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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-04-2019

Carta desde la crcel de Birmingham

Martin Luther King
El viejo topo


Nota de edicin: Hoy [04.04.2019] se cumplen cincuenta y un aos del asesinato de Martin Luther King. Lo recordamos a travs de esta carta de 1963, un rotundo alegato en favor de la desobediencia civil y la accin directa no violenta para lograr el dilogo y la negociacin.

Mis queridos sacerdotes y compaeros:

Mientras me hallo recluido aqu, en la crcel de la ciudad de Birmingham, me lleg vuestra reciente declaracin calificando mis actividades presentes de "poco hbiles e inoportunas". Son pocas las veces en que me detengo a contestar a las crticas formuladas contra mi trabajo e ideas. Si tratase de contestar a todas las crticas que pasan por mi mesa de trabajo, mis secretarios tendran poco tiempo disponible para cualquier otra cosa en el curso del da, y a m no me quedara ni un instante para realizar una tarea constructiva. Pero, como creo que sois hombres de intenciones fundamentalmente buenas, y que vuestras crticas han sido formuladas sinceramente, quiero intentar responder a vuestra declaracin con unas pocas palabras que espero sean pacientes y razonables.

Creo que debiera indicaros por qu estoy aqu, en Birmingham, puesto que parecis influidos por la opinin que anatematiza a los "forasteros que se inmiscuyen en los asuntos ajenos". Tengo el honor de ser presidente de la Southern Christian Leadership Conference, una organizacin que acta en todos los Estados del Sur, con su cuartel general en Atlanta (Georgia). Tenemos en todo el Sur unas ochenta y cinco organizaciones afiliadas, y una de ellas es el Alabama Christian Movement for Human Rights. Compartimos a menudo nuestra direccin y nuestros recursos tanto educativos como financieros con nuestras filiales. Hace varios meses, la filial de aqu, de Birmingham, nos pidi que estuvisemos dispuestos a emprender un programa de accin directa no violenta si ello resultaba necesario. Consentimos en seguida, y, cuando lleg la hora, cumplimos nuestra promesa. Por eso, yo, y conmigo, varios de mis colaboradores de la direccin, estamos aqu, por habrsenos invitado a  que vinisemos. Estoy aqu porque aqu tengo vnculos de organizacin.

Pero, lo que es ms importante: estoy en Birmingham porque tambin est aqu la injusticia. As como los profetas del siglo VIII antes de Cristo abandonaban sus pueblos y difundan su mensaje divino muy lejos de los lmites de sus ciudades originarias; as como el apstol Pablo dej su pueblo de Tarso y difundi el Evangelio de Cristo hasta los lugares ms remotos del mundo grecorromano, as me veo yo tambin obligado a difundir el Evangelio de la Libertad allende los muros de mi ciudad de origen. Lo mismo que Pablo, tengo que responder sin dilacin a la peticin de ayuda de los macedonios. Y, lo que es ms, soy consciente de la interrelacin existente entre todas las comunidades y los Estados. No puedo permanecer con los brazos cruzados en Atlanta sin sentirme afectado por lo que en Birmingham acontece. La injusticia en todas partes. Nos encontramos cogidos dentro de las ineludibles redes de la reciprocidad uncidos al mismo carro del Destino. Cualquier cosa que afecte a uno de nosotros directamente, nos afecta a todos indirectamente. Nunca ms podremos permitirnos el lujo de aferramos a la idea estrecha, provinciana, de "agitador forastero". Quienquiera que vive dentro de las fronteras de los Estados Unidos tiene derecho a que no se le vuelva a considerar nunca ms forastero en el territorio de la nacin.

Deploris las manifestaciones que ahora tienen lugar en Birmingham. Pero vuestra declaracin, siento decirlo, hace caso omiso de las condiciones que dieron lugar a estas manifestaciones. Estoy seguro de que ninguno de vosotros quiere limitarse a esta clase de anlisis social superficial que no se ocupa ms que de los efectos, sin detenerse a aprehender las causas subyacentes. Es una pena que las manifestaciones tengan lugar en Birmingham, pero es todava ms lamentable que la estructura del poder blanco de la ciudad no dejase a la comunidad negra otra salida que sta.

Toda campaa no-violenta tiene cuatro fases bsicas: primero la reunin de los datos necesarios para determinar si existen las injusticias; luego la negociacin; despus la auto-purificacin; y, por ltimo, la accin directa. Hemos pasado en Birmingham por todas estas fases. No cabe discutir el hecho de que la injusticia racial embarga a esta comunidad. Birmingham es probablemente la ciudad ms drsticamente segregada de toda Norteamrica. Su horrenda lista de violencias es conocida de todos. Los negros han sufrido de modo flagrante un trato injusto por parte de los tribunales; ha habido ms destrucciones de domicilios e iglesias negros a consecuencia de bombas, que han quedado sin resolver en Birmingham que en cualquier otra ciudad de la nacin. Con estas condiciones por base, los lderes negros trataron de negociar con los prohombres de la ciudad. Pero stos se negaron una y otra vez a entablar negociaciones de buena fe.

Entonces, en septiembre ltimo se present la oportunidad de hablar con los representantes de la comunidad econmica de Birmingham. Durante las negociaciones, los comerciantes formularon ciertas promesas, entre ellas la de suprimir los humillantes smbolos raciales de los almacenes. Apoyndose en estas promesas, el reverendo Fred Shuttlesworth y los lderes del Alabama Christian Movement for Human Rights concedieron una tregua en todas las manifestaciones. Pasaron las semanas y los meses, y comprobamos que ramos vctimas de un perjurio. Unos cuantos emblemas, tras haber sido suprimidos por un tiempo, volvieron a surgir; el resto permanecieron donde estaban.

Como en tantos otros casos, se haban defraudado nuestras esperanzas, y se apoder de nosotros la sensacin de un profundo desaliento. No tenamos ms salida que la de apercibirnos para la accin directa en la que presentaramos nuestros propios cuerpos como instrumentos de exposicin de nuestro caso ante la conciencia de la comunidad local y nacional.

A sabiendas de las dificultades existentes, decidimos emprender un proceso de auto-purificacin. Dimos comienzo a la creacin de toda una serie de seminarios para aleccionar sobre la no-violencia, y nos preguntamos reiteradas veces: "Sabrs aceptar los golpes sin devolverlos?" "Sabrs prevalecer en la prueba del encarcelamiento?" Decidimos lanzar nuestro programa de accin directa en la temporada de Semana Santa, porque sabamos que, excepto la Navidad, ste era el perodo principal de compras durante el ao. Conscientes de que un programa enrgico de boicot econmico sera la consecuencia de la accin directa, pensamos que ste sera el mejor momento para poner en marcha la presin que pensbamos ejercer sobre los comerciantes para provocar el cambio necesario.

Entonces camos en la cuenta de que los comicios para la eleccin del alcalde en Birmingham estaban sealados para el mes de marzo, y decidimos rpidamente posponer la accin hasta el da siguiente al de las elecciones. Cuando descubrimos que el Responsable del Orden Pblico, Eugene "Bull" Connor, haba reunido votos bastantes para presentarse al desempate, nuevamente decidimos posponer la accin hasta el da siguiente al de los comicios finales para que no se utilizaran las manifestaciones con el fin de velar los problemas reales que se debatan. Como muchos otros, esperbamos asistir a la derrota del seor Connor, y para ello nos avinimos a retrasar una y otra vez la fecha de nuestra accin. Despus de haber prestado nuestro auxilio a la comunidad en esta necesidad, cremos que ya no se poda demorar ms nuestro programa de accin directa.

Preguntaris: "Por qu accin directa?" "Por qu sit-ins * marchas y dems?" "Acaso no es el de la negociacin el camino mejor?" Tenis razn para abogar por la negociacin. De hecho, esto es lo que realmente se propone la accin directa, no-violenta: trata de crear una crisis tal, y de originar tal tensin, que una comunidad que se ha negado constantemente a negociar se ve obligada a hacer frente a este problema. Trata de dramatizar tanto la cuestin, que ya no puede ser desconocida bajo ningn concepto. Podr parecer raro que yo cite la creacin de un estado de tensin como parte del trabajo que incumbe al resistente no-violento. Pero tengo que confesar que no me asusta la palabra "tensin". No he dejado nunca de oponerme a la tensin violenta, pero existe una clase de tensin no-violenta constructiva, necesaria para el crecimiento. As como Scrates crea que era necesario crear una tensin en la mente para que los individuos superasen su dependencia respecto de los mitos y de las semiverdades hasta ingresar en el recinto libre del anlisis creador y de la evaluacin objetiva, as tambin hemos de comprender la necesidad de "tbanos" no-violentos creadores de una tensin social que sirva de acicate para que los hombres superen las oscuras profundidades del prejuicio y del racismo, elevndose hasta las alturas mayestticas de la comprensin y de la fraternidad.

La meta de nuestro programa de accin directa radica en crear una situacin tan pletrica de crisis que desemboque inevitablemente en la salida negociadora. Me uno pues, a ustedes en su apologa de la negociacin. Nuestro querido Sur ha permanecido demasiado tiempo encerrado en un trgico esfuerzo de vivir monologando en vez de dialogar.

Uno de los puntos bsicos de su declaracin es que la accin que yo y mis colaboradores hemos emprendido en Birmingham es inoportuna. Han preguntado algunos: "Por qu no habis dado a la nueva administracin urbana tiempo para obrar?" La nica contestacin que se me ocurre para esta pregunta es que la nueva administracin de Birmingham tiene que ser tan zarandeada como la anterior, si se quiere que obre. Estamos profundamente equivocados si creemos que la eleccin de Albert Boutwell para el cargo de alcalde convertir los sueos en realidad en Birmingham. Pese a ser el seor Boutwell persona mucho ms pacfica que el seor Connor, ambos son segregacionistas, empeados en el mantenimiento del statu quo. Espero que el seor Boutwell ser lo bastante razonable como para percatarse de la insignificancia de una resistencia denodada a la integracin. Pero no lo ver sin la presin de los partidarios incondicionales de los defensores de los derechos civiles. Amigos mos, quiero decirles que no nos hemos apuntado ni un solo tanto en materia de derechos civiles sin una empecinada presin legal y no-violenta. Desgraciadamente, es un hecho histrico incontrovertible que los grupos privilegiados prescinden muy rara vez espontneamente de sus privilegios. Los individuos podrn ver la luz de la moral y abandonar voluntariamente una postura injusta; pero, como nos recordara Reinhold Niebuhr, los grupos tienden a comportarse ms inmoralmente que los individuos.

Sabemos por una dolorosa experiencia que la libertad nunca la concede voluntariamente el opresor. Tiene que ser exigida por el oprimido. A decir verdad, todava estoy por empezar una campaa de accin directa que sea "oportuna" ante los ojos de los que no han padecido considerablemente la enfermedad de la segregacin. Hace aos que estoy oyendo esa palabra: "Espera!" Suena en el odo de cada negro con penetrante familiaridad. Este "espera" ha significado casi siempre: "nunca". Tenemos que convenir con uno de nuestros juristas ms eminentes en que "una justicia demorada durante demasiado tiempo equivale a una justicia denegada".

Hemos aguardado ms de trescientos cuarenta aos para usar de nuestros derechos constitucionales y otorgados por Dios. Las naciones de Asia y frica se dirigen a velocidad supersnica a la conquista de su independencia poltica; pero nosotros estamos todava arrastrndonos por un camino de herradura que nos llevar a la conquista de un tazn de caf en el mostrador de los almacenes. Es posible que resulte fcil decir: "Espera", para quienes nunca sintieron en sus carnes los acerados dardos de la segregacin. Pero cuando se ha visto cmo muchedumbres enfurecidas linchaban a su antojo a madres y padres, y ahogaban a hermanas y hermanos por puro capricho; cuando se ha visto cmo policas rebosantes de odio insultaban a los nuestros, cmo maltrataban, e incluso mataban a nuestros hermanos y hermanas negros; cuando se ve a la gran mayora de nuestros veinte millones de hermanos negros asfixiarse en la mazmorra sin aire de la pobreza, en medio de una sociedad opulenta; cuando, de pronto, se queda uno con la lengua paralizada, cuando balbucea al tratar de explicar a su hija de seis aos por qu no puede ir al parque pblico de atracciones recin anunciado en la televisin, y ve cmo se le saltan las lgrimas cuando se le dice que el "Pas de las Maravillas" est vedado a los nios de color, y cuando observa cmo los ominosos nubarrones de la inferioridad empiezan a enturbiar su pequeo cielo mental, y cmo empieza a deformar su personalidad dando cauce a un inconsciente resentimiento hacia los blancos; cuando se tiene que amaar una contestacin para el hijo de cinco aos que pregunta: "Pap, por qu tratan los blancos a la gente de color tan mal?"; cuando se sale a dar una vuelta por el campo en coche y se ve uno obligado a dormir noche tras noche en algn rincn incmodo del propio automvil porque no estn abiertas las puertas de ningn hotel para uno; cuando se le humilla a diario con los smbolos punzantes de "blanco" y "colored"; cuando el nombre de uno pasa a ser "negrazo" y el segundo nombre se torna "muchacho" (cualquiera que sea la edad que tenga), volvindose su apellido "John", en tanto que a su mujer y a su madre se les niega el trato de cortesa de "seora"; cuando se viene estando hostigado de da y obsesionado por la noche por el hecho de ser un negro, viviendo en perpetua tensin sin saber nunca a qu atenerse, y rebosando temores internos y resentimientos exteriores; cuando se est luchando continuamente contra una sensacin degeneradora de despersonalizacin, entonces, y slo entonces se comprende por qu nos parece tan difcil aguardar. Llega un momento en que se colma la copa de la resignacin, y los hombres no quieren seguir abismados en la desesperacin. Espero, seores, que comprendern nuestra legtima e ineludible impaciencia.

Expresan una profunda ansiedad en torno a nuestra decisin de quebrantar las leyes si es preciso. No cabe duda de que su preocupacin es legtima. Como pedimos con tanta diligencia a nuestro pueblo que obedeciese a la decisin del Tribunal Supremo que declaraba ilegal la segregacin en las escuelas oficiales, podr parecer paradjico, de buenas a primeras, nuestra desobediencia consciente de las leyes. Podrn preguntar: "Cmo pueden ustedes defender la desobediencia de unas leyes y el acatamiento de otras?" La contestacin debe buscarse en el hecho de que existen dos clases de leyes: las leyes justas y las injustas. Yo sera el primero en defender la necesidad de obedecer los mandamientos justos. Se tiene una responsabilidad moral adems de legal en lo que hace al acatamiento de las normas justas. Y, a la vez, se tiene la responsabilidad moral de desobedecer normas injustas. Estoy de acuerdo con San Agustn en que "una ley injusta no es tal ley".

Pero cul es la diferencia entre ambas clases de leyes? Cmo se sabe si una ley es justa o no lo es? Una ley justa es un mandato formulado por el hombre que cuadra en la ley moral o la ley de Dios. Una ley justa es una norma en conflicto con la ley moral. Para decirlo con las palabras de Santo Toms de Aquino: "Una ley injusta es una ley humana que no tiene su origen en la ley eterna y en el derecho natural. Toda norma que enaltece la personalidad humana es justa; toda norma que degrada la personalidad humana es injusta."

Todos los mandatos legales segregacionistas son injustos, porque la segregacin deforma el alma y perjudica a la personalidad; da al que segrega una falsa sensacin de superioridad, y al segregado una sensacin de inferioridad asimismo falsa. La segregacin, para valernos de la terminologa del filsofo judo Martin Buber, sustituye la relacin "yo-t" por una relacin "yo-ello", y acaba relegando a las personas a la condicin de cosas. Por eso, la segregacin es, adems de inadecuada poltica, econmica y sociolgicamente, moralmente equivocada y pecaminosa. Dijo Paul Tillich que "pecado es separacin". Acaso no es la segregacin una manifestacin existencial de la trgica separacin del hombre, su aislamiento horrible, su tremenda condicin de pecador? Por eso precisamente puedo pedir a los hombres que cumplan la decisin de 1954 del Tribunal Supremo, por ser moralmente recta; y por eso puedo instarles a que desobedezcan las ordenanzas segregacionistas, por ser stas moralmente equivocadas.

Consideremos un ejemplo ms concreto de normas justas e injustas. Una ley injusta es una norma por la que un grupo numricamente superior o ms fuerte obliga a obedecer a una minora pero sin que rija para l. Esto equivale a la legalizacin de la diferencia. Por el mismo procedimiento, resulta que una ley justa es una norma por la que una mayora obliga a una minora a obedecer a lo que sta mande, quedando a la vez vinculada al texto normativo dicha mayora. Esto equivale a la legalizacin de la semejanza.

Permtaseme dar otra explicacin. Una ley es injusta si es impuesta a una minora que, al denegrsele el derecho a votar, no particip en la elaboracin ni en la aprobacin de la ley. Quin podr decir que la legislacin de Alabama de" la que emanaron las leyes del Estado sobre la segregacin fue elegida democrticamente? Por todo Alabama se utilizan toda suerte de mtodos sutiles encaminados a evitar que los negros pasen a figurar en los censos electorales; y condados hay en que, por ms que los negros constituyan una mayora de la poblacin, no consta ni un solo negro en las listas. Puede decirse que una ley promulgada en tales circunstancias est estructurada democrticamente?

Algunas veces una ley es justa por su texto e injusta en su aplicacin. Por ejemplo, se me arrest por manifestarme sin permiso. Ahora bien; nada hay de malo en que exista una ordenanza que exige un permiso para una manifestacin pblica. Pero esta norma se vuelve injusta cuando es puesta al servicio de la segregacin, denegando a los ciudadanos el derecho de reunin y protesta pacficas concedido por la Enmienda Primera.

Espero que sabrn percatarse de la diferencia que trato de mostrarles. Bajo ningn concepto preconizo la desobediencia ni el desafo de la ley, como hara el segregacionista rabioso pues esto nos llevara a la anarqua. El que quebranta una ley injusta tiene que hacerlo abiertamente, con amor, y dispuesto a aceptar la consiguiente sancin. Opino que un individuo que quebranta una ley injusta para su conciencia, y que acepta de buen grado la pena de prisin con tal de despertar la conciencia de la injusticia en la comunidad que la padece, est de hecho manifestando el ms eminente respeto por el Derecho.

Naturalmente, no hay ninguna novedad en esta clase de desobediencia civil. La encontramos, en una de sus manifestaciones sublimes, en la negativa de Shadrach, Meshach y Abednego a obedecer las rdenes de Nabucodonosor, en aras a la ley moral superior. La practicaron de modo soberbio los cristianos primitivos, que estaban dispuestos a enfrentarse con leones hambrientos, con el dolor insoportable de la tortura antes que someterse a ciertas leyes injustas del Imperio Romano. Hasta cierto punto, la libertad acadmica es actualmente una realidad porque Scrates practic la desobediencia civil. En nuestra nacin el Boston Tea Party fue un acto colectivo de desobediencia civil.

No hemos de olvidar jams que todo cuanto hicieron los hngaros que luchaban por la libertad se reputaba "ilegal" en Hungra. "Ilegal" era ayudar y consolar a un judo en la Alemania de Hitler. An as, estoy seguro de que, si hubiera vivido entonces en Alemania, hubiese ayudado y consolado a mis hermanos judos. Si actualmente viviese en un pas comunista donde han sido suprimidos ciertos principios inherentes a la fe cristiana, abogara abiertamente por la desobediencia de las leyes antirreligiosas del pas.

Tengo que confesarles honradamente dos cosas, hermanos mos cristianos y judos; tengo que confesar, primero, que en los ltimos aos he quedado profundamente desencantado del blanco moderado. Casi he llegado a la triste conclusin de que la rueda de molino que lleva amarrada el negro y que traba su trnsito hacia la libertad, no proviene del miembro del Consejo de Ciudadanos Blancos, o del Ku Klux Klan, sino del blanco moderado que antepone el "orden" a la justicia; que prefiere una paz negativa, que supone ausencia de tensin, a una paz positiva que entraa presencia de la justicia; quien dice continuamente: "Estoy de acuerdo con el objetivo que usted se propone, pero no puedo aprobar sus mtodos de accin directa"; lo que cree muy paternalmente que puede fijar un plazo a la libertad del prjimo; igual quien vive de un concepto mtico del tiempo y aconseja al negro que aguarde a que llegue "un momento ms oportuno". La comprensin superficial de los hombres de buena voluntad es ms demoledora que la absoluta incomprensin de los hombres de mala voluntad. Resulta mucho ms desconcertante la aceptacin tibia que el rechazo sin matices.

Esper que el blanco moderado comprendera que la ley y el orden existen para la elaboracin de la Justicia, y que, cuando fracasan en este empeo, se convierten en unas trabas peligrosamente estructuradas que impiden el fluir del progreso social. Esper que el blanco moderado comprendera que la actual tensin en el Sur es una fase necesaria para la transicin desde una odiosa paz negativa en la que el negro aceptaba pasivamente su carga injusta, a una paz muy otra, real y positiva, en la que todos los hombres respetarn la dignidad y el valor de la personalidad humana. De hecho, los que seguamos la senda de la accin directa no-violenta no somos quienes creamos la tensin. Nos limitamos a traer a la superficie la tensin oculta que se hallaba en estado latente desde mucho antes. La sacamos a la luz, porque as se la puede ver y actuar en consecuencia. Lo mismo que un tumor que no se puede curar mientras siga oculto, y que debe abrirse en todo su horror a los remedios naturales del aire y de la luz, la injusticia tiene que exponerse, con toda la tensin que esta exposicin crea, a la luz de la conciencia humana y al aire de la opinin nacional si es que existe el deseo de subsanarla.

Afirman ustedes en su declaracin que nuestras acciones, aunque pacficas, tienen que ser condenadas porque conducen a la violencia. Pero es ste un aserto lgico? No es ello lo mismo que condenar a un hombre vctima del hurto porque el hecho de haber posedo dinero determin a la pecaminosa accin de robarle? Acaso no es como si se condenara a Scrates porque su absoluta entrega a la verdad y sus investigaciones filosficas causaron la actitud del populacho mal aconsejado que le conden a beber la cicuta? No les parece que esto equivale a condenar a Jesucristo porque su incomparable ciencia divina y su incesante acatamiento de la voluntad de Dios precipit aquella pecaminosa crucifixin? Hay que reconocer que, como han venido afirmando una y otra vez los tribunales federales, no est bien pedir a un individuo que abandone sus esfuerzos por conquistar sus derechos constitucionales bsicos sencillamente porque esta peticin pueda determinar la violencia. La sociedad tiene que proteger al robado y castigar al ladrn.

Tambin esper que el blanco moderado abandonara ese mito acerca del momento oportuno para librar la batalla por la libertad. Acabo de recibir una carta de un hermano blanco de Texas. Escribe:

"Todos los cristianos saben que, a la postre, el pueblo negro gozar de iguales derechos que los blancos; pero es posible que tengis excesivas prisas religiosas. La cristiandad ha necesitado casi dos mil aos para lograr lo que ahora tiene. Las enseanzas de Cristo tardan en imponerse al mundo."

Esta actitud procede de un trgico error en cuanto a lo que es el tiempo, de una nocin curiosamente irracional a cuyo tenor hay en el devenir del tiempo mismo algo que inevitablemente cura todos los males. De hecho, el tiempo en s es neutro; puede ser utilizado para la destruccin lo mismo que para construir. Se me ocurre cada vez ms que los hombres de mala voluntad se han valido del tiempo con una eficacia muy superior a la demostrada al respecto por los hombres de buena voluntad. Tendremos que arrepentimos en esta generacin no slo por las acciones y palabras hijas del odio de los hombres malos, sino tambin por el inconcebible silencio atribuible a los hombres buenos. El progreso humano nunca discurre por la va de lo inevitable. Es fruto de los esfuerzos incansables de hombres dispuestos a trabajar con Dios; y si suprimimos este esfuerzo denodado, el tiempo se convierte de por s en aliado de las fuerzas del estancamiento social. Tenemos que utilizar el tiempo de modo creador, conscientes de que siempre es oportuno obrar rectamente. En este momento es hora de convertir en realidad palpable la promesa de democracia y de transformar nuestra indecisa elega nacional en un salmo de hermandad creador. En este momento es hora de sacar nuestra poltica nacional de las arenas movedizas de la injusticia racial para plantarla sobre la firme roca de la dignidad humana.

Tildan ustedes nuestra actividad en Birmingham de extremada. Al principio qued algo desconcertado por pensar que unos sacerdotes colegas mos pudiesen ver en mis esfuerzos no-violentos la actuacin de un extremista. Me puse a pensar acerca del hecho de que me encuentro situado en el centro de dos fuerzas opuestas de la comunidad negra. A un lado est la fuerza de la complacencia, compuesta, en parte, de negros que, tras largos aos de opresin, han quedado tan faltos de todo sentido de la propia dignidad, tan despersonalizados, que se han adaptado a la segregacin; y, en parte, de un puado de negros de clase media que, debido a cierto grado de seguridad acadmica o econmica, y porque, hasta cierto punto, sacan provecho de la segregacin, se han desentendido de los problemas de las masas. La otra fuerza viene animada por el rencor y el odio, y se acerca peligrosamente a la defensa de la violencia. Trasunto suyo son los varios grupos nacionalistas negros que brotan por toda la nacin, el ms conocido y ms numeroso de los cuales es el movimiento musulmn de Elijh Muhammad. Nutrido por la frustracin del negro, hijo de la permanencia de la discriminacin racial, este movimiento se compone de gentes que han perdido su fe en los Estados Unidos, que han repudiado definitivamente el cristianismo, y que han llegado a la conclusin de que el blanco es un "demonio" incorregible.

He tratado de mantenerme entre estas dos fuerzas, afirmando que no tenemos necesidad de imitar el inmovilismo de los complacientes ni el odio y la desesperacin de los nacionalistas negros. Y es que sta es la mejor forma de protesta amorosa y no-violenta. Agradezco a Dios que haya hecho, por el conducto de la iglesia negra, que la Senda de la no-violencia pasase a formar parte integrante de nuestro plan de lucha. Si esta filosofa no hubiese surgido, estoy convencido de que actualmente muchas de las calles del Sur norteamericano estaran inundadas de sangre. Y estoy, adems, convencido de que si nuestros hermanos blancos califican de "demagogos" y de "agitadores forasteros" a aquellos de entre nosotros que se valen de la accin directa no-violenta, y si se niegan a apoyar nuestros esfuerzos no-violentos, millones de negros, presa de la desesperacin y de la frustracin, buscarn refugio y albergue en las ideologas nacionalistas negras, lo cual, de acontecer, conducira inevitablemente a una aterradora pesadilla racial.

Los hombres oprimidos no pueden seguir estndolo de por vida. El anhelo de libertad acaba por manifestarse abiertamente, y esto es lo que ha ocurrido con el negro estadounidense. Hay algo dentro de l que le ha recordado que naci con el derecho a la libertad; y algo, otra cosa fuera de l, le ha recordado que esta libertad poda ser conquistada. Consciente o inconscientemente, se ha dejado embargar por el Zeitgeist y el negro norteamericano, unido a sus hermanos negros de frica y a sus hermanos amarillos y cobrizos de Asia, Amrica del Sur y el Caribe, marcha impregnado por un ansia que no puede esperar, hacia la Tierra Prometida de la justicia racial. Si se reconoce esta necesidad vital que se ha apoderado de la comunidad negra, se tiene que comprender inmediatamente el por qu de las manifestaciones pblicas actuales. El negro lleva dentro de s muchos resentimientos concentrados y muchas frustraciones latentes, y tiene que liberarlos. As que djesele marchar; djesele participar en procesiones pas en direccin al Ayuntamiento; djesele participar en los "viajes a la Libertad", e intntese comprender por qu siente la necesidad de hacerlo. Si sus emociones reprimidas no encuentran escape en actuaciones no-violentas, buscarn una manifestacin violenta. Con ello no formulo una amenaza; me limito a recordar enseanzas de la Historia. Por eso no he dicho a mi pueblo: "Abandonad vuestro descontento." Antes bien, he tratado de decir que este descontento normal cuanto sano puede encauzarse por la va creadora de la accin directa no-violenta. Y ahora, he aqu que se califica de extremista este punto de vista.

Pero, a pesar de que me desconcert inicialmente el sanbenito de extremista, conforme segua pensando acerca del asunto, fue entrndome cierta satisfaccin por la etiqueta que se me colgaba. Acaso no fue Jess un extremista del amor?: "Amad a vuestros enemigos; perdonad a los que os vejan; haced el bien a los que os odian y rezad por los que abusan maliciosamente de vosotros y os persiguen." Y Ams, un extremista de la justicia: "Dejad que la justicia discurra como el agua y que la equidad corra como inagotable manantial." Y Pablo, un extremista del Evangelio cristiano: "Llevo en mi cuerpo las sealas de nuestro Seor Jesucristo." Y Martn Lutero, un extremista: "A lo dicho me atengo; no puedo obrar de otra manera: que Dios venga en mi ayuda." Y John Bunyan: "Permanecera en la crcel hasta el final de mis das antes que asesinar mi conciencia." Y Abraham Lincoln: "Esta nacin no puede sobrevivir esclava a medias y libre a medias." Y Thomas Jefferson: "Para nosotros hay verdades evidentes de suyo y una de ellas es que todos los hombres fueron creados iguales" As que el problema no estriba en saber si hemos de ser extremistas, sino en la clase de extremistas que seremos. Llevaremos nuestro extremismo hacia el odio o hacia el amor? Pondremos el extremismo al servicio de la conservacin de la injusticia o de la difusin de la justicia? En la dramtica escena del Glgota fueron crucificados tres hombres. Nunca hemos de olvidar que los tres fueron crucificados por el mismo delito: el delito del extremismo. Dos de ellos eran extremistas de la inmoralidad, y por eso cayeron ms bajo que el mundo que les rodeaba. El otro, Jesucristo, era un extremista del amor, de la verdad y de la bondad, y por eso se elev por encima del mundo que le rodeaba. Bien podra ser que el Sur, la nacin y el mundo necesiten muchsimo de extremistas creadores.

Esper que el blanco moderado se percatara de esta necesidad. Quiz pequ de excesivo optimismo; quizs fueran excesivas mis esperanzas. Supongo que deba haberme dado cuenta de que pocos son los miembros de la raza opresora capaces de comprender la profundidad de los gemidos y la pasin de los deseos de la raza oprimida, y an no menos los capaces de ver que la injusticia necesita ser extirpada mediante una accin poderosa, persistente y decidida. Estoy, sin embargo, agradecido a algunos de nuestros hermanos blancos del Sur por haber captado el sentido de esta revolucin social y haberse puesto a su servicio. Todava son demasiado pocos en cuanto al nmero, pero grande es su calidad. Algunos como por ejemplo, Ralph McGill, Lillian Smith, Harry Golden, James McBride Dabbs, Ann Braden y Sarah Patton Boyle, han escrito acerca de nuestra lucha con palabras elocuentes y profticas. Otros han marchado con nosotros por las calles annimas del Sur; se han consumido en crceles sucias e infestadas de parsitos, sufriendo los insultos y los malos tratos de policas para quienes ellos eran "despreciables negrosfilos". Frente a lo que solan hacer sus hermanos y hermanas moderados, ellos reconocieron la urgencia de actuar, y sintieron la necesidad de poderosos antdotos "activos" para combatir la enfermedad segregacionista.

Djenme apuntarles otra razn fundamental de mi desencanto. Cuan grande ha sido ste en lo que hace a la iglesia blanca y sus ministros! Cierto es que existen algunas excepciones notables. No desconozco el hecho de que cada uno de ustedes ha adoptado algunas actitudes significativas acerca del particular. Le aplaudo a usted, reverendo Stallings, por su actitud cristiana el domingo pasado, al dar la bienvenida a los negros en el oficio dominical, aceptando el principio de integracin. Aplaudo a los lderes catlicos de este Estado por haber integrado hace ya varios aos el Spring Hill College. Pero aparte de estas importantes excepciones, tengo que reiterar honradamente que la Iglesia me ha defraudado. No lo digo como lo dira uno de esos crticos negativos que siempre saben encontrar algo equivocado en la Iglesia. Lo digo en mi calidad de ministro del Evangelio, que ama a la Iglesia; en mi calidad de eclesistico amamantado en su pecho; que se ha sostenido gracias a sus bendiciones espirituales y que seguir siendo leal mientras le quede un hlito de vida.

Cuando, de pronto, me vi lanzado al liderato de la protesta de los autobuses en Montgmery (Alabama), hace de esto unos aos, pens que gozara del apoyo de la Iglesia blanca. Pens que los ministros, sacerdotes y rabinos blancos del Sur se contaran entre nuestros ms firmes aliados. Mas, he aqu que algunos de ellos han sido inclusive enemigos, negndose a comprender el movimiento de la libertad y formndose una idea equivocada de sus lderes. En cuanto a los dems, han sido demasiados los que se han mostrado ms precavidos que valientes y han permanecido silenciosos detrs de la cloroformizante seguridad de las piadosas vidrieras.

A pesar de ver quebrantados mis sueos, acud a Birmingham con la esperanza puesta en que la direccin religiosa blanca de esta comunidad se percatara de la justicia de nuestra causa y hara, cumpliendo un profundo deber moral, de canal por el que podramos encauzar nuestras justas quejas hacia las esferas del poder. Esper que cada uno de ustedes comprendera. Y de nuevo vino el desencanto.

He odo a muchos dirigentes religiosos del Sur aconsejar a sus feligreses que acatasen una sentencia integracionista porque as lo quera la ley. Pero hubiese querido or a los eclesisticos blancos declarar: "Acatad este decreto porque la integracin es moralmente justa y porque el negro es vuestro hermano." En medio de las injusticias palmarias infligidas al negro, he visto a los ministros de la religin blancos permanecer al margen mientras formulaban frases piadosas que no hacan al caso y trivialidades mojigatas. En medio de la grandiosa contienda sostenida por librar a nuestra nacin de la injusticia racial y econmica he odo a muchos ministros decir: "Son estos problemas sociales con los que el Evangelio no est realmente relacionado." Y he observado cmo varias iglesias se consagran a una religin perteneciente desde todo punto de vista a un mundo distinto al nuestro; una religin que discrimina curiosamente, de modo antibblico, entre el cuerpo y el alma, lo sagrado y lo laico.

He viajado por todas partes en Alabama, Mississippi, y todos los dems Estados del Sur. En bochornosos das de verano, y en difanas maanas otoales, me he quedado mirando las bellas iglesias del Sur con sus elevados campanarios apuntando al cielo. He visto las impresionistas siluetas de sus enormes instituciones dedicadas a la enseanza confesional. Siempre acababa  preguntndome: Qu clase de personas viven aqu? Quin es su Dios? Dnde estaban sus voces cuando salieron de los labios del gobernador Barnett palabras de obstaculizacin y de anulacin? Dnde estaban cuando el gobernador Wallace toc a rebato dando la seal para desencadenar el odio y la provocacin? Dnde estaban sus palabras de apoyo cuando hombres y mujeres negros, magullados y cansados, decidieron abandonar las oscuras mazmorras de la complacencia y pasar a las luminosas colinas de la protesta creadora?"

S, sigo preguntndome todo esto. Profundamente desalentado, he llorado sobre la laxitud de la Iglesia. Pero sepan que mis lgrimas fueron lgrimas de amor. No cabe un profundo desaliento sino donde falta un amor profundo. S, amo a la Iglesia. Cmo iba a no ser as? Me encuentro en la situacin harto frecuente de ser hijo, nieto y bisnieto de predicadores. S, la Iglesia es para m el cuerpo de Cristo. Mas, ay!, cmo hemos envilecido y herido este cuerpo con la negligencia social y con el temor  de convertimos en posibles miembros disconformes.

Hubo una poca en que la Iglesia fue muy poderosa: cuando los cristianos primitivos se regocijaban de que se les considerase dignos de sufrir por sus convicciones. En aquella poca, la Iglesia no era mero termmetro que meda las ideas y los principios de la opinin pblica. Era ms bien, un termostato que transformaba las costumbres de la sociedad. Dondequiera que un cristiano penetrase en una ciudad, las personas que entonces detentaban las riendas del poder, se perturbaban, e inmediatamente trataban de procesar a los cristianos por ser "perturbadores de la paz" y "agitadores forasteros". Pero los cristianos no cejaron en su empeo, convencidos de que eran "una colonia celestial", destinados a obedecer a Dios antes que al hombre. Su nmero era limitado, pero grande su entrega. Estaban demasiado ebrios de Dios para sentirse "astronmicamente intimidados". Con su esfuerzo y ejemplo pusieron fin a prejuicios tan remotos como el abominable infanticidio y los funestos combates de gladiadores.

En la actualidad todo ocurre de modo muy distinto. Y es que la Iglesia contempornea es a menudo una voz dbil y sin timbre, de sonido incierto. Es que a menudo es defensora a todo trance del status quo. En vez de sentirse perturbada por la presencia de la Iglesia, la estructura del poder de la comunidad se beneficia del espaldarazo tcito y an, a veces, verbal, de la Iglesia a la situacin imperante.

Pero el juicio de Dios rige para la Iglesia ms que nunca. Si la Iglesia de hoy no recobra el espritu de sacrificio de la Iglesia primitiva, perder su autenticidad, echar a perder la lealtad de millones de personas, y acabar desacreditada como si se tratara de algn club social irrelevante, desprovisto de sentido para el siglo XX. Todos los das me encuentro con jvenes cuyo desengao por la actitud de la Iglesia se ha convertido en autntico asco.

Puede que tambin esta vez me haya pasado de optimista. Acaso est la religin demasiado vinculada al status quo como para salvar a nuestra nacin y al mundo? Es posible que tenga que polarizar mi fe en la Iglesia espiritual interior, en la Iglesia dentro de la Iglesia, como verdadera ekklesia y esperanza del orbe. Pero agradezco nuevamente a Dios que algunas almas nobles de las filas de la religin organizada hayan roto las cadenas paralizantes del conformismo y se hayan unido a nosotros en calidad de asociados activos en la lucha por la libertad. Abandonaron sus tranquilas congregaciones y marcharon con nosotros por las calles de Albany. Han descendido por las autopistas del Sur participando en unos "viajes de la Libertad", por cierto sembrado de obstculos. S, fueron a la crcel con nosotros; algunos de ellos perdieron sus parroquias, quedaron sin el apoyo de sus obispos y de sus colegas eclesisticos. Pero obraron creyendo que la razn derrotada puede ms que la sinrazn triunfante. Su testimonio ha sido la sal espiritual que ha conservado el verdadero significado del Evangelio en estos tiempos de turbacin. Han cavado un tnel de esperanza en la negra montaa del desconcierto.

Espero que la Iglesia en conjunto saldr a la palestra en esta hora decisiva. Pero, aunque la Iglesia no acuda en ayuda de la Justicia, no pierdo mis esperanzas acerca del futuro. No abrigo ningn temor acerca del resultado de nuestra lucha en Birmingham, aunque haya sido dada una interpretacin equivocada de nuestros motivos. Alcanzaremos la meta de la libertad en Birmingham y en toda la nacin, porque la meta de Norteamrica es la Libertad. Por ms que se nos insulte y se haga burla de nosotros, nuestro destino va unido al destino de Estados Unidos. Antes de que los peregrinos arribasen a Plymouth, estbamos aqu. Antes de que la pluma de Jefferson escribiera las majestuosas palabras de la Declaracin de Independencia en las pginas de la Historia, estbamos aqu. Durante ms de dos siglos, nuestros antecesores trabajaron en este pas sin cobrar salario alguno; hicieron rey al algodn; edificaron las mansiones de sus amos mientras sufran una injusticia flagrante y padecan una humillacin abyecta, y, sin embargo, gracias a una vitalidad sin lmites, siguieron progresando y multiplicndose. Si las inenarrables crueldades de la esclavitud no pudieron detenernos, menos podr hacerlo la oposicin que tenemos ahora frente a nosotros. Conquistaremos nuestra libertad porque el sagrado legado de nuestra nacin y la eterna voluntad de Dios estn plenamente integrados en nuestras exigencias.

Antes de terminar, me siento obligado a citar otro punto de la declaracin hecha por ustedes que me ha turbado profundamente. Aplaudieron ustedes con calor a la polica de Birmingham por mantener "el orden" y "prevenir la violencia". Dudo de que aplaudiesen tan fervorosamente a la fuerza policaca de haber visto a sus perros hincar sus colmillos en negros inermes, no-violentos. Dudo de que aplaudiesen con tanto fervor a los policas de haber observado el horrible e inhumano trato que deparan a los negros aqu, en la crcel de la ciudad; si les viesen empujar e insultar a las ancianas negras y a las muchachas negras; si les viesen abofetear y golpear a los viejos y a los muchachos negros; si observasen cmo segn hicieron en dos ocasiones se negaban a darnos de comer porque queramos cantar para bendecir la mesa juntos. No puedo unirme a ustedes en su alabanza a la polica de Birmingham.

Es cierto que la polica ha demostrado cierta capacidad de disciplina en su trato a los manifestantes. En este sentido, se han comportado ms bien de modo "no-violento" en pblico. Pero, por qu? Para preservar el perjudicial sistema de la segregacin. Durante los ltimos aos he predicado sin cesar que la no-violencia requiere que los medios de que nos valemos sean tan puros como las metas que nos proponemos alcanzar. He tratado de dejar claramente establecido que est mal valerse de medios inmorales para lograr fines morales. Pero ahora he de afirmar que tan mal est, y quizs an sea peor, valerse de medios morales para la consecucin de fines inmorales. Es posible que el seor Connor y sus policas se hayan mostrado ms bien no-violentos en pblico como hiciera el jefe de polica, Pritchett, en Albany (Georgia), pero han utilizado los medios morales que les brinda la no-violencia para mantener la meta inmoral de la injusticia racial. Como dijera el gran escritor T. S. Eliot: "La ltima tentacin es la mayor de las traiciones: obrar bien por malos motivos."

Hubiese preferido que aplaudiesen a los negros que participaban en los sit-ins y en las manifestaciones de Birmingham, rindiendo as homenaje a su valor sublime, a su aceptacin del martirio y su increble disciplina ante tamaa provocacin. Algn da reconocer el Sur cules son sus verdaderos hroes. Se citarn a los James Meredith, con el noble sentido de la misin propia que les arma para enfrentarse a muchedumbres vociferantes y hostiles, y con esa oprimente sensacin de soledad que caracteriza la vida del pionero. Se citarn las mujeres negras oprimidas, de edad provecta, desgastadas, simbolizadas por aquella anciana de setenta y dos aos que en Montgmery (Alabama), se alz, movida por su sentido de la dignidad, y decidi con los suyos no viajar ms en autobuses segregados, y que respondi con espontnea profundidad a alguien que le preguntaba acerca de su cansancio: "Tengo los pies cansados, pero mi alma descansa." Se hablar de los jvenes alumnos de los institutos y de los estudiantes universitarios; de los jvenes ministros del Evangelio y de toda una plyade de sacerdotes mayores que ellos, que se sientan en las secciones alimenticias de los almacenes, valientemente y adhirindose a la no-violencia, a la vez que dispuestos a ingresar a la crcel porque as se lo pide su conciencia. Da llegar en que el Sur se entere de que, cuando aquellos hijos desheredados de Dios se sentaban en los snac-kbar de las galeras, de hecho estaban defendiendo lo mejor del sueo norteamericano y los valores ms sagrados de nuestro legado judeocristiano, reconduciendo as nuestra nacin a los grandes pozos de la Democracia, profundamente cavados por los padres de la nacin norteamericana en su formacin de la Constitucin y de la Declaracin de la Independencia.

Nunca antes de ahora escrib una carta tan larga. Me temo que sea demasiado larga, habida cuenta de lo cargado que estn sus horarios. Les aseguro que hubiese sido mucho ms corta de haber sido escrita detrs de un cmodo despacho, pero, qu puede hacer uno cuando est solo en una estrecha celda de la prisin, como no sea escribir largas cartas, desentraar profundos pensamientos y rezar interminables oraciones?

Si hay en esta carta algo que exagera la verdad, e indica una impaciencia poco razonable, les pido que me perdonen por ello. Si hay en ella algo que minimiza la verdad e indica que es tanta mi paciencia que me conformo con algo menor que la fraternidad, pido a Dios, que me perdonen.

Espero que esta carta los halle firmes en su fe. Espero tambin que las circunstancias me permitirn reunirme con cada uno de ustedes no como integracionista ni como lder del movimiento de los derechos civiles, sino en calidad de eclesistico y de hermano cristiano. Esperemos todos que los oscuros nubarrones del prejuicio racial se alejen pronto y que la densa niebla de la interpretacin torcida se apartar de nuestras comunidades presas de miedo, y que algn da no lejano las refulgentes estrellas del amor y de la fraternidad iluminarn nuestra nacin con toda su deslumbrante belleza. Me despido de ustedes, quedando suyo en la causa de la Paz y la Fraternidad.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/carta-desde-la-carcel-de-birmingham/

 



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