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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-06-2019

Mientras unos endulzan su tendencia destructiva como modificaciones a los acuerdos, los otros amortiguan su evidente destruccin como dificultades del proceso de paz
Paz entre cadveres

Pablo Nario
las2orillas.co


El que re es porque todava no ha odo la terrible noticia.Bertolt Brecht

En estos tiempos que vive Colombia, las fuerzas del fanatismo contrainsurgente, sujetan al pas por el cuello para que no cambie, el proceso de paz sucumbe, y las trizas del acuerdo se agitan; sea como banderas que anuncian la reconciliacin, como irrebatible demostracin de la perfidia, o como tribuna electoral. Emergen tambin de los debates urgentes; observaciones que buscan hallar la explicacin, de cmo un proceso de paz que un da fue concebido para desatar la fuerza constituyente, hoy semeja cada vez ms, a un profeta solitario que deambula entre cadveres.

Brotan entonces mltiples motivos, histricas circunstancias, condiciones presentes y ausentes, y una que otra causa; mientras pasan ante los ojos de los colombianos, uno a uno los fretros de cientos de cados de esa fuerza, que hoy, igual que ayer, son convertidos en abstracciones estadsticas, para medir el paso puntual y sigiloso, que va del crimen a la tortura, del asesinato a la masacre, del homicidio al genocidio, hasta que haya que inventar el trmino exacto, el innovador concepto que explique el segmento en el que lo inadmisible se hizo realidad.

Al parecer en estos tiempos de la sagrada reconciliacin, ya no hay guerra ni planes de exterminio, sino obstculos a la paz, no hay indignacin o derecho a la rebelin, solo una eventual prdida de confianza, y como sucedi hace poco ms de un mes con Dimar Torres, conmueve ms que el hecho mismo de la tortura y el asesinato, la dudosa persignacin de los torturadores y asesinos.

Y si por un lado van siendo multitud los mrtires de la violencia campante contra lderes sociales y exguerrilleros, y su sacrificio retumba como un coro de supervivientes; de este otro lado no hay la suficiente agitada denuncia, hay ms murmullos que palabras; vociferar podra despertar a los vivos, y podran estos avizorar la luz que se filtra al interior de la caverna.

Por eso las voces que develan la jaura, el ardid, la traicin y la rabia, y que van en aumento, son entonces sealadas, apartadas, deformadas, advertidas o calificadas de apocalpticas. Porque para una paz a media asta, no se requiere de defensores, sino de seguidores.

Al parecer los acuerdos se transfiguraron en una deidad, y por tal motivo no necesitan existir para dar fe de su vitalidad. Por eso mientras la extrema derecha los destroza por ser para ellos una especie de infolio maldito de 312 pginas escritas con la tinta del mismsimo diablo; algunos portavoces de la fuerza que los concibi, los desvanecen en el aire al elevarlos como la palabra del Buen Dios que anuncia La Ciudad del Sol y la convivencia.

De esta forma mientras los verdugos incineran los acuerdos, y apartan las cenizas del campo de visin de los organismos internacionales, jurando que los protegen; los otros certifican no solo que los acuerdos estn salvados, sino adems que avanzan, mientras exhiben sus rescoldos humeantes rescatados de las llamas. 

Unos y otros evitan admitir la fisonoma real de una expresin poltica de la lucha de clases, y por eso mientras los unos endulzan su tendencia destructiva como modificaciones a los acuerdos, los otros amortiguan la evidente destruccin de los mismos como dificultades por las que atraviesa el proceso de paz.

Nada ms adverso para el logro de la paz real, que convertir el proceso poltico haca su consecucin, en una credo desligado de los hechos. Porque la sociedad, si es que llegase a apropiarse en alguna medida de los acuerdos, terminara apropindose de sombras. De all lo apremiante de admitir la realidad de ese abismo al que se refiere Jess Santrich y que muchos todava se niegan a reconocer, creyendo que es oponerse a la paz.

Hoy los hechos expresan un escenario poco seductor, pero real, y en la historia basta con eso para entender las condiciones de las luchas sociales. Los hechos no son pruebas de fe, y el arma de la palabra no es un artilugio de ilusionismo. Si lo fueran, la defensa del proceso de paz solo estara llamada a interrumpir, y no a desatar la energa popular acumulada.

Ante nuestros ojos, pulsa esa fuerza aun sin desencadenar; herida porque la guerra ha sido contra ella, y suspendida porque la guerra ha sido por ella, y el camino por el que debe desplegarse, ha sido clausurado al filo de la motosierra y el monopolio estatal de las armas.

Pero a pesar de ello, ser esa fuerza, de la cual emergen todas las dems, ese poder popular, social, civil, ciudadano, constituyente, quien deber erguirse en el camino, con organizacin y movilizacin por la paz con justicia social desde los territorios; ya que los acuerdos no son para las Farc y como afirman los excombatientes del ETCR en el Cesar En trminos de democracia, nada ha cambiado con el acuerdo.

No ser con una presumida filigrana jurdica, ni con litrgicos debates de control poltico, ni con las ms eficientes acciones administrativas, ni por un improbable arranque de voluntad poltica del Estado, que se lograrn las conquistas sociales; nada ni nadie puede realizar la paz para ofrecrsela ya hecha al pueblo, porque es l, en realidad, el contenido fundamental del proceso, y quien deber confrontar el profundo abismo de las postergaciones, al que arrojaron parte del fruto de sus histricas luchas por la justicia social.

Fuente original: https://www.las2orillas.co/paz-entre-cadaveres/



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