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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-03-2019

Afganistn
El resurgir de los talibanes

Juan Ignacio Castien
TopoExpress


Nota de edicin: En estos das se est celebrando en Madrid la II Conferencia Internacional de la Asamblea de cientficos y expertos de Afganistn. En este texto, su autor, participante en la Conferencia, reflexiona sobre el nuevo auge del movimiento talibn.

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Los talibanes estn ganando apoyos de nuevo y hacindose con el control de numerosos territorios. Su capacidad para reconstruirse como movimiento, tras la desbandada de 2001 y la debilidad de los primeros aos posteriores a la intervencin internacional, revela, desde luego, una cohesin organizativa y un compromiso ideolgico muy superiores a los de las huestes de un clsico seor de la guerra.

Tambin nos muestra una sensible capacidad para aprovechar el profundo descontento de una gran parte de la poblacin con el estado de cosas imperante. Como en otros muchos lugares del mundo musulmn, parece que este apoyo se alimenta en parte del resentimiento que muchos sienten hacia el tren de vida privilegiado de los extranjeros, sus colaboradores y la lite en el poder, que tanto contrasta con la miseria cotidiana de la mayora. En efecto, la cuantiosa presencia internacional, civil y militar, ha supuesto una importante inyeccin de dinero, no solo en ayudas directas, sino tambin a travs de los salarios del personal expatriado, unos salarios que alcanzan niveles estratosfricos, si se los compara con los ingresos del afgano medio. Pero la distribucin de estos ingresos entre la sociedad afgana, a travs de compras, alquileres, salarios, propinas y sobornos, ha sido obviamente muy desigual, quedando confinada a aquel sector de la poblacin en mayor contacto con los extranjeros. Ha surgido, as, una nueva fuente de desigualdad y, por lo tanto, un nuevo medio para el desarrollo de relaciones clientelistas. Asimismo, el estilo de vida liberal de los extranjeros y de una minora de afganos privilegiados, tan alejado del puritanismo tradicional, refuerza an ms este resentimiento, al igual que tambin ocurre en otros lugares. Al rechazo que genera ya de por s la infraccin que supone contra las normas tradicionales, se le aade ahora el convertirse en un signo de privilegio, y, acaso del disfrute de aquello que se deseara poseer, aunque no se est dispuesto a admitirlo.

De este modo, el auge del movimiento talibn debe tambin mucho a esta peculiar insercin del pas dentro de la economa global. Algo similar ocurre con el amplio uso que los talibanes hacen de los beneficios derivados del cultivo del opio. En este aspecto, se ha ido produciendo una llamativa alianza entre ellos y las redes mafiosas dedicadas al narcotrfico y al contrabando. Con todo, esta alianza parece responder ms a maniobras tcticas del uno y del otro lado. Desde el punto de vista talibn, constituye no solo una generosa fuente de recursos, sino que tambin les proporciona toda una red de conexiones, de las que les es muy til servirse. Desde las organizaciones criminales, la alianza les proporciona clientes y protectores, cuya ayuda puede resultarles de utilidad. En un sentido ms amplio, el debilitamiento del Estado que conlleva la actividad guerrillera puede facilitar asimismo sus operaciones. Pero estos beneficios mutuos no deben hacernos olvidar tampoco las contradicciones existentes entre ambos sectores. A ms largo plazo, la fortaleza de las organizaciones mafiosas choca frontalmente con el proyecto talibn de un rgimen autoritario y puritano, que pondra coto a sus actividades (cf. Peters, 2009).

Por otra parte, estos acuerdos con las organizaciones delictivas parecen enmarcarse dentro de una poltica de alianzas ms amplia, integrada a su vez dentro de una compleja estrategia de reconquista del poder. El reto al que se enfrentan los talibanes resulta un tanto novedoso para ellos. Frente a su avance fulgurante de hace dos dcadas, realizado en un ambiente de fuerte disgregacin social, ahora tienen que vrselas con un Estado mucho mejor organizado, respaldado adems por una potente coalicin internacional. El cambio de escenario les ha forzado a desarrollar una nueva lnea de conducta, labor en la que han mostrado una manifiesta destreza. Su objetivo consiste ahora en la captura progresiva de localidades rurales. Para ello se hace preciso quebrantar las estructuras estatales existentes all, no solo combatiendo a la Polica y al Ejrcito Afganos y a sus aliados extranjeros, sino tambin procediendo a la eliminacin, el amedrentamiento o la expulsin de cualquier posible colaborador del gobierno, etiqueta bajo la que puede incluirse a funcionarios, notables locales, trabajadores sociales y maestros de escuela. Estas operaciones pueden tener un distinto alcance. Quiz conduzcan a la conquista plena de un territorio o quiz, al menos por el momento, queden reducidas a la creacin de estructuras administrativas paralelas a las gubernamentales, que pueden empezar a ir interviniendo cada vez ms en la vida cotidiana de la gente, que ahora recurrir a ellas para solventar sus conflictos, defenderse de abusos y obtener ciertos servicios pblicos. Este mismo hostigamiento puede dirigirse contra ciertas autoridades tradicionales, como, en especial, los consejos de ancianos. El pragmatismo de estos notables locales suele conducirles a buscar un entendimiento con las autoridades, lo que puede indisponerles con los insurgentes. En un sentido ms amplio, la accin de estos ltimos, al recrear nuevos liderazgos locales, vinculados adems a una organizacin exterior, no deja de implicar, al menos en determinados casos, una subversin de las estructuras previamente existentes.

Esta estrategia parece corresponderse muy bien con la composicin humana de este movimiento neo-talibn. Como ocurri hace dos dcadas, el ncleo duro de combatientes fuertemente ideologizados, al que se suman pequeos contingentes de extranjeros, se ve reforzado por elementos mucho ms variopintos, como los parientes y allegados de estos y gentes relativamente marginales en la estructura social, como jvenes pobres del campo, a los cuales se les ofrece ahora la posibilidad de obtener una fuente de ingresos, un mayor poder y prestigio y una identidad ms satisfactoria. En correlacin con esta compleja composicin social, los motivos de los combatientes para haberse unido a la insurreccin parecen ser igualmente diversos.

La hostilidad hacia unas autoridades lastradas por la corrupcin y el autoritarismo y apoyadas por infieles es una motivacin obvia. Pero a ella se suman agravios ms concretos. Puede tratarse de los sufridos por antiguos simpatizantes de los talibanes, o sospechosos de serlo, o por las poblaciones pashtn a manos de miembros de otras etnias. Pueden tener que ver tambin con las complejas luchas entre facciones en el plano local y pueden igualmente hallarse relacionados con los daos colaterales derivados de la accin de las fuerzas afganas y de sus aliados internacionales. Todos estos agravios ms concretos son ahora encuadrados dentro de un planteamiento ms general, en donde reciben un nuevo sentido. Pero al ocurrir esto, se les inviste igualmente de una trascendencia global de la que previamente carecan. Se los ubica dentro de una batalla mundial entre el Islam y la infidelidad. Se pasa, as, del conflicto entre intereses concretos al conflicto entre principios morales e ideolgicos. Todo se vuelve entonces ms rgido y menos propicio al acuerdo. Es ste, por lo dems, un fenmeno harto frecuente.

En cuanto a las actitudes de la poblacin local, stas parecen ser muy complejas. La hostilidad o, al menos, la escasa simpata hacia las autoridades y sus aliados extranjeros pueden ciertamente predisponer a ciertos sectores a apoyar a los insurgentes. Pero la baza con la que juegan estos ltimos estriba, sobre todo, en su capacidad para constituirse como una fuerza a tener en cuenta en sus vidas, como un agente al que deben recurrir para solventar sus problemas y conflictos cotidianos. En la medida en que logran este objetivo, la presencia de los talibanes puede empezar a ser percibida como un dato ms de la realidad, al que es preciso adaptarse y del que es preciso obtener el mayor beneficio posible, conforme al pragmatismo localista de la mayora de la poblacin. Por otra parte, el propio discurso de los talibanes ha experimentado ciertos cambios, que les permiten adaptarse mejor al nuevo contexto. El nacionalismo afgano, enfrentado a los ocupantes extranjeros, ha adquirido una gran preminencia. Al tiempo, al menos por razones tcticas, se produce una atenuacin de los aspectos ms puritanos del movimiento, como la imposicin en las reas bajo su control de la obligacin de llevar barba para los varones o la destruccin de cualquier imagen humana. Una hbil labor de propaganda, sirvindose de los mtodos ms modernos, ha ayudado a difundir estos planteamientos entre capas muy amplias de poblacin.

A ello se ha unido una notable capacidad militar y el logro de una importante cohesin interna, gracias a un control centralizado sobre las fuentes de recursos, que dificulta la fragmentacin de la organizacin en clientelas regidas por distintos seores de la guerra. Hasta el momento las escisiones ocurridas han sido de poca trascendencia, a pesar de la existencia tambin de grupos semiautnomos, en especial, las llamadas Redes Haqqani y Mansur. Todo ello ha hecho del movimiento talibn un enemigo realmente imponente. Empero, parece poco probable que puedan llegar a dominar la casi totalidad del pas, como ya ocurri hace quince aos. La razn es muy sencilla: hoy en da sera muy difcil que recibieran un apoyo tan abierto de Pakistn como en aquella poca. Tampoco se puede contar con que los Estados Unidos y sus aliados vayan a quedarse de brazos cruzados en el caso de que amenacen con tomar las ciudades ms importantes. Seguramente, si percibieran este peligro recurriran a bombardeos desde el aire y prestaran un apoyo ms decisivo al Estado Afgano y a las facciones ms ligadas al mismo. Pero si bien un triunfo total de los talibanes no parece probable, s es, en cambio, muy posible que alcancen ciertos xitos parciales. Puede que se hagan fuertes en algunas regiones, sobre todo en el sur. Y puede tambin que se vayan infiltrando algunas de ellas, aprovechando incluso eventuales negociaciones de paz con una parte de este movimiento. A este respecto, por ms que una negociacin resulte deseable, tampoco puede olvidarse que a travs de la misma podra acabar propicindose una vuelta al control de una parte del aparato de Estado por parte de los talibanes, quienes podran servirse entonces de esta posicin para desarrollar, aunque fuera parcialmente, la misma agenda retardataria que en su anterior experiencia al frente del gobierno, aunque ello dependera tambin de la capacidad de contencin de las otras fuerzas polticas.

Las perspectivas no resultan, por tanto, especialmente alentadoras en estos momentos, pero tampoco son totalmente catastrficas. Si el pas alcanza una cierta estabilidad, pese a todos los peligros que se ciernen sobre l, y si dispone de la adecuada ayuda exterior, podr quiz, con el tiempo, desarrollarse econmicamente lo suficiente como para financiar un entramado de instituciones pblicas y privadas capaces de ir erosionando el actual podero de las redes clientelistas y mafiosas. En este sentido, el futuro est abierto. Pero esta indeterminacin ilustra de nuevo la peculiar dinmica de la historia de Afganistn en los dos ltimos siglos. A lo largo de la misma, las tendencias modernizadoras y regresivas han mantenido un enfrentamiento sempiterno. La historia de la modernizacin afgana se ha asemejado, por ello, a una suerte de trabajo de Ssifo, en donde los progresos y las regresiones se han ido alternando en el tiempo. Es ms, cada vez que se ha intentado un progreso demasiado rpido, se ha producido luego una regresin ms intensa. El sistema tradicional, ms o menos transformado, se ha fortalecido con las crisis provocadas por las intervenciones extranjeras o por los propios desequilibrios generados por la modernizacin. Pero no por ello la sociedad ha dejado de transformarse y de avanzar, a pesar de todos sus estancamientos y retrocesos. La gran cuestin que se plantea en estos momentos estriba en si la modernizacin que al final se va a ir produciendo ser una modernizacin realmente capaz de garantizar unos mnimos niveles de bienestar, seguridad y libertad para el conjunto de los afganos. De lo contrario, el pas podra quedar condenado a la condicin de espacio vaco, de un territorio desorganizado y dual, en donde la miseria de la mayora contrastara con la de una pequea minora vinculada a los negocios especulativos y a las actividades ilcitas. sta es la gran disyuntiva del momento.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/el-resurgir-de-los-taliban/



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