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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-03-2019

Pasajeras de tercera clase

Higinio Polo
Mundo Obrero


Kurt Klber, un escritor alemn, comunista, contemporneo de Thomas Mann, que fue minero y vendedor ambulante, escribi una novela proletaria, como l la llam, a la que, para designar a los trabajadores, puso el ttulo premonitorio de Pasajeros de tercera clase, rbrica que sigue definiendo el tiempo desvalido que nos ha tocado vivir. Tras el ascenso del nazismo al poder, Klber se vio obligado a huir de Alemania, para poner distancias cautelosas ante el lenguaje guerrero del fascismo de la Europa de entreguerras. Despus, se lo tragaron las dificultades de la vida, pero la leyenda de su hoy olvidada novela sirve para examinar la evidencia de que en los engranajes sociales que la explotacin capitalista impone en buena parte del mundo apenas cuentan las mujeres: son pasajeras de tercera transitando hacia un horizonte de estircol.

En el atormentado itinerario del siglo XX retumbaron discursos luminosos, palabras encendidas de Aleksandra Kollonti, de Clara Zetkin, Inessa Armand, Rosa Luxemburg, Nadezhda Krpskaya, Simone de Beauvoir, Frida Kahlo o Celia Snchez, entre tantas otras, bordadas con rebelda y paciencia de mujeres incansables, cuyas certezas llegan hasta los alegatos feministas de ahora mismo que siguen insistiendo en la razonable confianza de que debemos estar de otra forma en el mundo, amparados por la igualdad, aunque nos veamos cercados por la mentira y el fraude, desde un porvenir asediado por las nuevas amenazas de guerra. Esas dcadas del siglo XX van desde la oscuridad de que las tres cuartas partes de las mujeres fueran analfabetas, a la alegra por la eleccin de Clara Campoamor o Margarita Nelken; llegan desde las primeras diputadas en las Cortes republicanas, y desde la presencia en las calles de Federica Montseny y Dolores Ibrruri, que llevaban la voz de las mujeres al lado de la huelga contra el patrn, iluminando un crculo violeta; llegan desde las mujeres iranes que celebraban por primera vez el 8 de marzo en Anzali, al borde del mar Caspio, en 1921; y desde los bancales de las campesinas del sudeste asitico que abandonaban por un momento los cultivos, incrdulas y esperanzadas, porque llegaban noticias, de voz en voz, de una revolucin proletaria en Rusia.

El recuento de la conquista (a veces, nominal) de derechos contina con la larga marcha de las mujeres que sigue recorriendo el planeta, porque las urgencias del mundo no son las que nos confiesa el poder, y la igualdad no figura entre ellas. Son otras, y tienen que ver con la marginacin de la mujer, y con la guerra, con la pobreza y la esclavitud, con la explotacin y con el hambre, con la devastacin ecolgica, mientras observamos inquietos el nuevo siglo viendo las apelaciones de Trump para que Dios bendiga a Amrica, sabiendo que no importa qu dios sea el suyo, porque si de algo estamos seguros es de que no es alguien de los nuestros.

Por eso, en esta peligrosa poca donde tenemos que vivir, las muestras de coraje y decencia son siempre las ms urgentes, las ms necesarias, y estn ah: las hacen en silencio cada da mujeres sencillas, casi siempre pobres, de la India o del Brasil, de Senegal o de Irn, y de tantos otros lugares. Todas esas mujeres annimas, en las que nos reconocemos, son las que transitaron por el siglo XX y por estas dos dcadas del nuevo siglo, guardando nuestra dignidad; con la certeza de que en ese maana que nos preparan desde Washington, mutilando el futuro, las mujeres apenas pueden ser algo ms que pasajeras de tercera.

Los aos de la resignacin deben terminar. Condenadas por un sombro capitalismo de ladrones, las mujeres del mundo se miran en la desolacin de las nias perdidas de Faluya entre los escombros de la ferocidad norteamericana; se miran en los ojos de las mujeres de Honduras que sacan adelante a sus hijos, combatiendo la pobreza y la delincuencia; en la dignidad herida de las mujeres rohinys de Birmania, que levantan la vida entre el barro de los campos de refugiados; se miran en las campesinas huelguistas de la India; en el gesto resuelto de las mujeres palestinas deteniendo con sus manos desnudas las balas de los francotiradores israeles, porque saben que no son pasajeras de tercera: quieren ser, como dicen en China, la mitad del cielo.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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