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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-06-2019

Violencia machista & Militancia social
Cuando el agresor es compaero de militancia

Maite Asensio Lozano
El Salto

En los ltimos aos ha pasado a menudo en los movimientos sociales: una mujer denuncia una agresin machista de un compaero.


En los ltimos aos ha pasado a menudo en los movimientos sociales: una mujer denuncia una agresin machista de un compaero. Pese a que los colectivos son cercanos al feminismo, no suele ser fcil gestionar estas denuncias y trabajarlas en el grupo.

En el ao 2005, docenas de entidades sociales y centenares de personas que soaban un mundo diferente se reunieron en Porto Alegre (Brasil) en el V Foro Social Mundial. Durante aquellos das, las mujeres que participaron en el Foro denunciaron 90 violaciones. A fin de rechazar estas agresiones y dar apoyo a las vctimas, las mujeres convocaron concentraciones y tambin una gran manifestacin. Sin embargo, el conjunto de las entidades sociales no las apoy. No solamente esto, sino que los hombres organizaron otra marcha, a la cual algunos de ellos acudieron desnudos, bajo el lema Libertad sexual. Las denuncias fueron silenciadas: no fueron incluidas en la documentacin oficial del Foro y tampoco tuvieron ninguna resonancia en los medios de comunicacin.

Han pasado 13 aos desde que, por primera vez, sali a la luz la violencia machista interna de los movimientos sociales, pero todava se siguen invisibilizando las agresiones que sufren las mujeres en los entornos de militancia. Y no son ninguna ancdota. En septiembre pasado se trat este tema durante la Acampada de las Pequeas Revoluciones (Iraultza Txikien Akanpada) en Zubieta (Gipuzkoa), donde se puso de manifiesto una realidad que durante muchos aos haba sido silenciada: se trata de un problema de grandes dimensiones en los movimientos sociales.

Ha habido muchos casos en los ltimos aos. Muchos, confirman Haizea Nez, Miren Guillo y Saioa Iraola. Hablan en representacin deBilgune Feminista, una organizacin que en los ltimos aos se ha encargado de gestionar muchas de las agresiones denunciadas. Subrayan que se trata de procesos muy complejos y que comportan un gran cansancio emocional. De hecho, los obstculos comienzan ya en el mismo punto de partida: hay grandes dificultades, no solamente para identificar las agresiones, sino tambin para reconocer que existe violencia machista dentro de los colectivos.

Las violencias que tienen lugar en los espacios activistas son las mismas que tienen lugar fuera de estos espacios. Solo cambia el escenario, explica Tania Martnez Portugal, que est investigando esta temtica. A travs de la voz de las mujeres que han participado en ONG, partidos polticos de izquierdas, movimientos autogestionados o colectivos antirracistas y antimilitaristas ha podido analizar la violencia que tiene lugar en los entornos de militancia. El primer obstculo para la identificacin se sita en el imaginario: En estos colectivos se lucha por un ideal transformador comn, y se tiende a pensar que la violencia machista queda fuera de estos espacios.Adems, el discurso de las comunidades activistas suele ser favorable al feminismo. Se trata de un escenario ms perverso.

Pili lvarez Moles ha investigado las relaciones de poder dentro de losgaztetxes(centros okupados por jvenes) y, hoy en da, aplica esta investigacin a los movimientos populares en general en el marco de laFundacin Joxemi Zumalabe. Se muestra de acuerdo con el diagnstico de Martnez: Algunos grupos estn amenazados losgaztetxes, casi siempre , el enemigo lo tienen fuera: desalojos, multas, confrontacin contra las instituciones Esto hace que haya una fuerte cohesin dentro del grupo, se desarrollan relaciones de confianza. Por esto las agresiones provocan una gran sorpresa: porque las cometen personas de plena confianza.

Asimismo, ha detectado que los prejuicios que hay en la sociedad en relacin con la violencia machista tambin tienen peso dentro de los colectivos. Por ejemplo, los estereotipos con los cuales se identifica a vctimas y agresores: El militante perfecto, el activista comprometido, no puede ser un agresor. Y una mujer activista no puede sufrir una agresin, menos todava si es feminista. Estos mitos son muy peligrosos.

Hoy en da, ser machista supone una gran carga. Quin puede sentirse identificado con el monstruo que nos suelen presentar como agresor?, aade Jabi Arakama. Es miembro del grupoGizonenea, del centro comunitario Auzoenea, de Iruea, donde ha trabajado con hombres que han cometido agresiones, a travs de la reflexin en torno a la masculinidad. En estos espacios, histricamente, hemos sido contrarios a las opresiones, porque nosotros ramos los oprimidos. Es muy difcil identificarse con el opresor y reconocer que, en la medida en que formamos parte de esta sociedad, nos hemos socializado igual en algunas actitudes. Segn Haizea Nez, para las mujeres tambin supone una gran ruptura: Sienten que en estos colectivos tienen un refugio y, de repente, se dan cuenta de que no es as: se quedan sin un espacio de seguridad, a menudo se les quiebra la capacidad de establecer relaciones de confianza. Al fin y al cabo peligran sus valores, han de reinventar las formas de crear complicidades, pensar quines son las verdaderas amistades.

NO LES CREEN

Estas sensaciones pueden ir a peor cuando la agresin es cuestionada. Y, segn Martnez, esto pasa a menudo: En los casos que yo he conocido e investigado, no las han credo. lvarez aade que, en denuncias por otros tipos de agresin, esto no ocurre: Cuando un militante sufre torturas o abusos policiales, se le cree, se le da apoyo, no hay ningn tipo de duda, de cuestionamiento, de rumores Sin embargo, con las agresiones machistas, s. Saioa Iraola revela un factor que influye en la credibilidad de las mujeres: Depende de quin haya sido el agresor, y quin haya sido la agredida. De qu estatus tenga cada uno dentro del colectivo.

Por tanto, la respuesta que se da despus de denunciar la agresin dentro del grupo depende a menudo de la actitud del agresor: si niega la agresin, es cuando el problema se enturbia. Para poner en marcha un proceso colectivo, primero tiene que haber un reconocimiento, si no, es difcil trabajarlo, afirma Miren Guillo. Iraola explica que, en estas situaciones, los agresores suelen encontrar grupos de apoyo: Las complicidades entre hombres y el ambiente entre pasillos son muy importantes, y esto est muy ligado a nuestra cultura poltica: aqu se deciden muchas cosas fuera de las asambleas, y son decisiones basadas en estas complicidades.

Es entonces cuando empieza la guerra entre las dos versiones: rumores, insistencia en que la mujer repita una vez tras otra el relato de los hechos, la extrema importancia que se le da a los detalles De la misma forma que pasa en otras esferas sociales, se juzga a la persona que ha denunciado. A menudo tambin se responsabiliza a las mujeres de haber roto la unidad del grupo. En nuestros colectivos, el agresor ha estado siempre fuera, y no hemos desarrollado la cultura de hacer autocrtica. Esto provoca que estos tipos de denuncias se consideren un ataque a la identidad colectiva, explica Martnez. Para ella, despolitizar la violencia es un mecanismo efectivo para quitar responsabilidad al grupo: Si la violencia sexista es algo que ocurre fuera de nuestros espacios, es ms fcil negar que haya pasado, o bien minimizarlo, o tomrselo como una cuestin personal, como si fuese un conflicto entre dos personas. Al fin y al cabo, creer la denuncia quiere decir que el colectivo ha de actuar, y esto incomoda a mucha gente.

Las consecuencias pueden ser graves. Existe el riesgo de que se fracture el colectivo, pero el impacto ms fuerte lo sufren, sobre todo, las mujeres que han denunciado, hasta el punto de abandonar el grupo. Como seala Martnez: Las mujeres se sienten atacadas por el grupo y deciden alejarse de un espacio donde no se sienten protegidas. Y aade lvarez: Cuando se crean los bandos, quien tiene menos paciencia o fuerza es quien acaba yndose, que habitualmente son las mujeres: la mayora no siguen en el grupo para no sentirse cuestionadas, incmodas; para que no se hable de ellas Los hombres todava tienen mucha impunidad en nuestros colectivos.

TAREA DE PREVENCIN

Sin embargo, estos procesos no siempre se tuercen. En algunos casos, los grupos han dado credibilidad a la denuncia y el agresor tambin ha reconocido haber actuado de manera inadecuada. lvarez ve claro que, en estos primeros pasos, es muy importante el trabajo que se haya hecho previamente: Si antes no se ha trabajado el tema, casi seguro que la agresin ser cuestionada, y muy pocas personas protegern a la mujer. El trabajo previo no garantiza que se salve el proceso, pero s comporta un mnimo de concienciacin: la militancia conocer las lgicas de la violencia, sabr que las mujeres no se inventan las agresiones y, adems, tendrn unas directrices para tomar decisiones, para no acabar improvisando.

En estos casos, se abre la oportunidad de abordar el problema en colectivo. Guillo subraya que esta visin de grupo es muy importante: Nuestro punto de partida son las necesidades que tiene la persona que ha sufrido la agresin de cara a su recuperacin: sentirse escuchada, sentir que la creemos Sin embargo, en nuestra opinin, la base del proceso no es trabajar con la persona agredida y con el agresor, sino poner en marcha un proceso colectivo, comunitario, expone. De hecho, cuando hay agresiones de este tipo, se produce una fractura en la comunidad: esta tambin tiene una cierta responsabilidad en el contexto que ha posibilitado la agresin, por tanto, tambin se ha de reconstituir la propia comunidad.

Esta visin coincide con una cuestin de base que preocupa a muchos movimientos sociales y feministas: la idoneidad de los mecanismos punitivos del sistema judicial. Las mujeres tienen la opcin de ir a los juzgados, pero las entidades estn trabajando en un modelo diferente de justicia. Como indica Nez: Existe una gran falacia en torno al sistema punitivo. Las responsabilidades son individuales: el problema lo tiene la persona que ha cometido el delito, y la solucin pasa por sacar esta persona de la sociedad y encerrarla. Sin embargo, la prisin ya ha demostrado una y otra vez que no soluciona nada.

A partir de esta premisa, se pregunta: Hemos de seguir en este paradigma neoliberal, segn el cual el agresor es un demonio y el Estado ser quien salve a la vctima? Si adoptamos un enfoque diferente, segn el cual la comunidad ha sufrido una herida y hay una mujer que merece una reparacin, creemos que el castigo solucionar esto?.

En la prctica, en cambio, los grupos suelen adoptar posiciones punitivas: tienden a sealar a los agresores. Jabi Arakama explica que hay una gran diferencia entre las respuestas de las mujeres y las de los hombres: Las mujeres inmediatamente identifican la violencia como un elemento estructural, dicen que hay que dar respuesta como grupo, y proponen crear un grupo de mujeres para tratar el tema. Con los hombres esto pasa muy pocas veces: les cuesta reconocer que es una cuestin estructural, culpabilizan al agresor, demandan medidas estrictas en contra de l, pero no suelen estar dispuestos a cuestionar sus propias actitudes sexistas. Nez vincula esto con el hecho de que los hombres no quieran aceptar una responsabilidad colectiva: Esta tendencia a dejar claro que el agresor es el otro es muy significativa, y tambin muy peligrosa. Todos tenemos actitudes machistas, racistas, etctera. No reconocer que estamos dentro del sistema y que reproducimos actitudes como stas me parece una falsedad y una excusa.

EL VETO, TEMPORAL

En cualquier caso, incluso si rechazan el sistema punitivo, los colectivos suelen tomar una serie de medidas con los agresores. Generalmente les imponen vetos, es decir, que les prohben participar de ciertos espacios, sobre todo para que no coincidan con la mujer que ha sufrido la agresin. Es una condicin para garantizar que la mujer pueda seguir militando tranquila, precisa Nez. Este veto no suele ser indefinido, porque la intencin final es que se integre: aqu entra la voluntad y el compromiso del hombre, aade Arakama. Pero, a pesar de las garantas, alerta del riesgo de sufrir una muerte social. A veces, las respuestas que se dan desde los colectivos pueden llegar a ser ms severas que las de un juzgado: perder las amistades o los espacios de socializacin tiene un gran impacto en las vidas de los agresores.

Y qu trabajo hacen los hombres mientras dura el veto? Arakama, que suele estar a su lado, explica que su funcin no es hacer terapia: como mucho aconseja a quienes quieren encontrar atencin psicolgica. Su funcin es ms poltica: Les doy formacin sobre masculinidades. Me centro en la problemtica de cada uno, pero analizamos las caractersticas de la masculinidad: la desvaloracin de lo femenino, el modelo de amor romntico, la gestin de las emociones, la homofobia, el uso del poder.

Afirma que es un trabajo complejo: Realmente cuesta darse cuenta de los privilegios propios. Se dan cuenta fcilmente en el caso de ausencia de miedo o de la ocupacin del espacio pblico, pero ms all de esto, es difcil, incluso para quien tiene buena voluntad.

Se ha de hacer un trabajo profundo. Un trabajo que no acaba nunca, precisa. Pero hay que ponerle una fecha de finalizacin: el hecho de saber que habr un trmino es bueno para todo el mundo. Cundo? Cuando hayamos trabajado de manera positiva todos los elementos que tenemos en la cabeza. Aclara que suelen ser procesos que duran en torno a dos aos. Pero no es lo mismo reunirse semanalmente o una vez al mes. Hay que tener en cuenta que no lo hacemos como profesionales, sino que forma parte de nuestra militancia.

Las miembros de Bilgune Feminista tambin hacen referencia a esta ltima cuestin: Adems de intervenciones concretas, tambin nos piden asesoramiento, pero nos hemos dado cuenta de que a veces hemos acabado haciendo tareas de mediacin sin tener la formacin necesaria para hacerlo. Guillo reconoce que, para ellas, la gestin de estos casos ha sido un proceso de aprendizaje: Hemos ido probando, y, por el camino, hemos identificado algunas carencias. Si lo volvemos a analizar despus de las reflexiones que hemos ido haciendo, vemos que no estamos satisfechas con algunas decisiones que hemos tomado o impulsado. Por tanto, el proceso de aprendizaje no est cerrado.


Fuente: https://www.elsaltodiario.com/abusos-sexuales/movimientos-sociales-agresor-companero-militancia



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