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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-05-2019

Polvos y lodos

Jaime Richart
Rebelin


Es bochornosa, por ser propia de pases poco evolucionados o de gentes poco despejadas, la exaltacin histrica del nacionalismo de cartn piedra habitual, denigrando al mismo tiempo al eventual nacionalismo surgido ordinariamente de una inveterada aspiracin colectiva, de una manifiesta incompatibilidad de caracteres entre el espritu del Estado dominante y el de otro territorio absorbido, y en contestacin a los excesos del nacionalismo imperante que intenta sofocarle. Propio de ignorantes que creen que el amor, como la confianza, puede exigirse, y no que simplemente se dispensa; que ni el amor a otra persona ni el amor a la patria pueden ser un precepto; que es un sentimiento natural, un impulso que, en ltimo trmino, si es sano, tiene mucho ms que ver con en entendimiento mutuo y con la reciprocidad que con el sacrificio, salvo si pensamos en el amor de madre. Y mxime cuando la clase de nacionalismo de los alborotadores atufa a un patriotismo, el ultimo refugio de los canallas al decir de Samuel Jhonson, sin enemigo declarado enfrente, que viene precedido de una corrupcin durante aos practicada metdicamente por esos bullangueros que se envuelven en una ensea o por sus predecesores polticos...

Esto viene de lejos. Pues ms all del rgimen poltico al que Espaa estuvo sometida durante casi medio siglo, las diferencias profundas entre la poblacin espaola en general, y la de las dems naciones de la Europa Vieja estuvieron marcadas precisamente por la dictadura cuyo fundamental objetivo fue compactar al precio que fuese a una nacin a base de entregrsela a la Iglesia Vaticana y hacerla dependiente de ella...

Entonces, de una u otra suerte, el rgimen consideraba como quintaesencia del verdadero espaol cualquier actitud que de algn modo recordase al espritu cuartelero o el mojigato. Me refiero a esos gestos, ademanes, proclamas o ideas que an hoy tanto alaban algunos polticos de signo bien conocido, mucho ms cerca de la fanfarronada, de lo bullanguero, de la provocacin, de la indiscrecin, del hablar muy alto e incluso de la grosera, que de la caballerosidad y de la elegancia en los modales. Diferencias respecto a los pases de la Vieja Europa que incluso, para la dictadura, eran un marchamo, una reafirmacin de los rasgos espaoles por antonomasia, frente a la idea, educacin y mentalidad, que el rgimen militar espaol supona blandengue de los europeos.

Pero ahora que se supone compartimos con ellos, con los dems europeos, el modelo poltico, las diferencias persisten no ya tanto en las formas como en el fondo, y adems, a menudo grotescamente. Diferencias que, por ejemplo, se concretan en la facilidad con la que los gobiernos espaoles que representan a la espaolidad de libro, incumplen la mayor parte de las directivas europeas. Incumplimientos que nos siguen poniendo en evidencia como pas atrasado respecto a Europa. Porque intentando la Unin Europea homogeneizar en materias de calado a los pases miembros, Espaa, ms all de recibir los fondos de cohesin primero y luego los fondos estructurales de la Unin, nunca acaba de mostrar especial inters en su verdadera integracin en la filosofa comunitaria resistindose a cumplir aquellas directrices con un incumplimiento tras otro.

Pero tambin en otros asuntos de carcter sociolgico y moral Espaa no est a la altura de las circunstancias. Por ejemplo, el espaol medio no huye tanto de ser engaado como de ser perjudicado por el engao. Por eso tampoco detesta en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas del embuste. Desea las consecuencias agradables de la verdad, pero es indiferente al conocimiento puro de las verdades. Ocurre algo similar con la apropiacin de lo ajeno. Aborrece el despojo de lo que le pertenece a l o de lo que pertenece a otro, pero es indulgente con quien se apropia de lo que pertenece a la colectividad. Esta lacra tambin procede de entonces. En la segunda fase de la dictadura haba un cierto equilibrio entre lo pblico y lo privado, y aunque el colectivismo y sus formas estaban prcticamente proscritos existan algunas cooperativas, pero ni ellas ni los cooperativistas estaban bien vistos por el rgimen, que prefera lo que llamaba cogestin en el empresario y el obrero. Esto por un lado. Pero, por otro, tampoco importaba menospreciar los bienes pblicos salvo los sagrados, y era comn la idea de que el bien colectivo perteneca al primero que se lo apropiaba.

Con la irrupcin de la democracia, el valor de lo pblico se devala an ms: justo por la irrupcin, a su vez, del capitalismo neoliberal que exalta el valor de lo privado por encima de lo pblico y a costa de lo pblico: la nica salida, sin duda, que debieron ver la Thatcher y los ensayistas mediticos estadounidenses, hermanos Kaplan, para un capitalismo moribundo tras haberse probado sobradamente que los principales enemigos del capitalismo no son los colectivistas que no tienen ms remedio que soportarlo para no ir a la guerra, sino los propios capitalistas.

Por eso, en un pas tan proclive a la picaresca, donde los polticos mienten y se acusan todos entre s de mentir, donde prometen lo imposible con descaro, donde se predica nuevamente el nacionalismo hipercentralista como un ucase del zar pese a la apertura de la Constitucin espaola al reconocimiento de las nacionalidades, no extraa que Espaa no acabe nunca de sacudirse de encima la permanente crisis poltica. Crisis que quiz aquellos no desean superar porque la bronca les sirve para tapar sus miserias, pero que en realidad slo podr superarse, primero si el tiempo climatolgico lo permite y no la empeora, y segundo, si se le coge de una vez el gusto al equilibrio entre lo pblico y lo privado, al pacto, a la coalicin y al dilogo que de una vez reemplace al monlogo permanente de uno y otro lado...


Jaime Richart, Antroplogo y jurista.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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