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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-06-2019

Bourgeois: volver del infierno

Higinio Polo
Mundo obrero


Louise Bourgeois fue capaz de ir al infierno y volver de l. Al menos, eso era lo que afirmaba en su vejez esa mujer extraamente parecida a la Karen Blixen de sus ltimos aos, tan alejada ya de los das felices del cafetal keniata. Bourgeois nos parece ahora una mujer fuerte y luminosa, a quien vemos en sus ltimos aos mostrando en su rostro las arrugas de la sabidura y la vida, o, quin sabe, las cicatrices de los destierros y tempestades interiores, y en quien adivinamos las lneas extraas de los tapices antiguos con los que conviva en su infancia, las dudas sobre su padre, los secretos de alcoba que se convertiran en un mapa preciso para desarrollar sus obras; el viaje desde la frustracin infantil al descubrir que, muchas veces, la vida es un engao, y que se vio a s misma obsesivamente entregada durante ms de medio siglo a hurgar en su propia infancia, en su relacin con el padre, al esfuerzo para no sucumbir en la catstrofe de los finales transitorios, a indagar en los mundos del psicoanlisis que ahora nos parecen tan prescindibles, a luchar con la ansiedad y los pantanos sombros donde se hunda y capturaba los rincones ms ocultos y los converta en esas obras inquietantes, a veces perturbadas, despojadas de la gangrena que nos aprisiona, en la devastadora oscuridad de nuestros sentimientos. Esa era Louise Bourgeois.

Bourgeois amaba la provocacin, era una mujer capaz de posar con un gran pene mientras sonrea a la cmara entre cmplice y traviesa, pero tena presente las horas tristes que su padre hizo pasar a su madre, mientras ella iba anotando escenas y palabras en sus diarios de nia, documentando una relacin angustiosa por la censura secreta que siempre dirigi a su padre y por la devocin filial, el amor, que se esconda tras ella, y que tambin llevaran a Bourgeois a militar en grupos feministas que estaban hartos de que la mujer fuera modelo o inspiracin, madre prdiga o amante derramada, encerrada en un bao de Ingres o en un esmalte bizantino, pero nunca convertida en un ser humano igual en dignidad y derechos, y a reclamar la estricta justicia para mujeres y hombres cuya diferente sexualidad haba hecho que los encerraran durante siglos en las crceles de la hipocresa burguesa y en los desoladores secretos de quienes se vean forzados a la clandestinidad y la vergenza impuesta. Bourgeois se dedic tambin a combatir la censura, a denunciar la prepotencia de la figura paterna, su poder sobre los hijos, a lanzar al rostro de los indiferentes la reivindicacin de la mujer y de la figura materna, su propia madre, a la que aluden sus poderosas araas.

Una inquietante soledad se esconde tras muchas de sus obras, tras esa mujer fuerte que vivi casi un siglo, y que confes que buena parte de sus obras, de sus inquietudes, tenan su origen en una infancia parisina que no fue sencilla, a caballo entre Pars y los pueblecitos, como Choisy-le-Roi , y suburbios que, en las primeras dcadas del siglo XX, rodeaban a la capital francesa. All, en Pars, conoci a su marido, Robert Goldwater, que la arrastrara a una vida americana en Nueva York, poco antes de la guerra, donde despus frecuentara a los artistas del expresionismo abstracto norteamericano, a JacksonPollock, Willen de Kooning, Mark Rothko; mientras reciba el influjo del surrealismo, y de escultores como Brancusi. All tendra a sus tres hijos, uno de ellos adoptado, y se sentira, como tantas mujeres, atrapada por los injustos remordimientos de quienes creen que deben ofrecer an ms de su existencia a las vidas de sus hijos.

Tambin en Nueva York conoci a Duchamp, un singular artista que recoga maderitas abandonadas, como ella, yall se dedicara Bourgeois a su actividad artstica y a impartir clases, a dejar las huellas de sus manos de tejedora, en una trayectoria incansable que le hizo crear obras sin cesar, hasta el punto de seguir hacindolas cuando ya tena ms de noventa aos, sin perder por ello ni un pice de frescura. No era sencillo ser madre de tres hijos en los aos de postguerra (cundo lo ha sido?) y, al mismo tiempo, querer disponer de tu propia habitacin con vistas, de tu propia vida que, en su caso, pugnaba por atravesar las arenas movedizas del conformismo y de la sumisin que siempre han amenazado a las mujeres. Tras la guerra, empez a dibujar araas, que, dcadas despus, se convertiran en uno de los motivos identificatorios de su obra. En ese refugio de la calle 22 de Nueva York vio morir a su marido, y ella misma vivi medio siglo all, hasta su muerte en 2010, casi centenaria, en esa casa de ladrillos industriales donde se dispuso una de sus araas en elinhspito patio de muros grises, la misma casa donde ella reciba semanalmente a artistas jvenes en domingos que combatan la soledad y la intemperie.

Bourgeois fue estudiante en la Sorbona, primero de matemticas y despus, tras la muerte de su madre, de arte, y podemos imaginarla con sus cuadernos de nmeros, con sus dibujos de geometra, acumulando hilos germinales que se plasmaran despus en libros hechos de telas, de ropa usada, de fragmentos y formas contaminadas, como en la Oda al olvido, una inquietante y dolorosa metfora de la nia y la joven que fue, o de la joven que vea los tapices de su padre y sus propios estampados de tendera ocasional. Le cost mucho obtener el reconocimiento por su obra: era ya una anciana. De hecho, no sera hasta que el MoMA neoyorquino organiz una exposicin retrospectiva suya (la primera que el museo dedicaba a una mujer!)que no empez a tener relevancia internacional, aunque para entonces ya tena ms de setenta aos. La vida es esquiva, y el arte una patria severa.

Si pas setenta aos en un discreto anonimato, aunque fuera conocida en los crculos artsticos neoyorquinos y empezase pronto a exponer individualmente, sus tres ltimas dcadas de vida estuvieron presididas por un gran reconocimiento, reivindicada su figura por movimientos feministas, por lesbianas y homosexuales, y su obra empez a alcanzar precios relevantes. Esa araa del Guggenheim de Bilbao, como las otras que dispers por el mundo, llenas de fuerza, capaces de albergar el mundo bajo sus patas de acero, y que contrasta tan vivamente con el perrito (aunque mida seis metros) de Jeff Koons, apoteosis de la frivolidad y el ornamento intil, es el escalofro de una infancia ansiosa e insatisfecha, el rostro solitario de la madre que se refugia en los suyos. Bourgeois construy jaulas como crceles, telas geomtricas y murales que cantaban al olvido y revivan las oscuras galeras de la noche, corazones atrapados entre bovinas de hilo, inquietantes maniques de tela, zurcidos entre lamentos,que se ofrecen la lengua, maderas abandonadas y arrastradas por las aguas, instalaciones que queran destruir al padre tirano, celdas para encerrar el miedo y deshacer el vocabulario de la opresin y la slabas invisibles de la congoja.Por eso, Bourgeois no tiene nada que ver con los artistas del Young British Artists (YBAs) , Damien Hirst o Tracey Emin, afiliados del coleccionista Saatchi, aunque a ella se la ha relacionado, por el arte confesional , con Emin, medio siglo ms joven que ella.

Esas gigantescas araas cuyas extremidades nos recuerdan a los hombres estilizados y minerales de Giacometti, que nos apresan, nos defienden, que tejen las telaraas en las que estaremos enredados y protegidos siempre, que nos dejan en los brazos de la madre incansable y abrumada, paciente, tal vez triste, son las araas de quien ilumina el propio mundo, que crea el universo de su maternidad, sabiendo que jams se burlar de nosotros, aunque tambin podamos reprocharle muchas cosas, censurar su figura, incluso aborrecer a veces su mirada inmvil. Esas araas sin pedestal, como la propia mujer, nos interrogan.Al final de su vida, Bourgeois, mientras luchaba con el insomnio, sonrea a veces, se encerraba en s misma, esperaba en la casa de Chelsea a que la llevasen a su estudio de Brooklyn, y sus manos sarmentosas parecan a punto de desplegarse como las patas de sus araas, prestas a combatir el miedo, siempre dispuestas a buscar lo que nos falta, a palpar las paredes del estudio neoyorquino, esperando a Gorovoy, el fiel asistente a quien conoci mientras Bourgeois le gritaba; presta a remover el polvoriento estudio donde se escondan imgenes y cuevas negras, al tiempo que apuntaba los nmeros de telfono en las paredes, temiendo perder la memoria.

 

Fuente: http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=8505



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