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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-06-2019

Cuaderno de postcrisis: 18
Los amigos de las desigualdades

Albert Recio Andreu
mientras tanto


I

El debate sobre las desigualdades se ha reanimado en los ltimos aos. Ms o menos, mucha gente intua que la pobreza y las desigualdades estaban creciendo, pero durante largo tiempo la cuestin haba sido ignorada por las elites intelectuales. Pero, tanto las valiosas aportaciones de cientficos como Richard Wilkinson y Kate Pickett, Branko Milanovic, Thomas Piketty, James K. Galbraith o Felipe Palma ―por destacar autores punteros―, como la creciente evidencia estadstica, han obligado a reconocer la gravedad de la cuestin. Incluso instituciones tan conservadoras como la OCDE o el Banco Mundial han realizado estudios que toman cuenta de la situacin y abogan por hacerle frente.

Sin embargo, reconocer un problema no es lo mismo que tratar de resolverlo. Es, en todo caso, slo un primer paso, pues cuando un problema no se ve resulta claro que va quedar marginado (por eso el lobby petrolero ha tratado de forma deliberada de evitar que se reconozca el calentamiento global). Pero una vez reconocido, hace falta adoptar un plan de accin para hacerle frente. Todo plan de accin requiere un buen diagnstico de las causas que provocan el problema y el diseo de un plan de medidas para hacerle frente. Ello no es siempre posible, como bien sabemos para el tratamiento de muchas enfermedades. Es ms fcil detectarlas, acotar su diagnstico, que explicar cmo se producen y encontrar un tratamiento eficaz. A menudo hace falta mucha investigacin hasta llegar a entender los procesos y encontrar las respuestas adecuadas. Se requieren recursos humanos y materiales, se requiere partir de un enfoque terico adecuado.

Y sabemos que el desarrollo cientfico y tecnolgico est cuajado de sesgos, caminos equivocados. Unas veces porque las teoras disponibles no son adecuadas. Otras porque faltan los recursos, o porque las interferencias polticas o burocrticas bloquean el trabajo. El trabajo cientfico no es una actividad de individuos libres en busca de la verdad (aunque bastante de ello hay en la mejor ciencia). Es una actividad que se desarrolla en instituciones que tienen sus propias tradiciones, sus jerarquas, sus fuentes de financiacin, su organizacin, y esas instituciones a veces interfieren y otras veces favorecen la obtencin de unos determinados resultados. Y la conversin de conocimiento en respuesta prctica depende de otro complejo sistema de instituciones y personas que decidirn apoyar uno u otro desarrollo en funcin de sus propias lgicas, intereses, ideologas. En el caso de las empresas, el criterio de rentabilidad es crucial. En el caso de instituciones pblicas, influyen otras cuestiones. Pero, en todo caso, el resultado final depender de esta conjuncin entre produccin cientfica, intereses pblicos y privados, instituciones. Tomarlo en consideracin nos ayuda a entender por qu se habla tanto de desigualdad y se hace tan poco para combatirla.

II

En la cuestin de la desigualdad, todos los elementos se conjugan en contra de la adopcin de medidas serias y eficaces. A ello contribuye tanto el enfoque terico dominante en economa como la cultura imperante en las instituciones de reguladoras, as como el poder de los grupos dominantes.

La teora econmica neoclsica es ―a pesar de su formalizacin y sofisticacin― ms una legitimacin abstracta de la bondad del capitalismo que un verdadero conocimiento cientfico (lo que no quiere decir que todo lo que hacen los economistas tericos tenga sentido). No es casualidad que las principales aportaciones tericas sobre las desigualdades estn desarrolladas por autores que se sitan en la frontera de la tradicin neoclsica o directamente fuera de la misma (o simplemente no son economistas, como el caso de Wilkinson y Pickett). El modelo del equilibrio general que sirve de coartada para negar toda intervencin pblica que altere el mercado se sustenta en unos supuestos que en muchos casos niegan la realidad, que difuminan las desigualdades estructurales. Por ejemplo, el modelo ms habitual parte de una sociedad formada por individuos con recursos parecidos entre s que simplemente entran en el intercambio para mejorar su utilidad. Tambin se tiende a minusvalorar los efectos negativos del modelo (hay variantes del modelo general que muestran que el funcionamiento del mercado genera un crecimiento sostenido de las desigualdades, pero se trata de un desarrollo casi siempre olvidado). As, por ejemplo, el concepto de productividad, un concepto esencial a la hora de justificar las desigualdades de ingresos entre individuos, ha sido objeto de numerosas crticas sustanciales, (por economistas tan diversos como Joan Robinson, Piero Sraffa o Jos Manuel Naredo) sin que ello haya impactado en absoluto en el discurso econmico dominante.

Si la base terica ya es de por s inadecuada, esta situacin se amplifica cuando se analiza el papel de los organismos reguladores de la economa. En especial los bancos centrales (Banco Central Europeo, Banco de Espaa), cuyo papel siempre ha sido importante, y ha aumentado en el perodo neoliberal. La mayora de estas instituciones estn copadas por los economistas ms conservadores y ortodoxos (hace tiempo que corre el convencimiento de que el nico lugar donde un heterodoxo tiene cabida es en la Organizacin Internacional del Trabajo, que a la postre es una institucin con casi ningn poder real en la economa cotidiana). Y sus recomendaciones tienen siempre el mismo sentido: cualquier intervencin en el mecanismo de mercado genera distorsiones y efectos perversos.

Y sin una intervencin en el mecanismo de mercado es imposible reducir las desigualdades, especialmente en un mercado real que nada tiene que ver con el modelo terico de competencia perfecta donde millones de individuos y empresas interaccionan entre s. Los recursos con los que cada persona participa en el mercado son desiguales (y reflejan muchas veces toda una historia familiar), la mayora de mercados son oligoplicos (pocas empresas tienen un control del mismo), las externalidades y costes sociales aparecen por doquier, la informacin es imperfecta, el comportamiento de individuos y empresas no sigue las pautas de racionalidad neoclsica, etc. De hecho, estos mismos reguladores que claman por la libertad de mercado no dudan en proponer intervenciones masivas cuando las vctimas del juego son los grupos de poder. En esos casos, alegan que se hace para el inters general. As ha tenido lugar el salvamento del sector financiero, no slo con inyecciones directas de dinero pblico en los bancos, sino tambin con una poltica monetaria heterodoxa que les ha permitido obtener una liquidez casi infinita (aunque posiblemente ahora esta poltica monetaria drene su rentabilidad; como ocurre con muchos tratamientos mdicos, todo remedio tiene sus contraindicaciones).

Y es que sin alterar el funcionamiento el mercado real (ms precisamente el funcionamiento del capitalismo) es imposible reducir significativamente la pobreza. De hecho, hay tres grandes vas para hacerlo: alterando la distribucin primaria, con mecanismos redistributivos, y con cambios en la distribucin de los recursos. En el primer campo se encuentran las reglas que cambien la distribucin entre salarios y beneficios, como cambios en la fijacin de los salarios. En el segundo, un nuevo modelo impositivo que aumente la presin fiscal a las rentas altas y redistribuya en dinero o en especie a las bajas (los estudios de F. Palma muestran cmo en los ltimos aos el 10% ms rico ha visto reducida drsticamente su aportacin fiscal y el 10% ms pobre las rentas que recibe va estatal). El tercero, ms radical, supone una redistribucin de los activos (el reparto de tierras es un ejemplo) o de los derechos de la propiedad. En los tres espacios hay posibilidades de accin muy diversas. Pero todas ellas reciben de inmediato la crtica de las acciones reguladoras y, lgicamente, una feroz resistencia de los afectados por cualquier cambio en el statu quo. Afectados que cuentan con muchos ms recursos culturales, econmicos y mediticos para hacer aparecer sus intereses como una cosa natural.

III

Esta ltima semana abundan los ejemplos de lo que trato de contar. Una vez ms, el Banco de Espaa ha vuelto a la carga. Nunca defrauda, es un actor institucional perfectamente previsible. Y lo ha hecho con tres cuestiones sensibles: el ahorro, las pensiones y el salario mnimo.

Los dos primeros estn relacionados. El ahorro individual tiene como objetivo contar con una reserva financiera para hacer frente a situaciones imprevistas o cadas de ingresos futuros. La vejez es la situacin ms cierta en la que puede esperarse una reduccin de ingresos y un posible aumento de gastos. Lo primero que ha planteado el Banco de Espaa es que la gente ahorra poco y se est endeudando. Lo segundo, que el sistema pblico de pensiones es insostenible y hay que revisarlo, aumentando la edad de jubilacin, rebajando prestaciones y complementndolo con fondos de pensiones. Lo tercero es que una forma de mejorar las rentas de la vejez es mediante una hipoteca inversa (an hay mucha gente propietaria de vivienda), por la cual el banco paga una renta a cambio de controlar la vivienda. El informe del Banco no cuestiona el actual nivel de salarios que determina la verdadera posibilidad de ahorro de cada cual, ni explica que la nica va de hacer compatible consumismo y bajos salarios es con endeudamiento privado (aunque al final el excesivo endeudamiento genera crisis). Ni tiene en cuenta que alargar la edad de jubilacin es otra va de aumento de las desigualdades, puesto que hay enormes diferencias en las condiciones de salud y los requerimientos fsicos de cada tipo de empleo (sin contar las polticas de ajuste de plantillas que aplican las empresas). Ni se toma en cuenta la rentabilidad real de los fondos de pensiones. Ms bien, lo que se pretende es imponer otro modelo de proteccin social con mayor peso de fondos privados (e hipotecas inversas) que garantizan nuevas vas de beneficios al sistema financiero, que en el caso de las hipotecas inversas acaban en una cierta incautacin por los bancos (pues los clculos financieros que determinan cuotas casi siempre estn sesgados) y que sin duda aumentarn las desigualdades. La distribucin actual de la renta y el cambio demogrfico exigen transformaciones. Pero no la nueva va a la desigualdad que se propone. Una va que, adems, hace culpables a la gente de bajos ingresos de una situacin que ellos no han generado.

En lo del salario mnimo an han estado ms brillantes. Cuando el Gobierno anunci la subida a 900 euros el Banco predijo la destruccin de medio milln de empleos. Algo que no justificaba la evidencia emprica de otros pases y territorios. Como no ha ocurrido, ahora argumentan que se requiere ms tiempo para ver el efecto. Seguramente esperarn a que haya una nueva recesin, que caiga el empleo y que con una hbil modelizacin puedan colar su verdad. El aumento del salario mnimo es una modesta medida de reduccin de desigualdades, que tiende a aumentar el suelo salarial. La pertinaz oposicin a esta medida ejemplifica el odio de las lites tcnicas a la lucha por la igualdad.

Para remachar la jugada, la Ministra de Economa, Nadia Calvio (formada en el contexto intelectual de los organismos reguladores), ya ha anunciado que de contrarreforma laboral nada, aun cuando hay evidencia de que el intento de dinamitar la negociacin colectiva ha sido un elemento crucial en el crecimiento de las desigualdades salariales. Y hay evidencia de que los pases con ms peso sindical y negociacin colectiva ms inclusiva son los que mantienen niveles menores de desigualdad.

La desigualdad de ingresos no es slo una injusticia, sino la fuente de muchos problemas sociales. No es una cuestin natural, sino el resultado del complejo funcionamiento de las sociedades capitalistas reales (con la interaccin permanente de empresas privadas e instituciones pblicas, con los mecanismos de dominacin imperial que marcan las reglas de juego entre pases). Pero es no slo una realidad impuesta desde arriba, sino que es a menudo aceptada y legitimada por importantes sectores de poblacin socializados en la cultura de la desigualdad.

Por eso, tomarse en serio la lucha por la igualdad exige intervenir en muchos campos. En el de las reformas de las normas de distribucin de la renta, de fijacin de impuestos y polticas pblicas. Pero tambin en la elaboracin cientfica, en la reforma de las instituciones reguladoras, en la construccin de un discurso social que rompa con la hegemona neoliberal. Como siempre, la lucha por la dignidad humana se juega en muchos campos. Y los enemigos de la igualdad estn atrincherados en muchas posiciones.

Fuente: http://www.mientrastanto.org/boletin-180/notas/los-amigos-de-las-desigualdades



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