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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-05-2019

Economa, trabajo & Feminismo
La economa desde el feminismo: trabajos y cuidados

Amaia Prez Orozco y Sira del Ro
www.ecologistasenaccion.org

Analizando la economa desde una perspectiva feminista


El discurso econmico y la comprensin general de la economa estn plagados de sesgos reflejo de actuales relaciones de poder. Lo que entendemos por economa, lo que vemos como hechos o problemas econmicos y, por tanto, las polticas econmicas que se proponen, no son verdades objetivas ni son el total dibujo de la realidad. Decir esto no es nuevo. El marxismo desvel hace ya tiempo los sesgos de clase de las concepciones liberales y neoliberales de la economa.

Entender el mundo de una manera distinta a la hegemnica es un proceso de resistencia crucial. El/los (neo)marxismo(s) siguen en pie. Nuevas corrientes de pensamiento econmico rebeldes surgen: La economa ecolgica, que intenta devolver al sistema econmico a su sitio, la economa como subsistema del sistema ecolgico global y no los recursos naturales como un elemento ms dentro de nuestro anlisis de costes y beneficios, de ofertas y demandas. Concepciones alternativas del desarrollo que rompen con las visiones etnocntricas de desarrollo como crecimiento del PIB (producto interior bruto) e industrializacin; frente a la imposicin global de un modelo nico a seguir, fomentar la capacidad local de decisin de los caminos a recorrer o los lugares en los que instalarse

Nuevas visiones del mundo, de lo econmico, con o sin etiquetas, que se rebelan contra mundos opresivos y contra las formas de entenderlos. Y, desde el feminismo, tambin surge la disidencia. Estamos creando otra forma de ver la realidad y afirmamos que, si no se nos escucha igual que nosotras escuchamos, esos otros mundos por los que peleamos no son tan/verdaderamente posibles.

En este texto, nuestra intencin no es ms que colaborar en el actual debate sobre la economa y el feminismo: qu tiene que ver el sistema econmico con las mujeres, qu cosas nuevas se estn diciendo desde el feminismo, comentar algunos de los puntos de mayor discusin. Y, partiendo de ah, extendernos en uno de los temas que consideramos cruciales actualmente, la que denominamos crisis de los cuidados. Crisis que creemos es un grave problema que afecta al conjunto de la sociedad, pero en el que el feminismo ha de tener una voz protagonista. Pretendemos, por tanto, exponeros algunas ideas, algunas discusiones, tanto a nivel prctico lo que est ocurriendo en el estado espaol- como a nivel terico y, si es posible, animar a quin an no est animada a sentirse implicada y protagonista en el debate econmico, eso que an hoy a veces nos suena tan ajeno, tan a cifras incomprensibles tipos de inters, PNB, inflacin, dficit- o tan limitado al mundo sindical.

Decir que trabajo no es slo trabajo asalariado, as, simplemente, parece una obviedad o un mensaje demasiado manido y ya sin fuerza. Sin embargo, creemos que tiene un potencial transformador no slo desaprovechado, sino, a veces deliberadamente, negado. Decir que trabajo es mucho ms que trabajo asalariado desde un posicionamiento feminista implica hablar de invisibilizacin de trabajos de las mujeres, invisibilizacin de las mujeres mismas, apropiacin de sus experiencias, negacin de la complejidad de sus vivencias de subordinacin y resistencia y negacin de sus diferencias, infravaloracin de la responsabilidad de los mercados en la recreacin de jerarquas sociales e implica seguir dirigiendo nuestra atencin a un proceso de acumulacin, en lugar de ponernos a nosotras mismas, nuestras necesidades y deseos en el centro de mira [2] .

Empezando por discutir los trabajos

As que, por qu no? Empecemos por ah, por decir que trabajo es mucho ms que trabajo asalariado. Al fin y al cabo, es slo una excusa, como muchas otras, para debatir tantas cosas Si hablamos de una idea ms amplia de trabajo, probablemente a mucha gente nos asaltar inmediatamente la imagen del trabajo domstico. Y, efectivamente, la reivindicacin del trabajo domstico como trabajo fue una de las primeras ideas que dieron forma a esa intuicin de que la subordinacin de las mujeres iba mucho mas all de la experiencia individual, que tena dimensiones materiales junto a las ideolgicas [3] y que estaba enraizada en el da a da mas all de los lenguajes formales de la ley y el derecho [4] .

Existe todo un mundo de actividades humanas fuera del terreno iluminado de los mercados. An no sabemos cmo llamarlas. Cuando decimos trabajo domstico nos referimos a aqul que tiene como lmites, ms o menos, a los hogares. Y aqu viene otro problema, cmo definimos los hogares? Hogares, quizs mejor grupo domstico, como conjunto de personas que conviven, que comparten estrategias econmicas; huyendo del termino familia por su asociacin con la familia nuclear tradicional, huyendo un poco de algunas de nosotras mismas que durante tanto tiempo hemos hablado slo de familia, refirindonos a la familia occidental, blanca, burguesa, heterosexual creyendo que nombrbamos a todas las mujeres.

En todo caso, grupo domstico/hogar, como espacio propio del trabajo domstico. Y el trmino trabajo domstico enfatizando la componente material de esas actividades gratuitas (limpiar la casa, hacer la compra y la comida, lavar la ropa). Frente a esa materialidad, se sita la idea de trabajos de cuidados, donde enfatizamos una componente afectiva y relacional, el cuidar de otras/os, atender sus necesidades personales, materiales e inmateriales (ayudar a un/a nio/a a hacer la tarea, acompaar a tu pareja al la mdico) y con lmites ms amplios que el grupo domstico (tambin puedes acompaar a la mdica a tu vecina). Y luego vino el trabajo familiar, en respuesta a ese complejo mundo de instituciones con las que hay que lidiar la escuela, los servicios sociales, la seguridad social, el banco, el seguro- y a las que hay que dedicar tanto tiempo (los papeleos!) y esfuerzo mental. As que, ahora, no sabemos muy bien como nombrarlo: trabajo domstico y de cuidados, trabajo familiar domstico, o cualquiera de las posibles combinaciones con estos (u otros) trminos [5] .

En un intento de dotarnos de nuevas palabras con las que referirnos a lo que, durante mucho tiempo y an hoy en da en muchos espacios, ha permanecido en el limbo del no-trabajo, no-produccin, no-valor, hemos llegado a dedicar mucho tiempo a discutir, no ya el adjetivo (domstico?, familiar?, reproductivo?) sino el sustantivo en s: qu es trabajo?. Entonces, hay quien diferencia trabajo productivo e improductivo, quien asegura que la clave es la produccin de valor, quien dice que tambin cuentan los valores de uso y no slo de cambio, quien enfrenta trabajo productivo a reproductivo

Las fronteras entre trabajo y no-trabajo, econmico y no-econmico son, como toda frontera, mviles. A veces, es situada en el hecho mismo de que implique intercambio monetario, pero es esa misma frontera la que estamos criticando. Otras veces, la caracterstica del trabajo es que lo pueda hacer otra persona diferente a quien consume su resultado y, entonces, establecemos una ruptura insostenible: si cocino durante una hora para m y para mi familia, debo decir que he trabajado tres cuartos de hora (en mi familia somos cuatro)?. Hay quienes aseguran que el lmite del trabajo es que sea una tarea con un sustituto en el mercado y, entonces, el mercado vuelve a ser el referente central

En definitiva, no hay conclusiones slidas. Frente a estos intentos de crear lmites ntidos, hay feministas que afirman que es ms frtil un concepto con lmites ambiguos, pero ajustado a la realidad, que una nocin muy precisa del fenmeno, pero poco til para el anlisis (Carrasco y Mayordomo, 2000:5). Sin dar un concepto ajustado, nos importa llamar trabajo a muchas ms cosas, y nos importa recuperar las actividades invisibilizadas, resaltar las caractersticas de el otro trabajo / los otros trabajos, nombrar a sus protagonistas, rechazar los mercados y lo monetario como el eje del anlisis, poner en su lugar el mantenimiento de la vida y el tiempo de vida (y/o el tiempo de trabajo?), hablar de las relaciones de poder envueltas en el reparto de los trabajos y sus frutos, las riquezas Pero vayamos por partes.

Caractersticas de ese otro trabajo e invisibilidad

Volviendo a ese trabajo, cmo llamarlo?, en este texto optamos por el trmino trabajo de cuidados. Lo hacemos porque as hablando de trabajo de cuidados, rompemos con los lmites del espacio domstico y nos alejamos de la componente ms material de los trabajos, para resaltar la inmaterial (sin excluir el resto) y, en ambos sentidos, rompemos con los paradigmas existentes (el hogar como nico lugar de trabajos propios de las mujeres y el trabajo como una actividad que se puede delegar, el trabajo asalariado) [6] .

Volviendo, otra vez, a l, qu cosas, normalmente no explicadas, sabemos del trabajo de cuidados? En primer lugar, es un trabajo mayoritariamente hecho por mujeres, por ejemplo, por si todava alguien nos pide algn dato: en el estado espaol, las mujeres realizan un trabajo de cuidado de personas mayores equivalente a dos millones y medio de empleos; para el caso de cuidados a menores, esta cifra asciende a los casi nueve millones de empleos (Durn, 2001) [7] . En segundo lugar, es un trabajo que se gua por una lgica del cuidado, es decir, su objetivo directo es la satisfaccin de necesidades.

Su participacin en este proceso de satisfaccin no esta mediado por ningn objetivo intermedio (contrariamente a los mercados que satisfacen necesidades, cuando lo hacen, pero porque, en el nterin, se producen beneficios). Adems, es un trabajo que implica una fuerte componente afectiva y relacional; no se trata nicamente de prestar un servicio, sino que se presta un servicio a alguien, se crean redes sociales, hay emociones implicadas. Esta fuerte componente inmaterial hace muy difcil o imposible encontrar un sustituto de mercado para este trabajo, o para ciertas dimensiones de l. Con todo esto no queremos decir que el trabajo de cuidados sea un trabajo hecho por amor.

La retrica del altruismo en el hogar ha servido para maquillar las relaciones de poder envueltas, lo rutinario de muchas tareas, las dimensiones de la obligatoriedad y la coaccin. Queremos resaltar la componente afectiva porque queremos desmarcarnos de visiones materialistas del bienestar, queremos valorar eso que no se puede comprar con dinero (por muy cursi que suene), a la vez que llamamos la atencin sobre los juegos de poder [8] .

Adems de por la componente afectiva y relacional, es un trabajo que se caracteriza por la realizacin de mltiples tareas al mismo tiempo, por una componente de gestin constante de tiempos y espacios y por la polivalencia de los conocimientos necesarios. Es un trabajo donde la diferenciacin entre tiempo de vida y tiempo de trabajo es sumamente dificultosa, ms an cuando se combina con diferentes formas de trabajo remunerado. En todos estos sentidos, se caracteriza por la transversalidad.

Adems, el sujeto protagonista no es individual, sino colectivo. Aunque hablaremos luego ms del protagonismo de las mujeres, mencionemos ya que no son mujeres individuales, sino las mujeres como colectivo. Mujeres integradas en diversas redes de cuidados, redes en las que se conectan mujeres de diversas generaciones, clases, lugares de procedencia lo cual implica, tambin, la operacin entre ellas de relaciones de poder. Redes en torno al tercer sector [9] , a las familias extensas, a las familias transnacionales Protagonismo de las mujeres, lgica del cuidado, afectos, transversalidad y redes. Caractersticas a las que hemos de aadir otras cruciales: su gratuidad e invisibilidad (que no por casualidad van juntas!). Pero antes de pasar a hablar algo de ellas, no podemos olvidar un asunto fundamental.

Pasar de decir que trabajo no es slo trabajo remunerado a hablar de trabajo domstico encierra una reduccin enorme. Entre los trabajos no remunerados, hay muchos ms que aquello a lo que nos hemos referido. Hay un trabajo gratuito, no reconocido, de ayuda a los negocios familiares. Hay toda una serie de trabajos comunitarios de mltiples tipos. Desde el voluntariado y las ONGs, hasta proyectos autogestionados de todos los colores, pasando por la participacin en partidos polticos, asociaciones, etc. Ni siquiera el trabajo mas circunscrito al hogar se limita a las dimensiones apuntadas.

En pases de la periferia, por ejemplo, la agricultura de subsistencia es un elemento de importancia extrema [10] . En todos los casos, tampoco queda claro el lmite entre los hogares y el resto de redes comunitarias [11] . De nuevo, los lmites son difusos y no tienen ningn sentido fuera de un contexto histrico y cultural concreto. No queremos caer en la trampa de las visiones duales: frente a trabajo asalariado, trabajo de cuidados, que tan fcilmente nos lleva a oponer a un trabajador asalariado con el ama de casa, el mercado frente a la familia, sin imaginar otras formas colectivas de organizacin y esa misma transversalidad de las vivencias. Sin embargo, estamos centrando nuestra historia en torno al trabajo de cuidados. Por qu? Porque, en nuestro contexto del estado espaol, es el ms relevante, al menos en trminos cuantitativos. Pretendemos que esto se entienda como una muestra de la parcialidad de todo discurso, incluido, claro est, el nuestro, como una limitacin que se opone a los intentos de abarcar la realidad, como una invitacin a hablar de todo lo que aqu no se dice.

Y por qu aseguramos que otro de los factores definitorios es la invisibilidad? [12] Pongamos ejemplos. El trabajo de cuidados no es invisible en trminos individuales. Casi todo el mundo (quizs seamos muy optimistas, dejmoslo en mucha gente) reconocera que el trabajo de su madre en casa es importante. Pero probablemente no se indignara porque su madre no tenga derecho a la seguridad social a raz de esa labor tan crucial de haberle amamantado. Es decir, es la significacin social, para el conjunto del sistema socio-econmico, la que se invisibiliza. Tampoco es un trabajo invisible para el OPUS Dei u otros discursos fundamentalistas catlicos.

Es ms, la figura del ama de casa se ensalza, pero dentro de unas concepciones sumamente estrictas de lo que es o debe ser la mujer-mujer. Son las relaciones de poder intra familiares que generan una transferencia directa de bienestar desde las mujeres hacia sus esposos (hijos, suegros, etc. etc.) las que se invisibilizan. Ni siquiera en el discurso econmico oficial el grupo domstico ha sido siempre totalmente invisible. Es ms, se enfatizaba el hogar como paraso de amor (home, sweet home), donde se satisfacan las necesidades afectivas que mantenan el equilibrio emocional de los trabajadores, donde se inverta en o se consuman nias/os (!). Pero siempre dentro de una concepcin que estableca unos estrictos lmites (cognitivos?, reales?, imaginarios?) entre lo pblico y lo privado. En lo pblico tenan lugar las actividades econmicas, la verdadera produccin, el trabajo asalariado de los hombres.

Ah actuaban los agentes econmicos racionales el homo economicus- que, operando libremente en los mercados, guiados por el egosmo y buscando su propio bienestar, lograban resultados sociales ptimos. La famosa mano invisible del mercado consegua transformar los millones de egosmos individuales en el mximo bienestar comn. El espacio de lo privado, el de las mujeres, donde brillaba el amor, donde se delegaba la responsabilidad de traer cada da al mercado a los agentes econmicos racionales lavados y planchados, no era realmente relevante para el anlisis econmico.

Y as, el homo economicus dej de llegar al mercado desde su hogar para nacer espontneamente en el mercado como si de un champin se tratara [13] . Y la verdadera mano invisible, no la del mercado, sino la de los cuidados (o, como prefieren otras llamarlo, el corazn invisible), se volvi autnticamente fantasma [14] . El conjunto de la organizacin social se estructur con los mercados como epicentro, y la cotidiana, crucial y difcil responsabilidad de mantener la vida se deleg, sin un solo gesto de reconocimiento colectivo, a la esfera de lo gratuito, de lo invisible, del espacio privado de las mujeres [15] .

Los mercados como epicentro de la organizacin social

Qu significa decir que los mercados se sitan como epicentro de la organizacin social? Hablar de los mercados capitalistas- como centro de la organizacin social significa decir muchas, muchsimas cosas: el dinero como nica medida de valor, fomento del individualismo y el consumismo Pero destaquemos una de ellas, no tan comnmente sealada y que tiene mucho que ver con esos trabajos invisibles de los que hablbamos. Los mercados capitalistas se rigen por una lgica de acumulacin, por el objetivo nico de obtener beneficios, de expandirse. Situarlos como epicentro implica que todo otro objetivo social se subordina al de los mercados. Es la lgica de acumulacin la que dirige el funcionamiento social, la que rige las decisiones sobre cmo estructurar los tiempos, los espacios, las instituciones legales, el qu, cunto y cmo producir: [E]n la sociedad capitalista no se produce lo que necesitan las personas da igual producir medicinas o bombas con tal de que originen beneficios (Del Ro, 2000).

Poner en el centro la lgica de acumulacin hace imposible la existencia de una autentica responsabilidad social en la reproduccin. Qu queremos decir con esto? Desde el feminismo aseguramos que economa es el proceso de satisfaccin de necesidades, de mantenimiento de la vida. Si la lgica de acumulacin prima, la sostenibilidad social no es una prioridad.

Es una responsabilidad que se delega a los hogares y, dadas las relaciones de poder existentes en ellos y en el conjunto de la sociedad, a las mujeres. Ni los mercados, ni el estado, ni los hombres como colectivo son responsables del mantenimiento ltimo de la vida. Por tanto, son las mujeres, organizadas en torno a redes, en los hogares ms o menos extensos, las que responden y las que, finalmente, actan como elemento de reajuste del sistema econmico. Ellas son el colchn del sistema econmico, frente a todos los cambios en el sector pblico o privado, cambios motivados por una lgica de acumulacin, ellas reajustan los trabajos no remunerados para seguir garantizando (en la medida de lo posible!) la satisfaccin de necesidades, la vida.

Esta centralidad de los mercados opera, claro est, en nuestra manera de entender la realidad. Las mismas categoras que usamos para comprender la economa tienen unos claros sesgos mercantiles y androcntricos. Usemos el ejemplo de las variables con las que se mide la implicacin econmica de una persona, es decir, su trabajo, es decir, su trabajo asalariado: activa, inactiva, parada, ocupada. El par actividad inactividad es otra forma de nombrar al par presencia ausencia. Durante cunto tiempo se ha considerado a las mujeres ausentes del terreno econmico? Hasta que empezaron a entrar en el mercado de trabajo, una ausencia (inactividad) histrica que comenzaba a finalizar. Pero nosotras nos hemos considerado ausentes hasta que hemos visto que realmente estbamos presentes, en otra esfera, en la invisible; hasta que hemos visto que los hombres estaban ausentes en esos trabajos gratuitos.

Hasta que hemos visto que la participacin econmica es un continuo juego de presencias y ausencias, simultneamente y a lo largo del ciclo vital, en el conjunto de esferas econmicas. As, afirmamos que el 92% de los hombres en el estado espaol estn ausentes [16] , ausentes del trabajo que tiene como objetivo directo satisfacer necesidades [17] . Estas cifras seran insostenibles, pero no se cuentan. As como el dueto actividad inactividad nos ha pintado largamente como mayoritariamente ausentes, tampoco ideas como las de ocupacin y desempleo o paro reflejaban nuestras experiencias.

La categora ocupacin, atendiendo slo al trabajo remunerado formalizado, deja de lado toda la serie de trabajos remunerados informales, donde las mujeres son pieza clave [18] . Y ya no tanto porque las mujeres sean mayora en esta esfera (los datos no son claros, depende de lugares, de qu se considere como trabajo informal), sino porque hay elementos cruciales en la comprensin de las relaciones de dominacin / subordinacin de gnero que desaparecen cuando no se atiende a la economa informal. Fundamentalmente, el trabajo domstico por cuenta ajena y las trabajadoras del sexo. Por otra parte, tampoco el paro cuenta nuestras historias de falta de empleo adecuado: dnde est el subempleo, el trabajar remuneradamente menos horas de las deseadas?, o desempleo oculto, quines, de puro darse contra la pared, ya no buscan activamente empleo, pero estaran deseosas de encontrarlo?, o aquellas mujeres que quieren y buscan empleo, pero que no estn inmediatamente disponibles porque tienen otra responsabilidad encima, por ejemplo, cuidar a un familiar?

Las categoras creadas para medir la participacin econmica slo se preocupan del mercado de trabajo, pero ni siquiera eso lo hacen reflejando la experiencia femenina. Ahora, con la feminizacin del trabajo [19] , cada vez reflejan menos las experiencias masculinas, y por eso empiezan a replanterselas.

Tambin hay quien comienza a replantearse el estado del bienestar en el sentido de que ya no responde a las necesidades de los ciudadanos (y el masculino es aposta). Tener todo un sistema de prestaciones pblicas que requieren de previas y continuadas cotizaciones, cuando el empleo es tan inseguro, tan precario, ya no sirve para garantizar el bienestar social.

Sin embargo, el que nunca ha servido para garantizar el bienestar de las mujeres, que nunca ha reconocido sus trabajos, que les ha relegado siempre a derechos derivados y no contributivos, peores en calidad y cuanta que los directos y contributivos (los que mayoritariamente reciban los hombres) y que conllevaban una enorme injerencia en sus vidas, que el funcionamiento del estado del bienestar era, en ultima instancia, un lavado de manos que dejaba que la verdadera responsabilidad en el cuidado de la vida recayera en los trabajos no valorados gratuitos- o mal valorados las mujeres como empleadas del sector pblico con cualificaciones no reconocidas Todo esto no se incluye en muchas de las crticas a los estados del bienestar [20] .

Patriarcado y capitalismo

Pero tanto hablar de trabajos, de esferas econmicas, de invisibilidad, de mujeres, de hombres Cmo articulamos todo esto en un discurso coherente? Cmo vamos a utilizar los siempre presentes trminos capitalismo y patriarcado? Efectivamente, mucho del debate en torno, de una manera u otra, a la economa y el feminismo, ha pretendido aclarar la relacin entre estos dos sistemas. Las propuestas son muchas y las conclusiones, o los acuerdos, pocos (o ninguno?). De manera muy resumida, y, por tanto, burda, podemos diferenciar a quienes hablan de un nico sistema, de sistemas duales y de sistemas mltiples.

Al hablar de un nico sistema, generalmente se considera uno como efecto del otro: el patriarcado como parte del capitalismo, existe porque es funcional para el capital, de mltiples y cambiantes maneras [21] ; o el capitalismo como resultado del patriarcado [22] , o como un tipo de patriarcado concreto. Otra visin distinta aseguraba que eran dos sistemas diferentes que se llevaban tan bien, que terminaron por ser uno solo [23] . Sin poder dedicar una atencin suficiente, digamos que numerosos problemas con la concepcin de un solo sistema, destacando el que, en general, finalmente, se privilegiaba al capitalismo y las relaciones de clase por encima de los conflictos de gnero, llevaron a la idea que la realidad se comprenda y nombraba mejor en torno a dos. Es decir, que eran sistemas diferentes que coexistan, interaccionaban, a veces con problemas, en general, reforzndose [24] .

Pero entonces arreciaron las crticas al feminismo de las mujeres blancas y occidentales, y se exigi la toma en consideracin de otros sistemas. Se comenz a hablar de mltiples sistemas. Y en esas estamos, introduciendo ms y ms sistemas a medida que vamos siendo coherentes con la percepcin de que las mujeres somos diferentes y vamos constatando la existencia de ms y ms formas de diferencia. Sin pretender dar soluciones, comentemos algunas de las cosas que parece van quedando claras a medida que sigue el debate.

En primer lugar, que ya no queremos una teora que nos nombre objetivamente el mundo. No creemos ya en la objetividad, entendida como la creencia de que hay una verdad indiscutible que hay que descubrir. Cada cual ve/entiende/nombra el mundo desde su propia situacin. Los instrumentos que utilice para mirar, su localizacin en los complejos ejes de dominacin y subordinacin, sus valores todo ello tiene una influencia inevitable en la forma en que vemos la realidad [25] . Pero esto no es malo! Saber que nuestras visiones son siempre parciales nos permite dialogar, conversar, en lugar de tratar de imponer nuestra verdad. Y el que las visiones sean siempre parciales, adems de que estn sesgadas, significa tambin que ya no queremos teorizar el mundo en nombre de los Sistemas Globales. No queremos teoras que nos expliquen en abstracto los sistemas y que luego podamos aplicarlas a cualquier tiempo y lugar. Sino que queremos entender cmo funcionan el/los sistema/s en este lugar, ahora. Cmo opera el Patriarcado Capitalista Blanco (cmo deberamos llamar a esta escandalosa Cosa?) (Haraway, 1995) [26] .

Por otra parte, la idea de los mltiple sistemas nace de y nos hace ser conscientes de las diferencias entre mujeres. Y esto, en el terreno econmico, es fundamental, porque no todas tienen la misma relacin con el mercado de trabajo, ni con el trabajo de cuidados, ni el mismo riesgo de empobrecimiento, ni siquiera todas estn instaladas en la precariedad precariedad con respecto a los trabajos, a los ingresos, a los tiempos de vida..-, aunque la precariedad es hoy uno de los nexos fundamentales, en sus distintas dimensiones y grados, entre muchas mujeres. Y si las diferencias entre mujeres siempre han sido un factor crucial, con el aumento de la inmigracin a los pases del centro nuestro contexto- es, si cabe, todava ms ineludible.

Y, por ltimo, la idea de los mltiples sistemas supone un reto clave a las divisiones econmico / no-econmico, que tan asociadas han ido a los pares capitalismo / patriarcado, clase / gnero, material / cultural, etc. Es decir, nos hace introducir en el anlisis econmico cosas que haban permanecido desterradas de l, en el limbo de lo cultural e ideolgico: los cuerpos, las sexualidades, las subjetividades. Las concepciones de lo econmico siempre han operado mediante una clara exclusin de todos estos factores, exclusin mediante la cual lo pblico, la economa, se ha construido como el terreno masculino en oposicin al terreno femenino y sus caractersticas asociadas: la corporeidad, lo natural, los sentimientos

Intentar reconstruir el significado y la visin de lo econmico desde el feminismo implica integrar todos estos elementos, comprender cmo operan y se re-crean los cuerpos sexuados, las identidades individuales y colectivas en el conjunto de las esferas econmicas, no slo en los mercados, aunque tambin. Por eso no nos sirve intentar extender los paradigmas existentes economa neoclsica, marxismos-, porque estn creados sobre la exclusin. Y, aunque puedan sernos herramientas tiles en casos concretos, ya no nos nombran el mundo (econmico), sino que comenzamos a nombrarlo con nuestras propias, nuevas palabras.

Partiendo de una nueva perspectiva

Queremos empezar a mirar y a nombrar la realidad de una forma nueva, diferente, intentando trazar nuevas lneas trasversales que alcancen (porque alcanzan) a todos aquellos espacios sociales que se nos muestran desarticulados, escindidos, sin conexin. Queremos aportar algo de luz a la confusin reinante en el uso de trminos como polticas de igualdad o conciliacin de la vida familiar y laboral, porque tras esos trminos suelen esconderse los viejos discursos, vestidos para la ocasin con lo polticamente correcto, pero sin variar prcticamente un pice el lugar al que miran y desde el que nombran: pblico, mercados, masculino, occidental, blanco, heterosexual.

Con los mercados situados como epicentro de la organizacin social, en un mundo que nos hace imaginar un espacio pblico y otro privado, nosotras queremos distanciarnos de los anlisis que tienen a los mercados como objeto de inters preferente (aunque sea desde una posicin antagonista).

Afirmar la primaca de la satisfaccin de las necesidades humanas y la sostenibilidad social como objetivo bsico de la sociedad, nos obliga a iluminar el lugar social prioritario en el que se realizan dichos objetivos: el grupo domstico. Entendiendo por tal una red de afectos, de fidelidades, de responsabilidad y de interdependencia, pero tambin una red de juegos de dominacin y subordinacin, que tiene lmites poco precisos y a la que todava no sabemos dar otro nombre.

Una red de atencin y cuidados tendida a travs de la sociedad, que se extiende y se ramifica, pero que a veces tambin se contrae o se rompe y se re-crea buscando nuevas formas e itinerarios para cumplir su papel de infraestructura bsica de la vida humana. Queremos poner en el centro de la cuestin los requerimientos del grupo domstico para resolver las necesidades materiales e inmateriales de las personas que lo integran, porque consideramos que es desde estos procesos desde donde se debe partir para mirar y nombrar la realidad social en la que vivimos. En este caso, pretendemos iniciar brevemente algunas lneas de anlisis sobre las contradicciones del trabajo de cuidados con el mercado laboral y las polticas que pretenden solucionarlas. Empezaremos por sealar algunos rasgos del grupo domstico en nuestro entorno ms cercano y de su situacin actual.

Cambios en el grupo domstico y distribucin de los trabajos

Hablbamos antes del grupo domstico como lugar de convivencia, como articulador de estrategias para la vida, como espacio del trabajo de cuidados y del afecto, pero tambin de su relacin con el mundo exterior (los mercados, las instituciones) y, cmo no, de sus amplios lmites que van ms all de las personas que componen la unidad familiar. Ahora vamos a ver algunas de las caractersticas de este grupo domstico.

En el estado espaol hasta hace poco ms de treinta aos el escenario familiar era bastante distinto al actual. Esto no quiere decir que no hayan sobrevivido algunas de sus lacras y de sus virtudes. Este proceso de cambio, comn a todo el denominado mundo occidental, ha tenido y tiene unos rasgos peculiares en nuestro pas. En el franquismo la familia fue un pilar fundamental de la estructuracin social (familia, municipio, sindicato).

Se trataba de una familia extremadamente jerrquica, donde el marido / padre ostentaba explcitamente el poder [27] . En ella se daba un rgido reparto de funciones entre hombres y mujeres. Traer el dinero a casa era un importante atributo masculino que ocultaba no slo el enorme esfuerzo aadido que tenan que hacer las mujeres para sacar adelante a la familia, sino el trabajo remunerado que muchas de ellas tambin realizaban, aunque fuera estrictamente por necesidad. Las virtudes de la familia (sobre todo de las numerosas) eran exaltadas por todas las instancias pblicas y desde las instituciones, el plpito y los medios de comunicacin se insista machaconamente en el modelo a cumplir por las mujeres: paciencia, abnegacin, entrega total (ya lo deca la seora Francis si te pega, hija ma, aguanta, ten paciencia piensa en tus hijos).

El modelo fordista de familia [28] , totalmente funcional para el mercado en este contexto, supona la existencia de un cabeza de familia, trabajador asalariado con disponibilidad total para el mercado laboral y nico proveedor de ingresos monetarios. Este varn protagonista estaba acompaado necesariamente- por una mujer dedicada en cuerpo y alma al trabajo domstico y al cuidado familiar (y extra-familiar). Madres, cuadas, abuelas, nueras, hijas, vecinas, amigas establecan las redes necesarias para abarcar las mltiples tareas derivadas de atender a los hombres-fuerza de trabajo (que no cuidaban ni de s mismos) y a todas aquellas personas de su entorno que lo necesitaran. Un enorme esfuerzo invisible y gratuito de las mujeres, cuya desvalorizacin [29] permita ocultar la dependencia de la economa de mercado respecto a este no-trabajo, sin el que no podra sobrevivir.

Con la transicin poltica espaola este escenario sufri cambios de forma acelerada. Las mujeres, sobre todo las jvenes, comenzaron a introducirse cada vez ms masivamente en el mercado laboral. Muchas ya no lo hacan porque el salario del marido o del padre no fuera suficiente, sino porque queran tener sus propios ingresos.

La independencia econmica era necesaria para posibilitar la autonoma y la capacidad de decisin de las mujeres sobre su propia vida, pero un empleo era algo que iba a limitar el tiempo y la dedicacin que requera la tradicional profesin de las mujeres: sus labores. Pero, adems, qu era eso de sus labores? En ese momento el trabajo domstico, con todos sus sambenitos, y entendido entonces en su faceta ms material, se vea como una atadura del pasado de la que haba que huir lo ms deprisa posible.

Sin embargo, no era un trabajo que pudiera dejar de hacerse. Se poda no tener la casa como los chorros del oro, incluso alardear de ello para epatar a las ms antiguas, pero las necesidades seguan ah. Haba que seguir comiendo, habitar un lugar con una mnima higiene, vestirnos pero tambin haba que cuidar a las criaturas, a quienes enfermaban o a las personas ancianas incapacitadas para cuidar de s mismas. Pero, an, haba ms: todas estas tareas estaban cargadas de emociones, de sentimientos, cuyo valor no se haba tenido suficientemente en cuenta y que, adems, representaban una tensin aadida: la culpabilidad.

Muchas nos hemos preguntado pero, la liberacin era esto?. Habamos salido de la sartn para caernos en el cazo salarial (con la sartn incluida). Y ya en el cazo laboral (discriminadas y en muchos casos precarias) las mujeres tuvimos que seguir haciendo el trabajo de la casa porque se entenda que era un asunto nuestro.

La mayora de los hombres siguieron considerndose ajenos a estas tareas a pesar de que las mujeres intentsemos (y no con poco esfuerzo) que las compartieran (todava hoy la tele da clases de tcnicas de resistencia pasiva [30] ). Desde las instituciones, las ayudas eran ms bien escasas y su lgica era facilitar que, ante las empresas, nos pareciramos lo ms posible a los hombres (a su forma de vida, a su disponibilidad) para que no te discriminaran por ser mujer. Vamos, que al trabajo (asalariado, claro) no se puede ir acompaada de los problemas de atencin familiar.

Una mujer, si quiere un empleo, tiene que disponer de una infraestructura suficiente (familiar, pblica o privada) que la sustituya durante su jornada laboral, determinada exclusivamente por las exigencias organizativas de la empresa. Esto es una muestra de la centralidad del mercado en la organizacin social y de cmo sus imperativos se consideran inflexibles frente a la necesidad de atender al cuidado de las personas, algo realmente esencial para la sostenibilidad social. Las mujeres nos incorporamos y permanecemos en el mercado laboral como una anomala (y debemos seguir sindolo [31] ) porque es una estructura pensada para personas que no tienen que cuidar de nadie. Esta paradoja insostenible constituye la normalidad desde la que se construyen las retricas de igualdad y conciliacin.

La etapa posterior al franquismo tambin trajo otras transformaciones en la organizacin familiar. El grupo domstico al que podemos referirnos hoy tiene muchas formas. No slo se ha llenado de otras voces que han llegado de todas las partes del mundo, sino que est compuesto por mltiples combinaciones: personas ancianas que viven solas [32] , familias monomarentales y minoritariamente monoparentales, amigas/os que viven juntas/os, parejas homosexuales o heterosexuales con o sin hijas/os, jvenes que comparten piso cmo nica forma de independizarse, familias que comparten piso como nica forma de sobrevivir

Estas combinaciones se entrelazan entre s para poder conjugar los afectos y los desafectos, las necesidades materiales e inmateriales y, cmo no, para enfrentarse a una vida cada vez ms marcada por las inhumanas exigencias de la globalizacin. Redes para la sostenibilidad de la vida, donde las mujeres siguen teniendo un papel esencial, ya que siguen siendo las que mayoritariamente las mantienen y las nutren, todava hoy, desde la invisibilidad.

Sin embargo, no podemos olvidar que, aunque tambin ha sufrido cambios en sus relaciones internas, la forma ms generalizada de organizacin sigue siendo todava la denominada familia nuclear. Quiz el cambio ms determinante proviene de la nueva posicin de las mujeres, que se rebelan contra el papel social que se les haba asignado y quieren ser protagonistas de sus propias vidas. Este cambio est suponiendo fuertes tensiones en las relaciones de poder intrafamiliares [33] y, entre otras cosas, avanzar (muy lentamente) hacia una forma de familia ms igualitaria, aunque no sin una gran resistencia masculina. En los casos ms extremos, el desafo que supone para algunos hombres esta nueva libertad de las mujeres y la prdida de poder y control que lleva aparejada, son intolerables. Su respuesta es la violencia, una enorme violencia que comprobamos cotidianamente [34] .

La crisis de los cuidados

Con la quiebra del modelo de familia fordista, en la que la infraestructura social domstica y de cuidados se resolva mediante la dedicacin exclusiva de las mujeres a este trabajo gratuito, nos encontramos ante un nuevo escenario, que supone tambin la quiebra de la antigua estructura de cuidados, en la que la reciprocidad diferida garantizaba que las personas que eran cuidadas en su infancia y en su juventud, seran en el futuro cuidadoras de sus mayores. Pero, aqu tambin hay que hablar en femenino. Hasta hace treinta aos era obligado que una hija-esposa-madre se dedicara en exclusiva a la familia para cuidar, dependiendo del ciclo vital, a su esposo e hijas/os y a sus padres cuando fueran ancianos.

Estas tareas tambin se extendan a las personas de su entorno que pudieran necesitarlo de forma puntual. Ahora, nos encontramos ante un nuevo marco social donde las personas dependientes encuentran cada da ms dificultades para que sus necesidades sean atendidas. Con la inversin de la pirmide poblacional, el problema se agudiza sobre todo en el caso de las personas ancianas [35] . Sin la corresponsabilizacin de los hombres, sin servicios pblicos suficientes, con una organizacin social estructurada en torno a las necesidades de los mercados y no a las de los seres humanos, las mujeres seguimos cubriendo las necesidades del grupo domstico, a menudo de forma simultnea a nuestra participacin en el mercado laboral.

Las dobles y triples jornadas, la doble presencia, la presencia / ausencia, son trminos que se han ido acuando desde el feminismo para poner nombre a esta nueva realidad, que no slo es terriblemente injusta con las mujeres, sino que es a todas luces insuficiente para resolver las necesidades sociales de trabajo de cuidados.

Esta situacin se despliega sobre un mundo globalizado por unas polticas neoliberales que generan precariedad laboral, incrementan la presin sobre el trabajo de cuidados y propagan la mercantilizacin de todos aquellos aspectos de la vida que pueden ser transformados en dinero, difundiendo un individualismo cada vez ms feroz. La lgica de los beneficios se apodera tambin de esta necesidad social para convertirla en una nueva fuente de negocios. Mercados de servicios para aquellas mujeres que puedan pagarlos y mercados de empleo precario para las mujeres ms desfavorecidas. La globalizacin, y sus efectos sobre pases de la periferia, est produciendo fenmenos como la inmigracin que terminan relacionndose con el trabajo de cuidados. Las condiciones de vida en sus pases de origen obligan a muchas mujeres a abandonar a sus propias/os hijas/os, dejndoles al cuidado de alguna mujer de la familia, para venir aqu a cuidar a nuestras/os hijas/os o a nuestras personas mayores a cambio de un salario, lo que habitualmente se produce en condiciones abusivas, debido a su estado de necesidad.

De la misma forma que el mundo occidental se ha apropiado de las materias primas de otros pueblos y de sus trabajos, ahora parece que pretende tambin apropiarse de sus afectos. Se genera as lo que se empieza a denominar la cadena de cuidados global, una cadena de mujeres que, desde el trabajo domstico no remunerado o remunerado, se encarga de solucionar esta necesidad social. Esta cadena est llena de tensiones. Las diferencias entre mujeres crecen y antiguas relaciones de poder (seora criada) vuelven a manifestarse bajo nuevas formas.

Pero, ni siquiera estas frmulas son suficientes para resolver el dficit de cuidados. Lo sern menos en un prximo futuro. El problema es de una enorme magnitud y se manifiesta de manera cada vez ms aguda. Como respuesta se han ido poniendo en marcha alternativas, desde distintas perspectivas polticas, que tienen como ejes la igualdad de las mujeres y los problemas para atender a las necesidades sociales de cuidados, pero que, en ningn caso ponen en tela de juicio la centralidad de los mercados en la organizacin social.

Partiendo de esa base, estas alternativas no pueden ser ms que simulacros que acrecientan, an ms, la confusin reinante, en la que siempre queda oculta la incompatibilidad del funcionamiento y de la lgica del mercado laboral con la atencin a las necesidades humanas y la lgica del cuidado.

Aunque un anlisis pormenorizado de las alternativas que se plantean tanto desde el mbito de las instituciones estatales, como desde otros mbitos polticos y sociales, excede el objetivo de este texto, queremos sealar algunas de los ejes del discurso oficial. De los mltiples ejemplos que podan citarse, hemos elegido la Ley para la Conciliacin de la Vida Familiar y Laboral de las Personas Trabajadoras, aprobada en el ao 1999, ya que es un claro exponente de la lgica oficial, que, por otro lado, no ha sido impugnada como tal por lo que podemos englobar en el trmino la oposicin. Las crticas a esta Ley, que han sido muchas, se han centrado en la mayora de los casos en aspectos concretos de su articulado, pero no en su lgica interna.

En su Exposicin de Motivos, la Ley alude, en primer trmino a tres preceptos constitucionales. En primer lugar, al derecho a la igualdad ante la ley. En segundo lugar al deber de los poderes pblicos de asegurar la proteccin social, econmica y jurdica de la familia. En tercer y ltimo lugar al deber de los poderes pblicos de promover las condiciones para la participacin de los ciudadanos en la vida poltica, econmica y cultural. Es decir, empieza por vincular varios temas que, efectivamente, lo estn: la igualdad de las mujeres y su derecho a participar en la vida econmica y la proteccin a la familia, o lo que es lo mismo: el derecho (formal) de las mujeres a tener un empleo y como los efectos que esto puede producir sobre la institucin familiar.

Su preocupacin no carece de sentido. La Ley continua sealando que la incorporacin de las mujeres al trabajo ha motivado uno de los cambios sociales ms profundos de este siglo, lo que hace necesario configurar un sistema que contemple las nuevas relaciones sociales. Inmediatamente despus se aborda la necesidad de conciliacin del trabajo y la familia (que, por lo que se ve, no da ningn trabajo). Pero de configurar qu nuevo sistema se est hablando?, qu tipo de conciliacin?

Antes de seguir, es conveniente indagar acerca de las causas por las que la incorporacin de las mujeres al trabajo asalariado ocasiona estas dificultades, especialmente para atender la necesidad social de cuidado de las personas dependientes. Una de las ms importantes es el propio mercado laboral, que con su organizacin autorreferente no contempla ms que sus propias necesidades, y donde una persona que tiene un empleo est obligada (legalmente) a priorizar sus requerimientos si no quiere perderlo. Si esta lgica es inapelable de qu conciliacin estamos hablando? Las exigencias del mercado laboral impiden cumplir el prioritario objetivo social de los cuidados [36] . Un verdadero nuevo sistema slo es posible si el eje de la organizacin social son las necesidades de las personas y no el mercado laboral.

Sin embargo, no parece que vayan por ah las cosas. Basta citar este prrafo de la Ley: Con la finalidad de que no recaigan sobre los empresarios los costes sociales de estos permisos, lo que podra acarrear consecuencias negativas en el acceso al empleo, especialmente de la poblacin femenina

Alguna consideracin final

No es necesario un anlisis exhaustivo de la ley de conciliacin para apreciar que la lgica de la organizacin social permanece, no slo inamovible, sino sin cuestionar. Los mercados siguen entronados y todo aqul trabajo o situacin vital que imponga lmites o condiciones sigue vindose como una anomala, una desviacin.

Sin embargo, todas estas polticas utilizan cierta retrica apropiada del feminismo. Se estn produciendo cambios sociales fundamentales, en los que un antiguo status quo un modelo de trabajador asalariado a tiempo completo, con todo un conjunto de mujeres detrs encargadas de los cuidados gratuitos de la poblacin, estado y mercado huyendo de ninguna responsabilidad al respecto- se est volviendo insostenible. Estos cambios no slo tienen que ver con las mujeres, sino que estn ntimamente ligados a una estructuracin social en la que mercados y subordinacin de las mujeres son trminos profundamente interconectados.

En este momento de crisis, quiz podamos aprovechar para romper el crculo vicioso por el que la dominacin de las mujeres se re-crea de mltiples formas en el devenir del sistema econmico. Sin embargo, los discursos predominantes, se sitan claramente en una posicin contraria a nuestros intereses feministas, a pesar de, en ocasiones, robarnos trminos o argumentos edulcorados y a pesar de tener de su parte al feminismo institucionalizado. En este contexto, hemos de tener claras nuestras ideas y ello pasa, inevitablemente, por un duro proceso de debate y reflexin en el cual podamos construir un discurso colectivo.

Los puntos comentados a lo largo de este texto son simples apuntes de algunos de los debates por los que, quiz, deba pasar ese proceso de reflexin conjunta. En ese sentido, nuestra apuesta es por colocar la sostenibilidad de la vida en el centro de nuestra atencin, para poder nombrar a sus protagonistas, ver ntidamente las actuales prioridades sociales, vislumbrar las profundas y complejas ramificaciones de las relaciones sociales de poder, incluyendo aquellas entre mujeres y conectar diferentes facetas de nuestras vidas que tan a menudo aparecen desarticuladas trabajo, afectos, familias, cuerpos- generndonos una dolorosa y maligna escisin, teniendo que entender de forma separada aquello que vivimos simultneamente.

Bibliografa:

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Notas:

[1] Publicado en la revista Rescoldos, de la Asociacin Cultural Candela, en el nmero dedicado a Mujeres.

[2] Un debate fundamental en torno a la economa feminista (que puede leerse en trminos de la eterna discusin sobre la igualdad y la diferencia) es el si queremos asimilarnos a los paradigmas econmicos existentes. Es decir, si queremos ampliar las teoras ya desarrolladas (neoclsicas, keynesianas, marxistas), centradas en los mercados y que parten de una atencin primera y bsica al trabajo asalariado, a las vivencias de las mujeres: p. e. cmo se insertan las mujeres en el mercado de trabajo?, ya que vemos que se insertan de forma diferente, ser por que sus trabajos no remunerados les influyen?. O si, por otra parte, queremos resaltar la(s) diferencia(s), lo cual implica, de forma crucial, quitar a los mercados del lugar privilegiado de atencin.

[3] Claro est, entre debate y debate, hemos dejado de vislumbrar esa divisin en principio tan clara de lo material y lo cultural.

[4] La segunda ola del feminismo conllev un gran inters por el trabajo domstico, visto como la, o una de, las bases materiales de la opresin de las mujeres. Intentar entenderlo en relacin al capitalismo, es decir, aclarar su estatuto conceptual y, por tanto, si la lucha por la liberacin de las mujeres deba ser parte de la lucha de clase contra el capital o si deba ser una lucha autnoma, fueron los ejes del llamado debate sobre el trabajo domstico, que, de clara impronta marxista, dur desde finales de los 60 hasta principios de los 80. Un buen balance es Molyneux en Borderas et al. (1994). Citemos algunas autoras: V. Beechy, L. Benera, M. Benston, M. R. Dalla Costa, S. Himmelweit, P. Morton

[5] El conjunto de artculos incluidos en Borderas et al. (1994) dan una buena idea de cmo ha evolucionado el concepto trabajo y los debates en torno a l. Particularmente, la introduccin hace un repaso exhaustivo.

[6] Es una opcin, claro est, no exenta de riesgos, como el caer en visiones romnticas de estos trabajos, desviando la atencin de sus dimensiones negativas.

[7] Para datos globales, PNUD (1995) establece que las mujeres realizan ms de dos tercios del trabajo no remunerado mundial. Para el caso espaol, ellas se encargan del 75% (Encuesta sobre Uso del Tiempo CSIC-ASEP, 2000 en Durn, 2001). Al no existir un mtodo unitario para contabilizar esta actividad, los datos varan, pero siempre corroboran esa participacin femenina mucho mayor.

[8] La crtica a la retrica del altruismo va junto a la crtica de la asuncin del egosmo en los mercados. Los motivos que mueven a la gente en los mercados son mucho ms amplios que el puro egosmo. La crtica feminista, por tanto, pretende hacer ms compleja, pero menos sesgada, la comprensin de los motivos tras las actividades econmicas. Ver, por ejemplo, Hartmann y Folbre en Carrasco (ed.) (1999).

[9] Para una discusin sobre el tercer sector, ver Grupo de Estudios Feminismo y Cambio Social (2001).

[10] Es muy comn en la literatura de economa feminista hablar del trabajo de subsistencia como algo diferenciado del trabajo domstico. Sin embargo, esto se hace en base a llamar trabajo de subsistencia a todas aquellas actividades realizadas, ms o menos, en los lmites espaciales o personales del hogar y que no se incluyen en la definicin occidental de trabajo domstico. Por ejemplo, mientras que cocinar es trabajo domstico, cultivar hortalizas en Guatemala para luego cocinarlas es trabajo/agricultura de subsistencia (por cierto, no queda muy claro si cultivar hortalizas en un rincn del jardn de una casa en Zamora, pongamos por caso, tambin es agricultura de subsistencia). Por tanto, diferenciar trabajo de cuidados y de subsistencia implica un fuerte sesgo etnocntrico que preferiramos evitar. Una crtica puede verse en Wood (1997) que conecta los sesgos androcntricos y etnocntricos de muchas concepciones feministas de lo que es trabajo.

[11] Y, en todos los casos tambin, parece haber claras diferencias por gneros, bien en el tiempo de trabajo (las mujeres dedican muchas ms horas a la ayuda familiar no reconocida), bien en el tipo de trabajos realizados. Mientras que el trabajo comunitario masculino suele dirigirse a actividades polticas, el de las mujeres suele ir hacia la satisfaccin directa de necesidades humanas, tanto si hablamos de comedores populares en pases de la periferia, como de cooperativas de cuidados en las zonas industriales deprimidas del Reino Unido o el voluntariado del estado espaol.

[12] Un buen debate sobre las razones de la invisibilidad, adems de sobre las ideas de los trabajos y los tiempos, y su articulacin social hoy para el contexto del estado espaol es Carrasco (2001).

[13] Este primer reconocimiento de la coexistencia de lo pblico y lo privado corresponde a la economa poltica clsica. Posteriormente, con la creciente importancia de los mercados como centro del discurso y de la atencin social, la esfera de lo privado despareci de la vista. Algunas autoras feministas reclama una vuelta a la economa poltica clsica, eliminando los diversos sesgos androcntricos que encerraba., por ejemplo, Picchio del Mercato en Borderas et al. (1994).

[14] Carrasco (2001) habla de la poderosa mano invisible de la vida cotidiana, Folbre (2001) prefiere usar el termino de corazn invisible.

[15] Los trabajos de las mujeres se invisibilizaron no slo en el terreno de lo privado, tambin en el de lo pblico. Numerosas mujeres han estado presentes siempre en el mercado de trabajo, aunque se suponga que las mujeres se han incorporado a partir de la IIGM. En la invisibilizacin de estas mujeres concurren temas de clase la experiencia de las burguesas est mucho ms limitada al hogar- adems de la operacin, en este caso ms imaginaria que real, de la divisin pblico/privado.

[16] Datos de Carrasco y Mayordomo (2000).

[17] Tambin hay que afirmar que el 26% de las mujeres estn ausentes de esta esfera y este hecho, aunque no haya espacio aqu para comentarlo como merecera, es digno de mucho debate, porque nos lleva directamente al asunto de las diferencias entre mujeres.

[18] De nuevo, falta espacio para discutir tantas cosas En primer lugar, economa informal o sumergida, qu trmino preferimos?, u otro?

[19] La feminizacin del trabajo se refiera al proceso por el que el contenido y las condiciones del trabajo hoy, impuestas tras violentas reestructuraciones, no son ms que la extensin tendencial de las caractersticas del trabajo, tanto asalariado como no asalariado, estructural e histricamente asignado a las mujeres, al trabajo en sentido genrico (Marta Malo, http://www.nodo50.org/enciclopediaespejos/enciclopedia/FEMINIZACION%20DEL%20TRABAJO.htm ). Estas caractersticas incluyen: inseguridad, flexibilidad, precariedad, adaptabilidad, no distincin tiempo de vida y tiempo de trabajo, y esa componente afectiva y relacional. Usar este trmino es una forma de resistencia ante la apropiacin de las experiencias femeninas. Lo que esta ocurriendo no es nuevo, slo es nuevo para los hombres (occidentales).

[20] Evidentemente, nos referimos a las crticas que, mal que bien, creen en el estado del bienestar y tratan de extenderlo o modificarlo, mejor no hablar de quienes pretenden destruirlo en aras del libre mercado. Entre las crticas feministas Del R (199?), Laurin Frenette (2001)

[21] Por ejemplo, muchas/os de las/os autoras/es en torno al debate sobre el trabajo domstico, sobretodo, cuando se fue volviendo ms terico y perdiendo el compromiso feminista. El patriarcado es beneficioso para el capital, por ejemplo, reproduciendo de forma barata la fuerza de trabajo, o porque genera la existencia de un ejrcito de reserva (las mujeres). Una versin ms actual y que liga el patriarcado con occidente (una lacra capitalista y occidental que se extiende por el mundo) es M. Mies (1994).

[22] Por ejemplo, S. Firestone (1971).

[23] Por ejemplo, I. Young.

[24] Las llamadas teoras de los sistemas duales, entre las autoras, H. Hartmann (1980) y los artculos de Eisenstein en el libro del cual es editora (1979).

[25] Crticas feministas a la idea de objetividad son, por ejemplo, Haraway (1995) y Harding (1996).

[26] No toda la gente que aboga por los sistemas duales comparte estas ideas. Todava hay quienes creen en la objetividad y en la posibilidad de sistemas abstractos que nos expliquen la totalidad del mundo, p.e. Beasley (199)

[27] Hasta la transicin las mujeres al casarse se obligaban a obedecer a sus maridos, a los que corresponda en exclusiva la patria potestad de las/os hijas/os, durante largo tiempo las mujeres necesitaron el permiso de su esposo para tener un empleo, no podan tener cuentas propias en el banco

[28] Nos referimos fundamentalmente a los sectores urbanos y / o industrializados, ya que en las zonas rurales los grupos domsticos que no dependan totalmente del mercado mantenan otras formas de organizacin, aunque sobre la base de una estructura familiar igualmente opresiva.

[29] Ya hemos comentado en qu sentido hablamos de desvalorizacin.

[30] Anuncio: Hombre friega platos y, mientras, dice a su hijo (para que vaya comprendiendo de qu va el tema): si no quieres fregar hazlo mal. Bueno, para no ser malas hay que terminar diciendo que la calidad del lavavajillas que se anuncia descubre la estratagema. Mensaje: los hombres son irreformables y la relacin de desigualdad con las mujeres, insuperable. Pero el mercado tiene la solucin con un buen lavavajillas.

[31] Si no queremos vernos convertidas en una nueva versin del homo economicus imaginado por el liberalismo (en su versin laboral)

[32] El incremento de personas que viven solas, no slo ancianas, es una muestra de cmo tampoco nos vale la definicin de grupo domstico como unidad de convivencia, ni la de hogar unipersonal. Esta persona no es un grupo y, salvo en casos excepcionales, est inserta en una red de interdependencia, ms all de los muros de su propia hogar.

[33] Aunque nos estemos refiriendo a la relacin de poder ms significativa, la de los hombres sobre las mujeres, no hay que olvidar otras jerarquas, como por ejemplo la que supone la edad.

[34] La denominada violencia domstica no es la nica violencia contra las mujeres y debe entroncarse con las formas ms duras de resistencia patriarcal. En los patriarcados de consentimiento tambin la violencia es esencial para mantener la posicin estructural de poder de los hombres.

[35] En 2010 habr en nuestro pas entre 1.725.000 y 2.352.000 personas mayores dependientes y la poblacin cuidadora se reducir potencialmente en un milln de personas (Fuente: Asamblea Mundial sobre Envejecimiento, marzo 2002)

[36] Tampoco podemos olvidar la responsabilidad de unos poderes pblicos que legislan para que los empresarios tengan todo el poder que necesiten para hacer y deshacer a su antojo.


Fuente: https://www.ecologistasenaccion.org/?p=13104


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