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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-05-2019

Sobrevivimos a la muerte?

Bertrand Russell
El Viejo Topo


Nota de edicin: Tal da como hoy de 1872 naca Bertrand Russell. Filsofo y matemtico britnico, activista comprometido con la lucha por la paz, fiel a sus creencias y practicante de lo que predicaba. Sufri crcel por la publicacin de artculos pacifistas.

Antes de que podamos discutir provechosamente si continuamos existiendo despus de la muerte, conviene aclarar en qu sentido un hombre es la misma persona que fue ayer. Los filsofos solan pensar que haba sustancias definidas, el alma y el cuerpo, cada una de las cuales duraba de da a da; que un alma, una vez creada, continuaba existiendo por siempre, mientras que el cuerpo cesaba temporalmente desde la muerte hasta la resurreccin del mismo.

La parte de esta doctrina que concierne a la vida presente es casi seguramente falsa. La materia del cuerpo cambia continuamente mediante los procesos de la nutricin y el desgaste.

Aun cuando esto no fuera as, en la fsica los tomos ya no se consideran dotados de una existencia continua; no tiene sentido el decir: este es el mismo tomo que exista hace unos pocos minutos. La continuidad de un cuerpo es un asunto de apariencia y de conducta, no de sustancia.

Lo mismo se aplica a la mente. Pensamos, sentimos y actuamos, pero no hay, adems de los pensamientos, sentimientos y acciones, una entidad simple, la mente o l alma, que haga o sufra estas cosas. La continuidad mental de una persona es una continuidad de hbito y de memoria: ayer haba una persona cuyos sentimientos recuerdo, y a esa persona la considero como mi yo de ayer; pero, en realidad, mi yo de ayer era slo ciertos sucesos mentales, recordados ahora y considerados como parte de la persona que los recuerda. Todo lo que constituye- una persona es una serie de experiencias unidas por la memoria y por ciertas similitudes que llamamos hbito. Si, por lo tanto, hemos de creer que una persona sobrevive a la muerte, tenemos que creer que todos los recuerdos y costumbres que constituyen la persona continuarn exhibindose en una nueva serie de acontecimientos.

Nadie puede probar que esto no va a suceder. Pero es fcil ver que es muy improbable. Nuestros recuerdos y nuestros hbitos estn unidos a la estructura del cerebro, del mismo modo que un ro est unido a la estructura del cauce. El agua del ro cambia siempre, pero sigue el mismo curso porque las lluvias anteriores han abierto un canal. Igualmente los acontecimientos anteriores han abierto un canal en el cerebro y nuestros pensamientos corren a lo largo de dicho canal. Esta es la causa de los recuerdos y de los hbitos mentales.

Pero el cerebro, como estructura, se disuelve con la muerte, y por lo tanto es de esperar que la memoria se disuelva tambin. No hay ms razn para pensar lo contrario que el esperar que un ro siga su mismo curso despus de que un terreno haya levantado una montaa donde sola haber un valle.

Toda memoria y, por lo tanto (se podra decir), todas las mentes, dependen de una propiedad que es muy notable en ciertas clases de estructuras materiales, pero que existe poco, si es que existe, en otras clases. Es la propiedad de formar hbitos como resultado de sucesos similares frecuentes. Por ejemplo: una luz brillante hace que se contraigan las pupilas de los ojos; y si repetidamente se pasa una luz ante los ojos de un hombre y al mismo tiempo se hace sonar un gong, finalmente. Slo el sonido del gong har que se contraigan sus pupilas. Esto ocurre con el cerebro y el sistema nervioso, es decir, con una cierta estructura material. Se ver que hechos exactamente iguales explican nuestra respuesta al lenguaje y nuestro uso de l, los recuerdos y las emociones que stos despiertan, nuestra conducta moral o inmoral y, en realidad, todo lo que constituye nuestra personalidad mental, excepto la parte determinada por la herencia. La parte determinada por la herencia pasa a la posteridad, pero no puede, en el individuo, sobrevivir a la desintegracin del cuerpo. As, tanto las partes heredadas como las adquiridas de una personalidad estn de acuerdo con nuestra experiencia, unidas con las caractersticas de ciertas estructuras corporales.

Todos sabemos que la memoria puede quedar destruida por una lesin del cerebro, que una persona virtuosa puede hacerse viciosa mediante la encefalitis letrgica, y que un nio inteligente se puede volver idiota por la carencia de yodo. En vista de tales hechos familiares, parece poco probable que la mente sobreviva con la destruccin total de la estructura del cerebro que ocurre con la muerte.

No son los argumentos racionales sino las emociones lo que hace creer en la vida futura.

La ms importante de estas emociones es el miedo a la muerte, til instintiva y biolgicamente. Si de veras creysemos en la vida futura, cesaramos completamente de temer a la muerte. Los efectos seran curiosos, y probablemente deplorables para la mayora de nosotros. Pero nuestros antepasados humanos y subhumanos lucharon con sus enemigos y los exterminaron a travs de muchas edades geolgicas, enriquecindose con el valor; por lo tanto, es una ventaja de los vencedores en la lucha por la vida el poder, en ciertas ocasiones, vencer el natural miedo de la muerte. Entre los salvajes y los animales de pugnacidad instintiva basta para este fin; pero, en una cierta fase de desarrollo, como probaron primeramente los mahometanos, la creencia en el Paraso tiene considerable valor militar como refuerzo de la belicosidad natural. Por lo tanto, debemos admitir que los militaristas tienen razn al fomentar la creencia en la inmortalidad, suponiendo siempre que esta creencia no se haga tan profunda que cause indiferencia por los asuntos mundanales.

Otra emocin que fomenta la creencia en la supervivencia es la admiracin de la excelencia del hombre. Como dice el obispo de Birmingham: Su mente es un instrumento superior a todo cuanto haba aparecido antes que l; conoce el bien y el mal. Puede construir la Abada de Westminster, puede construir un aeroplano, puede calcular la distancia del sol Entonces, puede el hombre perecer enteramente en la muerte? Ese instrumento incomparable, su mente, se desvanece al cesar la vida? El Obispo pasa a argir que el universo ha sido hecho y est gobernado por un propsito inteligente y que sera una falta de inteligencia el haber hecho al hombre para que pereciera.

Hay muchas respuestas a este argumento. En primer lugar, se ha hallado, en la investigacin cientfica de la Naturaleza, que la intrusin de valores estticos o morales, ha sido siempre un obstculo para el descubrimiento. Sola pensarse que los cuerpos celestes tenan que moverse en crculos, porque el circulo es la curva ms perfecta; que las especies tenan que ser inmutables, porque Dios slo creaba lo perfecto y, por lo tanto, no haba necesidad de mejora; que no deban combatirse las epidemias como no fuera mediante el arrepentimiento, porque eran un castigo del pecado, etc. La naturaleza es indiferente a nuestros valores, y slo puede ser entendida ignorando nuestros conceptos del bien y del mal. El universo puede tener un fin, pero nada de lo que nosotros sabemos sugiere que, de ser as, ese propsito tiene alguna semejanza con los nuestros.

En esto no hay nada sorprendente. El doctor Barnes nos dice que el Hombre conoce el bien y el mal. Pero en realidad, como demuestra la antropologa, los conceptos que e] hombre ha tenido del bien y del mal han variado de tal manera que ninguno de ellos ha sido permanente. Por lo tanto, no podemos decir que el hombre conoce el bien y el mal, sino slo que algunos hombres lo conocen.

Qu hombres? Nietzsche arga en favor de una tica profundamente distinta de la cristiana, y algunos gobiernos poderosos han aceptado sus enseanzas. Si el conocimiento del bien y del mal es un argumento en favor de la inmortalidad, tenemos que decidir primero si creer en Cristo o en Nietzsche, y luego declarar que los cristianos son inmortales, pero que Hitler y Mussolini no lo son y viceversa. La decisin se har obviamente en el campo de batalla, no en el estudio. Los que tengan el mejor gas venenoso tendrn la tica del futuro y por lo tanto sern los inmortales.

Nuestros sentimientos y creencias acerca del bien y del mal son, como todo lo dems que hay en torno a nosotros, hechos naturales desarrollados en la lucha por la existencia y que no tienen ningn origen divino o sobrenatural. En una de las fbulas de Esopo, un len ve cuadros de hombres cazando leones y advierte que, si l los hubiera pintado, los leones estaran cazando hombres. El hombre, dice el doctor Barnes, es un ser superior porque puede construir aeroplanos. Hace un tiempo haba una cancin popular acerca del talento de las moscas que andaban boca abajo por el techo, con el estribillo: Podra hacerlo Lloyd George? Podra hacerlo Mr. Baldwin? Podra hacerlo Ramsay Macdonald? NO! Con esta base se podra construir un argumento por una mosca de mente teolgica, argumento que, sin duda, hallaran muy convincente la mayora de las moscas.

Adems, slo cuando pensamos abstractamente tenemos una opinin tan alta del hombre. De los hombres, en concreto, la mayora de nosotros piensa muy mal. Los estados civilizados gastan ms de la mitad de sus- ingresos en matar a los ciudadanos de los otros estados.

Consideremos la larga historia de las actividades inspiradas por el fervor moral: los sacrificios humanos, las persecuciones de herejes, las caza de brujas, los pogroms, hasta que se llega al exterminio en gran escala por medio de gases venenosos, que al menos uno de los colegas episcopales del doctor Barnes parece patrocinar, ya que sostiene que el pacifismo es anticristiano. Son estas abominaciones, y las doctrinas ticas que las inspiran, realmente prueba de un Creador inteligente? Y podemos realmente desear que los hombres que las practicaron vivan eternamente? El mundo en que vivimos puede ser entendido como resultado de la confusin y el accidente; pero, si es el resultado de un propsito deliberado, el propsito tiene que haber sido el de un demonio. Por mi parte, encuentro el accidente una hiptesis menos penosa y ms verosmil.

 Este artculo fue publicado por primera vez en 1936, en un libro titulado Los misterios de la vida y de la muerte. El artculo del obispo Barnes, a que se refiere Russell, apareci en la misma obra.  

 

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/sobrevivimos-a-la-muerte/



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