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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-06-2019

A orillas del Rubicn

Llus Rabell
Blog personal


Hay situaciones en que una direccin se juega literalmente el ser o no ser, momentos en la vida poltica en que los distintos factores se condensan en un punto. Y la opcin que adopte un partido puede hacer que todo bascule en un sentido u otro por un largo perodo de tiempo. Esa es la tesitura en que se encuentra hoy Barcelona, a la espera de saber quin se har finalmente con la alcalda de la ciudad. Y tal es la responsabilidad que incumbe a los comunes y, singularmente, a Ada Colau. Los liderazgos se demuestran en los momentos crticos.

Lo diremos sin ambages: ceder el gobierno municipal a Ernest Maragall sera hoy una irresponsabilidad mayscula, de muy graves consecuencias. Tanto si esa cesin se produce por activa a travs de una alianza con ERC o por pasiva renunciando a configurar una mayora alternativa. La idea de un tripartito de izquierdas, blandido como objetivo tras un primer momento de desaliento en que Ada Colau pareca tirar la toalla, no es ms que arena a los ojos, una manera de diferir el verdadero dilema planteado. La cuestin no reside en los vetos cruzados entre ERC y el PSC. Ni tampoco en una discusin genrica sobre los rasgos ideolgicos de los distintos actores polticos, sino sobre el papel que cada cual desempea y las fuerzas sociales que encarna.

Hoy por hoy, ERC est inmersa en una spera lucha por establecer su hegemona sobre el independentismo. Junqueras aspira a constituir un gran partido nacional, arrinconando definitivamente a los herederos de Convergncia como una fuerza subalterna. Y eso slo es posible cabalgando el tigre de un procs que sigue vivo, a la espera de una coyuntura propicia para un nuevo desafo, como lo demuestran los resultados obtenidos por Puigdemont en las elecciones europeas del pasado domingo. Lejos de asumir un perfil pragmtico y negociador, ERC intenta ser a a vez el partido del general Cabrera y el del seor Esteve. (Por ahora con relativo xito). Es en ese contexto donde hay que situar la batalla por la alcalda de Barcelona. Para ERC se trata, ante todo, de conquistar una plaza fuerte decisiva de cara a una prxima intentona, si se produce un momento de tensin emocional tras la sentencia del Supremo o se abre una nueva pugna por el gobierno de la Generalitat.

Que nadie vea en esta aseveracin proceso de intencin alguno. El propio Maragall ha explicitado su voluntad de hacer de Barcelona una plataforma de agitacin independentista. Y es que el partido por antonomasia de las clases medias se ve inexorablemente empujado, por razones objetivas, a jugar ese papel, subordinando todas las problemticas de la ciudad sociales, medioambientales, econmicas, de transformacin urbanstica al guin del procs. Lo que ha ocurrido en la Cmara de Comercio constituye toda un metfora del momento que vive el pas y, por ende, la ciudad: un pequeo grupo organizado por la ANC ha bastado para hacerse con el control de la entidad, subindose a las barbas de los representantes tradicionales de las grandes familias burguesas de toda la vida. Con los cambios inducidos por la globalizacin, hace tiempo que las lites tradicionales han ubicado sus negocios en nuevos mbitos. La sociedad civil ha languidecidoal tiempo que esas clases medias, sacudidas por la crisis, el temor al empobrecimiento y la ansiedad que genera el desorden global, entraban en ebullicin.

ERC representa a una pequea burguesa que, ante el desconcierto de esas lites y la relativa debilidad de la izquierda, se cree convocada por la Historia para asumir un liderazgo nacional. Pero lo hace con los rasgos psicolgicos caractersticos de esa clase: la inestabilidad, el espritu aventurero, la exaltacin doblada de inconsecuencia En este contexto, poner Barcelona en manos de semejante partido sera una locura que una izquierda responsable no puede permitirse. Sobre todo cuando es todava posible configurar un gobierno progresista, mucho ms acorde con la voluntad democrtica expresada por la ciudadana y, por supuesto, con el inters general de Barcelona. Esa alternativa es la de un acuerdo de Barcelona en Com con el PSC juntos representan ms votos y ms concejales que las fuerzas independentistas. Un acuerdo que requerira, eso s, recabar cuando menos algunos votos favorables del grupo municipal de Manuel Valls que acaba de declararse dispuesto a facilitar un gobierno Colau-Collboni sin pedir contrapartida alguna. Aceptar ese apoyo no slo es legtimo, sino que constituye una exigencia democrtica.

Sin embargo, desde las filas de los comunes ya se han elevado voces contra esa posibilidad: Pactar con la derecha, jams. Semejante reaccin demuestra poca madurez poltica. En primer lugar, porque estamos hablando de un acuerdo de investidura, no de un acuerdo de gobierno. Pero, ante todo, porque la fidelidad a los intereses de las clases trabajadoras y populares de la ciudad a los que se deben las izquierdas demandan cerrar el paso a un gobierno de ERC. Y as lo intuyen esos mismos segmentos sociales. Basta con leer los resultados electorales. Los barrios populares que propulsaron a Ada Colau a la alcalda en 2015 han desplazado ostensiblemente su voto hacia el PSC. La razn es evidente: los socialistas han tenido un discurso claro de rechazo al procs, frente a las ambigedades de los comunes, con sus lazos amarillos en la fachada del Ayuntamiento y su connivencia con el 1-O.

Toda opcin poltica tiene costes y hay que saber asumirlos. En realidad, las reticencias a trenzar una alternativa posible al desembarco de ERC tienen mucho que ver con el sometimiento al marco mental del independentismo: una alianza entre la derecha nacionalista, ERC y una supuesta extrema izquierda para dar la presidencia de la Generalitat a un carlista sera legtima. Sin embargo, dos fuerzas de izquierdas no tendran derecho a recabar el apoyo puntual de un partido que, tras la investidura, se situara en la oposicin. Nieras.

La decisin es trascendental para la ciudad. Pero tambin para el propio espacio de los comunes como proyecto poltico nacional. No es exagerado pensar que ese espacio no soportara un abrazo del oso de ERC, ni una entrega de la capital sin combate real. (En ese sentido, decir que se pretende un tripartito, pero que a falta de acuerdo se acaba aceptando de un modo u otro a Maragall, sera un engao por no decir otra cosa peor). Como dice un buen amigo, al final, la decisin se tomar tras un intenso debate entre Ada y Colau. Es cierto que miembros destacados de su entorno e incluso de su candidatura pueden inclinarse, bajo formas diversas, hacia un acuerdo con ERC. Pero la alcaldesa deber escoger entre escuchar a los amigos o a la base social de su partido. A su manera, Nou Barris lo ha dicho de manera contundente: Con Esquerra, no. Las circunstancias han hecho que, a travs de una combinacin inesperada de factores, la alcalda de Barcelona y todo lo que conlleva para el pas est en manos de Ada Colau. Una difcil decisin. De las que certifican un autntico liderazgo. O pueden determinar su irremediable hundimiento.

Fuente: https://lluisrabell.com/2019/05/29/a-orillas-del-rubicon/



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