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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-03-2019

Identidad, caos y revolucin en el Puerto Rico de hoy

Rafael Rodrguez Cruz
Rebelin


Tan pronto entr al negocio, todo el mundo se dio cuenta de que no soy gallero. Buscando romper el hielo, dije buenos das, en un tono que pareca ms de pedir perdn que de saludo. Nadie me contest. Cinco o seis hombres sentados en la barra desayunaban lo que en cualquier otra parte de Puerto Rico habra sido un almuerzo: caldo de pollo con mofongo y arroz con cabro en fricas. Mir alrededor del negocio, buscando ocultar mi extranjerismo transparente. Con un gusto exquisito, el dueo del lugar haba puesto en exhibicin las fotos y figuras ms llamativas. Todas, sin excepcin, de gallos. Gallos de porcelana, gallos de cristal, gallos de madera, gallos en pose de campeones y fotos de gallos que fueron leyendas. Junt todas las fuerzas que pude, y en un tono que casi ni reconoc, ped una cerveza, un caldo de gallina con mofongo y una orden de cabro en fricas para llevar. Eran las siete de la maana. Por una puertecita anexa a la barra, se asom una mujer de rostro determinado, que apunt mi pedido. El tiempo corra con una lentitud molestosa. Estaba entre verdaderos galleros. Uno de los hombres contest su celular, y result ser un polica en vestimenta de civil. Alguien report al cuartel una pelea entre vecinos, que estuvieron en la gallera la noche anterior.

Luego paso por all respondi el polica, sin dejar el plato ni levantarse de la barra-. Yo s quines son. Llevan rato peleando.

Sigui comiendo tranquilo. Otro de los hombres coment, como si nada, que la noche anterior haba perdido $1,200 apostando, hasta que decidi recoger sus gallos y no perder ms. Tan pronto la mujer me dio mi orden, pagu, di las gracias y decid salir. Vi en los ojos de la mujer un elemento de solidaridad con mi exotismo en el lugar. Entonces otros dos policas se aparecieron al negocio. Me los encontr, de salida, en la misma puerta. No s si me vieron lo de no ser gallero o qu, pero igual no me contestaron ni los buenos das. Para m que tambin hablaban el idioma severo de los que apuestan a las peleas de gallos. Ese mismo, el lenguaje que hablan muchos habitantes de los montes de Villalba y Orocovis, Puerto Rico. Ya lo deca Pals, el gallo del trpico es el ron de plumas que bebe la Antilla brava y trrida.

No hay tal cosa como una cultura o identidad que no pueda comprenderse, al menos en el plano intelectual. Es cuestin de esforzarse en el anlisis, como bien dice Slavoj iek. Aceptar lo otro, sera absolutizar lo particular, o sea, aprisionar a las personas en una definicin fija de sus identidades. Yo, por ejemplo, puedo hablar de mi experiencia con la cultura de los gallos de pelea, aunque probablemente no me gane el respeto de ninguno de los bandos en controversia.

Tendra yo a lo sumo 12 aos, cuando a mi primo Reuben se le ocurri la idea de visitar la gallera de Guayama, localizada, si mal no recuerdo, en los terrenos de lo que hoy es Wal-Mart. Menores, como ramos los dos, el plan no tena nada que ver con apostar a los gallos, mucho menos con llevar un gallo del trpico a la contienda. Lo que l me sugiri fue una manera fcil (y gratuita) de obtener un ave para cocinar. A los que pierden los tiran muertos a la basura, y uno se los puede llevar", me dijo entusiasmado. "Despus los cocinamos. Poco importa que ninguno de los dos saba cocinar ni que en el patio de mi abuela sobraban lo pollos y las gallinas. El atravesado designio me pareci sensato. En menos de dos segundos salimos para la gallera.

La verdad es que apenas pude asomarme al interior de la gallera. Una ola de ruidos y griteras me par en seco. Lo que vi fue una muralla de espaldas apretadas unas con otras; como una versin amplificada de lo que aos despus habra de ver en las barras de Villalba y Orocovis. Pelea de gallos, lo que se dice pelea, no la vi. Tampoco vi a los gallos. Impresionado con la algaraba, sal corriendo del local. Mi primo sali pisndome los talones. Estaba igual de frustrado. El nico gallo en el zafacn de basura haba quedado como un mapo viejo, lleno de rotos e inservible para cocinar. Tal fue, sin mentir, mi primera y nica experiencia con la industria gallstica de Puerto Rico.

Digo con la industria, porque s haba visto antes peleas de gallo. Pero todas haban sido en el patio de la casa de mi abuela, en medio de disputas entre gallos sobre el grano de maz o el enamoramiento de las gallinas ponedoras. Eran peleas breves, en las cuales prontamente uno de los contendientes bajaba la cresta, y todo se resolva en un cacareo poco sonoro. Y es que, en casa de mi abuela, como en la finca de mi madre, los gallos eran de esos que Luis Llorns Torres llamaba malinos; o sea, ms parecidos a los polticos colonialistas que a las aves de cra: Aletea y cocoroquea muchsimo, / pero no dice nada. / No hay quien lo haga pelear.

El punto es que, ese da, no me alej de la gallera por haber visto dos gallos desgarrndose a espuelazos. Me apart por la locura de la gente gritando enardecida. Y si hoy en da, como se dieron cuenta los de la barra, no soy gallero, no es por una aversin particular a ese deporte sangriento. El asunto es que, aunque crec en el campo, nunca me gust la violencia en contra de los animales. Digmoslo con franqueza, la verdadera vida campesina, fuera de las canciones de Tony Croatto, es todo, menos una narracin carente de violencia. No es solo la realidad del uso de los animales como instrumentos de trabajo y de carga; es tambin la matanza para la venta, la brutalidad y el empleo de los animales en funcin de las necesidades, reales o imaginadas, de los seres humanos. Eso es as en todos los pases. En las montaas de Borinquen bella abunda la violencia. Sonar hipcrita, pues no soy vegetariano; pero en lo que toca a abusar y matar animales, siempre he practicado la objecin por conciencia y hasta la desobediencia civil. Hoy, ya de viejo, sigo la lgica de los indgenas sioux: limitarse a lo necesario para alimentarse.

Quizs me equivoque, pero creo que mi parecer sobre el asunto es ms cercano a una visin holstica de la naturaleza, que a una mera objecin fundada en el carcter violento de las peleas de gallos. Yo considero que lo que anda desajustado en Puerto Rico es la totalidad de nuestra conexin con el mundo natural y el enfoque egosta que le damos a veces al sufrimiento ajeno. De ah, la impresionante violencia que ejercemos sobre el mundo natural. Voy a dar un ejemplo, que nada (o quizs mucho) se parece a las peleas de gallos.

Apenas cuatro o cinco das despus de mi visita a la regin de Villalba-Orocovis, me dispuse a regresar a Estados Unidos. En el aeropuerto not dos mujeres jvenes que hablaban del centro de la isla. Me acerqu interesado, y entabl una conversacin que result iluminadora. Eran, por pura coincidencia, de la regin de Villalba-Orocovis y tenan doctorados en qumica y gentica. Iban camino a una actividad cientfica en el oeste de Estados Unidos para representar a la compaa de drogas medicinales en que trabajan en Puerto Rico. Por supuesto, las felicit por sus logros acadmicos y profesionales. Pero, entonces me puse a hablar de la contaminacin ambiental derivada de las farmacuticas en Puerto Rico, del cncer en el sureste y de los acuferos del norte. Mencion que yo mismo haba trabajado en una planta farmacutica aos atrs. Y hasta ah lleg el dilogo. Me dieron el mismo gallero look que recib al entrar a la barra das antes. Una de ellas me expres que lo que yo deca no era correcto, pues el gobierno federal tiene reglas para controlar la contaminacin. Trat apresuradamente de aadir el comentario de que la contaminacin ambiental es una forma de violencia en contra de la naturaleza, lo mismo que poner dos gallos a pelear, pero me qued solo, hablando como un loco. Nada ms problemtico que una persona que siente su identidad rasguada, sea un gallero o un cientfico que fabrica drogas medicinales en una de las muchas farmacuticas que quedan en la isla.

Y es que, si usted analiza a fondo el asunto, no tarda en convencerse de que la industria gallstica y las farmacuticas extranjeras tienen mucho en comn. Ambas son actividades econmicas que generan muchos ingresos y empleos en Puerto Rico. Segn algunos estimados, las peleas de gallos generan hasta 26.000 empleos. Las industrias de drogas medicinales, por su parte, significan 16.300 trabajos directos. Casi la mitad de esa empleomana es femenina. Estamos, pues, ante dos fuentes sustanciales de sustento de nuestra gente. Quizs ms importante an, en ambos sectores domina un fuerte sentido de identidad. Con los galleros, esto se hizo visible en la marcha del 29 de enero en protesta por la ley federal que veda las peleas gallsticas. El modo en que enlazan la puertorriqueidad con los gallos merece de por s un estudio particular. Si no me cree, visite las barras del centro de la isla. Pero lo mismo podemos decir de los miles de empleados y empleadas de las farmacuticas. Aunque menos visiblemente, entre ellos y ellas tambin predomina un sentido marcado de identidad.

De hecho, el sentido de identidad de los trabajadores y trabajadoras de las farmacuticas fue crucial en las semanas y meses subsiguientes al huracn Mara. Por ejemplo, de acuerdo con expresiones hechas por los directivos de las compaas trasnacionales durante el Puerto Rico Investment Summit (marzo 2018), Mara fue un no-evento para las industrias de drogas medicinales en la isla. No se trata solamente de que algunas de ellas contaban con sus propias plantas generadoras de electricidad y con los recursos necesarios para continuar operando. Se trata, ante todo, de la increble lealtad mostrada por los trabajadores y trabajadoras boricuas. Muchos empleados y empleadas pusieron sus trabajos por encima de la seguridad personal y el cuido de sus hogares, segn lo reportado en el evento por los representantes de compaas como Abb Vie, Amgen, Eli Lilly, Johnson & Johnson Myers Squibb, AstraZeneca, Pfizer, Merck y Baxter, para mencionar tan solo algunas. Hablando sobre las operaciones industriales durante el huracn, Kerry Ingalls, vicepresidente de Amgen, seal: Logramos crecer como una industria. El resultado fue que, en 2018, a pesar de Mara, la industria farmacutica en Puerto Rico, tuvo exportaciones ascendentes a 15 billones de dlares. Para los ejecutivos de las corporaciones transnacionales operando en Puerto Rico, los trabajadores de la isla mostraron un espritu de lealtad difcil de explicar. O si se quiere, un fuerte sentido de identidad con la fabricacin de drogas medicinales.

Sera presumido el reprocharle a la empleomana de las farmacuticas el tener un sentido de identidad derivado de sus ingresos salariales. El promedio salarial en la industria es ms del doble del prevaleciente en otras ramas. Y qu de los galleros? Tambin ellos tienen buenos ingresos. La gente no experimenta la ideologa al margen de su vida cotidiana. El sustrato presente en ambos ejemplos, el de los galleros y los empleados de las farmacuticas, es el mismo. Ni uno ni el otro ve su actividad como un acto de violencia en contra de la naturaleza, sino como una fuente de ingresos. O es que hay mucha diferencia entre los gallos despedazados a espuelazos y la gente de Guayama enferma de cncer? En ambos acasos, hay una completa inmersin de las personas en la ideologa de la identidad particular. Eso fue lo que yo vi en el negocio en Villalba y en el aeropuerto el da de mi partida.

En realidad, existe un sustrato todava ms importante para comprender la similitud real entre las experiencias de las personas empleadas en las farmacuticas extranjeras y los galleros. Nos referimos a la divisin de la sociedad en clases, de la cual el coloniaje no es sino una expresin extrema. Si el gallero protesta ante la imposicin de la prohibicin federal de las peleas de gallos, los empleados y empleadas de las farmacuticas saben, como bien se indic en el 2018 Puerto Rico Investment Summit, que sus trabajos dependen de la aceptacin de salarios que son 35% ms bajos que en Estados Unidos. Pero aqu no hay ni marchas ni protestas. En la industria de las drogas medicinales, lo s por experiencia propia, no se habla ni de crear uniones (sindicatos). La lucha de clases, el referente ms importante, est escondido, gracias en parte a que las campaas de sindicalizacin en este sector han fracasado. Pero, esto no quiere decir que el contexto del coloniaje y el dominio extranjero del pas no afecte las vidas de los trabajadores y trabajadoras.

Cmo romper con esa visin dominante de identidades fijas e impenetrables? Cmo advenir a una universalidad radical que permita la verdadera emancipacin de nuestro pueblo, su unidad? Lo que es innegable es que con meramente sealarle a alguien (al Otro o la Otra) los lmites de su identidad abstracta, se adelanta poco. Muy poco se logra, por ejemplo, con decirle a un gallero que las peleas de gallos son sangrientas e inhumanas, buscando inculcarle a la persona una visin universal igualmente indeterminada. Lo mismo reina para la empleomana de las farmacuticas. No representa acaso esta actividad un acto de violencia cruda en contra del medio ambiente? El verdadero reto, en el cual seguimos fallando, es cmo estimular, desde cada perspectiva de identidad particular, una reflexin radical sobre temas universales como la proteccin ambiental y el respeto a la vida, incluyendo la no humana. Yo no puedo atribuirles a los galleros, como no podra hacerlo con la empleomana de las farmacuticas, una inhabilidad absoluta de llegar a una afirmacin real de valores ideolgicos universales y progresistas, incluyendo nuestro derecho a la autodeterminacin e independencia.

Lo anterior no sera importante si no es por el procedimiento malo, generalizado en la izquierda, de absolutizar las identidades. De dnde sale esta prctica no lo s, pero lo cierto es que, muy a menudo, se les atribuyen identidades fijas e inmutables a distintos sectores de la sociedad puertorriquea en funcin de la conducta electoral cada cuatro aos y no, como debera ser, en funcin de un anlisis concreto de las condiciones reales en que vive la gente. (Digamos de entrada que este tipo de anlisis malo proviene a veces de sectores anticoloniales que no le ven ningn valor ni efecto positivo a la participacin electoral). El resultado es una visin fracturada no solo de nuestra sociedad, sino tambin del impacto del coloniaje sobre el pueblo. Adems, se minusvaloran los gestos emancipadores espontneos que, de momento en momento, son visibles a travs de todo el pas. Poco a poco, pues, se van categorizando sectores enteros, sean los galleros o el proletariado industrial de las farmacuticas, como no rescatables para un proyecto de emancipacin nacional. Con ello, la izquierda se achiquita, deviene fundamentalista e impotente.

Un buen contraejemplo es lo ocurrido durante el caos que domin en Puerto Rico en las primeras semanas que siguieron al huracn Mara. No hace falta describir el desbarajuste en detalle, pues esto se ha hecho con bastante rigurosidad desde septiembre de 2017 para ac. Lo que no se ha hecho con igual rigor, en mi opinin, es mostrar cmo, a pesar de las identidades particulares, distintos sectores de la sociedad puertorriquea mostraron gestos emancipadores muy anlogos y, en mi opinin, rescatables para un proyecto revolucionario. Voy a hacer una comparacin provocativa: la conducta de los galleros y del proletariado industrial de las compaas farmacuticas.

El huracn Mara y las farmacuticas

Sobre el funcionamiento interno de las plantas farmacuticas y la clase obrera puertorriquea no he visto mucho escrito. Esto no es extrao. Histricamente, se trata de un sector que funciona en todo Estados Unidos de manera cerrada y casi gansteril. Montones de leyes y de prcticas industriales protegen tanto la posicin privilegiada de esa industria como sus secretos tecnolgicos. El control de la clase trabajadora es fundamental, pues aqu la mecanizacin no avanza con la misma velocidad que lo hace en los antiguos sectores industriales.

En efecto, la industria farmacutica estadounidense, en conjunto, forma parte de lo que se llama la nueva economa de conocimiento, que ha venido a desplazar a la vieja economa industrial, como resultado de la cuarta revolucin tecnolgica. Con el avance de la inteligencia artificial y la robotizacin, la economa estadounidense se ha escindido en dos sectores industriales. De un lado, un sector en que virtualmente ha desaparecido el trabajo manual (acero, automviles, textiles, produccin de medios de produccin); del otro, un sector en que el trabajo manual, y en particular el intelectual, cumplen una funcin importante. El sector de la nueva economa de conocimiento genera el progreso tecnolgico que desplaza al trabajo manual en las ramas industriales tradicionales.

Casi todos los estudios ubican a la industria farmacutica al interior de la nueva economa de conocimiento. Esto se debe dos razones. Primero, en ella la robotizacin tropieza con obstculos peculiares derivados de la propia naturaleza del producto. No es que la mecanizacin no haya avanzado, es que el ritmo es menos acelerado. Segundo, las farmacuticas mantienen una relacin simbitica con los sectores de las finanzas y las nuevas tecnologas electrnicas del imperio. Geogrficamente, se localizan cerca de los centros urbanos, los grandes mercados de capitales y los centros de investigaciones qumicas y biolgicas. Por eso se dice que la fabricacin de drogas medicinales es un componente orgnico del sector FTE, es decir de las finanzas, tecnologa y electrnica. Su fuerza de trabajo, por supuesto, es altamente calificada, con una remuneracin por encima de otras ramas, y es muy diversa. Es una de las industrias que ms persigue la aglomeracin geogrfica de sistemas de educacin universitaria pblica de alta calidad.

El contraste con Puerto Rico es palpable. Ya mencionamos que los salarios en las industrias de drogas medicinales en la isla, por regla, estn 35% por debajo de los que rigen en las regiones de FTE en Estados Unidos. Adems, si en Puerto Rico la industria farmacutica transnacional ha experimentado una contraccin, resultante en parte de la eliminacin de incentivos fiscales, en Estados Unidos contina ocupando una posicin importantsima. Ya de entrada, eso nos debera llevar a reflexionar de una manera distinta sobre los trabajadores y trabajadoras en la industria farmacutica en la isla. En muchos sentidos, esta actividad econmica no es sino una versin moderna de las viejas plantaciones y centrales de azcar en el pas. Su vitalidad, siempre a punto de ser golpeada, se funda en la explotacin de una fuerza trabajadora altamente calificada y, por los estndares metropolitanos, mal pagada. Poco importa que no se trate aqu de nmeros gigantescos de trabajadores. La combinacin de tecnologas avanzadas con fuerza de trabajo barata es lo que explica que an no se hayan ido. Significa produccin de plusvala por mtodos relativos y absolutos. Puerto Rico, pues, no encaja orgnicamente en la configuracin regional y estructural del capitalismo industrial estadounidense. Parafraseando a Albizu Campos, Puerto Rico es un pas domstico en lo internacional, pero extranjero en lo nacional domstico, un lugar singular dentro de las fronteras del imperio.

Lo cierto es que, aunque de manera desigual, el coloniaje afecta a todos los trabajadores y trabajadoras de nuestro pas. Claro, rara vez tenemos una oportunidad de echar una ojeada cercana a la dinmica obrero/patronal al interior de la industria farmacutica en nuestra isla. Pero, gracias a varias publicaciones estadounidenses especializadas en ese sector econmico, s tenemos un cuadro de lo ocurrido en ella durante e inmediatamente despus del huracn Mara. Las descripciones, basadas en entrevistas a los principales ejecutivos, son reveladoras. El punto central fue la determinacin de las compaas trasnacionales de seguir operando en medio del caos provocado por las rfagas del huracn. Y lo lograron. Su prioridad, implementada frreamente, era que no se interrumpiera el proceso de produccin, a pesar del terrible impacto general de la tormenta sobre la isla. Puerto Rico, recordemos, se especializa en la produccin de 11 de las drogas medicinales ms cotizadas en el mundo. De esta islita, sale el 25% de las exportaciones estadounidenses de drogas medicinales para consumo internacional. En total, se trata de 49 plantas industriales, que producen anticonceptivos, antibiticos, vasodilatadores, laxantes, insulina, tranquilizantes y otros productos.

Tres factores fueron decisivos para que se materializara el objetivo del capital transnacional en la industria farmacutica de Puerto Rico durante el terrible evento atmosfrico. Primero, los planes de contingencia de las transnacionales; es decir, lo mismo que el gobierno no tena para la poblacin, previsin. Algunas plantas industriales continuaron operando incluso durante los momentos ms fuertes de la tormenta. Ni siquiera sufrieron interrupciones por falta de energa, pues contaban con sus propias plantas generadoras de electricidad. Segundo, el gobierno colonial, o sea, el mismo que abandon a su suerte a la poblacin en general, s prest ayuda a las operaciones industriales. Un ejemplo interesante es el de la Pfizer en Guayama. En mi pueblo, el gobierno moviliz a la poblacin de reclusos para que repararan las verjas de seguridad de la compaa. A cambio de qu? A cambio de agua potable para la prisin. O sea, que en medio de una crisis en que la gente andaba enloquecida por la calle buscando agua, la Pfizer en Guayama no solo tena toda la que necesitaba, sino que le sobraba para repartir. En otros casos, como el de la farmacutica Amgen, el gobierno colonial se moviliz de inmediato para mantener el suplido de agua. El tercer factor fue el espritu nico de la clase trabajadora, tema que ahora si requiere una consideracin detallada.

Recordemos, todo esto ocurre en medio de un caos gigantesco, provocado no solo por la tormenta, sino tambin por la incompetencia y falta de empata del gobierno colonial (y estadounidense) hacia las necesidades de la poblacin puertorriquea. Y qu hicieron las plantas farmacuticas ante este caos general? Pues, aprovecharon la ocasin para redoblar la explotacin de la fuerza de trabajo boricua. Podra incluso decirse que, tcnicamente, secuestraron a la empleomana, pues buena parte de ella ni siquiera abandon el lugar de empleo por das. Era, all, en las plantas industriales, donde los trabajadores y trabajadoras coman, lavaban la ropa y obtenan artculos de primera necesidad, como jabn, hielo y agua. Hablando para la prensa estadounidense especializada en temas farmacuticos, el gerente general de la Pfizer en Guayama, declar: A pesar de las terribles perdidas personales, la empleomana atraves carreteras bloqueadas por rboles, usando la poca gasolina que tenan, para llegar a la planta industrial. Pusieron los intereses de Pfizer, por encima de los propios. Y no puede uno sino preguntarse: Qu es esto sino aprovechar la situacin de caos general para redoblar la tasa de explotacin de la clase trabajadora? En qu se distingue esto de lo ocurrido no lejos de all, en la dcada de los treinta del siglo XX, con las operaciones de las centrales azucareras? A quin se le ocurre, sino a los capataces del gran capital transnacional, justificar estas acciones explotadoras en medio de una crisis que signific incluso la muerte para miles de personas en la isla? Tan rentable result el asunto del caos provocado por el huracn, que, en medio de la escasez de bienes de primera necesidad, los ejecutivos de las farmacuticas transportaban, secretamente, por avin, cargamentos de dlares en efectivo desde Estados Unidos, para as mantener sus operaciones y pagos de suplidores. Y tambin de manera subrepticia movan miles de dlares en efectivo a travs de toda la isla para comprar mercancas, incluyendo fuerza de trabajo barata. Mientras a la poblacin en general se les restringi el acceso a las operaciones bancarias, incluyendo cuentas personales, las farmacuticas crearon su propio circuito de circulacin de dinero, contante y sonante. Esto s que es un ejercicio de prepotencia por parte del capital transnacional, en medio de un caos natural que destruy la vida de miles de personas en Puerto Rico!

Es en este contexto en el que podemos valorar el citado espritu nico de la clase trabajadora en esta industria. Atemorizada de perder sus fuentes de ingreso, en medio de la crisis general provocada por el huracn, con un gobierno completamente desconectado de las necesidades del pueblo, y con una izquierda inmovilizada, los trabajadores y trabajadoras de las farmacuticas actuaron con un instinto primitivo de clase; es decir, valoraron su sobrevivencia y la de sus familiares. Tremendo despliegue de energa proletaria! Apropiada vilmente por los intereses capitalistas, hay que aadir! Vemos, as, dicho sea de paso, cmo la identidad particular de ese sector privilegiado de la clase obrera, algo que antes se nos apareca como inamovible, va relativizndose ante nuestros ojos, llenndose de contenido concreto, o si se quiere, universalizndose.

Gallos y tormenta

Lo mismo ocurri con los galleros. Viajando por la regin de Villalba-Orocovis, tierra natural de la idiosincrasia gallstica, conviene detenerse a hablar con la gente acerca de septiembre de 2017 y el huracn Mara. En todos los relatos se escucha lo mismo: la tremenda energa social y de colaboracin que desplegaron las comunidades para lidiar con el caos y, as, proveer una respuesta colectiva a los problemas ms bsicos. Se trata, obviamente, de un medio social fuertemente pequeoburgus. Pero, aun as, la identidad social sali a flote. En ocasiones, esto signific la improvisacin de sistemas de acueductos abiertos para el consumo general. En otras, la formacin de cuadrillas de vecinos y vecinas, para limpiar escombros y abrir carreteras. Hasta el asunto de la seguridad fsica (amenazada por bandidos de otros lugares), adquiri una respuesta colectiva, dado el colapso de la proteccin policiaca. Igual ocurri con los abastecimientos. Qu representa todo esto sino la presencia viva de gestos emancipadores, rescatables para un proyecto potencialmente revolucionario? Curiosamente, aqu todava se habla con orgullo de la experiencia de haber resistido el huracn.

Caos y revolucin

Surge aqu, por otro lado, la interrogante de cul, si alguna, es la relacin general entre las situaciones de caos social y el despliegue de gestos emancipadores por parte de las clases explotadas. Ms aun, podemos hablar del potencial revolucionario de tales situaciones? Naturalmente, a los revolucionarios y revolucionarias no nos interesa el caos por el caos mismo. No somos fascistas. No ignoramos el sufrimiento que eventos como el huracn Mara provocan entre los sectores ms desventajados. Pero de lo que se tratara aqu es de apreciar con objetividad un hecho real e impredecible. Bajo el capitalismo, y en particular bajo el imperialismo, las situaciones de caos social (e incluso caos natural, por el efecto del calentamiento global) son peridicamente inevitables. Nadie las puede predecir al minuto. Son lo que Lenin llamaba momentos nicos y contingentes, que obligan a la creatividad y el arrojo poltico de la izquierda.

Aqu nos puede ser de mucha ayuda un libro que fue escrito no desde la perspectiva revolucionaria, sino del fascismo. Se trata de la obra de un simpatizante y amigo cercano de Mussolini y los fascistas europeos en la dcada de los XX: Curzio Malaparte. Despus de valorar, para el beneficio del fascismo, las fortalezas y debilidades de los movimientos revolucionarios en toda Europa, Malaparte recogi sus reflexiones en una fabulosa publicacin titulada La tcnica del golpe de estado-Tcnica de Revolucin (1931). Con un poder de observacin privilegiado, este autor evalu las situaciones de caos social imperantes en Alemania, Polonia, Italia y Rusia (1917), y arrib a una conclusin simple: En condiciones de caos social, provocadas por la razn que sea, no solo es posible, sino incluso fcil, acceder al poder poltico. El problema es que, por regla general, los movimientos revolucionarios no aprovechan las situaciones de caos. Hablan mucho, pero actan poco, al menos inteligentemente.

En un sentido hay que tener estmago para leer este libro. Dice verdades que duelen. Pero, en otro sentido, resulta un texto verdaderamente iluminador, al ser una de las pocas oportunidades en que podemos mirarnos desde la ptica enemiga. Malaparte describi en detalle en este libro todo el potencial revolucionario que exista en lugares como Polonia y Alemania durante la tercera dcada de los XX. El problema fue que el liderato de izquierda en esos pases se puso a pensar polticamente, y no tcnicamente. En situaciones de caos social y poltico, insiste l, resulta desatinado enfocarse en la visin programtica, cuando de lo que se trata es de la tctica. Cmo, de manera concreta, se toma el poder estatal? Esto, concluy Malaparte, solo puede efectuarlo una minora bien preparada de personas capaces de manejar los aspectos tcnicos bsicos del Estado: el transporte, las comunicaciones, los abastos, etc. Para acceder al poder, en coyunturas de caos, hay que abstraerse de la temtica poltica y programtica; el asunto es quin da el paso atrevido para ejercer el poder sobre un aparato estatal reducido, casi siempre, a sus funciones ms elementales.

Qu fue lo que pas en Rusia en octubre de 1917, pas en que s se dio una toma del poder por la izquierda? Es aqu que Malaparte revela una gran genialidad en lo que toca a la comprensin de los procesos de cambio social. Para l, Lenin era un gran estratega de la revolucin; pero, psimo en la tctica. Incluso pocos das antes de la toma del poder, Lenin expres dudas sobre los pasos concretos necesarios para arrebatarle el estado a la burguesa, en medio del caos reinante en el pas. Todo el mundo, incluso l, pona las esperanzas en el levantamiento insurreccional de las masas por la va democrtica, o sea, del congreso de los soviets. Malaparte, concluy que la diferencia en octubre de 1917 fue la intervencin de una de las mentes tcticas ms privilegiadas en la historia del movimiento revolucionario europeo: Trotsky. Ante la interrogante de Lenin acerca de qu pasara si los bolcheviques no tomaban el poder, Trotsky respondi que la verdadera pregunta era qu poda pasar si, en efecto, se tomaba el poder. En las condiciones reinantes en octubre de 1917 en la Rusia zarista, en que la propia clase obrera oscilaba entre apoyar a la burguesa o la revolucin, Trotsky sugiri, no la confrontacin militar inmediata con la derecha, sino la toma del poder estatal por una minora bien entrenada de tcnicos, es decir, individuos capaces de mantener en funcionamiento los aspectos esenciales del estado, como las comunicaciones, el transporte y el abastecimiento. Las dems instituciones estatales eran, al menos momentneamente, marginales. De las conversaciones personales entre Lenin y Trotsky, a las cuales Malaparte tuvo acceso gracias a reuniones con colaboradores cercanos de ambos lderes, el pensador fascista concluy que solo la intervencin de una minora conspirativa de tcnicos al servicio de la revolucin hizo posible la toma del poder por los bolcheviques el 25 de octubre. Por eso, en lo que constituye otra inferencia genial, Malaparte catalog lo efectuado por Trotsky no como un golpe de Estado tradicional, sino como una toma del poder estatal en medio de la situacin excepcional que el caos hizo posible: El peligro comunista, del cual los estados modernos de Europa tienen que defenderse, no radica en la estrategia de Lenin, sino en las tcticas de Trotsky (Malaparte, captulo 1). Este acercamiento tctico, de tomar el estado para derrotar al gobierno deba, pues, considerarse como el enemigo clave del fascismo en Europa, hundido como estaba el continente en el desconcierto social de la tercera dcada del siglo XX.

S, es cierto; en Rusia exista, incluso pocos das antes de la revolucin proletaria, una situacin de gigantescas protestas sociales y de auto-organizacin de las masas. Tambin haba un movimiento poltico bien organizado, con un programa poltico desarrollado, particularmente en el aspecto estratgico. La coyuntura internacional era tambin favorable. Rusia era el eslabn dbil de la cadena imperialista, como bien estableca la estrategia de Lenin. Pero, lo que faltaba, y esto fue lo que Trotsky inteligentemente aport, era un grupo conspirativo y, en particular bien organizado, de tcnicos capaces de correr los aspectos fundamentales y bsicos del Estado. Convencer a Lenin de esto ltimo no fue fcil, pero Trotsky lo logr. Con o sin el resto del partido bolchevique, declar Lenin el 20 (27) de octubre de 1917, los requisitos tcnicos para la toma del poder estaban maduros. Para entonces, l y Trotsky haban activado la minora conspirativa de revolucionarios que habran de tomar el poder. nicamente la captura arriesgada, relmpago y decidida del Estado en medio del caos, dio paso a la posibilidad de una verdadera organizacin democrtica de las masas y a un enfrentamiento con la burguesa en condiciones favorables a las clases explotadas.

Aunque resulte paradjico, el libro de Malaparte le gan el rechazo de los fascistas a quienes l tanto admiraba y quera halagar. Mussolini reaccion enfurecido a la publicacin, expulsndolo del movimiento fascista y condenndolo al exilio. En Estados Unidos, pas en que el fervor de las protestas obreras y revolucionarias se haca entonces or, el libro de Malaparte fue prohibido. Por qu la saa? Porque el libro revel las tcnicas que podan viabilizar la toma del poder, bien por la derecha o por la izquierda. O sea, poda leerse tambin desde la perspectiva revolucionaria. Malaparte corri el velo de tcticas que podan asestar un golpe al avance del propio fascismo. Un libro nico, que, al mostrar las debilidades de la izquierda en pases como Alemania y Polonia, resalt no solo la genialidad de Trotsky; sino el hecho de que, con una preparacin mnima, el evento de la conquista del poder por los bolcheviques poda repetirse en cualquier pas capitalista en medio de una situacin de caos social y poltico. Todo, escrito por un simpatizante del fascismo.

El poder de la utopa

El 20 de septiembre de 2017, Mara, un ejemplar magnfico de los huracanes del trpico, azot a Puerto Rico. El caos que provoc est muy vivo en la memoria de los habitantes de la isla y, en no poca medida, es an visible por todo el territorio. El gobierno y las comunicaciones colapsaron. Tambin, la provisin de agua y comida. Miles de personas murieron. El aparato policaco entr en crisis. El reclamo general del pueblo era para que el gobierno actuara efectivamente o, al menos, para que no entorpeciera la ayuda de emergencia que brindaban pases como Cuba y Venezuela. A travs de toda la isla, las comunidades pobres recurrieron a la organizacin espontnea para resolver cuestiones bsicas como la alimentacin, el abasto de agua potable y la limpieza de escombros. Todava hoy, como indicamos, persisten los efectos del poder destructivos de ese poderoso huracn. Pero, el gobierno ha logrado en 2019 reconstituirse lo suficientemente; no para ayudar al pueblo, sino para retomar la ofensiva neoliberal que favorece a sus socios imperialistas.

No es fcil resistir la tentacin de analizar lo sucedido en la isla con el huracn Mara, desde la ptica de las teoras de Malaparte. Una situacin de caos, un gobierno colapsado, un clima general de descontento, frustracin y desespero. Tambin, de solidaridad. O sea, algunos de los elementos centrales de la frmula de Malaparte: caos social y poltico, insatisfaccin catica de las masas y la posibilidad tcnica para la toma del poder. Sin embargo, como dice el refranero popular, de si se hubiera est lleno el cementerio.

Adems, nada ms cmodo que evaluar el pasado, cuando la urgencia del momento ha transcurrido. El valor de la utopa es la fuerza de su persuasin en momentos de apremio. Pero eso no impide que puntualizamos aqu lo obvio: las situaciones de caos poltico y social en nuestra isla no son solo posibles, sino incluso probables, hasta a corto plazo. Las contradicciones de la colonia son demasiadas y muy agudas: una deuda pblica exorbitante, el deterioro progresivo de muchos servicios pblicos, una ofensiva neoliberal cruda y feroz, la generalizacin del crimen callejero, una corrupcin gubernamental imparable y el desasosiego de la gente pobre. (A esto tambin hay que sumar la coyuntura continental de avance del frente fascista que incluye a Estados Unidos, Brasil, Argentina, Ecuador y la contrarrevolucin venezolana; proyecto con el cual gobierno colonial de la isla colabora activamente.). Nadie, absolutamente nadie, puede predecir con exactitud el momento en que este cmulo de contradicciones lleve a un colapso estructural de la colonia. Por ahora, lo visible es la crisis que avanza y el incremento en la insatisfaccin catica de las masas. En el momento crucial, por supuesto, lo que pesar es el grado en que los elementos de la frmula de Lenin y Trotsky en octubre de 2017 estn presentes. A saber, un levantamiento de las masas, una organizacin (o frente radical) con un programa poltico que traduzca las aspiraciones de la gente a consignas pegajosas y, lo que es igualmente decisivo, un grupo conspirativo frreamente disciplinado, que est listo para tomar en sus manos sin dilacin las funciones tcnicas del Estado.

Esto no quiere decir, por supuesto, que todos los esfuerzos revolucionarios tengan que ir en la misma direccin. La unidad, en un contexto como el nuestro, inquieto cual huracn del trpico, exige ante todo una visin de conjunto. Solo as lograremos convertir los diversos gestos emancipadores de las masas en un poderoso movimiento que derrote al imperialismo. Para ello hay que trascender, mediante una rigurosa labor terica, la ideologa malsana de las identidades inmutables. Al menos eso pienso yo, que todava albergo la esperanza de un cambio radical en Puerto Rico.

Bibliografa:

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Consulta Telefnica con la Divisin de Estadsticas del Departamento de Trabajo de Puerto Rico (12 de marzo de 2019).
Government of Puerto Rico (March 2019). Pharmaceutical Industries.
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Langhausen, Karen. Puerto Rico Pharma: Battered But Unbroken. Pharmaceutical Manufacturing. September 12, 2018.
Lenin, V. I. (1972). The Crisis Has Matured. Collected Works, Progress Publishers, Moscow, Volume 26, pp. 74-85. Malaparte, Curzio (1931). Technique Coup D Etat -The Technique of Revolution. Aristaeus Books: Kindle Edition.
Schopp, Carola. The Reality of Puerto Rico after Maria: Big Pharma Provides Resilience and Hope.
Genetic Engineering and Biotechnology News, May 14, 2018.
iek, Slavoj (2018). Like a Thief in Broad Daylight: Power in the Era of Posthumanity. London: Penguin Books. (2017).
iek, Slavoj (2017). Lenin: Remembering, Repeating and Working Through. London: Verso.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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