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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-05-2019

La Espaa revolucionaria

Karl Marx
El Viejo Topo


Nota de edicin: Tal da como hoy [05.05] en 1818 naca Karl Marx. Tras el triunfo del pronunciamiento liberal de junio de 1854 conocido como La Vicalvarada, Marx escribi 27 artculos para el New York Daily Tribune entre julio de 1854 y junio de 1857. Este es uno de ellos.

La revolucin en Espaa ha adquirido ya el carcter de situacin permanente hasta el punto de que, como nos informa nuestro corresponsal en Londres, las clases adineradas y conservadoras han comenzado a emigrar y a buscar seguridad en Francia. Esto no es sorprendente; Espaa jams ha adoptado la moderna moda francesa, tan extendida en 1848, consistente en comenzar y realizar una revolucin en tres das. Sus esfuerzos en este terreno son complejos y ms prolongados. Tres aos parecen ser el lmite ms corto al que se atiene, y en ciertos casos su ciclo revolucionario se extiende hasta nueve. As, su primera revolucin en el presente siglo se extendi de 1808 a 1814; la segunda, de 1820 a 1823, y la tercera, de 1834 a 1843. Cunto durar la presente, y cul ser su resultado, es imposible preverlo incluso para el poltico ms perspicaz, pero no es exagerado decir que no hay cosa en Europa, ni siquiera en Turqua, ni la guerra en Rusia, que ofrezca al observador reflexivo un inters tan profundo como Espaa en el presente momento.

Los levantamientos insurreccionales son tan viejos en Espaa como el podero de favoritos cortesanos contra los cuales han sido, de costumbre, dirigidos. As, a finales del siglo XIV, la aristocracia se rebel contra el rey Juan II y contra su favorito don lvaro de Luna. En el XV se produjeron conmociones ms serias contra el rey Enrique IV y el jefe de su camarilla, don Juan de Pacheco, marqus de Villena.

En el siglo XVII, el pueblo de Lisboa despedaz a Vasconcelos, el Sartorius del virrey espaol en Portugal, lo mismo que hizo el de Barcelona con Santa Coloma, favorito de Felipe IV. A finales del mismo siglo, bajo el reinado de Carlos II, el pueblo de Madrid se levant contra la camarilla de la reina, compuesta de la condesa de Barlipsch y los condes de Oropesa y de Melgar, que haban impuesto un arbitrio abusivo sobre todos los comestibles que entraban en la capital y cuyo producto se distribuan entre s. El pueblo se dirigi al Palacio Real y oblig al rey a presentarse en el balcn y a denunciar l mismo a la camarilla de la reina. Se dirigi despus a los palacios de los condes de Oropesa y Melgar, saquendolos, incendindolos, e intent apoderarse de sus propietarios, los cuales tuvieron, sin embargo, la suerte de escapar a costa de un destierro perpetuo.

El acontecimiento que provoc el levantamiento insurreccional en el siglo XV fue el tratado alevoso que el favorito de Enrique IV, el marqus de Villena, haba concluido con el rey de Francia, y en virtud del cual, Catalua haba de quedar a merced de Luis XI.

Tres siglos ms tarde, el tratado de Fontainebleau -concluido el 27 de octubre de 1807 por el valido de Carlos IV y favorito de la reina, don Manuel Godoy, Prncipe de la Paz, con Bonaparte, sobre la particin de Portugal y la entrada de los ejrcitos franceses en Espaa- produjo una insurreccin popular en Madrid contra Godoy, la abdicacin de Carlos IV, la subida al trono de su hijo Fernando VII, la entrada del ejrcito francs en Espaa y la consiguiente guerra de independencia. As, la guerra de independencia espaola comenz con una insurreccin popular contra la camarilla personificada entonces por don Manuel Godoy, lo mismo que la guerra civil del siglo XV se inici con el levantamiento contra la camarilla personificada por el marqus de Villena. Asimismo, la revolucin de 1854 ha comenzado con el levantamiento contra la camarilla personificada por el conde de San Luis.

A pesar de estas repetidas insurrecciones, no ha habido en Espaa hasta el presente siglo una revolucin seria, a excepcin de la guerra de la Junta Santa en los tiempos de Carlos I, o Carlos V, como lo llaman los alemanes. El pretexto inmediato, como de costumbre, fue suministrado por la camarilla que, bajo los auspicios del virrey, cardenal Adriano, un flamenco, exasper a los castellanos por su rapaz insolencia, por la venta de los cargos pblicos al mejor postor y por el trfico abierto de las sentencias judiciales. La oposicin a la camarilla flamenca era la superficie del movimiento, pero en el fondo se trataba de la defensa de las libertades de la Espaa medieval frente a las ingerencias del absolutismo moderno.

La base material de la monarqua espaola haba sido establecida por la unin de Aragn, Castilla y Granada, bajo el reinado de Fernando el Catlico e Isabel I. Carlos I intent transformar esa monarqua an feudal en una monarqua absoluta. Atac simultneamente los dos pilares de la libertad espaola: las Cortes y los Ayuntamientos. Aqullas eran una modificacin de los antiguos concilia gticos, y stos, que se haban conservado casi sin interrupcin desde los tiempos romanos, presentaban una mezcla del carcter hereditario y electivo caracterstico de las municipalidades romanas. Desde el punto de vista de la autonoma municipal, las ciudades de Italia, de Provenza, del norte de Galia, de Gran Bretaa y de parte de Alemania ofrecen una cierta similitud con el estado en que entonces se hallaban las ciudades espaolas; pero ni los Estados Generales franceses, ni el Parlamento ingls de la Edad Media pueden ser comparados con las Cortes espaolas. Se dieron, en la creacin de la monarqua espaola, circunstancias particularmente favorables para la limitacin del poder real. De un lado, durante los largos combates contra los rabes, la pennsula era reconquistada por pequeos trozos, que se constituan en reinos separados. Se engendraban leyes y costumbres populares durante esos combates. Las conquistas sucesivas, efectuadas principalmente por los nobles, otorgaron a stos un poder excesivo, mientras disminuyeron el poder real. De otro lado, las ciudades y poblaciones del interior alcanzaron una gran importancia debido a la necesidad en que las gentes se encontraban de residir en plazas fuertes, como medida de seguridad frente a las continuas incursiones de los moros; al mismo tiempo, la configuracin peninsular del pas y el constante intercambio con Provenza y con Italia dieron lugar a la creacin, en las costas, de ciudades comerciales y martimas de primera categora.

En fecha tan remota como el siglo XIV, las ciudades constituan ya la parte ms potente de las Cortes, las cuales estaban compuestas de los representantes de aqullas juntamente con los del clero y de la nobleza. Tambin merece ser subrayado el hecho de que la lenta reconquista, que fue rescatando el pas de la dominacin rabe mediante una lucha tenaz de cerca de ochocientos aos, dio a la pennsula, una vez totalmente emancipada, un carcter muy diferente del que predominaba en la Europa de aquel tiempo. Espaa se encontr, en la poca de la resurreccin europea, con que prevalecan costumbres de los godos y de los vndalos en el norte, y de los rabes en el sur.

Cuando Carlos I volvi de Alemania, donde le haba sido conferida la dignidad imperial, las Cortes se reunieron en Valladolid para recibir su juramento a las antiguas leyes y para coronarlo. Carlos se neg a comparecer y envi representantes suyos que haban de recibir, segn sus pretensiones, el juramento de lealtad de parte de las Cortes. Las Cortes se negaron a recibir a esos representantes y comunicaron al monarca que si no se presentaba ante ellas y juraba las leyes del pas, no sera reconocido jams como rey de Espaa. Carlos se someti; se present ante las Cortes y prest juramento, como dicen los historiadores, de muy mala gana. Las Cortes con este motivo le dijeron: Habis de saber, seor, que el rey no es ms que un servidor retribuido de la nacin.

Tal fue el principio de las hostilidades entre Carlos I y las ciudades. Como reaccin frente a las intrigas reales, estallaron en Castilla numerosas insurrecciones, se cre la Junta Santa de vila y las ciudades unidas convocaron la Asamblea de las Cortes en Tordesillas, las cuales, el 20 de octubre de 1520, dirigieron al rey una protesta contra los abusos. ste respondi privando a todos los diputados reunidos en Tordesillas de sus derechos personales. La guerra civil se haba hecho inevitable. Los comuneros llamaron a las armas: sus soldados, mandados por Padilla, se apoderaron de la fortaleza de Torrelobatn, pero fueron derrotados finalmente por fuerzas superiores en la batalla de Villalar, el 23 de abril de 1521. Las cabezas de los principales conspiradores cayeron en el patbulo, y las antiguas libertades de Espaa desaparecieron.

Diversas circunstancias se conjugaron en favor del creciente poder del absolutismo. La falta de unin entre las diferentes provincias priv a sus esfuerzos del vigor necesario; pero Carlos utiliz sobre todo el enconado antagonismo entre la clase de los nobles y la de los ciudadanos para debilitar a ambas. Ya hemos mencionado que desde el siglo XIV la influencia de las ciudades predominaba en las Cortes, y desde el tiempo de Fernando el Catlico, la Santa Hermandad haba demostrado ser un poderoso instrumento en manos de las ciudades contra los nobles de Castilla, que acusaban a stas de intrusiones en sus antiguos privilegios y jurisdicciones. Por lo tanto, la nobleza estaba deseosa de ayudar a Carlos I en su proyecto de supresin de la Junta Santa. Habiendo derrotado la resistencia armada de las ciudades, Carlos se dedic a reducir sus privilegios municipales y aqullas declinaron rpidamente en poblacin, riqueza e importancia; y pronto se vieron privadas de su influencia en las Cortes. Carlos se volvi entonces contra los nobles, que lo haban ayudado a destruir las libertades de las ciudades, pero que conservaban, por su parte, una influencia poltica considerable. Un motn en su ejrcito por falta de paga lo oblig en 1539 a reunir las Cortes para obtener fondos de ellas. Pero las Cortes, indignadas por el hecho de que subsidios otorgados anteriormente por ellas haban sido malgastados en operaciones ajenas a los intereses de Espaa, se negaron a aprobar otros nuevos. Carlos las disolvi colrico; a los nobles que insistan en su privilegio de ser eximidos de impuestos, les contest que al reclamar tal privilegio, perdan el derecho a figurar en las Cortes, y en consecuencia los excluy de dicha asamblea.

Eso constituy un golpe mortal para las Cortes, y desde entonces sus reuniones se redujeron a la realizacin de una simple ceremonia palaciega. El tercer elemento de la antigua constitucin de las Cortes, a saber, el clero, alistado desde los tiempos de Fernando el Catlico bajo la bandera de la Inquisicin, haba dejado de identificar sus intereses con los de la Espaa feudal. Por el contrario, mediante la Inquisicin, la Iglesia se haba transformado en el ms potente instrumento del absolutismo.

Si despus del reinado de Carlos I la decadencia de Espaa, tanto en el aspecto poltico como social, ha exhibido esos sntomas tan repulsivos de ignominiosa y lenta putrefaccin que present el Imperio Turco en sus peores tiempos, por lo menos en los de dicho emperador las antiguas libertades fueron enterradas en una tumba magnfica. En aquellos tiempos Vasco Nez de Balboa izaba la bandera de Castilla en las costas de Darin, Corts en Mxico y Pizarro en el Per; entonces la influencia espaola tena la supremaca en Europa y la imaginacin meridional de los iberos se hallaba entusiasmada con la visin de Eldorados, de aventuras caballerescas y de una monarqua universal.

As la libertad espaola desapareci en medio del fragor de las armas, de cascadas de oro y de las terribles iluminaciones de los autos de fe.

Pero, cmo podemos explicar el fenmeno singular de que, despus de casi tres siglos de dinasta de los Habsburgo, seguida por una dinasta borbnica -cualquiera de ellas harto suficiente para aplastar a un pueblo-, las libertades municipales de Espaa sobrevivan en mayor o menor grado? Cmo podemos explicar que precisamente en el pas donde la monarqua absoluta se desarroll en su forma ms acusada, en comparacin con todos los otros Estados feudales, la centralizacin jams haya conseguido arraigar? La respuesta no es difcil. Fue en el siglo XVI cuando se formaron las grandes monarquas. stas se edificaron en todos los sitios sobre la base de la decadencia de las clases feudales en conflicto: la aristocracia y las ciudades. Pero en los otros grandes Estados de Europa la monarqua absoluta se presenta como un centro civilizador, como la iniciadora de la unidad social. All era la monarqua absoluta el laboratorio en que se mezclaban y amasaban los varios elementos de la sociedad, hasta permitir a las ciudades trocar la independencia local y la soberana medieval por el dominio general de las clases medias y la comn preponderancia de la sociedad civil. En Espaa, por el contrario, mientras la aristocracia se hundi en la decadencia sin perder sus privilegios ms nocivos, las ciudades perdieron su poder medieval sin ganar en importancia moderna.

Desde el establecimiento de la monarqua absoluta, las ciudades han vegetado en un estado de continua decadencia. No podemos examinar aqu las circunstancias, polticas o econmicas, que han destruido en Espaa el comercio, la industria, la navegacin y la agricultura.

Para nuestro actual propsito basta con recordar simplemente el hecho. A medida que la vida comercial e industrial de las ciudades declin, los intercambios internos se hicieron ms raros, la interrelacin entre los habitantes de diferentes provincias menos frecuente, los medios de comunicacin fueron descuidados y las grandes carreteras gradualmente abandonadas. As, la vida local de Espaa, la independencia de sus provincias y de sus municipios, la diversidad de su configuracin social, basada originalmente en la configuracin fsica del pas y desarrollada histricamente en funcin de las formas diferentes en que las diversas provincias se emanciparon de la dominacin mora y crearon pequeas comunidades independientes, se afianzaron y acentuaron finalmente a causa de la revolucin econmica que sec las fuentes de la actividad nacional. Y como la monarqua absoluta encontr en Espaa elementos que por su misma naturaleza repugnaban a la centralizacin, hizo todo lo que estaba en su poder para impedir el crecimiento de intereses comunes derivados de la divisin nacional del trabajo y de la multiplicidad de los intercambios internos, nica base sobre la que se puede crear un sistema uniforme de administracin y de aplicacin de leyes generales. La monarqua absoluta en Espaa, que solo se parece superficialmente a las monarquas absolutas europeas en general, debe ser clasificada ms bien al lado de las formas asiticas de gobierno. Espaa, como Turqua, sigui siendo una aglomeracin de repblicas mal administradas con un soberano nominal a su cabeza.

El despotismo cambiaba de carcter en las diferentes provincias segn la interpretacin arbitraria que a las leyes generales daban virreyes y gobernadores; si bien el gobierno era desptico, no impidi que subsistiesen las provincias con sus diferentes leyes y costumbres, con diferentes monedas, con banderas militares de colores diferentes y con sus respectivos sistemas de contribucin. El despotismo oriental slo ataca la autonoma municipal cuando sta se opone a sus intereses directos, pero permite con satisfaccin la supervivencia de dichas instituciones en tanto que stas lo descargan del deber de cumplir determinadas tareas y le evitan la molestia de una administracin regular.

As ocurri que Napolen, que, como todos sus contemporneos, consideraba a Espaa como un cadver exnime, tuvo una sorpresa fatal al descubrir que, si el Estado espaol estaba muerto, la sociedad espaola estaba llena de vida y repleta, en todas sus partes, de fuerza de resistencia.

Mediante el tratado de Fontainebleau haba llevado sus tropas a Madrid; atrayendo con engaos a la familia real a una entrevista en Bayona, haba obligado a Carlos IV a anular su abdicacin y despus a transferirle sus poderes; al mismo tiempo haba arrancado ya a Fernando VII una declaracin semejante. Con Carlos IV, su reina y el Prncipe de la Paz conducidos a Compigne, con Fernando VII y sus hermanos encerrados en el castillo de Valenay, Bonaparte otorg el trono de Espaa a su hermano Jos, reuni una Junta espaola en Bayona y le suministr una de sus Constituciones previamente preparadas. Al no ver nada vivo en la monarqua espaola, salvo la miserable dinasta que haba puesto bajo llaves, se sinti completamente seguro de que haba confiscado Espaa. Pero pocos das despus de su golpe de mano recibi la noticia de una insurreccin en Madrid, Cierto que Murat aplast el levantamiento matando cerca de mil personas; pero cuando se conoci esta matanza, estall una insurreccin en Asturias que muy pronto englob a todo el reino. Debe subrayarse que este primer levantamiento espontneo surgi del pueblo, mientras las clases bien se haban sometido tranquilamente al yugo extranjero.

De esta forma se encontraba Espaa preparada para su reciente actuacin revolucionaria, y lanzada a las luchas que han marcado su desarrollo en el presente siglo. Los hechos e influencias que hemos indicado sucintamente actan an en la creacin de sus destinos y en la orientacin de los impulsos de su pueblo. Los hemos presentado porque son necesarios, no slo para apreciar la crisis actual, sino todo lo que ha hecho y sufrido Espaa desde la usurpacin napolenica: un perodo de cerca de cincuenta aos, no carente de episodios trgicos y de esfuerzos heroicos, y sin duda uno de los captulos ms emocionantes e instructivos de toda la historia moderna.

New York Daily Tribune, 9 de septiembre de 1854

Marxists Internet Archive

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-espana-revolucionaria/


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