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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-05-2019

La multitud sabe ms y es ms constante que un prncipe

Nicols Maquiavelo
El Viejo Topo


Nota de edicin: Hoy [03.05] se cumplen 550 aos del nacimiento de Maquiavelo en Florencia. Maquiavelo distingua, analticamente, la poltica de la tica. No en trminos elitistas, sino a favor de los de abajo. De ah su republicanismo, como muestra en este texto.

Nada hay tan mvil e inconstante como la multitud. As lo afirman nuestro Tito Livio y todos los dems historiadores. Ocurre, en efecto, con frecuencia, al relatar los actos humanos, que la muchedumbre condena a alguno a muerte y, despus de muerto, deplora grandemente su sentencia y echa de menos al castigado. As sucedi al pueblo romano cuando conden a muerte a Manlio Capitolino, y dice nuestro autor: Populumbrevi, posteaquam ab eo pericrulum nullum erat, desiderium eius tenuit. (Apenas el pueblo dej de temerle, tuvo deseo de l.) Y en otro lugar, cuando refiere lo ocurrido en Siracusa a la muerte de Iliernimo, sobrino de Hiern, aade: Hace natura multitudinis est: aut umiliter servil, aut superbe dontinatur. (As es la naturaleza de la multitud: o sirve con humildad, o domina con insolencia.)

No s si al defender algo que, segn he dicho, todos los escritores censuran, acometo empresa tan difcil que necesite renunciar a ella avergonzado o seguirla, expuesto a un fracaso; pero sea como fuere creo y creer siempre acertado mantener todas las opiniones cuando no se emplea para ello ni ms autoridad ni ms fuerza que la de la razn.

Digo, pues, que del mismo defecto que achacan los escritores a la multitud se puede acusar a todos los hombres individualmente y en particular, los prncipes, porque cuantos no necesiten ajustar su conducta a les leyes cometern los mismos errores que la multitud sin freno. Esto se comprueba fcilmente porque de los muchsimos prncipes que ha habido, son muy pocos los buenos y los sabios. Me refiero a los que han podido romper el freno que contena sus acciones, no a los que nacan en Egipto cuando en tan remota antigedad se gobernaba aquel estado conforme a las leyes, ni a los nacidos en Esparta, ni a los que en nuestros tiempos nacen en Francia, que es el reino ms ajustado a las leyes de cuantos ahora conocemos. Los reyes que gobiernan conforme a tales constituciones, no pueden figurar entre aquellos cuyo carcter y acciones sean objeto de estudio y comparacin con los actos de la multitud. A ellos slo pueden comparrseles los pueblos que tambin viven dentro de la observancia de las leyes, y se ver en stos la misma bondad que en aquellos, sin que exista la soberbia en el mando ni la humillacin en la obediencia.

As era el pueblo romano mientras dur la repblica sin corromperse las costumbres; ni serva con bajeza ni dominaba orgulloso, y en sus relaciones con las autoridades y cuerpos del estado conserv honrosamente el puesto que le corresponda. Cuando la sublevacin contra un poderoso era necesaria, se sublevaba, como lo hizo contra Manlio contra los decenviros y contra otros que trataron de oprimirlo, y cuando era preciso obedecer a los dictadores y a los cnsules, les obedeca. Y no es de admirar que, muerto Manlio Capitolino, le echara de menos el pueblo romano: porque deseaba sus virtudes, tan grandes, que su memoria inspiraba compasin a todos. El mismo efecto hubiera producido en un prncipe, pues, en opinin de todos los escritores, las virtudes se alaban y admiran an en los enemigos. Si Manlio, tan sentido hubiese resucitado, el pueblo romano repitiera contra l la sentencia de muerte, sacndole de la prisin para matarle; como ha habido reyes tenidos por sabios que, despus de ordenar la muerte de algunas personas, sintieron grandemente que murieran; como Alejandro deplor la de Clito y de otros amigos suyos, y Herodes la de Mariamna.

Pero en lo dicho por nuestro historiador sobre la ndole de la multitud, no se refiere a la que vive con arreglo a las leyes, como viva la romana, sino a la desenfrenada, como la de Siracusa, igual en sus errores a los hombres furiosos y sin freno, cual lo estaban Alejandro Magno y Herodes en los citados casos. No se debe, pues culpar a la multitud ms que a los prncipes, porque todos cometen demasas cuando nada hay que las contenga. Adems de los ejemplos referidos podra citar muchsimos de emperadores romanos y de otros tiranos y prncipes en quienes se observa tanta inconstancia y tantos cambios de vida, como puede encontrarse en cualquier multitud.

Afirmo, por tanto, y aseguro contra la comn opinin que los pueblos cuando dominan, con ser veleidosos, inconstantes e ingratos, no son mayores sus faltas que las de los reyes. Quien censura por igual las de unos y otros dice la verdad, pero no si excepta a los reyes; porque el pueblo que ejerce el mando y tiene buenas leyes, ser tan pacfico, prudente y agradecido como un rey, y an mejor que un rey querido por sabio. Al contrario: un prncipe no refrenado por las leyes ser ms ingrato, inconstante e imprudente que un pueblo. Las variaciones de conducta en pueblos y reyes no nacen de diversidad de naturaleza, porque en todos es igual, y si alguna diferencia hubiese, sera en favor del pueblo, sino de tener ms o menos respeto a las leyes bajo las cuales viven. Quien estudie al pueblo romano lo ver durante cuatrocientos aos enemigo de la monarqua y amante del bien pblico y de la gloria de su patria, atestigundolo muchsimos ejemplos. Si alguien alegase en contra su ingratitud con Escipin, responder refirindome a lo dicho extensamente sobre esta materia para demostrar que los pueblos son menos ingratos que los prncipes.

Respecto a la prudencia y a la constancia, afirmo que un pueblo es ms prudente y ms constante que un prncipe. No sin razn se compara la voz del pueblo a la de Dios, porque los pronsticos de la opinin pblica son a veces tan maravillosos, que parece dotada de oculta virtud para prever sus males y sus bienes. Respecto al juicio que de las cosas forma cuando oye a dos oradores de igual elocuencia defender encontradas opiniones, rarsima vez ocurre que no se decida por la opinin ms acertada, y que no sea capaz de discernir la verdad en lo que oye. Y si respecto a empresas atrevidas o juzgadas tiles se equivoca algunas veces, muchas ms lo hacen los prncipes impulsados por sus pasiones, mayores que las de los pueblos. Sus elecciones de magistrados tambin son mejores que las de los prncipes, pues jams se persuadir a un pueblo de que es bueno elevar a estas dignidades a hombres infames y de corrompidas costumbres, y por mil vas fcilmente se persuade a un prncipe.

Ntese que un pueblo, cuando empieza a cobrar aversin a una cosa, conserva este sentimiento durante siglos, lo cual no sucede a los prncipes. De ambas cosas ofrece el pueblo romano elocuentes ejemplos, pues, en tantos siglos y en tantas elecciones de cnsules y de tribunos no hubo ms de cuatro de las que tuviera que arrepentirse, y su aversin a la dignidad real fue tan grande, que ninguna clase de servicios libr del merecido castigo a cuantos ciudadanos aspiraron a ella.

Ntese adems que los estados donde el pueblo gobierna, en brevsimo tiempo hacen grandes progresos, mucho mayores que los que han sido siempre gobernados por prncipes; como sucedi en Roma despus de la expulsin de los reyes, y en Atenas cuando se libr de Pisstrato.

Sucede as porque es mejor el gobierno popular que el real, y aunque contradiga esta opinin ma lo que nuestro historiador dice en el citado texto y en algunos otros, afirmar que, comparando los desrdenes de los pueblos con los de los prncipes y la gloria de aqullos con la de stos, se ver la gran superioridad del pueblo en todo lo que es bueno y glorioso.

Si los prncipes son superiores a los pueblos en dar leyes y en formar nuestros cdigos polticos y civiles, los pueblos les superan en conservar la legislacin establecida, aumentando as la fama del legislador.

En suma, y para terminar esta materia, dir que tanto han durado las monarquas como las repblicas; unas y otras han necesitado leyes a que ajustar su vida; porque el prncipe que pueda hacer lo que quiere es un insensato, y el pueblo que se encuentra en igual caso no es prudente. Comparados un pueblo y un prncipe, sujetos ambos a las leyes, se ver mayor virtud en el pueblo que en el prncipe; si ambos no tienen freno, menos errores que el prncipe cometer el pueblo y los de ste tendrn mejor remedio; porque un hombre honrado y respetable puede hablar a un pueblo licencioso y desordenado y atraerlo fcilmente con su elocuencia a buena va, y la maldad de un prncipe no se corrige con palabras, sino con la fuerza. Puede pues, conjeturarse la diferencia de enfermedad por lo distintas que son las medicinas; pues la de los pueblos se cura con palabras y la de los prncipes necesita hierro. Todos comprendern que la mayor energa del remedio corresponde a mayores faltas. De un pueblo completamente desordenado no se temen las locuras que hace, no se teme el mal presente, sino el que pueda sobrevenir, pues de la confusin y la anarqua nacen los tiranos; pero con los prncipes sin freno sucede lo contrario: se teme el mal presente y se espera en lo porvenir, persuadindose los hombres de que a su mala vida pueda suceder alguna libertad. Notad, pues, la diferencia entre uno y otro para lo que es y para lo que ha de ser.

La multitud se muestra cruel contra los que teme que atenten al bien comn, y el prncipe contra quienes l sospeche que son enemigos de su inters personal. La preocupacin contra los pueblos nace de que todo el mundo puede libremente y sin miedo hablar mal de ellos, aun en las pocas de su dominacin, mientras de los prncipes se habla siempre con gran temor y grandsimas precauciones.

No creo fuera de propsito, ya que el asunto me invita a ello, tratar en el captulo siguiente de si se puede confiar ms en las alianzas con las repblicas que en las hechas con los prncipes.


Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-multitud-sabe-mas-y-es-mas-constante-que-un-principe/



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