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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-05-2019

El fascismo, la masa, los jefes

Camillo Berneri
TopoExpress

Nota de edicin: Tal da como hoy [20 de mayo] de 1897 naca en Lombarda el destacado intelectual y militante anarquista Camillo Berneri. Humanista, luchador antifascista en Italia, en julio de 1936 deja su exilio francs para combatir el levantamiento fascista en Espaa.


Tendra un inters de carcter estrictamente histrico remontarse al perodo anterior al desarrollo sindical del fenmeno fascista, si esta mirada retrospectiva no fuese til tambin para combatir un estado de nimo muy difundido hoy: la desconfianza en las masas. Esta desconfianza es uno de los obstculos ms graves para reemprender la lucha de los partidos de izquierdas, y para una exacta valoracin de las posibilidades de un movimiento clasista inmune a los defectos del pasado perodo demaggico.

Que grandes masas proletarias hayan pasado de las banderas rojas a los gallardetes negros es un hecho que demuestra, indiscutiblemente, la falta de preparacin poltica de la clase obrera, inconstante, por defecto tpico de la raza latina y por insuficiente madurez de la consciencia. Pero no es un hecho que pueda justificar el pesimismo de muchos de los vencidos, ni el larvado desprecio de los vencedores. Ni puede justificar la ligereza y, en algunos casos, la vil falta de honradez de los lderes.

Al inicio de 1919 las plazas de Italia desbordaban de descontentos, los veteranos del barro de las trincheras empezaron a gritar hurras a la revolucin y a Lenin, su profeta.

La prensa roja multiplicaba la tirada y se alargaban las listas de las suscripciones. Los sindicatos se volvan cada vez ms pletricos, y era espectacular la afluencia de nuevos miembros a las secciones y grupos de los partidos de vanguardia. Las elecciones de noviembre de 1919, con un programa extremista, llevaron al Parlamento a una inflamada patrulla sentada a la extrema izquierda. Pero los discursos, las manifestaciones, las marchas, se sucedan sin que se perfilase ni la figura de un gran lder, ni una unin de partido de gobierno bien organizado.

La subida del precio de los alimentos en la primavera de 1919, incita a una mezcla explosiva de descontento, sobre todo por los peridicos bienpensantes, pero se extingue en charcos de vino y aceite, y la ahogan en un banquete. An no se haba instituido la Guardia Regia, el ejrcito estaba impaciente por licenciarse, y el gobierno dio rienda suelta a la pequea revolucin pantagrulica.

Tal vez el gobierno vio con buenos ojos estos disturbios espordicos y mal dirigidos, como un modo de disminuir la presin de la insurreccin, distrayendo a la opinin pblica de las verdaderas causas y del autntico responsable del alto coste de los alimentos, y que serva de advertencia a las clases ricas que impedan cualquier intento del gobierno tendente a restablecer un estado de cosas que se acercaba a la pre-guerra. Qu hicieron los lderes? Dejaron que la ira miope y la msera codicia del pueblo golpearan a los tenderos, que vivan de los beneficios de una pequea tienda modesta, porque los grandes almacenes disfrutaban del privilegio de ser defendidos por la fuerza pblica.

Los lderes no supieron afrontar, y tampoco lo intentaron, el impulso saqueador que mostraba un campo ms vasto de accin. Se limitaron a cubrir, con los velos policromos de la retrica demaggica, el salami y las botellas del festn popular, limitndose a hacer ir a los almacenes a la Cmara del Trabajo y convirtiendo a los porteros de las tiendas en los jefes ms astutos. Las consecuencias fueron: que una parte de las masas de los trabajadores crey que la revolucin no fue ms que un saqueo muy grande; que los tenderos grandes pensaran en un castigo, y que los pequeos, encontrando injusto que la gente robara en sus tiendas mientras que se dejaban tranquilas a las gruesas carteras y a la mafia encumbrada, estuvieron mal dispuestos hacia ese bolchevismo que, en su emprica conciencia pequea burguesa, equivala a un nuevo saqueo.

El cansancio popular estaba prximo. El contraataque burgus se estaba preparando. Los lderes socialistas no vieron nada. Al igual que en el movimiento del alto costo de los alimentos no hicieron nada para no perjudicar a la huelga general del 20-21 de julio, as, a finales de junio de 1920, con el estallido de la insurreccin militar y obrera de Ancona, rechazaron la idea de un movimiento republicano, porque habra dado lugar a una moderada repblica socialdemcrata, y no a la dictadura comunista soada bajo los esquemas y programas moscovitas.

Cuando lleg la ocupacin de las fbricas, en agosto y septiembre de 1920, la crisis revolucionaria pareca evidente, en la ambigedad de los lderes y en la falta de preparacin de las masas. En esos das tuve la ocasin de presenciar la ocupacin de las fbricas en los centros industriales de la Toscana y Emilia.

Me di cuenta de que el espritu de los trabajadores era muy diferente en las distintas ciudades. En algunas, el entusiasmo del primer momento, era seguido de una sensacin de agotamiento.

En otras persista el entusiasmo, pero los medios de defensa y los elementos tcnicos no se correspondan con la buena voluntad. En todos los trabajadores con los que tuve contacto se produca la confusin de querer hacer la revolucin y de esperar el final de las negociaciones entre DAragona, Buozzi y los industriales, con el gobierno como intermediario.

Desvanecido el entusiasmo colectivo de los primeros das de la ocupacin, la masa se dividi. Estaban los que pensaban: Mejor! La revolucin comienza. Debemos atrevernos, sacrificarnos; pero estos eran pocos. Estaban los que gritaban: Ahora nosotros somos los jefes. Controlamos nosotros, pero no saban lo que haba que hacer y no se preguntaban hasta dnde poda llegar su voluntad, y eran muchsimos. Y estaban los que pensaban: Dios nos ayude!, y eran muchos.

Cuando en octubre de 1920, Malatesta, Borghi, otros representantes anarquistas y los organizadores sindicalistas, fueron detenidos, hubo alguna ocasional demostracin de huelga como respuesta a la accin del gobierno. La reaccin empezaba a encontrar el camino libre.

Cmo fue posible que el fascismo camorrista no levantara las protestas de las clases medias? Porque estas clases estaban irritadas por la hostilidad de las masas obreras hacia todo cuanto apestara a burgueses y militares.

Las burlas hacia las damas, las amenazas a los estudiantes, la caza a los oficiales toda esta ciega hostilidad del mono de trabajo hacia el sombrero de plumas, hacia el cuello almidonado, hacia los uniformes de oficiales, cre un gran descontento, que se hizo ms y ms vasto con el exasperante goteo de huelgas en los servicios pblicos, huelgas indispensables en muchos casos, pero, en otros muchos, desproporcionas, con el fin de ser incluso ms dainas que las primeras, porque la razn no era evidente. Es interesante, en este sentido, la opinin expresada por un anarquista autorizado, Luigi Fabbri, en su libro La Contro-rivoluzione preventiva . (Cappelli, Bolonia, 1922). Si los trabajadores del servicio pblico tienen derecho a huelga:

desde el punto de vista del inters de clase y del inters revolucionario por el que deben tratar de recoger por su propio esfuerzo el mayor nmero de apoyos y disminuir el nmero de hostilidades los trabajadores mismos deberan poner un lmite a la utilizacin de esta arma de doble filo, muy eficaz en ciertos momentos y circunstancias, pero que, por su naturaleza, tiende a aumentar en torno a s la oposicin del pblico y a limitar las adhesiones al movimiento, no solamente entre las clases dirigentes, sino entre todos.

Y eran los lderes, socialistas y sindicalistas, los que llamaban a estas huelgas generales que surgan con demasiada frecuencia, para defender pequeos intereses de clase y los hechos ms insignificantes.

Las manifestaciones, cada vez ms numerosas, y siempre ineficaces, exasperaban, obligando a los servicios, en el largo turno, a un trabajo excesivo, y al violento contacto permanente con la multitud hostil, y con la fuerza pblica, que estaba tambin irritada por la sistemtica, y, a veces exagerada, campaa, a base de artculos agresivos y caricaturas insultantes de los peridicos de izquierda. Los lderes, muy agradables en las antesalas de las comisaras y en los juzgados, no dejaron de agitar a las multitudes contra los guardias reales, contra todo desgraciado trasladado de la posguerra, incapaces de darse cuenta de su propia funcin, y alejados del espritu y la vida de la Italia septentrional y central.

Este error tctico explica muchos de los enfrentamientos entre los manifestantes y la fuerza pblica (140 de ellos con resultados letales y 320 muertos en los partidos obreros), que de abril de 1919 a septiembre de 1920, aviv en las masas una momentnea indignacin, intensificando el descontento de las clases medias y dejando a las masas en un estado de deprimente fatiga.

El fascismo comenz a penetrar en las masas. En primer lugar, corrieron a inscribirse en los sindicatos fascistas aquellos trabajadores que siempre haban estado listos para ir donde vieran el cuenco ms lleno. Entonces, los que estaban aislados en lugares sin gran desarrollo de la vida obrera tuvieron que elegir entre la nada y la entrada en los sindicatos fascistas.

Luego llegaron las adhesiones en masa en las zonas en las que los medios de coercin, desde las palizas a incendiar las casas, eran tales, que no permitieron resistencia alguna.

El terror explica, pero slo hasta cierto punto, las deserciones.

La verdadera causa es la mala educacin dada por los lderes a las masas, especialmente en las zonas rurales. En ciertos lugares ser de la Liga o ser socialista eran sinnimos. El socialismo se reduca a cuestiones de aumento de salarios, a la eleccin del diputado ms dispuesto a actuar para proteger los intereses de la organizacin, para asegurar el egosta mecenazgo gubernamental a las cooperativas, a la conquista del ayuntamiento con el fin de gravar ms a los seores. La tctica sindical, cooperativista y poltica de los socialistas se inspiraba en la frmula: los mximos resultados con el mnimo esfuerzo. Por tanto, ningn sentido heroico de la lucha de clases, sino la mezquina alianza de intereses sin la luz del idealismo.

Carecan, y no poda ser de otro modo, de la confianza de las masas en sus propios lderes, abogados ansiosos de un rinconcito en el parlamento o promotores de negocios que se aferran a sus privilegios.

Los lderes, para dominarla, sirven a la masa. Para congraciarse, la halagan. La abandonaron incapaces de ir contra corriente, y temerosos de comprometer su popularidad caen en los errores ms groseros. Uno de estos errores, y uno de los ms graves, fue el de obligar a los trabajadores adversos a la organizacin a que entraran en las asociaciones. Estos miembros forzosos, fueron los primeros en marcharse y pasarse a la otra orilla, y fueron luego los ms fascistas. Los hechos han dado la razn a los anarquistas, que en su Congreso de julio de 1920 en Bolonia, afirmaron que todo el mundo tiene derecho al trabajo, y que la organizacin debe ser portadora de la creciente consciencia de los trabajadores, y no imponerla por la fuerza, en protesta contra el sistema de organizacin obligatoria, que es violacin de la libertad que daa el contenido idealista y cualquier espritu de lucha, y constituye un germen de disolucin en el seno de la misma.

Pero sera demasiado largo el examen de los errores pasados. Llegamos, pues, a la posicin en la que las masas de trabajadores, fascistoides o no, se encuentran frente a los lderes, a los que dominan.

En la ofensiva fascista del otoo de 1920, no fueron los crculos polticos los primeros en ser sometidos, sino las Cmara del Trabajo y las cooperativas. En el ataque anti-bolchevique se procedi con igual violencia tanto en los centros de subversin

como en aquellos lugares donde el espritu revolucionario de posguerra no haba tenido un desarrollo significativo, o donde no se haba producido ningn incidente grave de guerra de clases.

En Reggiano y Modenese fueron agredidas las organizaciones reformistas, en Bergamasco las catlicas, en Padovano incluso las cooperativas apolticas y las dirigidas por los conservadores.

En el apogeo de la etapa camorrista de la avanzada fascista, Benito Mussolini tuvo que decir: El fascismo es sinnimo de terror para los trabajadores una chusma de negociantes y politicastros ha identificado el fascismo con la defensa de sus turbios intereses. Todo esto suceda porque los lderes fascistas, si bien hacan alarde de un aristocrtico desprecio al nmero, tuvieron que rebajarse al reclutamiento de numerosos seguidores, muchos de los cuales tenan los impulsos y los intereses de los matones. Al perodo de asociacionismo poltico-militar, le sucedi el del asociacionismo sindical.

El programa del sindicalismo fascista era:

1) el reconocimiento de la funcin econmica y social, del empresario y el capitalista;

2) el conocimiento y la creacin de una jerarqua tcnica;

3) la formacin de un fuerte conciencia nacional.

Programa muy vago, carente de originalidad en la improvisacin eclctica, de solidez en la forzada conciliacin de fuerzas contrarias, y de realidad en lo abstracto.

Agostino Lanzillo, en su libro Le rivoluzioni del dopoguerra dio un consejo, que era tambin una profeca: Despus del primer perodo de polmica, los sindicatos fascistas tendrn que actuar en el terreno de la lucha de clases, como es ley ineludible de la vida de cualquier sindicato obrero. Y por eso, la concepcin antisindical del actual programa fascista deber cambiar a una concepcin que respete al movimiento obrero, no como un hecho transitorio e insignificante, sino como una realidad indestructible de la vida nacional. Que esta realidad sea aceptada como lo que es, y que no sea negada con el pretexto histrico de querer absorberla en una concepcin abstracta y terica de Nacin.

Se dirige el fascismo a este reconocimiento? La llegada de Mussolini al gobierno ha aumentado el flujo de los que se organizan en corporaciones fascistas. La masa sindical fascista se ha hecho an ms heterognea y contiene las tendencias ms imprevisibles posibles. La ocupacin de las fincas por parte de las ligas fascistas, es uno de los muchos sntomas de esa superioridad del fascismo-sindicato en el fascismo-partido, que en ciertos lugares ya existe y que se generalizar. Tendremos una lucha de clases con sello fascista?

Si esto es as, se tratar de un fenmeno que marcar la desintegracin del partido fascista. Si va a haber un conflicto general entre los trabajadores de los sindicatos fascistas y los empresarios, el gobierno, que controla a los segundos sin poder descuidar a los primeros y prueba de ello es la actitud de cascarrabias bonachn que tiene Mussolini cuando habla al pblico obrero, se encontrar de frente con una crisis muy grave. Tal vez pueda superarla, pero no podr no tomar una decisin radical, que no puede ser ms que una: un fuerte golpe a la izquierda.

Sin embargo, el partido fascista no tiene la posibilidad de tener xito tambin en una estrategia acrobtica de esta magnitud, ya que es demasiado pesada y diversa. Pero se ver obligado, a regaadientes, a intentar el gran salto. La tesis de una nica organizacin para empresarios y para obreros no puede materializarse. Por un lado estn los descontentos, y por otro, los satisfechos de haber escapado al peligro revolucionario, pero no siempre dispuestos a pagar demasiado caro el rescate.

El gobierno fascista, queriendo sanear las finanzas del estado, no puede continuar llenando las lagunas financieras del gobierno exprimiendo a los contribuyentes y atacando muchos intereses generales. Si quiere dar la mano a una verdadera reconstruccin, se ver obligado a simplificar los servicios pblicos, despertando la hostilidad de la masa asalariada.

A causa de esta compleja posicin dominante de las masas a las que sirve, el gobierno fascista se ver obligado a mantener en la rbita de su poltica a los sindicatos fascistas, base poco segura tambin, pero posible herramienta de una accin contra aquellas clases que impiden cualquier actuacin reconstructiva que no sea una artimaa de corta duracin.

Las masas siguen siendo una fuerza, y las oligarquas debern tenerla en cuenta, ya que es inevitable que la dialctica de los procesos histricos colectivos venza a la lgica apriorstica y finalista de los lderes.


Texto publicado en Studi politici, Roma, junio-julio de 1923

 

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/el-fascismo-la-masa-los-jefes/



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