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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-04-2019

La cultura: escudo y combate

Luis Toledo Sande
Cubarte


Al pasar balance a su trabajo de un ao, una direccin territorial de Cultura disfrut recientemente el derecho a mostrar el saldo de la buena cosecha lograda con inteligencia y tesn. Pese a escollos y deficiencias de diversa ndole, se haba realizado con alta calidad un gran nmero de lo que es habitual llamar actividades culturales. Pero este sintagma es discutible, ms que por el plural de actividad, que va siendo exitoso, porque y as se corrobor en aquella reunin de balance coadyuva a que el concepto de cultura se reduzca a los dominios gremiales de las artes y las letras.

Hace algunas dcadas, en uno de sus afilados discursos deplor Carlos Rafael Rodrguez el hecho de que, despus de una brillante disertacin de Nicols Guilln, el maestro de ceremonia del acto en que el Poeta Nacional haba hablado anunciara llegada la hora de la actividad cultural. La intervencin de Guilln clasificaba como discurso poltico y, para algunos, quizs descarga o muela, mientras se supona que la cultura estara a cargo de un grupo musical que, segn el tono y algn trmino del testimonio citado, podra calificarse como de mala muerte. Pero su aporte relegaba a otro plano la participacin del autor de tanto poema fundamental y de una tambin rica aunque todava poco valorada Prosa de prisa.

A quienes se desempean en el gremio nombrado, o provengan de l, podr resultarles halagadora semejante reduccin de lo que significa cultura; pero se trata de un equvoco que empobrece el pensamiento y, por tanto, entorpece la accin necesaria para una ms afinada conduccin de la sociedad. De ah que, en la reunin mencionada al inicio, alguien tomara la palabra para decir que lo entusiasmaba el informe ledo y aplauda el buen trabajo hecho por las instituciones representadas en l, y por la propia direccin territorial bajo cuya gua actuaban; pero aadi: Aun aceptando que Cultura est muy bien, me preocupa seriamente cmo est la cultura, porque no la veo tan lozana como necesitamos que est.

Si al comienzo de sus palabras el nfasis y la ausencia de artculo sealaban el nombre de un organismo administrativo, Cultura con implcita cresta ministerial, la entonacin de la cultura apuntaba a una realidad ms amplia, irreductible a lindes administrativos o institucionales, por muy bien entendidos que se les tenga. (Otro tanto corresponde decir de un mbito afn a ese, la educacin, que ni empieza ni termina en un ministerio y el autor de estos apuntes tiene presente mientras los escribe.) Las artes y las letras son parte importante, pero parte de un conjunto mucho ms vasto, cuyo alcance estas lneas no intentan explicar exhaustivamente: es nada menos que la obra de los seres humanos en su devenir, a nivel planetario o en una comarca determinada.

En ese conjunto van la poltica aunque un maestro de ceremonia vocero de entendimientos insuficientes pero exitosos pensara lo que pensase, si pensaba, del discurso de Guilln, la historia, las artes y las letras, la ciencia y la tecnologa, la industria, la cocina, las fiestas, los deportes, los juegos, los modos y las modas del vestir, las comunicaciones, los hbitos cotidianos... Abarca asimismo los criterios y las maneras con que se interrelacionan las personas, ya sea en fraternidad o en discordia, para el amor o el odio, y tambin, lejos de ceirse a lo individual, los nexos entre comunidades, hasta llegar, por el camino de los pueblos, al mundo. Con todo, eso estara incompleto si no se tienen en cuenta las actitudes y los valores desde los cuales se asume esa realidad y cuanto ms quepa considerar en ella.

La cultura, vista estrechamente y, sobre todo, en su justa vastedad, es heterognea, como la humanidad que representa y a la cual le abre vas para su devenir. En la cultura entran los valores que pueden ayudar al progreso de la especie, y los que lo contraran y pueden considerarse desvalores, pero as como no todos los hijos de un mismo padre y una misma madre son iguales son otras expresiones del pensamiento. Tildarlos de barbarie o de anticultura puede parecer justo, y hasta serlo; pero esa calificacin solo seala que se oponen a lo que deseamos, y no por eso quedan fuera de la cultura: por muy repudiables que sean o parezcan ser, estn dentro de lo deseado por quienes los portan y propalan y ocupan asimismo un sitio en la esfera cultural.

Uno de los mayores problemas y retos con que esa esfera carga es precisamente que tambin da cobijo a la barbarie. Alguien, digamos, por muy crtico que sea del imperialismo, puede desconocer que existe una cultura imperialista, opuesta a cuanto huela a emancipacin y crecimiento de pueblos que se le atraviesen? Si un peligro encierra esa cultura para el conjunto humano es la astucia con que se le hace pasar por natural cuando es patrimonio de un sistema opresor. El podero econmico, poltico, militar y meditico que la sustenta le propicia entrar en el pensamiento de distintos pueblos, y ser recibida como si nada tuviera ella que ver con intereses terrenales.

Nadie se asombrar ante afirmaciones como esas, pues abundan claras evidencias de un imperio que trata de estrangular gobiernos y pueblos que no le son complacientes, para luego justificar todo tipo de acciones contra ellos, hasta las ms cruentas, con el pretexto de ayudarlos a tener democracia y disfrutar de derechos humanos, aspiraciones que l es el primero en violar en grande. Est a la vista, con pavorosa actualidad, lo que hace contra Venezuela. Pero, para saberlo, Cuba dispone de su propia realidad, aunque haya quienes quieran enjuiciarla como si no hubiera padecido el castigo, que an sufre, de seis dcadas bajo asedio imperialista con agresiones armadas y un bloqueo asfixiante.

La potencia que le impone a Cuba ese bloqueo para aplastarla e implantar en ella una supuesta democracia, es la misma que tiene entre aliados, o cmplices que gozan de su simpata, a regmenes criminales como los de Israel y Arabia Saudita. Patrocin cruentas dictaduras militares en nuestra Amrica, y trata de seguir procrendolas con otros ropajes, y hasta lo consigue. Para ello tiene el entrenamiento acumulado desde la gestacin con que se form como potencia voraz, y le sirven mercenarios variopintos.

En los aos 80 del siglo XX los centros de la irradiacin acadmica ejercida por Europa donde haban atesorado una larga prosapia colonialista se desplazaron a las universidades de los Estados Unidos, especialmente a las ms poderosas. Desde ellas se magnific la importancia de las minoras y de ciertos sectores demogrficos, con el fin de solapar la realidad de las clases sociales y la lucha entre ellas, y se propalaron otros conceptos afines a tal maniobra. Se acuaron as, como si designaran algo ciertamente nuevo, rtulos del tipo de estudios culturales, con lo que todo lo hecho en ese terreno antes y en otros lares quedaba devaluado o, a lo sumo, reducido a protoconocimento.

Esa misma maquinaria ech a rodar la nocin de estudios poscoloniales, acertada acaso como visin del pasado, pero falaz en la medida en que silenciaba que lo colonial perdura en distintos sitios del planeta y, sobre todo, en la urdimbre de dominacin cultural planetaria capitalizada por el imperialismo. En el colofn de tales maniobras, un mediocre discpulo de Hegel decret que la historia haba llegado a su fin, y un economista pragmtico es decir: capitalista dictamin terminada la lucha entre la riqueza y la pobreza, asumiendo que la haban perdido para siempre los pobres.

Con tantas engaifas en accin, se lanz la idea de que la modernidad haba dado paso a la posmodernidad. As a los pueblos obligados al subdesarrollo por las potencias que se desarrollaron esquilmndolos lo cual los haba excluido de la riqueza y condenado a ser pobres solamente les quedara una opcin: dejarse arrastrar por dichas potencias. A los que se negaran se les reservaban fondos y becas para formarles lderes de opinin, vanguardias periodsticas y otros salvadores troyanos con que minarlos.

Todo eso tendra en mente Fidel Castro cuando, en medio de la ofensiva ideolgica del imperio, y de la debacle del llamado socialismo europeo con la cual la Cuba bloqueada y amenazada perdi de golpe ms del 80 por ciento de sus relaciones comerciales, declar que lo primero que Cuba deba salvar era su cultura, y que esta era el escudo de la nacin. Ser fieles a esa luz reclama una fortaleza cultural capaz de enfrentar los embates del imperio, que se expresan por los caminos ms inocentes.

Ante la ofensiva de un imperio que ya ni se toma el trabajo de enmascarar como extraeconmicos los intereses con que intenta doblegar pueblos y dominar al mundo, sera ingenuo considerar que hechos como la invasin de Cuba por smbolos imperiales son frutos de la casualidad y la inocencia. Para hacerle frente a ese hecho que persiste incluso mientras en la ONU se condena el carcter genocida del bloqueo de los Estados Unidos contra el pas antillano se requieren concepciones culturales bien forjadas.

Esto se escribe cuando Cuba est a punto de proclamar su nueva Constitucin socialista, en un proceso del cual forma parte la preparacin de un reglamento actualizado sobre el uso de los smbolos patrios. Ese tema encarna un desafo cultural en el que las leyes a las cuales compete el castigo de las infracciones cometidas deben tener un papel relevante. Pero este andara incompleto, desguarecido, si no lo acompaara el trabajo educacional, persuasivo, cultural, que desborda ministerios y recaba la activa participacin de las instituciones, del gobierno, del estado, del pueblo, de las personas.

La mayor aspiracin ha de ser tener una ciudadana mayoritaria y crecientemente dotada de la mejor preparacin cultural, presta a combatir y capaz de pensar por s propia, lo que, al decir de Jos Mart, es el primer deber de un ser humano. Solo as ser capaz de actuar lcidamente en la defensa de la patria. Nadie, ninguna ley escrita orient al autor de Versos sencillos qu hacer ante el teatro neoyorquino donde disfrut la actuacin de la bailarina espaola Carolina Otero, experiencia de la cual brot el poema que le dedic en ese libro. l decidi por su cuenta la actitud que tuvo, tambin en lo simblico, hacia la metrpoli opresora de su patria: Han hecho bien en quitar/ El bandern de la acera; / Porque si est la bandera,/ No s, yo no puedo entrar.

Con todo, si en la ciudadana primara el conocimiento deseado y necesario, pero faltara el civismo y la civilidad indispensables para el buen funcionamiento social para la convivencia en orden y honradez: para una cotidianidad decente, el escudo de la nacin no tendra suficiente consistencia. Cuando en 1887 Jos Mart repudi el asesinato, en los Estados Unidos, de obreros que reaccionaban contra la opresin que su clase sufra, escribi que el sistema all dominante haba cometido aquel crimen para aterrar con el ejemplo de ellos, no a la chusma adolorida que jams podr triunfar en un pas de razn, sino a las tremendas capas nacientes.

De ese modo se expres el revolucionario profunda y realmente democrtico que en 1880 haba declarado: Ignoran los dspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones. Doce aos despus, en las Bases que redact para el Partido Revolucionario Cubano, entre las aspiraciones cardinales de esa organizacin poltica para Cuba plasm la de fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia.

Para que esos ideales guen efectivamente al pas, este debe alcanzar un funcionamiento, una conducta social que favorezca la defensa de su cultura y no la enturbie. Vale decir que lo que suceda en su territorio no es ajeno al mundo, y viceversa, y que una revolucin verdadera necesita esplendor cultural. El servicio de la grosera y la ignorancia a gobernantes como los actuales de los Estados Unidos y Brasil no es un hecho aislado, sino una tragedia que reclama atencin.

Grandes razones tienen el pueblo cubano y su direccin para abrazar la cultura como el escudo que es, y cuidarlo de modo que cumpla su cometido en la lucha por salvar a la patria frente a peligros forneos e internos, a la vez que la cultura misma es un campo de lucha. En ella se requiere usar con resolucin y lucidez el escudo del pensamiento para garantizar la victoria, que no est segura de antemano: es un propsito que exige inteligencia y valor para no sucumbir a la propaganda que el imperio busca propalar como si emanara de la naturaleza o de un estado divino, y que, adems de tener cmplices, seduce a incautos. La cultura revolucionaria renueva la vigencia de la conviccin martiana de que Ser culto es el nico modo de ser libre.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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