interna y su hondo sentido de la dignidad. Por eso la humillacin, el aislamiento y la fragmentacin son elementos esenciales en la estrategia del poder ocupante. En esa cotidianeidad de violencia estructural colonial, las mujeres ejercen innumerables formas de resistencia, desde las ms visibles hasta las ms sutiles, desde la resistencia activa hasta las innumerables formas de resistencia silenciosa, aparentemente pasiva. Desde el mbito domstico, que funciona como una retaguardia de contencin y logstica de supervivencia hasta los calabozos de la ocupacin, donde las presas veteranas acogen, protegen y forman a las jovencitas recin llegadas.

Se ha dicho en muchos estudios que las mujeres palestinas, sus cuerpos que resisten, sostienen y reproducen la vida (a pesar de los esfuerzos del necropoder por aniquilarla) son la materializacin de la amenaza demogrfica que tanto teme el rgimen sionista. Precisamente por eso la necropoltica sionista apunta y atenta contra todas las formas de reproduccin de la vida palestina, y por ende afecta de manera diferenciada y acentuada a las mujeres en todos los mbitos cotidianos. Hablamos de reproduccin de la vida en una concepcin amplia que incluye no solo la reproduccin biolgica o de la fuerza de trabajo, sino tambin la reproduccin de las relaciones sociales y culturales de todo tipo.

Como escribi la arabista feminista Carolina Bracco: Las mujeres palestinas fueron desde el comienzo un problema para Israel. Primero y principalmente porque desde su misma constitucin, este Estado se erigi como el fecundador de una tierra ajena, como un violador orgulloso que intent despojar de su honor y su identidad a la poblacin nativa a travs de ese acto tan propio de los estados homonacionales modernos en un espacio colonial racializado.

() estos cuerpos femeninos racializados son un problema para Israel. Un problema que hace setenta aos no sabe cmo resolver; porque las palestinas siguen pariendo, manteniendo viva su cultura y criando a sus hijos en la resistencia, la mayora de las veces solas porque sus maridos, padres y hermanos estn en las crceles de la ocupacin o muertos. Son un problema porque desafan la esencia del nacionalismo construido sobre la nocin de masculinidad juda y porque no se han doblegado ante la intentona constante de conquistar sus cuerpos () porque cuando encarcelan arbitrariamente a sus maridos ellas trafican semen[5] para fecundarse y seguir creando vida, porque cuando las arrojaron al exilio ellas siguieron construyendo comunidad.

A ese marco terico, este 8 de marzo quiero ponerle rostros, nombres, paisajes e historias.

Quiero recordar a tantas madres annimas que, en la ciudad de Hebrn, cada maana visten, peinan y acicalan a sus hijas e hijos para que, impecables y implacables, caminen hacia la escuela atravesando varios checkpoints donde como ellas saben− los soldados armados a guerra les apuntarn con sus ametralladoras, revisarn sus mochilas escolares y les intimidarn de todas las maneras posibles (a veces incluso con gases lacrimgenos o invadiendo sus escuelas). Pero ellas seguirn mandndoles a estudiar. Y cuando los soldados arresten a sus nios, ellas saldrn a la calle y corrern a enfrentar como leonas a esos terroristas de Estado para tratar de rescatarlos.

Y a Nisrin, que tambin en Hebrn resiste en el barrio Tel Rumeida, asediada y hostigada por los colonos ms agresivos de la ciudad. Su esposo muri gaseado por los soldados, pero ella sigue all junto a sus cuatro hijas/os, pintando hermosos y coloridos cuadros con motivos de la cultura palestina y recibiendo con su dulce sonrisa a quienes se animan a visitarla. Y a Layla y Nawal, las nicas mujeres que tienen un puesto de textiles y artesanas hechas por mujeres de Idna en el mercadito de la Ciudad Vieja, donde a menudo colonos y soldados incursionan para hacer tropelas, destruyen la mercadera, les insultan y amenazan −solo para recordarles quin manda all−. En invierno las lluvias inundan ese mercado, debido a que los colonos vecinos han clausurado los desages pluviales, y los textiles y kuffiahs quedan bajo agua. Pero ellas y sus colegas siguen all, ofreciendo su t dulce y su charla amena a los visitantes.

A Myassar, Soraida, Hanin, Jitam, Suhad y otras muchas activistas feministas que, adems de lidiar con el rgimen sionista, enfrentan al sistema patriarcal palestino. La lucha por la igualdad de gnero, por los derechos de las minoras sexuales, contra la violencia machista y contra las discriminaciones que las mujeres enfrentan en el sistema legal as como en las prcticas tradicionales es para ellas y lo ha sido por dcadas− parte inseparable de su lucha por la liberacin de su pueblo. Porque saben bien que unas y otras violencias se retroalimentan.

A Tajeed, Hanedi, Taghrid, Alaa y todas las estudiantes que me encontr muchas veces en el transporte pblico viajando a la universidad desde sus pueblos tambin a travs de checkpoints y carreteras llenas de soldados que en cualquier momento pueden volverse una trampa mortal−, y que con su locuacidad curiosa y acogedora me enseaban expresiones en rabe mientras practicaban su ingls. Porque las jvenes palestinas van a la universidad y buscan superarse, aunque sepan que la economa de su pas ocupado no les permitir encontrar un trabajo acorde a su preparacin.

A Neimah, Maysa, Ferial y las muchas −demasiadas− mujeres que cada mes visitan a sus hijos o maridos en las crceles israeles, sorteando mil obstculos y soportando humillaciones, en viajes agotadores e interminables, a veces para rebotar al llegar a la prisin, porque la autoridad de turno se despert de mal humor y decidi quitrselo maltratando a los presos y a sus familias. El dolor que estas mujeres cargan en sus entraas solo es superado por el de las madres o esposas de los mrtires, en una tierra donde la necropoltica colonial decret hace tiempo que la vida palestina es desechable, y que matar nios y jvenes es parte de la guerra demogrfica.

A Asmaa, mi amiga gazat que vive en Nablus con su marido y sus cinco hijas e hijos, soando con poder visitar a su familia en Gaza (y sufriendo agnicamente cada vez que hay un nuevo ataque israel), mientras saca adelante a los suyos con el trabajo que se gan en una ONG internacional (su esposo tiene un trabajo precario como mecnico). Cuando la conoc llevaba ocho aos sin ver a su familia, pues los israeles le haban negado el permiso para visitar a su padre enfermo. Te dejaremos ir cuando se muera, le dijeron. Pero ella sali con sus hijos hacia Amn, atraves Jordania y Egipto gastando una fortuna y corriendo peligros− para poder entrar por el cruce de Rafah. La sonrisa radiante de Asmaa haciendo el signo de la victoria con su familia en la playa de Gaza era la prueba de que no la haban derrotado.

A Miriam con quien hablo en castellano porque naci en Caracas−, que vive indocumentada en un barrio conflictivo de Jerusaln Este[6]. Su marido es de all y tiene documento azul, pero el de ella es verde, y los israeles suelen negar la unificacin familiar a quienes tienen cnyuges de Cisjordania. Para Miriam, como para tantas palestinas de Jerusaln, su hogar, su barrio, su ciudad son una crcel, pues vive rodeada de colonos siempre al acecho para agredirlas, o apoderarse de sus casas, o denunciar que estn construidas sin permiso, o que no tienen documentos. Cuando la tensin aumenta Miriam vive con su familia en el mismo predio que su cuado, un lder comunitario constantemente encarcelado−, ella encierra a sus cuatro hijos en la casa y no les deja salir ni a jugar al patio, por miedo a los colonos. Ella tambin hace muchos aos que no puede visitar a su familia en Cisjordania (a pocos kilmetros de su barrio), porque si lo hace no podra volver a entrar a Jerusaln −a travs del checkpoint y el Muro− por carecer de permiso y documento azul.

A Nayiha, Tamam, Nayah, Wafa, Adla, Nahla, Hakima y tantas mujeres campesinas de las aldeas de Yanun, Awarta, Burin, Asira Al-Qibliya, Urif, Qusra, Al-Mughayer y otras de los distritos de Nablus y Ramala que estn rodeadas por colonos extremistas y fanticos. Ellas tambin estn presas en sus comunidades, aunque vivan en medio de paisajes cuya belleza deja sin aliento, porque tienen miedo de que los colonos las ataquen a ellas o a sus hijas− en alguna curva solitaria del camino, o invadan sus casas cuando estn ausentes y destruyan o roben sus propiedades y cosechas. Pero nunca van a abandonar su tierra, sus olivos, sus cabras y ovejas, sus huertos y sus manantiales. Su resiliencia es directamente proporcional a su generosa hospitalidad. Cualquiera que llegue a sus casas ser recibida con t dulce con maramiya o menta, pan tibio recin salido del tabun (horno de piedras en la tierra) con aceite de oliva y zatar, aceitunas, queso y yogurt; manjares que ellas y sus familias producen en las tierras que han habitado por generaciones, pero que estn perdiendo gradualmente, dunam tras dunam, a manos de los colonos invasores.

A Farisa, Sabbah, Fatima, Samiha y todas las mujeres y nias que viven en Jirbet Tana, Susiya, Jan Al-Ajmar y muchas comunidades pastoras o beduinas en la periferia de Jerusaln, el Valle del Jordn o las Colinas del Sur de Hebrn (o en el desierto del Naqab/Negev), resistiendo las intenciones de expulsarlas de sus tierras ancestrales para drselas a colonos judos. Y que cada da cuidan sus rebaos, cran a sus hijos/as y reconstruyen sus precarias viviendas de chapa y lona cada vez que son destruidas por los buldceres militares israeles. No saben si su aldea sobrevivir, pero se niegan a abandonarla. Su resistencia perseverante tiene un nombre en rabe: sumud, y representa la porfiada voluntad palestina de permanecer en su tierra, igual que sus olivos milenarios.

Y no me olvido de las mujeres encerradas con sus familias y peridicamente bombardeadas− en la crcel que es la bloqueada Franja de Gaza. Ni de las que malviven en los campos de refugiados de los pases vecinos, soando con regresar a una patria que muchas solo conocen por los relatos de sus abuelas. Esas ancianas son las encargadas de transmitir la memoria a las nuevas generaciones nacidas en el exilio, junto con las llaves de las casas de las que fueron expulsadas hace 71 o 52 aos, hoy destruidas u ocupadas por personas judas tradas de todo el mundo. En el campo de refugiados/as de Aida, en Beln ocupada, conoc a un par de esas mujeres, y escuch sus relatos. Algunas recordaban al detalle su casa, el sabor de sus naranjas, el pozo de agua, la iglesia y la mezquita de su aldea; podran reconocerlas bajo los escombros o los bosques plantados para esconderlos. La mayora de esas mujeres estn muriendo, y saben que no volvern ni siquiera para ser enterradas en el cementerio de su aldea. Pero sus hijas y sus nietas seguirn atesorando sus historias y reclamando su derecho al retorno; un derecho que, como me ensearon en Aida, Deheisheh, Al-Ashkar, Balata y otros campos de refugiados/as, es innegociable.

Quiero terminar recordando tambin que este 8 de marzo se cumplen tres aos del llamado que nos hicieron las mujeres palestinas organizadas para que apoyemos su lucha de liberacin sumndonos al movimiento palestino y mundial de BDS (Boicot, Desinversin y Sanciones) hasta que Israel respete los derechos humanos y colectivos del pueblo palestino. El llamado se abre con una cita de ngela Davis: Apoya al BDS, y Palestina ser libre, y termina as:

En el espritu de una visin feminista inclusiva que lucha por la justicia racial, social y econmica, y es solidaria con los pueblos indgenas y los derechos de soberana a nivel mundial,

En un espritu de coherencia moral y resistencia a la injusticia y la opresin, incluida la opresin de las mujeres,

Hacemos un llamamiento a las mujeres y feministas de todo el mundo para que se pongan del lado correcto de la historia y se unan a nuestro movimiento BDS.

La justicia es siempre una agenda feminista.

Notas

[1] Mujeres de Palestina, en Palestina tiene nombre de mujer. Mundubat, Bilbao, 2008.

[2] Birthing in Occupied East Jerusalem: Palestinian Womens Experiences of Pregnancy and Delivery. YWCA, Jerusaln, 2012.

[3] Michel Foucault: Society must be defended (Londres, 2003). Achille Mbembe: Necropoltica (2003). Sobre la relacin dialctica entre ambos conceptos, ver Ariadna Estvez, Biopoltica y necropoltica: constitutivos u opuestos?.
[4] Entre 2000 y 2002, 52 mujeres palestinas parieron en checkpoints israeles; 19 de ellas, y 29 bebs recin nacidos/as, murieron. (Erturk, 2005, citado en el trabajo de Nadira Shalhoub-Kevorkian).

[5] El semen es extrado clandestinamente de las crceles (sobre todo cuando los prisioneros cumplen sentencias de varias dcadas, obviamente sin posibilidad de ningn contacto fsico) e inseminado en las mujeres. Muchas esposas de prisioneros han tenido bebs mediante esta tcnica asistida.

[6] Omito el nombre del barrio por razones de seguridad.

Blog de la autora: https://mariaenpalestina.wordpress.com/2019/03/05/mujeres-palestinas-guardianas-de-la-vida-la-memoria-y-la-resistencia/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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