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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-06-2019

Chernbil y la banalidad de la catstrofe
Por qu no sentimos ms miedo

Mara Santana Fernndez
Rebelin


La peligrosidad es indiscutible. Y la creencia segn la cual bastara con apretar un poco la tuerca 3A, porque su absoluta seguridad est ya garantizada, es tan estpida como inconsciente. (Gnther Anders en 1986).

 

Durante varias semanas, los medios de comunicacin se han estado preguntando cmo era posible el xito de una serie centrada en un accidente nuclear, sucedido hace varias dcadas y donde no hay escenas de sexo, ni de violencia, tampoco aparecen dragones ni psicpatas asesinos. Pero, en realidad, no era tan difcil comprender el segundo puesto alcanzado por Chernobyl en el ranking de la cadena de pago HBO. En un primer momento, el espectador se queda atrapado con la serie por la calidad de su factura tcnica, el arranque soberbio del primer episodio, el montaje cuidado o el trabajo coral de los actores. Pero, muy poco despus, descubre la fatdica atraccin que despierta la imagen del ms grandioso accidente nuclear de la historia. Los primeros captulos resultan hipnticos, girando en torno a la imposibilidad monstruosa de la explosin del ncleo, llegando a su cnit en el momento en que uno de los operarios contempla el horror cara a cara. Entonces, frente al desgraciado empleado se yergue una columna atmica aberrante, oscura, turbia, como un ente abominable e informe, un asesino arbitrario y ciego, pero infinitamente letal. La capacidad de destruccin de la energa, que escapaba a borbotones por el techo reventado, excede la imaginacin humana. Se gener la contaminacin equivalente a ms de 400 bombas de Hiroshima. La muerte se extenda como un manto tragando bosques y ciudades. Sus consecuencias no se miden en tiempo humano, su esencia pertenece a otra escala. Por lo tanto, como anunci Gnther Anders, ese desnivel prometeico nos convierte a todos en inocentemente culpables, porque somos incapaces de comprender las consecuencias ltimas del uso de la energa atmica y ni siquiera somos capaces de sentir todo el miedo que sera necesario.

Chernobyl es un ejemplo ms del fin del mundo retrasmitido por televisin. Frente a la pantalla, el espectador contempla horrorizado a los vecinos que se acercaron al puente para ver el incendio, los tcnicos y burcratas que azuzaron el desastre o escurrieron el bulto, los polticos que ocultaron informacin y mintieron, los heroicos trabajadores que ofrecieron su vida y los abnegados cientficos que buscaban la verdad. La serie presenta personajes estereotipados, escenas histrinicas de sacrificio humanista y dilogos naif o ardorosos, que a pesar de todo llegan a ser crebles, convirtindose en la muestra de la banalidad con la que se gestion el desastre ecolgico. Si los campos de exterminio marcaron la pauta de la relacin entre poltica y tica en la posmodernidad, Chernbil hace lo propio con respecto a la destruccin de la Tierra: un accidente previsible, pero arteramente ignorado, cuyas consecuencias son irremisibles. Ante el cierre del ltimo captulo, con ese sol radiante de Chernbil, el espectador debe hacer un esfuerzo titnico para recordar que el desastre sigue ah, latiendo bajo una cpula de hormign. Nadie puede subsanarlo, la contaminacin ser letal durante milenios, igual que Fukushima o los restos de las bombas que los americanos explotaron en el desierto de Nevada. Porque esa es la esencia de la energa nuclear. Y la peor trampa de la serie, el truco de prestidigitador del ltimo captulo es enrocarse en la responsabilidad poltica de quienes ocultaron la informacin, eludiendo vergonzosamente la lista de accidentes nucleares que ha sufrido la Tierra. Como si solo hubiese habido un Chernbil, cuando es inevitable que vuelva a ocurrir. Porque siempre est ocurriendo, con cada bidn de desechos radiactivos que se ha enterrado o arrojado al ocano.

Con el placer mrbido que despierta la serie podemos recordar el filn del cine de catstrofes, que la industria cultural norteamericana descubri hace tiempo. De este modo, ya hemos podido degustar numerosas entregas apocalpticas que van de la cada de meteoritos, a las guerras nucleares, pasando por zombis, virus letales, hecatombes medioambientales o ataques terroristas colosales. Poco importa que se basen en hechos reales, conjeturas sobre el futuro o delirantes distopas. Porque todas mezcladas consiguen el mismo efecto: a fuerza de repetir la imagen del fin del mundo, el espectador es narcotizado ante cualquier peligro, por inminente o grave que ste sea. Con el consumo diario del apocalipsis, el televidente acomoda la posibilidad del desastre entre uno de los muchos finales posibles, mientras mantiene la esperanza en la llegada del hroe salvador (encarnado por un fantoche de Marvel o por un sesudo cientfico). Como siempre, el mundo ser rescatado en el ltimo segundo. El totalitarismo del espectculo, que invade las conciencias a travs de los productos culturales y los dispositivos tecnolgicos, acaba por borrar los lmites entre ficcin y realidad. Como nos deca Jaime Semprn, refirindose al cine de catstrofes y conspiraciones: Ficciones tan siniestras slo pueden verse a la manera de documentales, porque la realidad entera se percibe ya como una ficcin siniestra [1]. En la era de la postverdad Chernbil podra haber sucedido o no, tanto da. Al final, nos encontramos ante una pesadilla con ropa y peinados retro, la distopa de un mundo gris condenado al fracaso.

Como hemos sealado, la serie abunda progresivamente en la labor de ocultacin del gobierno de la Unin Sovitica a travs de toda una serie de mentiras, que slo fueron cuestionadas por los aguerridos y eficientes cientficos. Ahora bien, mientras el totalitarismo ocultaba la chapuza de sus centrales nucleares, el resto de pases creaba otro relato fundamentado en la mentira. El mundo entero prefiri pensar que el escape de radioactividad era la consecuencia de un problema tecnolgico sovitico; despus, que haba posibilidad de control del desastre y, por ltimo, que nunca volvera a repetirse. Esos fueron los mensajes de los medios de comunicacin y ese es el cuento que la serie Chernobyl perpetua. Y, si an es credo por los televidentes, esto se debe a la anomia que incapacita al ser humano para imaginar el peligro que verdaderamente corremos. De hecho, los movimientos ecologistas de resistencia a la energa nuclear fueron y siguen siendo minoritarios. Desde el inicio, han sido objeto de represiones brutales en todo el mundo y de la mofa o el desprecio de los polticos, los cientficos y los empresarios del sector. En el fondo, nunca ha habido verdadera resistencia, porque no sentimos miedo. Como Anders nos repeta, somos analfabetos del miedo. Y si hay que aplicar un lema a nuestra poca, lo mejor sera llamarla la poca de la incapacidad para tener miedo [2]. La sensacin de irrealidad en la que estamos sumergidos hace que no temamos la destruccin. Asistimos al fin del mundo con el paquete de palomitas y wasapeando.

Es posible que el desprecio por la verdad sea inevitable, que los seres humanos tiendan a creer en la opinin de alguien que se presente con la suficiente autoridad, en lugar de tratar de aprehender los hechos por ellos mismos. Hoy en da, son los tcnicos y cientficos de bata blanca quienes encarnan este papel de mxima autoridad, convirtindose en los sacerdotes del culto positivista al progreso y la tecnologa. Confiamos y creemos ciegamente en lo que dicen, porque son los nicos que entienden el galimatas del ncleo, el boro, el vapor y las puntas de grafito. Investidos de un poder incuestionable, los cientficos atesoran sus conocimientos creando un relato cerrado, que no puede ser cuestionado por ningn hecho contradictorio o juicio crtico. El paradigma marca lo que debe ser credo y poco importa si es verdadero. A este respecto, el filsofo insomne Clment Rosset explicaba esta incompatibilidad entre verdad y ser humano con las siguientes palabras:

Pues, si hay una facultad humana que llame la atencin y tenga algo de prodigioso, es sin duda esta aptitud, particular del hombre, de resistirse a toda informacin exterior en cuanto sta no concuerde con el orden impuesto por la previsin y el deseo, de ignorarla a su manera si es preciso, aunque tenga que oponerle, si la realidad se obstina, un rechazo de percepcin que interrumpa toda controversia y cierre el debate, naturalmente en detrimento de lo real [3].

Esta incompetencia es reforzada por el consumo espectacular y la creencia ciega en la veracidad de lo mostrado o, peor an, en la indiferencia ante su posible falsedad. Gracias a ello, las personas pueden ignorar cualquier hecho o discurso que contradiga su creencia. Porque la verdad se convierte en una opcin. Adems, Rosset indica que se trata de una pre-caucin, que se toma con anterioridad a la experiencia y, por tanto, acta al modo de muro protector: Sealar tambin que ese cerrojo adopta siempre un carcter anticipado: es una negacin anterior a toda investigacin crtica a todo ulterior descubrimiento, una especie de conjuro alucinatorio del futuro [4]. Esto hace que, aunque el error sea evidente, las personas sean capaces de seguir auto-ocultndose la verdad, poniendo en marcha un autntico ejercicio de represin. Es ms, el resultado puede ser justo el inverso, consiguiendo el atrincheramiento del ser humano en sus creencias frente a cada evidencia mostrada. Todo esto permite que la catstrofe sea completamente ignorada. El proceso es descrito por Rosset de la siguiente forma: (...) primero, que la catstrofe no es objeto de temor, sino de deseo; a continuacin, y sobre todo, que no es temida por quien la anuncia como un hecho seguro, sino como una de las realidades menos ciertas [5] . El problema est en que la creencia se acaba fundamentando en la mera opinin, por lo que la misma mentira carece de arraigo suficiente para que los hechos sean capaces de ponerla en duda. La nica forma de dejarla de lado es sustituirla por otra creencia, que parezca ms conveniente o cuya autoridad merezca ms crdito.

Debemos recordar que las autoridades soviticas reconocieron tan slo la muerte de una treintena de personas en Chernbil y, de hecho, an no se tienen datos fidedignos de las patologas, enfermedades mortales o mutaciones que sufrieron y contina sufriendo la poblacin. En este sentido, la serie se limita recalcar y exhibir impdicamente el sufrimiento horrendo de los operarios y bomberos que murieron en los hospitales a consecuencia de la exposicin directa a la radioactividad durante las primeras horas. Olvidando las consecuencias a medio y largo plazo de la contaminacin. Es ms, viendo las carnes quemadas y purulentas de las vctimas, resulta irremediable establecer un paralelismo entre el maquillaje de la serie y el de los zombis. Un parecido que se refuerza al conocer que su director, Johan Renck, se ha hecho cargo tambin de algunos captulos de The Walking Dead. El resultado es sumamente creble a la hora de presentarnos la aberrante descomposicin de las clulas que sufrieron las vctimas. Asistimos durante un episodio completo a desaparicin de lo humano devorado desde el interior, convirtindose en una carne sin rganos, en una persona sin rostro que hierve sin fuego. Sin embargo, frente a ese dolor indecible nos colocan a la abnegada y amante esposa, que a pesar de las advertencias no huye y no aborta. De modo que de la infinidad de testimonios de sufrimiento, incapacidad, cncer o malformaciones que se dieron, la serie elige fijar la mirada en esa historia de sacrificio y redencin. Aadiendo el timo de la esperanza, que atrapa al incauto que aguanta hasta la moraleja final del ltimo captulo.

Aunque, al fin y al cabo, no puede negarse que la serie da miedo. Su visionado se asienta sobre el mismo miedo turbio que tantos acontecimientos cotidianos nos generan. Ese temor informe al que haca referencia Zygmunt Bauman, que hoy se ha generalizado entre la poblacin por hechos como el cambio climtico o las catstrofes; el terrorismo o los asesinatos masivos; la deshumanizacin de la sociedad o la marginacin. De modo que, segn l existe () una zona gris, insensibilizadora e irritante al mismo tiempo, para la que todava no tenemos nombre y de la que manan miedos cada vez ms densos y siniestros que amenazan con destruir nuestros hogares, nuestros lugares de trabajo y nuestros cuerpos por medio de desastres diversos [6]. Pero ese miedo no es punzante y ntido, sino ambiguo y vergonzoso. No empuja a defenderse, sino que se convierte en una inquietud que nos vuelve dciles. Porque lo nico que deseamos es que nada cambie, tan slo seguir disfrutando del libre consumo y el confort. Consecuentemente, se convierte en un temor insidioso, que genera la inseguridad suficiente para aceptar el control, ponindonos en manos de estos tcnicos y cientficos, que tienen como tarea gestionar limpia y correctamente nuestras centrales nucleares.

Slo cuando el asunto llega a alguna de esas situaciones crticas, cuando hay algn accidente, las personas sienten que ese miedo se condensa y reaccionan en algn tipo de movilizacin. Pero, vistos los resultados, no podemos dejar de ser pesimistas y volver referirnos a Anders, cuando reflexiona as sobre el movimiento antinuclear: Por lo que concierne a los que estn medio informados, cuando se renen a miles, se olvidan de que se renen para poder tener miedo juntos y para poder hacer algo contra aquellos que les dan miedo [7]. Como dicen los bobos, siempre hay un hueco para la esperanza y ya se habrn enterado por los medios de comunicacin de que las plantas y los animales se han recuperado en las zonas de Ucrania donde desapareci la presencia humana. La naturaleza ha resurgido exuberante al retirarse la presin de las personas y las ciudades. Los bosques van repoblando las calles, levantando el asfalto, mientras los animales viven entre las ruinas de la civilizacin. De hecho, cuentan que hay gorriones que han anidado en la cpula que cubre la central. Intentaremos crernoslo.


Notas:

[1] SEMPRN, JAIME (2002), El abismo se repuebla. Madrid: Prcipit Editorial, p.69.

[2] ANDERS, Gnther (2011), La obsolescencia del hombre. VOL I. Op. Cit., p. 254.

[3] ROSSET, Clment (2008), op. Cit., p. 65.

[4] ROSSET, Clment (2008), op. Cit., p. 69.

[5] ROSSET, Clment (2008), op. Cit., p. 87.

[6] BAUMAN, ZYGMUNT (2013), Miedo lquido. La sociedad contempornea y sus temores. Barcelona: Paids, pp. 13-14.

[7] ANDERS, GNTHER (2008), Estado de necesidad y legtima defensa (violencia s o no). Madrid: Centro de documentacin crtica, p. 15.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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