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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-04-2019

El verdadero juez es el pasado

Rafael Bautista S.
Rebelin


El cisma geopoltico que se ha de definir en Venezuela es indito y merece una resignificacin del concepto de coyuntura. Si la coyuntura tiene importancia analtica es porque sta viene a ser el modo cmo la historia hace del tiempo poltico acontecimiento. Pero un acontecimiento es slo posible si el tiempo deja atrs su inercia cronolgica y se produce experiencia histrica, es decir, se hace historia. Esto es lo que se denomina tiempo mesinico, porque ste literalmente acontece cuando el presente deja de ser simple presente y se constituye en receptor de memoria histrica, es decir, cuando el presente se hace coyuntura poltica. Entonces, la importancia de la coyuntura radica, ms que en su escenografa poltica, en el cmo la historia comparece y deja de ser pasado y se hace horizonte poltico; de ese modo, el pasado deja de ser una simple rememoranza y se hace presencia decisiva en la definicin poltica del presente. Slo por esta definicin el presente se hace proyectivo y abre la posibilidad de que se proponga parir un nuevo tiempo.

Por eso la coyuntura se constituye en locus histrico desde donde pueden hilvanarse las referencias trascendentales que encarna el presente y que reclaman su resolucin histrica; por eso, cuando nos referimos a la coyuntura, no nos referimos a cualquier evento sino a la fragua decisiva de la definicin poltica del presente. Ese es el verdadero tiempo poltico y no la dinmica acelerada de la gestin poltica. Por eso una reflexin histrica no mienta sobre el pasado en cuanto pasado sino que es siempre una reflexin del presente a la luz de la historia.

En ese sentido, hacer de la coyuntura una mera sntesis de la combinacin de factores y circunstancias en la arena poltica es no saber pensar el pasaje de la historia a la poltica. Entonces, amplificar la coyuntura es devolverle a la poltica materialidad histrica. Slo cuando el pasado deja de ser pasado, el presente se hace coyuntura, y el futuro ya no se impone como fatalidad, dejando a la poltica hurfana de todo sentido histrico.

Esta reflexin la creemos necesaria para comprender si, lo que se juega en Venezuela es el destino de nuestros pueblos, debemos de discernir, a la luz de todos los tiempos, a qu tipo de destino nos estamos refiriendo. Entonces, una reflexin coyuntural (ms all del mero anlisis de coyuntura) debe trascender las limitaciones conceptuales y abrirse a aquello que histricamente est aconteciendo en el presente. La combinacin de factores y circunstancias presentes configuran la escenografa pero no explica el drama mismo en que se debate la coyuntura. Por ello se suele recurrir a referencias inmediatas pero, de ese modo, en el anlisis de coyuntura, el presente aparece desconectado de la historia y, en consecuencia, la poltica queda a merced del puro clculo poltico.

En ese sentido, muchos de los anlisis actuales, slo ven una rplica de, por ejemplo, la crisis de los misiles, reducido a una disputa entre potencias; pero en este anlisis desaparece lo histrico de la coyuntura y, en consecuencia, el pueblo desaparece como sujeto y tambin lo poltico del presente. Es decir, esta visin no hace ms que reafirmar la despolitizacin aristocrtica de la percepcin social, que resume todo al puro poder de negociacin. Reducir el cisma geopoltico a una disputa, incluso de carcter geoestratgico, significa tambin asumir el guion imperial como hermenutica poltica y esto, infelizmente, slo conduce a su reposicin hegemnica; porque esta versin es funcional a la demagogia de la amenaza al mundo libre que usa el Imperio para desatar sus guerras defensivas (no hay poder ms peligroso que aquel que se hace la vctima).

Por eso la guerra arancelaria desatada contra China viene acompaada de una renacida sinofobia que se impone en nuestros pases para demonizar la expansin china y, de ese modo, vestir de aoranza la decadencia imperial. Los mismos intereses desatan el renovado sentimiento anti-ruso de la guerra fra para, entre otras cosas, incrementar el presupuesto militar (nico sostn actual del dlar). Ambos develan la inseguridad imperial a la hora de reponer su hegemona, porque el mundo ya no es unipolar y la narrativa imperial ya no sabe en qu mundo se encuentra. En su decadencia, ya no sabe cmo renovar su dirigencia mundial y slo acude a reponer sus mitos fundacionales; frente a la expansin e influencia de nuevas hegemonas, slo sabe reafirmar su horizonte de prejuicios e imponer su mitologa ms acabada: su excepcionalismo como su destino manifiesto. Por eso la reposicin de la Doctrina Monroe no es casual sino se inscribe en una decadencia que no es slo econmica sino hasta espiritual.

Entonces, el cisma geopoltico que se abre, abre tambin al presente y lo enfrenta a la historia, porque el cisma tiene que ver con la sobrevivencia misma de la dicotoma global centro-periferia, es decir, del orden geopoltico moderno-imperial. Eso significa la develacin de la carne misma que se atiza en esta conflagracin, y esto consiste en el posible desmantelamiento del concepto de soberana. Es decir, lo que se pretende demoler, al modo del atentado a las torres gemelas, son las soberanas nacionales. Al Imperio no le queda otra, porque su reposicin hegemnica en un des-orden tripolar y, para colmo, post-occidental, depende de desterrar a nuestro continente y al mundo entero a una situacin pre-estatal (Venezuela es slo el comienzo). Esta regresin histrica no es una fatalidad del subdesarrollo sino una demanda del desarrollo (el discurso de make America great again presupone esta condena).

Por ello la necesidad de restaurar la Doctrina Monroe, para as enfrentar la posibilidad de una revolucin continental. Si esto es as, la reflexin coyuntural nos debe posibilitar advertir qu horizontes no cumplidos estn debatiendo en el presente su posible resolucin; porque no hay pasado que est pasado y no hay lucha histrica que no despierte utopas no logradas y, si el conflicto es de tal magnitud, cabe preguntar si el presente poltico est a la altura de una resolucin de tal magnitud.

Como hace casi dos siglos, USA acude a su mitologa para afirmar su vocacin imperial (en la historia no hay nada casual). Una otra Doctrina, desde el Sur, naca desde la visin proftica de Bolvar, que comprenda la necesidad de una liberacin continental; despus Chvez es quien intenta cumplir aquello, expresado como Doctrina Bolivariana, ahora continuado por Maduro. Eso es lo que ahonda la decadencia de la hegemona imperial y le obliga a transferir su contienda global a lo que considera su patio trasero. Desde el golpe a Mel Zelaya en Honduras, hasta la creacin del PROSUR, la cosa estaba clara: no se iba a permitir, bajo ninguna circunstancia, una desobediencia generalizada; porque es precisamente condicin bsica, para ser Imperio, la ausencia de un proyecto comn en sus naciones oprimidas.

La lucha de doctrinas manifiesta una lucha a vida o muerte que enfrenta el Imperio en su propia decadencia; para sobrevivir en un nuevo equilibrio global tiene que sepultar toda apuesta liberadora de sus colonias inmediatas, lo que implica una desposesin sistemtica de toda soberana nacional. A la hora de reponer la importancia estratgica de la Federacin Rusa, Vladimir Putin es consciente del peligro global que implica un mundo sin soberanas nacionales. En ese contexto, la aparicin de los BRICS, era la respuesta nacionalista frente la globalizacin financiera del dlar. Por eso es desacertada la acusacin que hace el Imperio: ni China ni Rusia son competencia imperial. Por un lado, lo que antepone Rusia en la actual disputa geopoltica global es no permitir, bajo ninguna circunstancia, volver a ser periferia, ya que eso significara la balcanizacin total, es decir, la capitulacin indefinida. Por otro lado, la expansin China no es imperial; los inventores de la plvora que se anticipan a los europeos por 74 aos al descubrimiento de Amrica nunca necesitaron de invasiones extraterritoriales, siempre les bast su expansin comercial.

Para China, ni el socialismo ni el capitalismo son fines nacionales; o sea, encasillar al nacionalismo chino en una clasificacin occidental es puro eurocentrismo y eso es lo que hace que Europa y USA no entiendan a quin en verdad se enfrentan. Por eso la coyuntura nos brinda la posibilidad de, incluso delimitar ms all de la provinciana visin anglosajona del mundo el concepto de Imperio como exclusivamente occidental.

No toda dominacin es imperial; una dominacin apenas formal no constituye Imperio. La expansin imperial es la primera manifestacin de lo que conocemos como factor exponencial. La historia imperial comienza en Roma, pero requiere de la vocacin universalista que le brinda un cristianismo funcionalizado, para rematar definitivamente su proyeccin imperial en proyecto civilizatorio; de ese modo, una dominacin infinita se afirma contundentemente en cuanto proyecto de salvacin universal. Por eso las guerras que patrocina el Imperio gringo se declaran guerras santas o lucha del Bien contra el Mal; esta inevitable divinizacin es el verdadero fundamentalismo moderno. Por eso Marx tiene razn: la crtica de la religin es condicin de toda crtica. Bajo el Imperio romano no hay otro Dios que el Dios del Imperio; esa amenaza imperial se expresa actualmente de este modo: no hay otra democracia que la democracia gringa.

Por eso puede invadir pases en nombre de la libertad, los derechos humanos y la democracia. Estos dolos conforman el discurso secular de su pretensin divina. Esto es lo que naturaliza el Imperio como geopoltica del sentido comn, es decir, como religiosidad naturalizada (por eso hasta beatifica a sus sicarios mediticos, como San Jorge Ramos, patrn de los falso-positivos). En ese sentido, la Doctrina Monroe expresa la antropologa imperial como clasificacin naturalizada de la desigualdad humana; esto es lo que significa Amrica para los americanos. Por eso la coyuntura es tan dramtica y pone en juego la existencia misma de nuestras naciones. En el des-orden tripolar, el Imperio slo puede sobrevivir si acaba con toda soberana nacional, por eso alinea a todos sus tteres y los rene en el PROSUR contra la UNASUR (la OEA contra la CELAC, la AP contra el ALBA, etc.).

La visin geopoltica del comandante Chvez era una actualizada y estratgica adecuacin de un proyecto de liberacin continental en un contexto post-imperial; su lucidez consista en advertir el desmoronamiento imperial, lo cual significaba apartarse de ese derrumbe y optar por un ingreso soberano en la nueva arena global multipolar. En su ambicin infinita, un Imperio muere desde adentro y todo empieza por la decadencia moral; cuando cae, cae como un coloso de bronce con pies de barro y arrastra a todo aquello que no sabe apartarse de esa cada.

Si la economa sigue su viraje al pacifico (y el ltimo encuentro en Paris, entre Xi Jinping, Angela Merkel, Emmanuel Macron y el jefe de la Comision Europea Jean Claude Junker donde Europa busca desesperadamente ingresar a las tres rutas de la Seda y China promover un nuevo orden internacional, es una muestra del apogeo oriental y la declinacin de Occidente), todo intento de cooptar nuestras economas por parte de la hegemona del dlar slo lograr aislarnos del mundo, es decir, el verdadero aislacionismo se har realidad gracias a la vergonzosa capitulacin que promueven las oligarquas latinoamericanas en defensa exclusiva del dlar.

Demoler la soberana de los Estados supone una transferencia de derechos por desposesin jurdica, es decir, la transmisin de soberana a un apoderado transnacional. Esto significa el fin de la ONU; pero no se trata de su obsolescencia sino de que el Imperio declara el fin del derecho internacional; de este modo se implementa la estrategia Rumsfeld-Cebrowski: dividir el mundo en el caos y el orden. Slo de ese modo los Estados sobrevivientes pueden acceder al mundo del caos reducido a tanque de recursos estratgicos, pero slo y nicamente a travs del Estado gendarme.

La Doctrina Monroe fue pensada para impedir la injerencia de las potencias europeas en Amrica, mientras USA desarrollaba todas sus capacidades intervencionistas; ahora el intervencionismo es apenas un dato que verifica la soberana hipotecada de nuestros Estados. Por transferencia de soberana, es decir, de poder poltico, es que el Imperio se unge de poder real; slo de este modo el colonialismo se hace colonialidad. En ese sentido, las invasiones son, para el Imperio, cobro hipotecario. La riqueza hidrocarburfera, mineral y acufera, de la cuenca del Orinoco, no son meros justificativos de un saqueo mercantil sino el cobro que estima justo el derecho de conquista.

Con el ltimo reconocimiento gringo de la soberana israel de los Altos del Goln, el Imperio antepone el derecho de conquista sobre la diplomacia, la guerra sobre la poltica; y con ello entierra el derecho internacional que, precisamente, dio origen a la ONU. ste es el coup dEtat contra toda jurisprudencia vinculante y la renuncia a un pacto democrtico entre potencias (un Imperio no lucha por algo sino por todo). Ya evidenciada su vulnerabilidad imperial (sobre todo en el mbito militar), la nica opcin que le queda, es amenazar al derecho y la seguridad global. Lo cual ya es una realidad con la deuda universalizada que promueve la religiosidad acabada del capital, donde la incertidumbre, el miedo, la insatisfaccin, la inestabilidad, la angustia, la inseguridad generalizada se vuelven activantes de la nica seguridad: el dinero inmediato. Si no hay nada seguro, la propia fisonoma que adquiere la realidad es la incertidumbre. Por qu las fake news son decisivas en esa clase de mundo? Porque stas, aunque no establecen ninguna certidumbre a largo plazo, s ofrecen un soporte efmero, como el dinero. Las fake news tienen ese origen, slo pueden nacer del fake money, es decir, expresan a las finanzas actuales, cuyo grado de realidad son apenas burbujas en un mundo de la post-verdad.

Por eso, para el Imperio, ninguna alternativa puede prosperar, porque eso significara la relativizacin de su mitologa. Desde su excepcionalismo USA jams se ha considerado un igual a las otras naciones, por eso concibe la ONU desde la clasificacin imperial: mientras la Asamblea General aparenta una democracia mundial, el Consejo de Seguridad y su poder de veto es el ojo de Dios que reduce al mundo a un panptico global.

Por eso la coyuntura, como acceso sinttico a lo histrico de la poltica, nos puede conducir al escenario ltimo que se debate en el presente. La descripcin que hemos realizado es posible desde esa perspectiva. En ese sentido, la revolucin bolivariana como lo que posibilit inicialmente la revolucin democrtico-cultural en Bolivia es imposible de comprender si no incluimos en la reflexin aquello que actualiza como pasado latente. Todo el orden referido en nuestra descripcin es el sistema-mundo moderno que, en su decadencia, en cuanto rebelin de los lmites empricos que relativiza toda economa del crecimiento como es el capitalismo moderno, vuelve a sus orgenes como expresin histrica de su crisis. La modernidad nace con la conquista del Nuevo Mundo y esa conquista empieza en el Caribe. Y en el Caribe, una vez que el genocidio indio es consumado, es continuado por el genocidio afro; es decir, el Caribe es el primer altar sacrificial que alza la modernidad para consagrar su proyecto de dominacin universal.

Si lo que se enfrentan, hoy en da, son, como habamos dicho, dos tipos de doctrinas, es porque esas doctrinas resucitan el conflicto inicial. Porque lo que pretende naturalizar el Imperio es, en realidad, producto de la invasin, saqueo y genocidio que origina el mundo moderno. Por ello hablamos de crisis civilizatoria y no simplemente de crisis del capitalismo. El Caribe, como el Mare Nostrum del mundo moderno, siempre fue, geopolticamente hablando, una zona estratgica. Fue la primera rea de disputa entre las potencias europeas; y su autonoma, con respecto del lecho continental, fue el primer descuartizamiento del Abya Yala como un todo integrado. Eso es lo que el Imperio pretende confirmar en la idiosincrasia poltica, incluso de izquierda, para dilatar la disociacin entre lo indio y lo afro en todo proyecto de liberacin continental.

Venezuela se constituye en el puente histrico entre el continente y el Caribe, donde se est produciendo el comparecer histrico del pasado ms profundo de la crisis actual. Hait fue la primera nacin de hombres libres del mundo moderno; de ese modo la dispora africana hizo tambin suyo el destino del Abya Yala. Lo que queda de Hait es la saa de los imperios modernos en escarmentar toda pretensin de igualdad humana. Pero Hait fue la primera nacin en apoyar la independencia americana, financiando incluso al ejrcito de Bolvar. Despus Hait es excluida por todos, como despus lo ser Cuba. El desenlace actual depende de saldar esas deudas histricas y superar esa fatalidad poltica.

USA impulsa su vocacin imperial en el Caribe, por eso en el Caribe tambin se define su sobrevivencia, lo cual no es casual, ya que el primer contra-discurso de la modernidad, como seala Enrique Dussel, nace tambin en el Caribe. Desde que nace el sistema-mundo moderno, siempre ha sido una rea de definiciones globales (la ltima fue la crisis de los misiles), as que, a la luz de una historia de liberacin, lo que hoy se debate es la resolucin histrica de aquellos horizontes diferidos. Slo en ese contexto, la auto-constitucin del pueblo en sujeto histrico, cobra las dimensiones explcitas de lo que significa ser sujeto histrico. Pues la sujecin del sujeto es histrica porque su constitucin no es de hoy sino de toda la acumulacin histrica que transfiere las esperanzas pasadas en compromisos presentes. Por eso el sujeto llamado pueblo se hace universal, porque en su lucha se implican todos los muertos que reclaman reparacin mesinica, es decir, resurreccin de todos los justos (como deca Vallejo: cundo ser que desayunemos todos juntos/al borde de una maana eterna).

No todo se define en el reino de este mundo. El mismo mundo no se define sino a partir de una referencia siempre trascendental a s mismo. Lo que le trasciende es aquello que precisamente le da sentido, le otorga singularidad y destino. Esa referencia jams la encontramos en el futuro sino en el pasado. El secularismo moderno, traducido en praxis poltica, nos conduce al desprecio del pasado y apostar por un futuro ya definido por la inercia del progreso infinito. Pero esta apuesta cancela lo histrico de nuestra existencia poltica y despoja a la lucha de todo carcter trascendental. Un pueblo es pueblo, o sea, acta en tanto que pueblo, cuando encarna toda la materia utpica del pasado y se propone la redencin final.

Por eso toda revolucin siempre se ha concebido como el principio de algo nuevo; esta pasin mesinica, que nunca ha sido tematizada por la intelectualidad de izquierda, es la clave que falta para devolverle la cosa sagrada a la poltica. En ltima instancia, creer en el pueblo significa creer en esta cosa sagrada que contiene el pueblo en tanto que pueblo, como encarnacin de lo diferido histrico y hecho epifana revolucionaria para todos los tiempos.

El espritu de los tiempos ya no pertenece al Occidente moderno. Ms bien Occidente comparece hoy en el tribunal de la historia. Por eso no todo se define, como deca Alejo Carpentier, en el reino de este mundo. El cndor del Sur y el guila del Norte del Abya Yala presagian un nuevo tiempo, que ha escogido a Venezuela como sitio de peregrinacin histrica; en lenguaje cristiano, avecinndose la pascua, los pueblos son convocados a salir de la dominacin del reino de este mundo y merecer la tierra prometida; porque la promesa utpica se transfiere histricamente y el Abya Yala se encuentra en condiciones de redimir toda la historia pasada. El mundo ya no es unipolar y la decadencia imperial es inobjetable. Una nueva fisonoma se abre en el tablero geopoltico global del siglo XXI y, si bien, ya no es el tiempo del ALBA y la UNASUR, la coyuntura que se desata en Venezuela nos impele a definir en el presente todas las luchas pasadas.

Slo de ese modo se redime la historia y el presente se hace tiempo mesinico. Por eso la coyuntura poltica nunca ha sido materia de ortodoxos, pues lo real de la realidad no puede ser reducido a objeto de diseccin. Lo real es ms bien lo que da sentido al presente y eso trasciende toda referencia emprica. Por eso tambin lo poltico de la existencia no se decide en el presente sino en el pasado. El verdadero juez es el pasado.

Una descripcin geopoltica crtica que se proponga estar a la altura de la hiper-complejidad global que adquiere el mundo en un orden post-occidental, parte de un locus histrico-poltico que le permite la apertura propositiva de pensar el mundo ms all de los marcos eurocntricos impuestos en todo ejercicio cognitivo de comprensin de la realidad. En ese sentido, pensar el horizonte histrico-poltico que proyecta la coyuntura, nos conduce a un ascenso metodolgico que sera, en ltima instancia, el modo cmo se comprende una determinada realidad, esto es, exponer su relevancia en el contexto mundial.

En eso consistira pensar un proyecto: en el cmo de su modo de insercin positiva en el mundo. En ese sentido, tematizar el contexto epocal no es una operacin analtica del presente sino una reflexin histrica trascendental. Esto complejiza la propia aproximacin epistmica a la coyuntura y nos brinda la posibilidad de superar lmites epistemolgicos que son, a su vez, lmites polticos. Esto es lo que nos ha conducido a que complejicemos la reflexin en trminos de geopoltica. Ello tambin signific tematizar las posibilidades de una descolonizacin de la geopoltica, para proponer ya no slo una geopoltica crtica sino lo que estamos denominando: una geopoltica de la liberacin.

Rafael Bautista S. es autor de: El tablero del siglo XXI. Geopoltica des-colonial de un orden global post-occidental, de prxima aparicin. Dirige el taller de la descolonizacin.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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