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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-04-2019

Racionalidad y bestialidad de la represin
As se tortur en Chile: el libro que recoge los relatos del Informe Valech

The Clinic


El ao 2004, la publicacin del Informe Valech documento histrico nico en su especie, por la informacin y los testimonios que rene− golpe a la sociedad chilena con la evidencia de que la tortura fue en nuestro pas una poltica pblica, aplicada sobre miles de compatriotas mediante prcticas de una crueldad inaudita. La propia extensin del Informe, sin embargo, ha tendido a limitar su universo de lectores. El libro As se tortur en Chile (1973-1990), publicado por Editorial La Copa Rota, pretende aportar en un formato ms abordable a la difusin de sus pasajes imprescindibles, aquellos que conviene proteger no slo del olvido, sino incluso de las inercias de una memoria oficial. Son los pasajes que, recurriendo a las voces de las vctimas, exponen los mtodos de tortura que se aplicaron, el despliegue de esta poltica por todo el territorio nacional y las secuelas que dej en quienes la sufrieron. A lo anterior se aade una introduccin (preparada por Daniel Hopenhayn, periodista de The Clinic) que contextualiza la historia de esos mtodos represivos y su aprendizaje por parte de las Fuerzas Armadas chilenas. Ac adelantamos un fragmento de la misma que aborda las preguntas obligadas a la hora de sacar lecciones: cmo se explica la bestialidad de los torturadores y cmo se puede evitar que la inclemencia del poder o la indiferencia de una sociedad− hagan posible la repeticin de estas historias.

LA RAZN DE LA BESTIA

En el prlogo del Informe Valech, el expresidente Ricardo Lagos sentenci: La conclusin es clara e insoslayable: la prisin poltica y la tortura fue una prctica institucional de Estado, absolutamente inaceptable, y por completo ajena a la tradicin histrica de Chile. Pero tambin escribi esto: Cmo explicar tanto horror? Qu pudo provocar conductas humanas como las que all aparecen? No tengo respuesta para ello.

Dondequiera que la tortura se haya practicado a gran escala, la reflexin posterior se enfrent a esa ambivalencia: la racionalidad y la bestialidad que el fenmeno parece desplegar en un mismo movimiento, como si no hubiese contradiccin entre ellas. La causa eficiente es siempre lgica y deliberada: obtener informacin, inducir confesiones, ser un ritual aleccionador, extenuar fsica y psicolgicamente a los enemigos de la autoridad. Pero las conductas aberrantes a que esta poltica da origen, los desbordes de odio visceral, el goce que una alta proporcin de los torturadores descubre en su labor, se resisten a ser explicados por esa racionalidad institucional. El caso chileno ofrece ejemplos de sobra. Aun si la vehemencia de los oficiales de rango se hubiera ajustado al manual de la guerra psicolgica, cmo se entiende el regocijo que, desde los primeros das, provoc el ejercicio de la crueldad en conscriptos y en carabineros de localidades apartadas?

Entre las historias de ensaamiento que no respondieron a ninguna lgica, el Informe Valech destaca una en particular que, por no figurar en los captulos reproducidos ms adelante, citamos ac in extenso:

Puede considerarse el testimonio de una mujer integrante de una modesta familia del sur, sin vinculaciones polticas. El 20 de octubre de 1973, ocho militares y un carabinero irrumpieron en su casa, comenzando en el acto a golpear brutalmente a sus hermanos de 15 y 16 aos, en presencia de su madre y de su hijo menor, de 8 aos de edad. Justificaban la agresin alegando su participacin en un asalto a un retn de Carabineros en Valdivia. Los militares y el carabinero saban los dos apellidos de los hermanos acusados del asalto; slo el apellido paterno coincida con la identidad de las vctimas. As lo hizo saber la familia e incluso los vecinos, sin ningn resultado por parte de los agresores. Das despus, tras peregrinar en su bsqueda por distintos lugares de detencin, su madre los hall en la morgue. Ambos haban sido masacrados. A uno de los adolescentes le faltaba parte de la cara, tena la boca llena de excrementos de caballo y de espinas. De acuerdo con el relato de la denunciante, ella y su hermano mayor fueron detenidos cuando viajaron a Santiago para denunciar los asesinatos ante los militares. A manos de stos sufrieron torturas y prisin. El hermano perdi el juicio; ella qued con secuelas fsicas invalidantes y debi partir al exilio tras seis meses de cautiverio cumplidos parcialmente en el Estadio Nacional. En relato adjunto, as resume su situacin personal y familiar:

por alcance de apellido los seores militares y Carabineros destruyeron nuestra familia. Desde el 73 jams hemos sido felices, ya que yo fui detenida, o sea presa, torturada por un perodo de 6 meses por reclamar la injusticia y crimen que haban cometido los militares de Valdivia, juntos con los Carabineros. Ellos han destruido toda nuestra familia, quedando sin hermanos y sin padres, ya que con los golpes que le dieron a mi padre por defender a mi hermano y decir que nosotros [no correspondamos a la familia de quienes se buscaba], por decir la verdad, le dieron muchos golpes, que mi pobre pap perdi su mente y estuvo muchos aos en la casa de orates, o sea en el manicomio en Valdivia, como al igual a m me detuvieron con mi hermano mayor [] con l yo fui a Santiago a dar cuenta. Con mi ignorancia, fuimos a contarles lo que haban hecho los militares en Valdivia con nuestra familia; los escucharon, cuando ah mismo los tomaron a punta de culatazos por la cara y por el cuerpo y patadas les pegaban a los dos, y tambin me pegaban como si yo hubiese sido hombre, me pegaron sin compasin incluso hasta por los senos, yo tengo todo mi cuerpo con las marcas del 73. Mi cuerpo est todo cortado, mis tobillos fracturados, mis manos fracturadas, mis rodillas todas cortadas y tengo el hombro de mi brazo derecho, la clavcula fracturada, y tengo los prpados rotos, cortados, porque los militares cuando me detuvieron nos pegaron mucho [] Ellos iban a matar a toda mi familia, yo les suplicaba, les peda de rodillas que no hagan tanto dao, nosotros no tenamos ni idea el por qu nos hacan tanto dao, nunca hemos estado en poltica, nunca habamos estado detenidos, nadie de nuestra familia.

Los militares de Amrica Latina, a diferencia de sus pares franceses y estadounidenses −de quienes aprendieron la doctrina de la guerra antisubversiva−, no torturaron a vietnamitas o argelinos en ultramar, sino a sus propios compatriotas y en su mismo pas. Naturalmente, esto implic otro tipo de relacin subjetiva entre vctimas y victimarios. Los torturados padecan, adems de la devastacin inherente al rigor de los tormentos, el desconcierto de estarlos sufriendo a manos de sus propias instituciones de seguridad, creadas para cuidarlos e integradas por quienes podan ser sus vecinos. Muchas de las vctimas detenidas en 1973, de acuerdo al Informe Valech, resaltaron el impacto que les produjo esta sorpresa y cmo ella potenci sus sensaciones de angustia e indefensin. En el caso del torturador, los testimonios del Informe −y casi todos los que se conocen− dejan a la vista que la pertenencia a una misma sociedad introdujo muchas veces una saa adicional, cuyas posibles procedencias han sido objeto de mltiples conjeturas. Factores que suelen proponerse son el resentimiento contra los civiles que las filas castrenses haban acumulado en las dcadas previas, el rencor de clase frente a la burguesa de izquierda o el machismo observable en la furiosa represin que sufrieron las mujeres.

Como sea, la abundante literatura que en el ltimo medio siglo ha intentado descifrar la psicologa del torturador sugiere que ciertas conductas, en apariencia desviadas, son intrnsecas a la prctica de torturar.

Un caso paradigmtico es el de los paracaidistas franceses que reprimieron al Frente de Liberacin Nacional argelino en la Batalla de Argel (1957), donde se aplicaron por primera vez los mtodos de contrainsurgencia que las escuelas militares de Estados Unidos ensearan luego a miles de oficiales latinoamericanos. Se trataba, en su mayora, de jvenes sin ideas polticas que llegaban a Argelia desde su campia natal; sin embargo, comenzaron a disfrutar de la sevicia al poco tiempo.

El periodista franco-argelino Henri Alleg, que se pleg a los independentistas rebeldes y cay prisionero, relat sus experiencias en el libro The Question (1958), de profundo impacto en la sociedad francesa. All contaba que las sesiones de tortura solan tener espectadores, y que alguna vez los soldados se sentaron a verlo sufrir mientras coman y tomaban cerveza, reaccionando con vivo inters cuando se anunci que se iba a rostizar a alguien por primera vez. Las repugnantes fotografas que se filtraron en 2004 desde la crcel de Abu Ghraib (Irak), con agentes de la CIA posando entre risas junto a sus vctimas torturadas, no son muy distintas a las que registraron por montones las tropas nazis en Polonia y Rusia. Ya en el ao 1624, el pastor alemn Johannes Grevius llegaba a la siguiente conclusin tras observar las caceras de brujas: El torturador se va aficionando al sufrimiento, pero la crueldad, como todos los vicios violentos, tiene el efecto de que pronto sacia; as nace en el torturador, ms pronto o ms tarde, la curiosidad por el tormento nuevo, indito.

Reducir a otro ser humano a un estado de impotencia absoluta, al parecer, reporta ilusiones de soberana que a cualquier buen ciudadano podran hacerle efecto. Y despertar en l, de un da para otro, ese ingenio malvolo que poseemos los humanos cuando nos ensaamos con una vctima o simplemente hacemos ostentacin de nuestro poder, en palabras del Informe Valech. Sentimiento que ni siquiera procura el asesinato, pues requiere de un otro consciente sobre el cual triunfar (de ah que en cuarteles de la DINA se haya visto a torturadores encolerizados ante la muerte anticipada de un prisionero). El realizador francs Patrick Rotman, en su libro El enemigo ntimo (2002) y en el documental homnimo, entrevista a un gran nmero de soldados que torturaron en Argelia. Uno de ellos recuerda que sus compaeros, tras interrogar sin xito a un presunto terrorista argelino, llevaron all a su hijo de doce aos y lo obligaron a torturar a su padre con descargas elctricas. Lo que entonces sent es una especie de fascinacin Era posible experimentar cierta forma de jbilo al asistir a escenas tan violentas.

Las reflexiones en torno a este problema han tendido a coincidir en un primer diagnstico: la perversin reflejada en esas conductas, aun si viniera inscrita en nuestra psiquis, slo se activa en los individuos cuando se ven inmersos en instituciones que los habilitan para desaprender los cdigos de la civilizacin. La tesis suele ser que ese paraguas institucional libera a la bestia primitiva, rajando el tenue velo que protege a las convenciones sociales de nuestros impulsos atvicos. En la novela La vida doble (2010), de Arturo Fontaine, la protagonista, una exagente de la DINA que ha sido testigo de escenas pavorosas, lo plantea de este modo: Cmo mierda encuentran animales como stos? Cmo los juntan? Respuesta que te dara hoy: No es que los salgan a buscar. Establecido el lugar de la impunidad delimitada −porque hay lmites, hay sistema, la huev no es un puro caos− se desata en el buen padre, en la hija de familia ese monstruo que llevamos dentro, esa fiera que se ceba con la carne humana. Pero para que eso ocurra tiene que haber una orden que t acatas y te vuelve inocente.

Ahora bien, hay quienes sostienen que ese modelo explicativo requiere de un matiz: la guerra no libera a la bestia, sino que la crea. El filsofo blgaro-francs Tzvetan Todorov, intentando dilucidar al sadismo de los franceses en Argelia, argumenta que gozar del suplicio ajeno no es una cualidad de las bestias; por el contrario, parece entregarnos una profunda definicin de lo especficamente humano. A qu animal se le ocurrira torturar una prole en presencia del padre para gozar con la impotencia de ste?. Semejante bestia, ms que un vestigio ancestral, sera entonces un producto social. Todorov apoya su hiptesis en el testimonio de un excombatiente que, de regreso en Francia, no lograba readaptarse a su antigua vida: All, yo tena derecho a matar: aqu, no poda ni robar un scooter. Conoc as la crcel. Si no hubiera existido Argelia, no habra robado (citas extradas de Tzvetan Todorov, La tortura durante la guerra de Argelia, Letras libres, N 43, 2002).

Sea que la lgica de la guerra engendra a la bestia humana o que slo la despierta de su sueo civilizado, Todorov rastrea las dinmicas colectivas que propiciaron su aparicin en Argelia, y los fenmenos que identifica no son en nada extraos a lo que luego sucedera en Chile. As, por ejemplo, tras examinar los testimonios recogidos por Rotman, advierte que el temor de los torturadores a ser castigados por sus superiores jug un papel importante, pero no tanto como la presin lateral, esto es, la que sus propios pares ejercan sobre ellos: Si todos lo hacen, por qu no yo? Y si me niego a hacerlo, no me expongo acaso a sufrir sus burlas, a pasar por poco viril, por poco severo?, resume Todorov.

En cuanto a las vctimas, atribuirles una condicin animal, apenas humana, era casi siempre el mecanismo psicolgico que les permita a los soldados tratarlas salvajemente. El general Jacques de Bollardire, veterano de Argelia que luego abraz el pacifismo, rememoraba en los aos 80: No se sola llamar hombres a los argelinos, se les llamaba ratones. O chivos. Y en tales circunstancias se le hace a uno fcil torturar a un ratn. Adems de bestial, ese enemigo era figurado como un mentiroso por esencia, tramposo, ladino, y lo peor, persuadido en su inopia de una causa siniestra, la misma que llevara a puerto de no estar siendo neutralizado en su propia ley. Un excomando francs le seala a Rotman otro mtodo de autoindulgencia moral, igualmente perturbador: para defenderse de los sentimientos de humanidad que pudieran asaltarlo, l haca pasar el mundo que lo rodeaba al dominio de la ficcin, o del espectculo, como atravesando la frontera entre lo real y lo ficticio en sentido inverso. No tena la impresin de hallarme all presente. [] Tena un poco la impresin de ser el espectador de una pelcula. [] Todo era ms o menos irreal. [] Uno transforma la realidad en algo que puede aceptar.

LAS RAZONES DEL PODER

En 1958, cuando Henri Alleg public en Francia el libro testimonial que haba escrito en la crcel −y que fue prohibido a las dos semanas de su aparicin, pero ya haba vendido 60 mil copias−, el estupor de la sociedad francesa, o por lo menos de sus intelectuales, dio origen a penosas constataciones. Quedaba claro que la cultura, la educacin, las lecciones del pasado, no son para la barbarie ningn obstculo insalvable. Para mayor decepcin, la Batalla de Argel haba sido amparada por un gobierno de izquierda (cuyo ministro de Justicia era Franois Mitterrand). Pero el dato ms difcil de digerir era otro: la mayora de los oficiales que dirigieron las operaciones en Argel eran unnimemente admirados por el valor que mostraron durante la Segunda Guerra, enfrentando a los nazis desde las filas de la Resistencia o de los Franceses Libres convocados por De Gaulle. Algunos, de hecho, haban sido torturados por los alemanes. Paul Teitgen, secretario de la Polica de Argel en 1957, dimiti tras reconocer en los cuerpos de los prisioneros las huellas de las torturas que l haba sufrido en los stanos de la Gestapo. Pero muy pocos siguieron su ejemplo.

Si conocer la tortura desde el lugar de la vctima no basta para negarse a practicarla, las indagaciones filosficas parecen estar de ms: donde haya una poltica de tortura, habr torturadores. Y donde el poder ha encontrado razones para esgrimir que la seguridad pblica se halla gravemente amenazada, la tortura a menudo ha encontrado las suyas para justificarse como poltica. El clsico ejemplo terico, aunque muy distante de lo que ocurre en la realidad, es el de un servicio de inteligencia que acaba de arrestar a un terrorista que conoce la ubicacin de una bomba capaz de matar a decenas de civiles, y que detonar dentro de pocas horas. El coronel francs Roger Trinquier, principal idelogo de la guerra antisubversiva, recurra a ese ejemplo en una entrevista concedida en 1972 y remataba: Por lo que a m concierne, estoy decidido a interrogarlo hasta que responda a mis preguntas.

Se dira que el argumento de Trinquier ha logrado prevalecer al humanismo moderno, pero la historia es mucho ms vieja. Opositores a la tortura hubo ya en la Antigua Roma. Y Augusto, el primer emperador, artfice de la pax romana, zanj la cuestin en estos trminos: No creo que deba aplicarse la tortura en todos los casos y a toda persona; pero cuando crmenes capitales y atroces no pueden ser descubiertos y probados excepto mediante la tortura de esclavos, sostengo que es muy eficaz para descubrir la verdad y debe ser empleada. Dos mil aos despus, George W. Bush record en su libro de memorias el difcil momento en que le fue requerido el visto bueno para que la CIA aplicara en sus interrogatorios el submarino (asfixia en agua u otros lquidos), tras los atentados de 2001. La eleccin entre la seguridad y los valores era real, se defiende Bush. Si no hubiera autorizado el submarino para los principales lderes de Al Qaeda, habra tenido que aceptar un mayor riesgo de que el pas fuera atacado. [] Pens en mi reunin con la viuda de Danny Pearl, que estaba embarazada de su hijo cuando fue asesinado. Pens en las 2.971 personas que Al Qaeda les rob a sus familias el 11 de septiembre. Y pens en mi deber de proteger a mi pas de otro acto de terror.

Como se ve, la justificacin ha debido renovar su retrica, mientras su lgica permanece intacta. Con legtimo optimismo, podemos hacer notar que las potencias occidentales, desde el trmino de la Guerra Fra, se han permitido recurrir a esa lgica en escalas muy por debajo de su promedio histrico. No obstante, es igualmente cierto que la democracia ms longeva y poderosa del mundo autoriz, en pleno siglo XXI, tcnicas de interrogatorio mejoradas (as les llam la CIA) que en algunos casos bien podramos llamar tcnicas de la Inquisicin mejoradas. Partiendo por el submarino, que en el siglo XIV se llamaba tormento del agua y que hoy mata menos, pero rinde ms.

En abril de 2009, Barack Obama prohibi a la CIA el submarino y lo declar un mtodo de tortura, aunque se opuso a que los responsables de haberlo autorizado y aplicado fueran sometidos a juicio. Entre los crticos de la decisin de Obama estuvieron Mike Pompeo, actual Secretario de Estado norteamericano (designado por Donald Trump en abril de 2018), y Dick Cheney, vicepresidente de Bush entre 2001 y 2009.

Cheney ha sostenido hasta el cansancio que ni el submarino ni las dems tcnicas de interrogatorio que utiliz la CIA se pueden entender como torturas. Si fuera por m, lo hara de nuevo, ratific en mayo de 2018. Donald Trump defendi el uso del submarino mientras era candidato, y consultado al respecto en su primera entrevista como presidente asegur que iba a respetar las leyes internacionales, pero que tenemos que combatir el fuego con fuego. Agreg: He estado hablando con la gente en los niveles ms altos de inteligencia y les he planteado la pregunta: funciona de verdad la tortura? Y la respuesta fue: s, absolutamente.

No hace falta aclarar que aqu la derecha estadounidense es la trinchera de ocasin de un discurso al cual, en voz alta o bajo cuerdas, con inclemencia o remordimiento, se han rendido lderes de todo el espectro ideolgico. Y que la historia de la tortura en Occidente tiene smiles tanto o ms tenebrosos en casi todas las regiones del planeta. Lo que expresa la historia reciente de la Casa Blanca es la permanente fuerza de atraccin que existe entre la racionalidad del poder y la supuesta necesidad de echar mano a la tortura; con qu facilidad, para quienes tienen en sus manos los destinos de la comunidad, lo inaceptable se vuelve interpretable. De esto se seguira que el nico antdoto contra esa tentacin es la vigilancia activa de una sociedad que ha sido educada para rechazarla a todo evento. Pero educada cmo?

A fines de 2012, una pelcula encendi el debate sobre la tortura en Estados Unidos. La noche ms oscura (Zero Dark Thirty en ingls), nominada al Oscar, escenific las torturas de la CIA a militantes de Al Qaeda en procura de informacin que permitiera cazar a Bin Laden. En primera instancia, la obra fue elogiada por exponer ante millones la crueldad de los apremios, evidencia definitiva de su naturaleza inadmisible. Pero pronto surgieron voces disidentes. Michael Morell, a la sazn director de la CIA, acus a los realizadores de dar a entender que las torturas haban sido vitales para encontrar a Bin Laden, lo que ni siquiera era cierto. El senador republicano John McCain, torturado en Vietnam, aborreci que la tortura fuera dotada de una racionalidad que responda a una causa justa. Lo secund Slavoj iek, publicando en The Guardian un artculo que deploraba la neutralidad obscena del tratamiento dado a las torturas, punto de vista, segn el filsofo, moralmente inviable. Puede que McCain y iek tengan razn; otra cosa es que esa sea una buena noticia, pues cabra admitir entonces que una sociedad es incapaz de rechazar la tortura, aun con toda su brutalidad a la vista, si es que puede reconocer detrs de ella un objetivo deseable.

La cuestin nos incumbe pues, como sabemos, los torturadores chilenos contaron con importantes aliados en la sociedad civil, mucho ms all de la esfera poltica. La actuacin de los tribunales de justicia dej mucho que desear durante toda la dictadura. Los recursos de amparo interpuestos en favor de los detenidos, as como las querellas por tortura (slo la Vicara de la Solidaridad present querellas por ms de 1.300 casos de tortura entre junio de 1978 y diciembre de 1989), fueron desestimados una y otra vez, casi siempre sin mediar las diligencias de rigor. El colaboracionismo de un sector relevante de la prensa tambin es historia conocida. Y lo ms srdido: la gran cantidad de personal mdico que apoy las torturas, a veces acudiendo a las mismas sesiones y otras veces revisando a la vctima despus de ser torturada, para extender certificados que acreditaran su perfecto estado de salud al momento de ser puestos en libertad.

Asimismo, en zonas rurales fue habitual que los uniformados se hicieran acompaar por civiles en sus faenas represivas, quienes los ayudaban a seleccionar a las vctimas e incluso tomaban parte en las torturas. Segn pudo establecer el Informe Rettig, esto sucedi especialmente en las regiones Octava y Dcima, adems del sector de Paine en la Metropolitana y de Salamanca en la Cuarta. A todo lo anterior, desde luego, hay que sumar a los miles de chilenos que acogieron el llamado del rgimen a delatar a sus conocidos. En el artculo citado ms arriba, Tzvetan Todorov subraya un fenmeno que, para l, explica en buena medida que las sociedades destruyan los diques que ellas mismas han construido para contener la violencia. Y es que en todo colectivo humano existen minoras convencidas, resueltas, y una mayora pasiva e indecisa que se deja guiar. Y aquella minora es la que se impone a esta mayora. Quienes desprecian u odian apasionadamente a los rabes, quienes gozan abiertamente al ver sufrir al prjimo, son pocos, pero marcan la tnica a los dems. Los otros se dejan tentar, divididos entre una indignacin ms bien tibia y una secreta satisfaccin.

Entre los indignados y los satisfechos, sin embargo, existe un tercer grupo: los indiferentes. Esa insondable marea humana en cuyas espaldas descansa la impunidad de la bestia. Para llenar ese espacio con voluntades despiertas es que las sociedades contemporneas concibieron un nuevo gnero narrativo, y a la vez patrimonial: la memoria histrica, construida con los testimonios y evidencias de aquello que no puede volver a repetirse. El Informe Valech, as como este intento de aportar a su difusin, sin duda se inscriben en ese campo. Pero ya Primo Levi, acaso el fundador del gnero con su libro Si esto es un hombre, planteaba el conflicto que lo antecede: cmo elegir entre la necesidad de conservar la memoria viva y la otra, tambin atendible, de dejar atrs la tragedia?

Levi encara la pregunta −que responde con la decisin de escribir su libro− desde el lugar de quienes, como l, sobrevivieron al Holocausto. Pero se la ha reformulado, y de manera intensa en los ltimos aos, para el caso de una sociedad. Constituye algn tipo de deber histrico, o de responsabilidad cvica, conocer hechos como los descritos en el Informe Valech? O es que, una vez asumido lo que ocurri, a las nuevas generaciones les asiste el derecho −y hasta quizs, la conveniencia− de liberarse del trauma en lugar de heredarlo? Existen posturas muy encontradas en torno a este dilema, pero de algo podemos confiarnos: no hay manera de que una persona mantenga idntica su sensibilidad frente a la tortura despus de haber tomado contacto con estos relatos, donde la especulacin sobre sus causas les cede la palabra a quienes vivieron sus consecuencias.

En esto ltimo radica gran parte del carcter excepcional del Informe Valech como documento histrico, y de la razn de ser de este libro. No es un misterio que miles de esas personas, al momento de declarar ante la Comisin, tuvieron serias dificultades para poner en palabras sus recuerdos. Algunas, incluso, lo hacan por primera vez. Mientras los historiadores se esmeran en dilucidar cunto ayuda la socializacin de ese pasado a evitar su reiteracin, o cunto puede durar el efecto inhibidor que sigue a un perodo traumtico, la historia se obstina en responder que tarde o temprano volveremos a ser testigos de hechos similares, y que slo sabremos advertir que ese momento ha llegado cuando ya sea tarde para evitarlo. Ac nos atenemos a la vieja premisa: si una sociedad sabe que tortur, al menos va a pensarlo dos veces antes de volver a hacerlo. Pero si sabe cmo tortur, es probable que abomine la sola idea de pensarlo, y a eso habra que apostar.

AS SE TORTUR EN CHILE (1973-1990)

Relatos del Informe Valech Edicin e introduccin: Daniel Hopenhayn

Ediciones Copa Rota, 2019, 189 pginas.

https://www.theclinic.cl/2019/03/20/asi-se-torturo-en-chile-el-libro-que-recoge-los-relatos-del-informe-valech/?fbclid=IwAR2YiXt_uE52NlUu30w0BpoA-AB63GVX4VR23QFwfKGGuP5rftvwYI2o0Ss



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