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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-05-2019

La dominacin imperialista en Latinoamrica y Europa: notas para una discusin

Atilio A. Boron
Alainet


La desorbitada beligerancia del imperio

Una pregunta que no dejan de hacerse vctimas y testigos de la creciente agresividad del imperialismo refiere a la inexistencia, o en todo caso debilidad, de las fuerzas y actores internacionales que deberan impedir o por lo menos tratar de limitar los alcances de la intensificacin de la ofensiva lanzada contra Venezuela, Cuba y Nicaragua por parte de la Administracin Trump.1

La historia de los imperios demuestra sobradamente que en su fase de declinacin stos se tornan ms violentos y sanguinarios, y que sus lderes tienden a ser ms toscos y brutales. No slo sus lderes, como lo demuestra con claridad Donald Trump. Tambin su entorno de asesores y consejeros refleja similar involucin, llegando a constituir algo semejante a lo que Harold Laski, refirindose a los dirigentes del fascismo europeo, denominaba elites de forajidos. 2 No hace falta remitirse al profeta Moiss y las Tablas de la Leypara concluir que torvos personajes como John Bolton, Elliot Abrams, Mike Pompeo, Juan Cruz, Marco Rubio y la directora de la CIA, Gina Haspel, son una pandilla de hampones que slo como producto de la acelerada descomposicin moral y poltica del imperio trasiegan por las oficinas de la Casa Blanca cuando el sitio apropiado para sus afanes debera ser una crcel de mxima seguridad en el desierto de Nevada. No hay entre ellos un solo estadista o un intelectual capaz de ofrecer una visin realista y sofisticada de la realidad contempornea. Ninguno resistira diez minutos de debate con Vladimir Putin o Sergui Lavrov, eventualmente con Xi Jiping, porque seran intelectualmente destrozados de manera fulminante.

Hampones? S, pero tambin algo ms. En una entrevista relativamente reciente Madelein Albright sentenci que un fascista es un matn con ejrcito, definicin que calza como anillo al dedo para definir a la actual dirigencia estadounidense.3 Son fascistas que dirigen un ejrcito de alcance planetario. No sorprende que el diagnstico sobre la situacin internacional de estos personajes sea de un espeluznante simplismo, a la Hollywood. Estn los buenos y los malos, los primeros son ellos, los estadounidenses, y los dems, los malos que se subdividen en dos tipos. Una tropa de cobardes poco dispuestos a pagar por su defensa (como los europeos, segn el crculo ulico de Trump) y un enorme conglomerado de holgazanes, ladrones, narcotraficantes, asesinos y violadores que seramos todos los restantes habitantes del planeta. Este desaforado maniquesmo lo expres de manera rotunda otra eminente mediocridad que ocup la Oficina Oval de la Casa Blanca: George W. Bush quien, al lanzar su campaa antiterrorista despus del 11-S advirti a los pueblos del mundo que quien no est con nosotros estar contra nosotros. Con nosotros, los buenos, o los malos redimidos; contra nosotros, y atenindose a las consecuencias, todos los dems.

Por consiguiente, la actual escalada belicista instrumentada mediante la aplicacin de todos los captulos de la Ley Helms-Burton en contra de Cuba y un torrente de sanciones econmicas en contra de Venezuela, Nicaragua y, allende del Atlntico, Rusia y Corea del Norte, es expresin de la tambaleante situacin que atraviesa el imperio americano, cuyos ms lcidos analistas y estrategas coinciden en sealar que los das del apogeo imperial ya quedaron definitivamente atrs. De ah que Trump y sus secuaces hayan arrojado por la borda las sutilezas y los delicados pasos de minu propios del juego diplomtico (ejemplificado al reducir el presupuesto y funciones del Departamento de Estado y designar a un hombre de accin como Mike Pompeo como su Secretario) y exaltado el papel de la coercin y la violencia como instrumentos para reconstruir aquel orden mundial con que muchos se ilusionaron: el nuevo siglo americano, infantil espejismo con que se entretuvieron muchos acadmicos y analistas tras el derrumbe de la Unin Sovitica pensando que este siglo veintiuno sera el del predominio absoluto e incontestable de Estados Unidos. Se equivocaron de medio a medio, y a la inicial frustracin derivada del incumplimiento de tan rosados designios sigui una apuesta tan tenebrosa como temeraria por la violencia.

Una vieja obsesin y la guerra de quinta generacin

Sera injusto decir que todo esto sobreviene, como un rayo en un da sereno, de la mano de Trump. Tiene orgenes lejanos. Como lo hemos demostrado en nuestro Amrica Latina en la Geopoltica del Imperialismo 4 la opcin guerrerista estaba ya firmemente instalada en los planes de la Administracin Clinton y Madelein Albright fue una de sus ms elocuentes voceras cuando adverta a propios y ajenos que para Washington la opcin por el multilateralismo sera respetada cuando fuera posible; en caso contrario el unilateralismo seguira siendo necesario. Traduccin: negociacin diplomtica multilateral en el marco de la ONU en la medida que sea posible -y conveniente- para los intereses de EEUU; si esto no funciona el msculo militar deber aplicarse cada vez que sea necesario. No podemos olvidar que fue el presidente Barack Obama quien en el 2015 abri las puertas a la violencia desatada por Trump contra Venezuela cuando emiti una infame orden ejecutiva declarando que la situacin del pas sudamericano obligaba a la Casa Blanca a declarar una emergencia nacional por la amenaza inusual y extraordinaria que la patria de Bolvar y Chvez representaba para la seguridad nacional y la poltica exterior de Estados Unidos.5

El razonamiento anterior permite comprender las razones por las que ante el evidente fracaso diplomtico de EEUU para lograr un consenso a favor de su criminal bloqueo a Cuba repudiado masivamente ao tras ao en la votacin de la Asamblea General de las Naciones Unidas- o de hacer que la comunidad internacional se encuadre tras las directivas golpistas de Washington para designar a un fantoche impresentable como presidente encargado de Venezuela la respuesta del gobierno estadounidense haya sido recurrir a las nuevas armas de la guerra, esas que constituyen lo que algunos analistas denominan como guerra de quinta generacin. Ya de poco o nada sirven los tratados de control de armas de la poca de la Guerra Fra porque hoy las guerras se libran cada vez con mayor frecuencia con artefactos distintos de los convencionales: ataques informticos, pulsos electromagnticos teledirigidos, propaganda, terrorismo meditico, sanciones econmicas, presiones diplomticas, nanotecnologa y robtica aplicadas al campo militar. No es que las armas tradicionales hayan cado en desuso sino que las tareas de ablande de la resistencia ante el agresor imperialista, que antao realizaban los bombardeos y los ataques convencionales con helicpteros artillados o misiles lanzados desde navos de guerra, hoy esas tareas se llevan a cabo apelando a una propaganda que sataniza al enemigo, promueve el caos y la desintegracin social a la vez que lanza formidables agresiones econmicas (bloqueos comerciales, confiscaciones de activos, amenazas a proveedores de insumos bsicos o compradores de lo producido por una economa, etctera)y ataques informticos a centros neurlgicos de un pas -una usina hidroelctrica, por ejemplo- como lo demuestra el caso de Venezuela en estos das. Nuevas armas para un nuevo tipo de guerra que sin disparar un solo tiro pueden ocasionar inmensos daos a la infraestructura de un pas al privarlo de energa elctrica -y, por ende, de iluminacin, agua, gasolina, transporte, internet, etctera -y causar enormes sufrimientos a su poblacin. En el caso del pas bolivariano la apuesta del imperio es que ante tamaas penurias y sufrimientos se produzca un incontenible levantamiento popular que ponga fin a la revolucin bolivariana y al gobierno de Nicols Maduro. Fracasaron, y seguirn fracasando porque subestiman la capacidad de resistencia de venezolanas y venezolanos; y porque los ataques de Estados Unidos han consolidado an ms la vocacin antiimperialista del pueblo venezolano al paso que la oposicin por su cipayismo, su falta de patriotismo, su desprecio por la historia nacional y por la autodeterminacin popular- ha quedado reducida a casi nada. Carente por completo de capacidad de liderazgo. Guaid se desdibuja como una figura fantasmal en acelerado proceso de evaporacin, sostenido a duras penas por la canalla meditica y los gobiernos tributarios de la Casa Blanca que se desviven por satisfacer las rdenes del nuevo Calgula, el ms monstruoso de los emperadores romanos segn el historiador Suetonio.6

La agresin econmica, hoy perfeccionada como un puntal del nuevo tipo de guerra, ya fue ensayada sin xito con Cuba desde hace ms de sesenta aos. En un memorando elocuentemente titulado (con una enorme dosis de wishful thinking) La declinacin y cada de Castro, fechado el 6 de Abril de 1960 y dirigido al Secretario de Estado Adjunto para Asuntos Interamericanos, Roy R. Rubottom Jr.se reconoca que la mayora de los cubanos apoyaban al gobierno revolucionario y que, como hoy en Venezuela, no exista oposicin efectiva, ante lo cual lo se conclua que el nico medio previsible para alienar el apoyo interno a Castro era el desencanto y la desafeccin basados en la insatisfaccin y las penurias econmicas. Era responsabilidad de Washington, por lo tanto, desatar toda clase de iniciativas tendientes a producir, precisamente, los sufrimientos y privaciones que encenderan la chispa de la rebelin.7

La incentivacin de este tipo de conducta es lo que, con las renovadas presiones econmicas y financieras, est en los planes actuales de Washington en relacin no slo a Venezuela sino tambin Cuba y Nicaragua. Al principio de esta nota nos preguntbamos por la ausencia, o a la menos notoria debilidad, de fuerzas compensatorias en el marco internacional que pudieran atenuar, cuando no neutralizar, los letales efectos de la brutal contraofensiva norteamericana encaminada a recuperar el control absoluto de Nuestra Amrica. Es indiscutible que en el emergente mundo policntrico o multipolar estas fuerzas compensatorias existen y, hasta ahora, han tenido una cierta eficacia en impedir que Estados Unidos apelara, como lo hiciera rutinariamente a lo largo de todo el siglo veinte, a la opcin militar, que al decir de los personeros de Washington est siempre sobre la mesa. Basta con recordar lo ocurrido en Santo Domingo en 1965, Granada en 1983 y Panam en 1989 para constatar lo mucho que ha cambiado el mundo y la declinante capacidad de Estados Unidos para apelar unilateralmente a la intervencin militar para deshacerse de gobiernos desobedientes. Hoy es muy poco probable que lo vuelva a intentar, y esto es de por s una gran noticia. Claro que si esa alternativa parece descartada se debe menos a los escrpulos morales de la dirigencia norteamericana que a los lmites que impone una correlacin internacional de fuerzas en donde pases como Rusia y China se han manifestado, de modo rotundo, en contra de la misma con declaraciones de una inusual dureza. Pero la neutralizacin de una guerra econmica, o de una pertinaz propaganda satanizadora de gobiernos revolucionarios, o del terrorismo meditico para ni hablar de los ataques informticos es algo mucho ms difcil de concretar.

Europa y el imperialismo norteamericano

Lo anterior obedece, en buena medida, a la lamentable desercin de los gobiernos europeos de sus responsabilidades en el mantenimiento del orden y la legalidad internacionales. Un efectivo contrapeso a las sanciones econmicas arbitrariamente impuestas por Washington a los pases que, en su parecer, representan una amenaza a la paz mundial o a la seguridad nacional de Estados Unidos slo puede ser interpuesto por gobiernos que cuenten con una cierta gravitacin internacional. No es algo que est al alcance de la enorme mayora de los pases de la periferia mundial del capitalismo, carentes de los recursos econmicos, intelectuales y tecnolgicos para neutralizar los dispositivos de la guerra de quinta generacin que ha lanzado Estados Unidos. Pero s es algo que las viejas potencias coloniales pueden hacer y desgraciadamente no hacen. Pases como Francia, Italia, Reino Unido, Alemania, Espaa, Portugal, Holanda y Blgica, amn de algunos otros, podran rechazar de plano la antidemocrtica e ilegal extraterritorialidad de las leyes dictadas por el Congreso de Estados Unidos, y sin embargo no lo hacen. Al contrario, aceptan sin chistar este humillante avasallamiento de la soberana nacional. Las leyes de los pases europeos carecen de aplicacin en Estados Unidos, pero las de ste se imponen, como corresponde a un imperio, en casi todo el mundo. Un ejemplo extremo, pero no por ello nico, es lo ocurrido con el principal banco de Francia, el BNP Paribas que en Junio de 2014 fue condenado a pagar una multa de 8.834 millones de dlares (unos 6.450 millones de euros) por desobedecer las sanciones econmicas impuestas contra Sudn, Irn y Cuba. No slo eso: por rdenes del Departamento del Tesoro de EEUU el BNP Paribas tuvo tambin que despedir a 13 funcionarios involucrados en esas operaciones y al jefe de operaciones internacionales del banco. Y ante tamao atropello las autoridades francesas no tuvieron las agallas para rechazar de plano la insolente injerencia estadounidense en su propio pas limitndose a refunfuar que aquella decisin no era razonable (el canciller Laurent Fabius dixit); o que le pareca desproporcionada (el presidente Franois Hollande) mientras el General Charles de Gaulle se revolva asqueado en su tumba. 8

Lo antes dicho confirma que la apuesta de la Casa Blanca para construir un imperio mundial encuentra en la casi totalidad de los gobiernos europeos vasallos dispuestos a convalidar dicha pretensin, convencidos, en su estpida ingenuidad, que en algn momento podrn recoger las migajas de esa aventura y ser copartcipes en un ilusorio condominio imperial. La realidad es muy diferente y lo que queda en evidencia es que esos pases se encuentran sometidos a una relacin de subordinacin tan asfixiante como la que caracteriza a las naciones de Amrica Latina y el Caribe.

Tres dimensiones de la autonoma nacional-estatal

Europa sometida, al igual que Latinoamrica, a la dominacin imperialista? Algunos podrn fruncir el ceo ante semejante afirmacin. Pero si examinamos detalladamente el asunto veremos que no hay exageracin alguna. Un examen sobrio de la relacin entre el imperialismo norteamericano y los pases europeos revela que stos se encuentran sometidos a aqul con lazos tan asfixiantes como los que encontramos en Latinoamrica. En las tres dimensiones crticas de la actividad gubernamental: la gestin de la economa, la defensa y la poltica exterior la sumisin de los pases de la Unin Europea a las directivas emanadas de la Casa Blanca es inocultable. En efecto, basta con recordar que ningn presupuesto de los pases que pertenecen a la UE puede ser sometido al parlamento sin contar primero con el visto bueno del Banco Central Europeo. La firma de su presidente -Mario Draghi, italiano, ex director ejecutivo nada menos que de Goldman Sachs en Europa y del Banco Mundial- es la que establece cunto se puede gastar, cmo y de qu modos financiar el gasto pblico. A los devaluados representantes del pueblo, democrticamente electos, les resta la ingrata tarea de adecuar sus promesas electorales a las duras realidades impuestas por el capital financiero global a travs del BCE. Va de suyo que ste funciona en lnea con el FMI y desempea, en el mbito europeo, las mismas funciones que la institucin basada en Washington realiza en Latinoamrica. A lo anterior hay que agregar otro dato muy significativo: la mayora de los pases de la Unin Europea pertenecen tambin a la Zona Euro lo cual, en la prctica significa que sus gobiernos no disponen de un instrumento fundamental de gobernanza macroeconmica: la poltica monetaria, que permite a un pas establecer un tipo de cambio, administrar la tasa de inters y devaluar o sobrevaluar su moneda en funcin de las cambiantes realidades de los mercados mundiales y del comercio internacional. La dictadura del Euro responde en realidad a las necesidades de la economa alemana (y en muchsimo menor medida a las economas ms dbiles de Europa), estando aquella ntimamente articulada con el capital financiero internacional que encuentra su expresin institucional en el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y su expresin informal, pero de enorme gravitacin, en Wall Street y en menor medida en la City londinense. Por consiguiente, la autonoma nacional en una materia tan sensitiva como la poltica monetaria es igual a cero en los pases integrados a la Zona Euro, lo que refuerza su subordinacin y su dependencia de los Estados Unidos. 9 Tomando en cuenta todas estas consideraciones la soberana popular definitoria de la democracia en temas como el presupuesto -la ley de leyes, como suele decirse- queda al igual que en los pases del Sur global reducida a un mero simulacro. La infortunada experiencia de Grecia en donde la voluntad popular expresada en las urnas fue desestimada por la troika que maneja la economa de la UE -el BCE, la Comisin Europea y Alemania a travs de la Canciller ngela Merkel- es un triste recordatorio de la subordinacin de la democracia a los imperativos del capital financiero y los mercados.

Qu decir de las polticas de defensa? Si en materia econmica la dictadura del BCE es humillante no lo es menos a la hora de hablar de la defensa nacional. Esta slo existe en los papeles y en las encendidas declaraciones oficiales porque esta poltica -la que establece una hiptesis de conflicto, define quin es el enemigo y como defenderse de l o la forma de atacarlo- la decide la OTAN y no los gobiernos europeos. Sus ministerios de defensa son museos en donde se exhiben uniformes militares y armas del pasado pero sin que all se tome decisin alguna acerca de cmo defender la soberana nacional y la integridad territorial. No sorprende, porque hace ya bastante tiempo que los gobernantes europeos han arrojado por la borda cualquier pretensin de sostener la una y la otra, consideradas como molestas antiguallas en la era de la globalizacin en donde, segn se dice, los estados nacionales son reliquias reducidas a una vida apenas espectral.

Y el nervio y el corazn de la OTAN, tal como lo reafirman continuamente los expertos, no es otro que el Pentgono. 10 De ah se deduce que los enemigos de los europeos no pueden ser otros que los rivales de Estados Unidos. Esto no es una novedad de los ltimos aos sino una realidad con una historia de casi tres cuartos de siglo que se desprende de la Segunda Guerra Mundial, el orden bipolar instaurado a partir de su finalizacin y el desarrollo de la alianza atlntica anti-sovitica cristalizada en el Plan Marshall y la creacin de la OTAN. Y las guerras que se libren tendrn lugar, apropiadamente, en territorio europeo (recordar la ex Yugoslavia) o en sus cercanas (Cercano Oriente), y sern los europeos quienes tendrn que recibir a los millones de refugiados, como ha venido ocurriendo luego de los ataques a Siria, a Afganistn, a Libia, a Irak, mientras que ninguno de ellos se arriesgara a atravesar en una patera o un bote de goma el Atlntico Norte para llegar a la Ellis Island y ser recibidos por la Estatua de la Libertad. Influjo descontrolado de refugiados que, sabemos, suele alimentar las reacciones ms racistas y xenofbicas en amplios sectores de la poblacin y proyectar a primer plano a fuerzas de la derecha radical antao reducidas a expresiones marginales en la vida poltica europea. En suma: en este terreno la subordinacin de los pases europeos a las prioridades militares y de defensa de Washington no slo no es menor que la que tienen los pases latinoamericanos (con algunas conocidas excepciones) sino mucho mayor, dado que Europa y la cuenca del Mediterrneo son el escenario principal de la confrontacin geopoltica global. Los enemigos de Estados Unidos se convierten, automticamente y en contra del inters nacional y de seguridad de los europeos, en los enemigos de Europa.

Tercero, la poltica exterior. Un pas independiente debe definirla en funcin de sus intereses nacionales. El imperio es muy claro en este tema: John Quincy Adams, el sexto presidente de Estados Unidos sentenci que Estados Unidos no tiene amistades permanentes sino intereses permanentes. Y stos no pueden ser otros que consolidar y expandir hasta donde sea posible los confines del imperio, batallar en contra de sus adversarios y enemigos y unificar la tropa de sus amigos y aliados. Pero como los gobiernos europeos han abdicado de toda pretensin de afianzar su autodeterminacin y dado que desde la poca de la Guerra Fra y el Plan Marshall optaron por asumir como propios los dictados de la poltica exterior de Estados Unidos en su competencia con la Unin Sovitica y como, luego de desintegrada sta, se entregaron a la estrategia de Washington que defini a Rusia como el rival a vencer (y posteriormente a China!) las capitales europeas se plegaron a las posturas ms reaccionarias de la Casa Blanca en Amrica Latina y el Caribe. Acompaaron durante ms de medio siglo el criminal bloqueo contra Cuba. Ms recientemente, fueron cmplices de la bufonesca maniobra de Juan Guaid en Venezuela, estruendosamente fracasada. Esto demuestra como gobiernos de pases que en su poca de esplendor (que ciertamente no es la actual) dieron origen a algunas de las doctrinas y teoras que ensalzaban el estado de derecho, la legalidad internacional y el respeto a la autodeterminacin de las naciones cayeron en la ms abyecta sumisin al reconocer al autoproclamado presidente encargado de Venezuela ungido como tal por el mandams de la Casa Blanca. Pocas veces la historia vio un espectculo tan bochornoso como ese, cuyas consecuencias no sern fcilmente olvidadas. Por consiguiente, los gobiernos europeos renunciaron a elaborar una poltica exterior propia para una regin que es un imperio formidable de bienes comunes y recursos naturales de todo tipo, desde agua a biodiversidad; desde petrleo a gas y energa hidroelctrica; desde alimentos a minerales estratgicos, y asumen como propia la poltica exterior de saqueo y pillaje que los gobernantes estadounidenses tienen reservada desde los tiempos de la Doctrina Monroe (1823) para Nuestra Amrica.

Resumiendo: al abstenerse de elaborar una poltica exterior independiente de Washington no slo en relacin a Amrica Latina y el Caribe sino en general, en referencia al conjunto de pases que conforman la comunidad internacional- los gobiernos europeos actan en desmedro de sus propios intereses. Si durante el apogeo del podero sovitico y con una Europa absorbida por las tareas de su reconstruccin de posguerra aquella era una opcin inescapable, en la situacin actual signada por el debilitamiento de la hegemona estadounidense y la reconfiguracin del tablero geopoltico mundial este curso de accin conduce a los pueblos de Europa hacia un peligroso atolladero. Entre otras cosas, aparte del riesgo de un enfrentamiento blico en las puertas cuando no al interior mismo- de Europa porque la aplicacin integral de la Ley Helms-Burton perjudicar a Cuba y otro tanto a Venezuela y Nicaragua pero tambin afectar a numerosas empresas europeas slo en Cuba ms de 200- que vern menoscabados, cuando no arruinados, sus negocios en estos pases. Sordas protestas se dejan or en varias capitales europeas y mismo la alta representante de la UE para Asuntos Exteriores y Poltica de Seguridad, Federica Mogherini alert -en un comunicado conjunto tambin firmado por la comisaria de Comercio de la UE, Cecilia Malmstrm- a la Casa Blanca que su organizacin acudira a la Organizacin Mundial del Comercio (OMC) para impugnar la decisin de aplicar con todo rigor la ley Helms-Burton y en especial su ttulo III. Para Trump y sus hampones la intensificacin de los padecimientos econmicos de la poblacin cubana, recomendada en el memorndum de 1960 que citramos ms arriba, es un arma de la guerra de quinta generacin que no slo afectar a la Isla rebelde sino tambin a los pases europeos, que Washington los prefiere debilitados para que corran en busca de la proteccin que pudiera ofrecerle con sus armas convencionales. Claro que una poltica de este tipo podra, bajo ciertas condiciones, provocar un cambio en la conciencia de las dirigencias europeas y convencerlas que tienen poco o nada que ganar siendo furgn de cola de un imperio en decadencia y mucho que ganar estableciendo relaciones de respeto mutuo y cooperacin con los dos grandes rivales de Estados Unidos, que no son sus rivales sino posibles socios de un proyecto que beneficie a todos por igual. Difcil, porque significa nada menos que revertir los frreos lazos forjados con Estados Unidos en la segunda posguerra. Pero no sera la primera vez en la historia europea en donde alianzas aparentemente inconmovibles son puestas en cuestin o viejos antagonismos dan nacimiento a nuevos acuerdos y coaliciones.

El antiimperialismo y las tareas del momento actual

De lo anterior se desprenden tres tareas urgentes. Primero, lograr un pronunciamiento a escala europea de los movimientos sociales, fuerzas polticos y de ser posible de los gobiernos y organismos regionales europeos en contra de la pretensin de Washington de profundizar la agresin econmica en contra de Cuba, Venezuela y Nicaragua. En este sentido la reciente creacin del Frente Antiimperialista Internacionalista en el Estado Espaol es un alentador paso hacia adelante. Deber tambin denunciarse el descarado intervencionismo de Estados Unidos en los asuntos internos de terceros pases, ninguno de los cuales es una provincia de Estados Unidos, como lo manifestara en un duro comunicado la cancillera rusa. Y subrayar, adems, que la aplicacin del Ttulo III de la Ley Helms-Burton no slo afectara a los pases latinoamericanos sino que hara lo propio con los europeos.

Segundo, concientizar a las poblaciones europeas de que ellas tambin estn sometidas a los rigores de la dominacin imperialista, que sta no slo se ejerce sobre los pases de la periferia, y que, por esa causa, si en su locura Washington decidiera escalar su confrontacin con Rusia y China y lanzar un ataque militar contra esas potencias las rplicas que stas dispongan afectaran gravemente a los pases europeos, sedes de innumerables bases militares estadounidenses que se convertiran en blancos inmediatos de la represalia afectando no slo las instalaciones del Pentgono sino tambin a las poblaciones aledaas. No existe conciencia de este peligro en Europa, y es urgente e impostergable que este tema sea objeto de un muy informado debate.

Ser preciso, adems, acometer una tercera tarea porque no basta con la concientizacin: habr que movilizar y organizar a las masas populares europeas para poner fin de su sumisin al dominio imperialista. El antiimperialismo es una lucha tan decisiva en Latinoamrica como lo es en Europa y la coordinacin internacional de estas luchas es un imperativo categrico de la hora actual. Esto requiere exigir la disolucin de OTAN creada para contener a un enemigo, la Unin Sovitica, que desapareci hace casi treinta aos- y, tras cartn, clausurar las bases militares que Estados Unidos tiene en Europa que solo servirn para atraer la represalia de los pases agredidos por el imperio. No es un dato menor para demostrar el sometimiento el imperialismo de los gobiernos europeos recordar el elevado nmero de bases militares estadounidenses asentadas en Europa, superior en cantidad y calidad a las estacionadas en Latinoamrica y el Caribe. En todos los casos poniendo en gravsimo riesgo a las poblaciones civiles que rodean a las bases, algo que, va de suyo, no despierta la menor preocupacin a los estrategas del Pentgono curtidos en centenares de operaciones en donde los daos colaterales son cosas de todos los das.

A modo de conclusin: es imprescindible librar una batalla para que los pueblos de Europa tomen conciencia de que estn tan sometidos a la dominacin imperialista como sus contrapartes allende el Atlntico. Si por los latinoamericanos el imperio manifiesta sin tapujos su desprecio, en su relacionamiento con Europa prevalece un simulado respeto en lo formal que no alcanza para ocultar el vasallaje real que imponen sobre todos sus gobiernos sin excepcin. Ser necesario crear las condiciones para que los pueblos de Europa puedan romper el pesado velo de la ignorancia, producto de su errnea creencia en la amistad y la admiracin que supuestamente les prodiga la clase dominante de Estados Unidos. Falsa conciencia cultivada con esmero por la ideologa dominante y sus vehculos de divulgacin y que impide que caigan en la cuenta que los principales problemas que hoy afectan a Europa: el crecimiento de la derecha radical; la xenofobia; la ruptura de la integracin social; la hegemona del capital financiero y sus efectos recesivos: el paro, la precarizacin laboral y la concentracin de la riqueza; el incontenible flujo de refugiados por las guerras en Cercano Oriente o emigrados por la crisis econmica en frica as como el vaciamiento de los procesos democrticos tienen su origen en el imperialismo y las polticas que impone gracias al colaboracionismo de las decadentes burguesas europeas y sus representantes polticos. Concientizarlos tambin que los pueblos de Europa estn en peligro porque si llegara a producirse una escalada en la rivalidad entre Washington con Mosc y Beijing Europa se convertira ipso facto en el principal teatro de operaciones blicas y los europeos en rehenes de ambas partes en conflicto, con las catastrficas consecuencias que es fcil de imaginar. A lo anterior hay que aadir la reaparicin del terrorismo yihadista como respuesta a la abominable islamofobia del imperio y sus criminales polticas en Cercano Oriente. Batalla de ideas, por supuesto, pero combate organizacional tambin, porque la correlacin de fuerzas existente no se podr cambiar apelando tan slo a discursos y argumentos tericos. Si los pueblos no se organizan y ganan la calle el imperio seguir perpetrando sus tropelas. Como lo est haciendo ahora en Venezuela, Cuba y Nicaragua y ms pronto que tarde tambin, de nueva cuenta, volver a hacerlo en Europa. Slo una eficaz resistencia popular antiimperialista, articulada internacionalmente, podr erigir lmites infranqueables a su criminal accionar.

Notas

1 Quiero agradecer los comentarios y sugerencias formulados a una versin preliminar de este trabajo por ngeles Diez Rodrguez y Txema Snchez. Quedan eximidos de toda responsabilidad por los yerros o deficiencias que puedan subsistir en el presente escrito, producto exclusivo del empecinamiento de su autor.

2 Harold Laski, Reflexiones sobre la revolucin de nuestro tiempo (Buenos Aires: Editorial Abril, 1945), pp. 117 y ss.

3 En https://elpais.com/elpais/2018/09/20/eps/1537435497_152676.html

4. Ediciones en varios pases. Original en Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, 2012.

5 https://www.bbc.com/mundo/ultimas_noticias/2015/03/150309_ultnot_eeuu_venezuela_sanciones

6 Cf. sus Vidas de los Doce Csares, ediciones varias.

7. Ver: https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1958-60v06/d499)

8. Sobre este tema: https://plazafinanciera.com/mercados/empresa/mayor-sancion-banco-historia-eeuu-bnp-paribas/ y tambin https://elpais.com/economia/2014/06/30/actualidad/1404118266_164607.html

9 Pertenecen a la zona Euro: Alemania, Austria, Blgica, Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Espaa, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Pases Bajos y Portugal. Por fuera de dicha zona se encuentran Bulgaria, Croacia, Dinamarca, Hungra, Polonia, Reino Unido, Repblica Checa, Rumania y Suecia.

10 Sobre esto ver Mahdi Darius Nazemroaya, OTAN. La globalizacin del terror (Prefacio de Miguel dEscoto y Prlogo de Atilio A. Boron) Managua: PAVSA, 2015.

Atilio A. Boron Programa Latinoamericano de Educacin a Distancia, Centro Cultural de la Cooperacin Floreal Gorini. Director del Ciclo de Complementacin Curricular de la Licenciatura en Historia del Departamento de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Avellaneda. Investigador del IEALC, Instituto de Estudios de Amrica Latina y el Caribe, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.

Texto publicado originalmente en Alainet.org

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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