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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-01-2006

Entrevista con Roberto Scarpinato, fiscal de Palermo
La Iglesia y la mafia

Maria Rita Rende
ADISTA

Traducido para Rebelin por Juan Vivanco y Antonia Cilla


Puede haber un relativismo tico ms devastador que el que bendice por igual a vctimas y verdugos? Una defensa de la vida ms falsa que la que es incapaz de ponerse del lado de la vida pisoteada? Qu futuro les espera al pas, a la Iglesia, sin la savia vital de la justicia?

Para reflexionar sobre estas preguntas hemos decidido ir a Palermo. Palermo: capital de Italia, porque aqu es donde se ve la otra cara de la historia del poder nacional. Porque en Palermo, en la fiscala dirigida por Gian Carlo Caselli, han tenido el valor de procesar al poder, de elegir entre oprimidos y opresores, en un atisbo de sociedad civil, a ejemplo de jueces como Chinnici, Falcone y Borsellino.

Uno de los protagonistas de la historia de esta fiscala es Roberto Scarpinato, uno de los tres Ministerios Pblicos del proceso Andreotti y hoy fiscal adjunto en el tribunal de Palermo.

Nos hemos entrevistado con l para reflexionar sobre el poder y sus pactos, y sobre el papel de la Iglesia en esos pactos. Su receta es clara: construir democracia es volver a enamorarse del destino de los dems.

ADISTA: Fiscal Scarpinato, en el anuncio evanglico la justicia y el advenimiento del reino de los cielos estn implicados recprocamente: el uno sin la otra es una contradiccin en los trminos. Lo cual debera implicar que el catolicismo italiano, al menos en la percepcin pblica que se tiene de l o en las lneas pblicas de su liderazgo, debera aparecer como protagonista principal de una accin ntida contra el extravo cada vez ms evidente del estado de derecho, quebrantado por la prdida de soberana democrtica en beneficio de otras soberanas, como las de la mafia o de la ley reducida a arbitrio, ad y contra personam. Pero de momento no se aprecia esta fuerza, esta nitidez en la accin. Qu piensa al respecto?

SCARPINATO: Uno de los problemas que ms me ha ocupado, interesado e intrigado durante estos largos aos de trato con los asesinos y sus cmplices es el de su relacin con Dios y la Iglesia catlica. He buscado respuesta a una pregunta que no poda dejar de hacerme. Es esta: cmo es posible que vctimas y verdugos se sienten en el mismo banco de la iglesia y recen al mismo Dios? Porque lo que me ha impresionado en el trato con los mafiosos ha sido comprobar que en muchsimos casos son catlicos creyentes y practicantes, y no hay disimulo. Hay ejemplos bien conocidos, desde Nitto Santapaola, que haba construido una capilla en su escondrijo, hasta Piero Aglieri, que mandaba buscar a un fraile para decir misa, y muchos ms. Cmo es compatible el hecho de que estos hombres maten, sean mafiosos y sin embargo estn en paz consigo mismos y con Dios? La conclusin a la que he llegado es que en realidad no rezan al mismo Dios, rezan a un Dios distinto. Rezan a un Dios distinto porque en su cultura catlica la relacin entre el individuo y Dios pasa por un mediador cultural, y cada articulacin social crea su propio mediador. De modo que hay sacerdotes de la mafia y sacerdotes de la antimafia. Por un lado est el padre Puglisi, asesinado porque intenta sustraer a los muchachos de su barrio de un destino de mafia, y por otros sacerdotes que no son inmunes a la contaminacin de la cultura mafiosa y paramafiosa.

El mafioso tiene una relacin con Dios que no es conflictiva, porque el mediador con Dios que l mismo elige es una expresin de su propia cultura. Hay iglesias que los domingos se llenan con el pueblo de la mafia, donde hay curas que median en la relacin con Dios para eliminar cualquier roce o friccin. De modo que la moral se centra en el aspecto sexual y en el deber de obediencia. Por lo dems, se trata de un fenmeno universal: por ejemplo, el dictador chileno Pinochet cree en Dios y se siente en paz consigo mismo y con Dios porque su relacin con Dios est mediada por unos obispos que piensan como l. En Chile y otros pases americanos que han sufrido dictaduras sanguinarias hay prelados que piensan como los dictadores y otros que estn de parte de las vctimas asesinadas.

Lo que nos lleva a la postura de la jerarqua catlica. Deca Jean-Paul Sartre que la tica consiste en elegir (somos lo que hemos querido ser). Desde esta perspectiva laica se podra decir que la Iglesia ha tenido un comportamiento antitico, porque en el transcurso de su historia, su eleccin, demasiado a menudo, ha sido la de no elegir, lo que le ha permitido a cada cual tener su propio Dios. Hay, pues, un Dios de la aristocracia, un Dios de la alta burguesa, otro de la pequea burguesa, un Dios de los dictadores, un Dios de las vctimas, un Dios de los mafiosos y otro de los antimafiosos. Cada cual tiene el suyo. Cada cual tiene su propio Dios, con

una jerarqua catlica que no se pronuncia casi nunca, de modo que su falta de pronunciamiento alimenta una suerte de politesmo secreto y moderno, merced al cual el Dios de los asesinos convive con el Dios de las vctimas.

AD: Sin embargo, en otros momentos la Iglesia se preocup por inculcar la responsabilidad de la eleccin. En particular, la llamada eleccin religiosa intent emancipar a la Iglesia italiana de la unidad poltica de los catlicos, uniforme y coactiva: una apuesta por la laicidad que se concretaba en argumentos polticos y culturales; por ejemplo, cuestionaba la aceptacin tcita de cualquier acuerdo electoral en nombre del anticomunismo. En realidad fueron los acontecimientos nacionales e internacionales los que ms tarde acabaron con esa unidad poltica confesional; la opcin distinta, minoritaria, que se haba mantenido en el humus catlico, slo fue capaz de teorizar la autonoma de la eleccin, pero no tuvo el coraje moral de hacerla efectiva, enredada en ese sinfn de cautelas que preparan el terreno a la normalizacin inevitable

SC: Bueno, yo dira que el quid de la cuestin es la relacin de la Iglesia con el poder.

Ese es el quid. Este pacto con el poder se mantiene desde el tiempo del emperador Constantino. Y como deca Fabrizio de Andr, no hay poderes buenos. A lo largo de la historia el poder ha usurpado a menudo el espacio que hay entre Dios y el hombre. Es un espacio difcil de recuperar. Este poder puede ser normalizador, puede ser represor, puede ser un poder de una astucia milenaria que a cada cual le permite tener su propio Dios, una forma de relativismo tico dentro de la Iglesia catlica que permite la convivencia con el delito, con la violencia, con la mafia.

En una escucha telefnica captamos la conversacin de la mujer de un jefe de la mafia; otro mafioso le deca que un miembro de la Cosa Nostra haba entrado en una profunda crisis y teman que empezase a colaborar. La mujer del mafioso coment: tiene que arrepentirse ante Dios, no ante los hombres. Dicho de otro modo, tiene que ponerse en manos del mediador cultural, que evita asumir responsabilidades frente a los dems. Este es el quid de la cuestin. Cuando veo que en Palermo viven y obran sacerdotes y frailes contaminados por la cultura paramafiosa, sacerdotes y frailes de la antimafia y los de la llamada palude[1] (cinaga), y los que estn arriba no se pronuncian, me resulta muy chocante. Porque se trata de una opcin poltica, la de perpetuar la Iglesia-poder, que para perpetuarse no se pronuncia y busca la aprobacin de todos. Creo que no se puede esgrimir por un lado el ejemplo del Padre Puglisi como smbolo de toda la Iglesia, y por otro rehuir la cotidianidad de unos pronunciamientos que siten frente a sus contradicciones a los curas prximos a la cultura mafiosa.

Esto reza tambin con todos los catlicos creyentes, porque aqu nadie se ha sentido nunca culpable, nadie: ni la burguesa mafiosa ni los propios mafiosos. Si no existe sentido de culpa, porque nunca ha habido contradiccin, es que en la Iglesia catlica algo no ha funcionado y sigue sin funcionar.

AD: La objecin que suelen hacernos a Adista muchos catlicos que no quieren or hablar de crticas a la jerarqua, es que se debe impulsar la lucha social, ms importante que la crtica interna. Si no hemos entendido mal, usted, en cambio, cree que la crtica dentro de la Iglesia es fundamental precisamente para llevar adelante esa lucha social contra ciertos poderes ilcitos.

SC: La falta de una crtica dentro de la Iglesia es algo que, a mi entender, obliga a asumir responsabilidades. Existe el compromiso sobre el terreno, pero este compromiso no suele ir acompaado de una crtica a las jerarquas superiores, para decirles: por qu no os pronunciis? Es una obediencia que perpeta la ambigedad en el seno de la Iglesia. Se trata de una carencia grave, porque en este pas si alguien critica a la Iglesia catlica inmediatamente le acusan de anticlericalismo y le desautorizan con esta acusacin. Si la crtica militante se diera en el seno de la propia Iglesia catlica otro gallo cantara. Pensemos en la poltica de los santos: hacer santo o beato a alguien que no fue ajeno a la cultura fascista y al mismo tiempo a alguien que, por el contrario, luch contra esa misma cultura, es un modo de hacer poltica a travs de la religin, de subordinar la religin al realismo poltico. A mi entender, mientras no surja un fuerte fermento crtico en el mundo del catolicismo, existir el peligro de una involucin de la Iglesia catlica que le har perder terreno poco a poco, y para frenar este retroceso ya no servirn los cinco minutos diarios de Vaticano en el telediario ni las grandes manifestaciones de masas.

AD: Hay que decir que la Iglesia catlica se considera la principal, cuando no la nica, agencia de formacin tica, frente a una laicidad desvirtuada y reducida a cansino procedimiento. Pensemos en la democracia o la justicia entendidas como respeto a las reglas. El problema es el sentido, la memoria histrica que arrastran ciertas reglas. La igualdad o la libertad no son el buen tono burgus de lo polticamente correcto, son fruto de historias sangrientas, de luchas de liberacin que han entretejido el estado de derecho con la emancipacin social, por las que todos los sans-culottes del mundo metafricamente hablando han pagado un alto precio. Si la laicidad renuncia a vindicar con orgullo sus propias races (races que tambin son evanglicas, no hay que olvidarlo), si la izquierda ya no se atreve a proclamar la fuerza, el pensamiento fuerte que hay detrs de un procedimiento democrtico, la Iglesia tiene va libre para presentarse como la reserva tica que hace pensar en cosas importantes, no?

SC: Estoy de acuerdo. Me viene a la memoria un texto de Henry Miller, el autor de Trpico de capricornio, que es la Carta abierta a los surrealistas. En esta carta Henry Miller deca: cuando los smbolos que conectan al hombre con el universo pierden su capacidad de significar la vida, todos los hombres se vuelven hermanos de cintura para abajo. Es decir: cuando las culturas mueren o se acercan al ocaso, perdiendo su capacidad para significar la vida, vuelve el dominio de los instintos. Es un proceso contrario al de la sublimacin, es la desublimacin. Puede que vivamos en una etapa histrica en que algunas culturas estn agotando su ciclo vital. Un proceso muy largo, que probablemente dura ya dos siglos. Como deca el poeta Hlderlin, los dioses que ocupaban el cielo se han ido, no han llegado otros nuevos y mientras tanto hay vaco. Si as fuera, la crisis de la poltica sera la crisis de las culturas. La cultura marxista, la cultura de izquierda, la cultura catlica, la cultura liberal, probablemente son culturas que han perdido el contacto con la realidad y las relaciones sociales, y empiezan a perder su capacidad de significar la vida.

AD: Entonces, inevitablemente, las miradas se vuelven hacia quien por lo menos proclama esta vida?

SC: Hay una necesidad de comunin, hay una necesidad de padre, han muchas necesidades que ya no encuentran respuesta en la laicidad e inevitablemente se dirigen al seno eclesial, pero tampoco all reciben una respuesta satisfactoria.

Hay una bsqueda profunda, pero no creo que se den las condiciones para que surja una cultura nueva en sustitucin de las viejas culturas moribundas. Estoy convencido de que si el catolicismo no se regenera en profundidad, lo ms probable es que empiece a extinguirse lentamente. Tenemos la crisis de vocaciones, la indiferencia de cierto mundo juvenil, el alejamiento de sectores importantes del mundo femenino: hechos que no se pueden negar y probablemente significan que ya no se consigue caldear el corazn de las personas. Hay que preguntarse por qu.

Sciascia distingua entre literatura de palabras y literatura de hechos. Se me ocurre pensar que hay religiones de palabras y religiones de hechos. En Palermo, mientras no veamos una actitud coherente, como la de muchas personas que han sido asesinadas por tener una actitud coherente entre sus principios y su vida, mientras la Iglesia catlica no denuncie de un modo constante e inequvoco y no slo cuando se cometen delitos graves que ciertos comportamientos no son compatibles con el Evangelio, mientras las iglesias se llenen de burguesa mafiosa que vuelve a su casa con la conciencia tranquila, podemos decir que hay algo que no funciona.

AD: A propsito de palabras y hechos. Durante el proceso que le sent en el banquillo por asociacin mafiosa, Andreotti cont en todo momento con el aliento y la proteccin de la jerarqua eclesistica, que no esper al fallo del tribunal para proclamarle inocente con la fuerza de los signos y las palabras (las cartas del papa, la solicitud de ciertos cardenales, el recibimiento festivo en las solemnidades vaticanas a las que le invitaban). El Supremo confirm el fallo del Tribunal de Apelacin, que declar extinto por prescripcin el delito de asociacin para delinquir cometido hasta 1980. De modo que confirm, por citar el caso ms escandaloso, que Andreotti se reuni con los autores intelectuales del asesinato de Mattarella, sabedores de que no les iba a denunciar, lo cual, por parte del senador vitalicio, fue una verdadera participacin en la asociacin mafiosa, que presumiblemente se prolong en el tiempo. Cmo percibi usted todo esto? Fue tan slo una injerencia moral, por as decirlo, o se tradujo en formas que de alguna manera influyeron en el proceso?

SC: Para decir si influy en el resultado del proceso habra que meterse en la cabeza o en el alma de los jueces, y no osar tal cosa. Desde luego, recuerdo que uno de los abogados de Andreotti, en su alegato final, se dirigi a los jueces y les dijo: cmo pueden siquiera imaginar que este hombre ha cometido los hechos que se le imputan, si hasta el papa le ha abrazado y bendecido? No cabe duda de que ese abrazo, esa bendicin fueron una grave deslegitimacin del proceso que se estaba desarrollando en Palermo. Por asociacin de ideas, me viene a la memoria la actitud que ha tenido la Iglesia catlica, en cambio, con los colaboradores de la justicia. Ha estado en perfecta sintona con la actitud de la cultura italiana: rechazo total. Una vez me dijo un colaborador: me puede explicar por qu si detienen a Riina, si detienen a Aglieri, los curas hacen cola para ir a convertirles, y cuando alguno de nosotros empieza a colaborar no se les ve el pelo? Cuando detienen a un jefe de la mafia inmediatamente intentan hablar con l, quiz porque su posible conversin se vera como una seal del poder de Dios. En cambio todos los colaboradores que han tenido que sufrir un trauma muy profundo de aislamiento casi nunca han tenido este consuelo, no slo eso, sino que algunas revistas catlicas autorizadas les han demonizado, les han sealado casi como seres infames.

AD: Es que los colaboradores y los pinchazos telefnicos son mtodos judiciales que no gustan a ciertas jerarquas, incluyendo la catlica, recordemos los pronunciamientos sobre el caso Fazio

SC: S, recuerdo haber ledo que la mujer de Fazio declar a un peridico que ellos slo respondan ante Dios

AD: Ah, tambin ellos?

SC: S, pero volviendo a lo nuestro el drama de este pas es, a mi juicio, que todo esto forma parte de la normalidad italiana (vicios privados y virtudes pblicas, la doble moral). Cuando se cita el fin justifica los medios como una invencin de Maquiavelo creo que es un error, porque el maquiavelismo no lo invent la cultura laica, lo invent el catolicismo. Acaso puede haber un fin ms elevado que el de salvar el alma? Para este fin cualquier medio es vlido: desde la hoguera hasta el pacto con el poder.

AD: Pero hay un pueblo catlico sinceramente convencido de que otro mundo, y tambin otra Italia, son posibles. La Iglesia italiana se encamina hacia el Congreso Eclesial Nacional de todas las Iglesias locales (Verona, octubre de 2006). Como Iglesia-institucin, cree que debera dar prioridad a una cultura de la justicia? Un tal Jesucristo dijo: si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y los fariseos no entraris en el reino de los cielos (primer ataque importante a la idea de la justicia como mero procedimiento!). Qu seales debe dar la Iglesia que se proclama hija de ese Jesucristo?

SC: A Jesucristo le mat el poder democrticamente. Pienso que algunas jerarquas de la Iglesia catlica se han visto en apuros al afrontar ciertos aspectos problemticos de la justicia, porque en Italia es un asunto en el que est implicada inevitablemente la responsabilidad de la clase dirigente. Es una criminalidad que ha tenido varias caras. Tangentopoli no empez en los aos ochenta y noventa del siglo XX, el escndalo de la Banca Romana es de finales del siglo XIX y todos los escndalos de la Italia de Humberto I fueron fruto de la corrupcin sistemtica de la poca, una corrupcin que a travs de la primera y la segunda posguerra mundial se conecta, en una lnea ininterrumpida, con la de la ltima Tangentopoli de los aos ochenta y noventa.

El terrorismo desestabilizador de la derecha subversiva, amparado por los servicios secretos, fue otra cara de la criminalidad de algunos sectores de la clase dirigente. Tambin la mafia, como supo revelar Leonardo Franchetti en su memorable investigacin sobre la mafia tras la unidad de Italia, ha sido y en parte sigue siendo una cara de la criminalidad de sectores de la clase dirigente: desde el asesinato poltico-mafioso de Emanuele Notarbartolo[2] al final del siglo XIX hasta la matanza poltico-mafiosa de Portella delle Ginestre[3] tras la segunda guerra mundial, pasando por los asesinatos de docenas de sindicalistas del movimiento campesino, la decapitacin de funcionarios reformistas y dirigentes de la oposicin en la primera mitad de los aos ochenta (como el secretario provincial de la Democracia Cristiana, Michele Reina, el presidente regional Piersanti Mattarella, el prefecto Carlo Alberto Dalla Chiesa y el diputado Pio La Torre), el asesinato de periodistas que investigaban las tramas de poder (De Mauro, Fava y otros), de magistrados y policas que haban osado investigar a los poderosos intocables (por ejemplo, el consejero instructor de Palermo, Rocco Chinnici, o el jefe de la brigada mvil Ninni Cassar) y as hasta el terrorismo de principios de los noventa; son captulos de una historia cruenta del poder que se ha injertado inextricablemente en la Historia con mayscula. Todos los que intentaron cambiar las cosas fueron diezmados, con la complicidad de sectores de una burguesa que no ha dudado en recurrir al asesinato y el terrorismo para perpetuar su poder y defender sus privilegios. Y en todo esto hay otro aspecto: por un lado tenemos una criminalidad de la clase dirigente que con todas sus caras ha marcado la historia del pas, y por otro la composicin social de las crceles italianas, desde la unidad nacional hasta hoy, casi no ha cambiado.

A la crcel, hoy como ayer, van a parar casi exclusivamente los pringaos, y ello a pesar de los cambios en la forma de estado: la monarqua, el fascismo, la primera y la segunda repblica. Por muchos cambios que haya habido en la forma del estado y en las mayoras polticas, la justicia de clase ha sido constante y siempre ha garantizado la impunidad casi absoluta de la clase dirigente.

Entonces, a mi juicio, enfrentarse al tema de la justicia en Italia a veces implica tambin la responsabilidad de tomar posicin contra ciertas desviaciones criminales de sectores de nuestra clase dirigente. Me parece reveladora, al respecto, la indiferencia calculada sobre el tema de la corrupcin, forma criminal que, al drenar los recursos pblicos destinados al desarrollo y al estado social, genera pobreza y degradacin y roba el futuro a las generaciones jvenes.

AD: Pero la Iglesia, en los ms altos niveles, se ha pronunciado contra la mafia

SC: Salvo algunas honrosas excepciones (la amonestacin del cardenal Pappalardo tras el asesinato de Dalla Chiesa y el anatema lanzado por Juan Pablo II contra la mafia en Agrigento tras el asesinato del juez Livatino), la Iglesia catlica ha sido durante demasiado tiempo la gran ausente en el terreno de la justicia y la lucha contra la mafia. Recordar, a modo de ejemplo, la postura del cardenal Ruffini despus de la guerra: es preferible la mafia al comunismo. Porque el mundo mafioso no cuestionaba el poder de la Iglesia y el comunismo era alternativo. Muchos jerarcas de la Iglesia catlica, salvo algunas excepciones espordicas ya mencionadas, casi siempre callaron ante los abusos y las desviaciones anticristianas de la burguesa mafiosa y paramafiosa. Se ha favorecido la cultura de la limosna y del favor, una cultura que perpeta la dependencia del poder en vez de fomentar la cultura alternativa de los derechos, que garantiza un verdadero estatuto de ciudadana y emancipa al individuo de la dependencia obligada del poder, restituyndole la libertad y la dignidad.

AD: Entonces, segn usted, tampoco ha servido de nada la formacin catlica para un estado democrtico entendido como Bien Comn, como Cosa Pblica? Y la formacin para la legalidad de una ley igual para todos slo es una veleidad ingenua?

SC: La Iglesia tiene la estructura de una monarqua absoluta, basada en la jerarqua y la obediencia. Mi punto de vista es el de un laico. No creo que se pueda hablar de la liberacin de los dems si la institucin que habla as no se dota de una profunda y autntica democracia interna. Es una contradiccin en los trminos. En el seno de la Iglesia hay una grave cuestin femenina y una grave cuestin democrtica. A mi entender, mientras no se resuelvan estas dos cuestiones la supervivencia de la Iglesia catlica depender cada vez ms de su influencia sobre la imaginacin colectiva y de estratagemas mediticas, con una prdida progresiva de sustancia espiritual. Naturalmente la necesidad manda, y son muchos los que miran a la Iglesia buscando sentido a la vida, pero creo que la respuesta es inadecuada.

A propsito de la relacin entre Iglesia y democracia, recuerdo un magnfico ensayo del telogo Alberto Maggi (Un Dio che serve gli uomini, publicado en la revista catlica Segno), en el que explica que a Jess le mataron porque su enseanza sentaba las bases de una democratizacin de la sociedad que poda desestabilizar el orden existente.

Su programa de liberacin del hombre propona una imagen de Dios que implicaba un profundo cambio, no slo en la relacin del hombre con Dios, sino tambin en la relacin entre los hombres, e inauguraba una relacin nueva en la que se exclua toda forma de dominio: si Dios no domina, sino que sirve, nadie puede dominar a los dems y menos an hacerlo en nombre de Dios. Lo cual, observa Maggi, hizo que cundiera la alarma en los crculos del poder poltico y religioso, donde el concepto de libertad era totalmente desconocido y la religin legitimaba el dominio y el poder. Desarrollando el razonamiento de Maggi, yo dira que la alianza entre Csar y Caifs (smbolos de un poder poltico y religioso que se aliaron para matar las semillas de libertad y democracia del mensaje evanglico) ha sido constante en la historia y se ha renovado con distintas formas en los siglos posteriores.

En efecto, cuando en el siglo III el mensaje cristiano recuper su vigor con el colapso de poder y sentido del imperio romano, el emperador Constantino y sus sucesores transformaron el cristianismo en religin de estado. Se apropiaron as de ese mensaje, desnaturalizndolo y aprovechando su gran fuerza catrtica para ejercer un nuevo dominio sobre los hombres que, por el contrario, esperaban liberarse gracias a ella. Sucedi en Occidente, pero tambin en Oriente. Por ejemplo, en la India la casta de los brahmanes neutraliz los valores de libertad y democracia de la hereja budista al incorporar ese mensaje al hinduismo tradicional y ponerlo, ya desnaturalizado, al servicio de la perpetuacin de la sociedad india de castas. En todo el mundo el poder se entromete en el espacio entre Dios y el hombre e intenta ocuparlo.

Segn el escritor ingls catlico Chesterton, el cristianismo ha fracasado porque nadie ha intentado aplicarlo nunca. Dios empez a morir en el momento en que unas instituciones antidemocrticas y opresoras, para fortalecer su prestigio y poder, se presentaron a la gente en su nombre y durante siglos dijeron: nosotros hablamos en nombre de Dios, somos sus servidores y representantes, de modo que nos debis obediencia, porque al obedecernos en realidad le obedecis a l. Los que nos censuran y critican cometen pecado de soberbia y blasfemia.

La gran revolucin del cristianismo no pas de las palabras. En la prctica, ese Dios que por fin estaba elevndose de la tierra al cielo fue atrapado a mitad de camino y arrojado en medio de un montn de instituciones y smbolos, desde las espadas de los conquistadores hasta los mantos de los reyes y las mitras de los obispos.

En conclusin, creo que habra que reanudar el discurso desde el momento en que qued interrumpido con la doble muerte de Jess, la fsica primero y la cultural despus.

AD: Entonces analicemos el asunto desde el otro lado, el del poder. En la historia de nuestro pas, la democracia ha sido interrumpida o desautorizada por los poderes mafiosos y ocultos. No obstante, la cultura poltica de nuestro pas no ha conseguido que la lucha contra la mafia se planteara como una cuestin de poltica nacional y prioritaria. En la imaginacin colectiva todava se percibe la criminalidad organizada como algo separado del consenso civil. Sin embargo, hoy, qu pacto de poder nos arriesgamos a no ver como estructural, como sistema criminal?

SC: La situacin es muy grave. Pero empecemos hacindonos una pregunta: por qu la mafia asesina? Porque debe superar un obstculo que no se puede superar de modo incruento. En efecto, los mafiosos dicen: Dios sabe que es l quien ha querido ser asesinado. Siempre se intenta buscar una solucin pacfica. Cuando no se consigue encontrar una solucin incruenta, se mata. Al presidente Mattarella intentaron convencerle por todos los medios y como no lo consiguieron al final le asesinaron.

Si no hay obstculos, no se asesina. Digamos que este es un periodo histrico en el que no se mata. Los centros de poder han sido ocupados a travs de procedimientos democrticos. Si hay sujetos incmodos no hay necesidad de asesinarlos porque se les puede eliminar de modo incruento: ciertos magistrados antimafia, ciertos periodistas, ciertos administradores, se marginan, se silencian, se les echa fuera.

Por lo tanto la violencia de la calle se ha trasladado al interior de algunos organismos, trasformndose en una violencia estructural. Hoy no hay espacio para la crtica, no hay espacio para la pluralidad cultural, por consiguiente no hay necesidad de asesinar. El enriquecimiento se hace de modo incruento. El caso de la clnica Aiello es muy interesante: no queda dinero para los concursos pblicos, entonces para encontrarlo se recurre a los sectores del gasto social que son irreducibles, como, por ejemplo, la sanidad que es la partida ms importante del presupuesto tanto en Sicilia como en Calabria. As, hoy, el modo de enriquecerse, por ejemplo, es desmantelar la sanidad pblica y transferir los recursos a la privada. Sicilia es la regin de Italia que tiene el mayor nmero de convenios, alrededor de 2.000, y el caso Aiello slo es la punta del iceberg. All anidan los intereses de la burguesa mafiosa, de una cierta poltica, tambin est Provenzano: entre ellos se reparten la tarta. Es un momento histrico en el que se ha vuelto a los orgenes, porque si recordamos los aos 70 y 80 Quines eran los mafiosos importantes? Pues, por ejemplo, eran los primos Salvo, hombres emblemticos de la burguesa mafiosa. Los Salvo se hicieron millonarios gracias a que todas las subvenciones pblicas para la agricultura las acaparaban ellos. A travs de sus contactos polticos conseguan antes que nadie la informacin y presentaban las solicitudes, y de este modo el 90% de las subvenciones las obtenan ellos. Con el mismo mtodo obtenan comisiones desmesuradas en las concesiones estatales para la recaudacin de impuestos. Cuando alguien obstaculizaba sus intereses, los Salvo, como se ha visto en algunos procesos, pedan a los especialistas de la violencia material, es decir, a los miembros de la mafia militar, que le quitaran de en medio. Es lo que sucedi con el juez Rocco Chinnici, jefe de la oficina de instruccin de Palermo. sta es la burguesa mafiosa: la historia de la violencia de tantos cuellos blancos, de tantos sepulcros ornamentales. El decenio corleonese, que en la imaginacin colectiva se proyecta como la autntica historia de la mafia, no es toda la historia de la mafia sino ms bien un parntesis patolgico que dur desde el inicio de los aos 80 al inicio de los aos 90. En este periodo, los corleoneses, los as llamados viddani[4] rompieron la relacin que exista con la burguesa mafiosa, que hasta ese momento siempre haba tenido un papel hegemnico nunca cuestionado por los miembros de la mafia militar y popular. El famoso Gaetano Badalamenti resuma ese papel de subordinacin repitiendo: no se puede hacer la guerra al Estado, entendiendo por Estado los jefes de la clase dirigente que lo ocupaban. Concluido ese parntesis temporal, si nos fijamos en los nombres de algunos de los protagonistas de la historia mafiosa de hoy, nos damos cuenta de que hay un retorno de la hegemona de la burguesa mafiosa y paramafiosa. El jefe de uno de los partidos judiciales ms importantes de Palermo, el partido judicial de Brancaccio, con una poblacin de ms de 100.000 habitantes, era hasta hace pocos meses un conocido mdico, el doctor Guttadauro, en cuya casa reciba de da a la burguesa palermitana (polticos, administradores, empresarios) y de noche a los criminales. Y burgueses son el doctor Cin, el doctor Pennino, y otros muchos, menos famosos, que hoy, probablemente, estn ocupados en enriquecerse como se haca en los viejos tiempos.

AD.: Por qu hoy?

SC: Por que hoy no hay necesidad de asesinar. El homicidio poltico-mafioso, como el de Fortugno, cometido hace poco en Calabria, es un hecho excepcional motivado por la exigencia de superar un anmalo punto de resistencia. Si tenemos en cuenta que tenemos un presidente de la Regin procesado por un delito de encubrimiento a la mafia, y que tenemos un nutrido grupo de representantes del partido en el gobierno regional incriminados por pertenencia a la mafia, y se hacemos un reconocimiento de los cuellos blancos que de un modo u otro son indagados por mafia, podemos concluir que tenemos un problema grave no ya judicial sino poltico, porque este mundo ha llegado al poder a travs de legtimos procedimientos democrticos. Esta es la situacin. Por lo dems, queda demostrado que el consenso es espontneo por lo que ha sucedido estos aos: se ha elegido a personas que han sufrido condenas, a veces definitivas, cuya relacin con ciertos hombres es notoria. El doctor Guttadauro, el jefe del partido judicial de Brancaccio, haca poco que haba salido de la crcel donde haba cumplido una condena por mafia, por lo tanto aquellos que le visitaban saban perfectamente con quien hablaban, sin embargo, en su saln reciba a la crema y nata de la burguesa palermitana. En esta ficha, en esta micro historia, est la macro historia.

Estoy leyendo un libro titulado democracia mafiosa; parece una paradoja pero en parte es as. A este respecto se pueden sacar algunas reflexiones interesantes de la experiencia de los ayuntamientos disueltos por mafia. En efecto, el procedimiento de disolucin de una administracin municipal por mafia no parte del presupuesto de que el proceso electoral haya sido alterado por la mafia. No; se considera que las elecciones se han hecho democrticamente pero que no obstante la colectividad ha elegido una representacin poltica mafiosa. Por ese motivo se dispone la intervencin estatal de la administracin municipal durante un periodo. Una vez terminado dicho periodo, la intervencin se renueva si se considera que la colectividad no ha alcanzado una madurez civil suficiente para elegir una representacin no mafiosa.

Nos encontramos ante formas de democracia mafiosa. Y lo paradjico es que, en este caso, el Estado es antidemocrtico porque impide a la colectividad local elegir la representacin que quiere. Y este planteamiento lo podemos aplicar, cum grano salis[5], desde los gobiernos municipales a los gobiernos regionales y as progresivamente.

AD: De nuevo el problema de la democracia que no es slo un procedimiento, ni una suma aritmtica de votos

SC: La democracia est en las culturas de base. Cuando los pozos estn contaminados, hay poco que hacer. Y es necesario preguntarse por qu los pozos estn contaminados all. Leonardo Sciascia se fue de Italia diagnosticando la imposibilidad de redencin del pas, la imposibilidad de salvacin de sus culturas verdaderas que nunca han pertenecido ni a la cultura de la ilustracin, ni a la cultura marxista, ni a la cultura liberal: todas ellas culturas importadas de Francia, de Alemania, de Inglaterra. Las verdaderas culturas italianas de base han sido las milenarias: la cultura catlica, la cultura del familismo[6] amoral, la cultura del maquiavelismo y del cortesano. El catolicismo, que durante siglos ha sido la principal agencia de formacin cultural del pas, ha contribuido a construir esta identidad. Es para preguntarse qu hacer. Ciertamente existen heroicos ejemplos de personas dentro del mundo catlico que viven con una gran actitud tica, pero no me parece que sea la norma.

AD: Apelemos al habitual recurso del pesimismo de la razn unido al optimismo de la voluntad. Quizs no nos quede otra que seguir pidiendo que reflexiones de este tipo sigan teniendo derecho de ciudadana en los centros de formacin cultural y en los medios de comunicacin, mientras sea consentido. Quizs no nos queda otra que trabajar tenazmente para que llegue a ser prioritaria la formacin que capacite para saber reconocer en la mafia la otra cara de la historia del poder, al menos para tener conocimiento, al menos que sirva como reflexin cultural En qu situacin se encuentra la fiscala de Palermo respecto a la fuerza y las futuras actuaciones antimafia? Cmo se han valorado las competencias humanas y profesionales forjadas en la poca en que la fiscala estaba dirigida por Caselli? Y sobre el asunto de la DNA y de la ley hecha aposta para que Caselli no fuera nombrado fiscal nacional antimafia, quiere aadir algo?

SC: Prefiero no responder a esa pregunta.

AD: Ahora de qu se ocupa?

SC: De criminalidad econmica, hasta que se me permita.

AD: Por lo tanto de mafia

SC: S, yo me ocupo de mafia en el sentido de que hoy, a mi parecer, los modos para hacer dinero ya no son los clsicos de los chantajes y las extorsiones que la mafia popular, que es la que constituye el aparato organizativo interno de Cosa Nostra, sigue haciendo. La elite mafiosa y la burguesa paramafiosa y negociante han descubierto el modo de ganar dinero de manera silenciosa e incruenta con los apaos polticos y la criminalidad econmica que son muy difciles de perseguir.

Se enriquecen usando la astucia de la que los cuellos blancos son maestros. Por ejemplo la ley 488, que es una ley que financia iniciativas empresariales, es uno de los agujeros negros de la economa nacional porque una gran parte de estas financiaciones han ido a parar a los amigos de los amigos o a estafadores, que no han creado puestos de trabajo, no han creado actividad empresarial. Veo el agujero negro de los fondos de la sanidad que sabemos que sirven para financiar las clnicas de los amigos de los amigos. Veo los grandes negocios del sector de la recogida de residuos urbanos, etc. Sin embargo, todava para mucha gente, cuando se habla de mafia les viene en mente la imagen de Riina y de Provenzano. Durante meses y aos se ha hablado de la prstata de Provenzano, usado como una de las muchas armas de distraccin de masas como he escrito en un artculo sobre l, mientras que el dinero lo conseguan de un modo bien diferente. Y sta es una eleccin poltico-cultural, porque est claro que se quiere avalar la idea de que la mafia slo es la mafia de la droga, la mafia de las extorsiones y que el resto no tiene nada que ver con ella.

AD: Rocco Chinnici, Giovanni Falcone, Paolo Borsellino, Ninni Cassar, Roberto Antiochia, y tambin Placido Rizzotto, Peppino Impastato, Pio La Torre, Accursio Miraglia Y muchos otros nos vienen a la memoria sin orden cronolgico, pero todos ellos ligados por el frreo orden lgico que les asesin. El corazn se estremece al nombrarlos, como algo que no se nombra en vano. Incluso osamos decir que Les sentimos verdaderos hermanos y mrtires de una fe que va ms all de cualquier credo porque es la fe en la vida, en la justicia, en la entraable belleza de los sentimientos del corazn. No obstante son ignorados por la hagiografa eclesistica que tal vez prefiere hacer mrtires a los imputados de mafia y no a las vctimas de mafia.

Y entonces por qu sentimos como retricas las celebraciones oficiales dedicadas a recordarlos? Por qu sentimos que no hay memoria all donde ha disminuido la voluntad poltica de recoger el testimonio de la esperanza que ellos defendieron hasta dar la vida?

SC: Por eso yo hablo de envenenamiento de los pozos, los pozos estn contaminados

AD: Sin embargo surge una pregunta espontnea: hay personas que han hecho de estos nombres, que han hecho de la historia de Palermo su dolor pero tambin su esperanza en la convivencia humana. Hay personas, catlicas y no catlicas, que prescindiendo de las diferentes oligarquas y jerarquas, no slo eclesisticas, quieren mantener la memoria y continuar sembrando la democracia, la no mafiosa y consciente del soplo humano de justicia que la historia de la democracia tiene dentro de s. Qu les puede decir? Vivimos en nuestro propio aislamiento o todava podemos tener esperanza en los cientos y cientos de pasos de lucha que se han dado como aquella de Libera para que la ley de confiscacin y uso social de los bienes mafiosos no sea desautorizada, o para que en Sicilia est Rita Borsellino como presidenta de la Regin?

SC: Lo que puedo decir es que en estos aos la escena pblica ha estado ocupada por el conflicto entre el centro derecha y el centro izquierda. En realidad, a mi me parece que se ha desatado otra guerra, la guerra de toda la nomenclatura poltica de centro derecha y de centro izquierda contra el intento de la sociedad civil de recuperar la poltica desde abajo.

Este intento se ha frustrado de mil maneras: mediante la demonizacin de los llamados movimientos presentados como peligrosas formas de antipoltica y de orientacin qualunquista[7], mediante el silencio en los medios de comunicacin sobre las manifestaciones espontneas y de base, mediante la marginacin poltica de algunos lideres elegidos por la sociedad civil o su cooptacin en la oligarqua de los partidos. A la sociedad civil se la ha mortificado y se la ha invitado a quedarse en casa delegando la poltica a los profesionales.El caso de la seora Borsellino en las primarias, en Sicilia, es muy interesante porque constituye el ensimo intento de la sociedad civil de recuperar la poltica desde abajo sin padecer pasivamente el dictado de los jefes de los partidos y de sus acuerdos secretos. Creo que este es el nico camino para intentar regenerar la poltica porque no me parece que haya soluciones por parte de las oligarquas de los partidos, portadoras de una visin economicista y auto referencial de la realidad tanto por parte de la derecha como de la izquierda. Hay algunas tendencias muy interesantes que indican un posible camino colectivo para restituir el alma y el corazn a una poltica ahora reducida a pura tcnica de gestin del poder.

La experiencia de las primarias de la Unin, por ejemplo, puede ser indicativa: 4 millones y medio de personas que van a votar indican esas ganas de participacin y una direccin que se puede seguir.

Estos conciudadanos han dado a entender que la verdadera renovacin tiene un corazn antiguo: el renovado inters en la participacin como momento de construccin institucional, as como est previsto en los artculos 3 y 49 de la Constitucin. Estos ciudadanos, como ya se ha observado, no queran ni quieren formar un nuevo partido. Quieren un modo nuevo para construir los partidos; han puesto en evidencia la va para democratizar la democracia. Entonces se trata de potenciar institucionalmente un nuevo modo de ser de la ciudadana activa mediante la valorizacin y la extensin de algunos instrumentos de democracia directa ya existentes y la creacin de otros nuevos.

Algunos constitucionalistas ya se mueven en esta direccin. Me refiero por ejemplo, no solo a la institucionalizacin del mtodo de las primarias sino a la apertura del parlamento a la sociedad civil tambin para aquellas leyes formalmente ordinarias pero densas de sustancia constitucional como, por ejemplo, las leyes electorales, la disciplina de las comunicaciones de masa, el ordenamiento de la magistratura y de las autoridades independientes, etc., mediante la extensin del referndum confirmativo, hoy slo previsto para las leyes de revisin constitucional. Tambin se podra proyectar que los institutos de la ley de iniciativa popular y de la peticin popular fueran ms sencillos y eficaces mediante la creacin de un mediador parlamentario, como el modelo europeo, para canalizar las propuestas y las peticiones en el complejo procedimiento parlamentario. Son slo proyectos, ideas, pero es necesario hacer algo para restituir dignidad a la poltica.

A propsito de esto, creo que no se debe olvidar la gran leccin griega. Los griegos fueron los primeros en comprender que la infelicidad del individuo no naca de los caprichos de los dioses o de los demonios sino que era hija de la infelicidad de la polis. Si no se cura la polis no se puede curar la infelicidad de las personas. Para los griegos ocuparse de la poltica era la actividad ms elevada que poda existir. Sin embargo para nosotros y no digamos en Sicilia la poltica tiene fuertes connotaciones de negatividad, o una actividad rida delegada en algunos profesionales. Tal vez ha llegado el momento de volver a los orgenes de la poltica y apropiarnos de ellos. Lo que significa salir del recinto del pequeo yo, de los propios egosmos individuales y volver a enamorarse del destino de los otros sabiendo que no existen soluciones individuales. Es necesario invertir la ruta porque hoy parece que todo va en la direccin opuesta. Pensemos en la nueva ley electoral proporcional que permite a las jerarquas de los partidos proponer a los candidatos y que priva a las representaciones electorales de tener una relacin con la base. La democracia, as, se transforma en una competicin entre elites, con la sociedad civil que se queda mirando a ver quien vence y quien pierde. En realidad son los ciudadanos que no pertenecen a ningn grupo de presin ni a ninguna clientela los que pierden siempre porque quedan privados de un verdadero estatuto de ciudadana. De este modo se corre el riesgo de que la historia se repita, como una eterna historia circular, por los abusos de las minoras organizadas a perjuicio de las mayoras desorganizadas.

Notas de los traductores :

[1] Inercia moral dictada por la indiferencia y la pereza.

2 Banquero siciliano que destap la conexin entre la mafia y la poltica. El principal acusado de su asesinato fue absuelto.

3 El 1 de mayo de 1947 la mafia dispar contra una manifestacin obrera en Sicilia, cuando las izquierdas unidas estaban a punto de ganar las elecciones regionales. Al final se form un gobierno monocolor de la Democracia Cristiana.

4 Originalmente los viddani eran los pobres, los sin tierra, que vivan en mseras casas cohabitando con los animales.

5 Con criterio.

6 Concepto segn el cual la solidaridad entre los miembros de la misma familia debe prevalecer sobre los dems vnculos sociales.

7 Qualunquismo, movimiento poltico italiano de los primeros aos de la 2 posguerra mundial, polmico respecto a la democracia, al rgimen de partidos y a cualquier ideologa.

http://www.adistaonline.it/?op=articolo&id=15622.



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