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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-06-2019

Quines y por qu sostienen al impopular Gobierno haitiano?

Lautaro Rivara
Nodal


Jovenel Mose, presidente de Hait, no es un rey sin corona. Al contrario, tiene corona, cetro, trono, y todos los atributos formales del poder poltico. Pero prcticamente ninguno de sus atributos reales. Pero siendo as, cmo es posible que se sostenga en el poder un presidente que sorte innumerables movilizaciones de masas en los ltimos dos aos, huelgas generales, una insurreccin popular que lo dio vuelta todo en julio del 2018 y un bloqueo que paraliz al pas en febrero de este ao durante ms de diez das? Cmo es posible que lo haga concertando el repudio unnime de partidos de todo el espectropoltico, de los movimientos sociales rurales y urbanos, de los organismos de derechos humanos y las ONG progresistas, de los parlamentarios que decidieron no convalidar la designacin del primer ministro por l elegido, de parte del poder judicial y sus mximos tribunales, que insisten en su culpabilidad en el desfalco de fondos millonarios, de los ex primeros ministros que se han sucedido espasmdicamente en el cargo e invariablemente lo han abandonado con invectivas contra su persona e incluso de los sectores patronales agrupados en el Foro Econmico Privado y de la Iglesia Catlica, que amenaza con pasarse con velas y bagajes al difuso y contradictorio campo de la oposicin?

Jovenel Mose se sostiene en el poder desde que fuera elegido en 2016 en unas elecciones reconocidamente viciadas que debieron ser repetidas, reincidiendo en un fraude por el que el candidato designado por el expresidente Michel Martelly y la embajada norteamericana fue aupado a un fantasmagrico primer lugar, desplazando al ganador legtimo, el exsenador Jean-Charles Mose, a un tercer puesto que no le permiti ni proyectar su sombra en un balotage. El presidente est al frente de un estado en completa bancarrota, impedido en su constitucin desde hace doscientos aos, firmemente sujetado por las correas del FMI y del Banco Mundial, militarmente ocupado desde el ao 2004 por las misiones de pacificacin y justicia de las Naciones Unidas. Y se demuestra netamente deficitario, cuando no inexistente, en la provisin de derechos sanitarios, educativos o habitacionales. Un estado que, por otra parte, usa instrumentos represivos desproporcionados para reprimir ciudadanos de a pie, pero que carece de la capacidad o de la voluntad de poner un lmite a las bandas criminales organizadas y financiadas por el propio poder poltico, que en un hecho grotesco protagonizan algo as como el primer paro de delincuentes del que se tenga registro. Son estos grupos, los gangs, los que perpetran masacres y aterrorizan las comunidades para que los senadores o expresidentes que los organizaron y armaron para realizar trabajos opacos, vuelven a financiarlos y cobijarlos bajo su ala, como sucedi con el por estas alturas ya casi mtico Anel, amo y seor de Grand-Ravine. De paso cumplen tambin objetivos inestimables: forzar a la ciudadana a abandonar las calles que ocupan casi sin solucin de continuidad desde hace aos contra la crisis econmica, la caresta de la vida, la ocupacin internacional y la corrupcin gubernamental. Tambin la violencia sexual es utilizada como instrumento de control territorial, como qued demostrado con las violaciones sistemticas perpetradas contra jvenes estudiantes de la Universidad Quiskeya. Detrs de todo caos hay un orden secreto, y el descalabro de la seguridad en Hait no es la excepcin.

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Cmo puede la llamada comunidad internacional (esencialmente los Estados Unidos y sus socios atlnticos) hacer la vista gorda frente al escndalo de un presidente acusado con pruebas solventes y un extenssimo informe del Tribunal Superior de Cuentas, de haber participado en la malversacin de los fondos de Petrocaribe que llegaron al pas para ser destinados a proyectos de infraestructura social y energtica, como aconteci para provecho del resto de las naciones caribeas? Por aqu, en cambio, solo hubo sobreprecios, subejecuciones, contratos yuxtapuestos, obras fantasmales, liquidacin precoz de fondos, evasin fiscal, nepotismo, etc. E incluso, segn el segundo informe de la segunda auditora del citado tribunal, Jovenel Mose habra participado de forma directa a travs de empresas propias tales como Agritrans. Tambin aparecen vinculados a la trama de corrupcin funcionarios de carrera, primeros ministros, exministros y directores de empresas. Se trata en suma de un hecho de corrupcin que, a escala local, quizs resulta an ms significativo que el escndalo trasnacional en torno a la constructora Odebrecht. Y sin embargo, como son las cabezas de un Gobierno plenamente consustanciado con los intereses norteamericanos las que penden de un hilo, nadie ha puesto ni pondr el grito en el cielo.

Jovenel Mose, un empresario anodino, el rey banana como es llamado con sorna por sus detractores en relacin a su trayectoria como exportador de pltanos, pende de un hilo. Esto es algo que se dice y se repite en el pas y los medios de comunicacin desde al menos julio del ao pasado. Y es absolutamente cierto. Y sin embargo el tambaleante Mose nunca termina de caer porque es un hilo grueso el que lo ataja. Aquel que lo enlaza a los poderes fcticos del pas, esencialmente la embajada norteamericana, la lumpenburguesa importadora y las potencias de segunda lnea que mantienen intereses en la nacin caribea. El apoyo de la administracin Trump ha sido reiterado y se mantiene imperturbable, aparentemente indiferente a la coyuntura insurreccional y a los costos evidentes, aunque limitados por el cerco informativo, que genera estar pegado a semejante descalabro. La testarudez de la administracin republicana se debe centralmente a tres causas. En primer lugar a los buenos servicios prestados por Mose en el saqueo del pas, de los cules podramos enumerar rpidamente: la consolidacin de un paraso fiscal en la Isla Gonave y de zonas francas comerciales; la poltica de puertas abiertas a los proyectos megamineros en el norte grande del pas donde campean tambin capitales canadienses; el manso sometimiento al FMI y la garanta de avanzar en la privatizacin de las ltimas empresas estatales que sobrevivieron a la rapia neoliberal; el sostenimiento de salarios pauprrimos que aseguran la rentabilidad de las maquiladoras que confeccionan textiles para el sur de los Estados Unidos a precio de ganga; la ruina agrcola inducida y la apertura del extenso mercado haitiano para los productos alimenticios de baja calidad tanto norteamericanos como dominicanos; la utilizacin de Hait y sus islas como estacin de paso para la cocana producida en el sur para el consumo del norte; el lucrativo negocio de las empresas como Sogebank y Wester Union que monopolizan las remesas de la nutrida dispora haitiana y un largo etctera.

Pero tambin hay una dimensin estrictamente geopoltica, que se ha reforzado desde que Mose decidiera poner fin a su inestable equilibro diplomtico y se transformara en un operador caribeo de la cruzada internacional contra la revolucin bolivariana de Venezuela. Por el lado poltico del asunto, Hait decidi reconocer en la OEA al autoproclamado e igualmente anodino Juan Guaid, e impugnar a destiempo la legitimidad del chavismo, que tanta ayuda solidaria ha ofrecido al pas desde el primer Gobierno de Hugo Chvez, que fue recibido y aclamado en 2007 como si se tratara de Jean-Jacques Dessalines, el padre de la patria. Despus de esto Hait se fue sin que lo echaran de la Plataforma Petrocaribe, vital para el abastecimiento de hidrocarburos de las islas caribeas, las anti-imperialistas y tambin las otras. Por ese accionar suicida el pas comenz a comprar combustible a los Estados Unidos a un costo mucho ms elevado. Pero, paradojas del destino, se trata de los mismos hidrocarburos que los norteamericanos compran a Venezuela, que remarcan con especulacin y mayores costos logsticos, y triangulan hacia la isla que antes era abastecida desde una geografa ms prxima, sin usura y con acuerdos preferenciales (una autntica ayuda humanitaria). El resultado inmediato ha sido en Hait el desabastecimiento de nafta, querosn y gasoil, al auge del contrabando y el incremento desmedido de precios. Dentro de esta misma dimensin poltica el Ministro de Asuntos Extranjeros y Culto, Bocchit Edmond, ha devenido un insistente lobbysta de los llamados de guerra contra Venezuela, aunque sin xito, en organismos regionales como la Comunidad del Caribe. Por si fuera poco, segn fuentes de los movimientos sociales, Mose habra ofrecido algo que de todos modos debe entenderse como una mera cortesa formal: la libre navegabilidad de las cosas haitianas para el paso de buques de guerra ante la hiptesis, hoy algo desinflada, de una intervencin militar directa de los Estados Unidos sobre Venezuela.

Pero quizs el apoyo irrestricto del gran pas del norte al Gobierno de Mose tenga an otra explicacin. Y es que la lectura de fondo, compartida por tirios y troyanos, es que lo que atraviesa Hait es una crisis orgnica profunda, con el colapso simultneo de sus estructuras econmicas, el completo desprestigio de su sistema poltico-electoral, la incapacidad del estado para ejercer su soberana sobre el territorio comn, la probada inviabilidad de este modelo de nacin, y la completa ausencia de perspectivas de futuro para las cuatro quintas partes de la poblacin. Perdida por perdida toda mascarada liberal-republicana, y obligados a sostener este esquema de dominacin con la pura coercin y la creciente militarizacin y paramilitarizacin de la vida, Estados Unidos y sus socios imperiales apuestan a lo conocido. Parafraseando la entraable descripcin de Cordel Hull, Secretario de Estado de Franklin Delano Roosvelt sobre el dictador Anastasio Somoza, Mose podr ser un hijo de puta (y un incompetente) pero es su incompetente hijo de puta. Siempre desde su ptica, abrir siquiera un resquicio a un recambio del elenco gubernamental no descomprimira demasiado la explosiva situacin social como no lo ha hecho la danza incesante de primeros ministros, y quizs las masas soliviantadas podran darse an ms aire ante una victoria tctica de ese calibre. La malversacin de fondos pblicos, an en esta escala, no deja de ser el catalizador de dramas an ms profundos y estructurales en el pas ms pobre (o empobrecido) del hemisferio. Las consecuencias de tal transicin, para propios y extraos, son an difciles de prever.

De todos formas, ms all de la irritante continuidad de Mose en el poder, la alianza formada entre el estado patrimonialista, la lumpen-burguesa haitiana y las potencias imperiales, se encuentra en una encerrona. La cercana de unas elecciones parlamentarias que deberan ser convocadas para fines de este ao llevan a los factores de poder a una disyuntiva. Por un lado podran optar por abrir la caja de Pandora de un proceso electoral que necesariamente no pueden ganar, dado que la nula credibilidad de Mose o de cualquier otra figura del establishment posibilitara que un candidato de izquierda o progresista capitalice la crisis y se alce con el triunfo como sucedi en 2016. Viene siento interesante, en ese sentido, la demorada tentativa de unidad de un amplio arco de organizaciones de izquierda, democrticas, patriticas y progresistas. De dar cauce a las elecciones el Gobierno volver a recurrir a un nuevo y ominoso fraude, lo cual hara crecer exponencialmente la magnitud y radicalidad de las protestas como ha sucedido en otras oportunidades. La otra posibilidad lgica sera terminar de clausurar los ltimos vestigios de democracia liberal con un autogolpe o con la postergacin ad infinitum del simulacro electoral, o bien con la remilitarizacin del pas a travs de la declaracin de un estado de excepcin. El propio presidente ha solicitado en conversaciones con representantes norteamericanos remover la burocrtica mediacin de la MINUJUSTH (as se llama la actual misin de ocupacin de la ONU) por una presencia directa y an ms discrecional de marines norteamericanos de este lado de la isla.

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Por recurrente, la imagen no resulta menos sobrecogedora. Decenas de miles de personas remontan la larga pendiente de la Avenida de Delmas y se dirigen en una peregrinacin que se hace a buen ritmo hacia Champ de Mars, el centro poltico de Puerto Prncipe, no sin antes hacer una escala en Ptionville, el distrito ms rico del pas, tradicional zona de la burguesa mulata y epicentro de grandes hoteles, supermercados y embajadas. No es de extraar que las mayoras abrumadoras sean magnticamente atradas a los smbolos de la corrupcin de la clase poltica haitiana: el Hotel Marriot, el viaducto del cruce del Aeropuerto Internacional, el Parlamento o el Palacio Nacional. Empuan apenas carteles y alguna que otra remera identificatoria, aunque los ms slo agitan ramas de rboles. Algunos hasta llevan cuerdas consigo simbolizando la necesidad de atar, de arrestar, a los culpables del desfalco. Un joven en silla de ruedas carga un neumtico sobre sus piernas rgidas y lo arroja sobre otros que arden. Aqu todo mundo lucha en la medida de sus posibilidades. Pronto se pliegan otras grandes ciudades a las protestas: desde Cabo Haitiano, la antigua capital de la colonia de Saint-Domingue, los manifestantes marchan hacia Vertires, el campo de batalla de la primera independencia americana, y se postran frente a la imagen de los hroes de la independencia para implorar asistencia para arrancarse de encima a los colonizadores de este sigo. Se suman tambin importantes centros econmicos como Gonaves y Saint-Marc, las grandes ciudades-puerto del Artibonite; completan el grueso de la geografa nacional Belladere en el departamento central y Les Cayes, Jrmie y Miragone, las capitales de un sur que se estira hacia el oeste.

Si a esa virtual implosin del sistema poltico electoral de la que hablamos sumamos una situacin econmica menos tendiente a la crisis que al colapso, es fcil entender porque en el pas se ha hecho cotidiano lo extraordinario: cientos de miles de personas, cuando no millones, saliendo espontneamente a las calles de todo el pas una y otra vez, batiendo rcords histricos cada mes, cada semana. Julio, Octubre, Noviembre, Febrero, y ahora Junio. La enumeracin de esos meses que quizs nada signifiquen para otros, es de rigor y bien conocida para quienes vivimos en Hait. Se trata de la larga saga de movilizaciones de masas que configuran un estado de insurreccin popular permanente que apenas si encuentran en el medio perodos de la latencia en los que la vida parece transcurrir con increble normalidad. Pero la plvora sigue acumulndose y cualquier hecho de la coyuntura, trascendente o trivial, vuelve a detonarlo todo. La crisis es sistmica, y sin precedentes. El edificio del aparato colonial est corrodo hasta los cimientos. El neoliberalismo se ahoga en su propio pus. Nadie podra achacar el fracaso a factores ideolgicos presuntamente extraos como el comunismo o el estatismo. Aqu reinan, sin contrapeso alguno, el libre mercado, las ONGs europeas y norteamericanas y el imperialismo. Por eso la estrategia de las agencias oficiales de comunicacin es bien sencilla: el silencio ms deliberado. Hait, sin tremendismos, como ningn pas de nuestro continente, podra enfrentarse en los prximos das o meses a grandes transformaciones decisivas.

El ltimo experimento progresista y popular en el ao 1991, el ltimo vestigio de una democracia con olor a pueblo, la del cura salesiano Jean Bertrand-Aristide, que supo conducir a una verdadera avalancha de voluntades y votos (Lavalas, avalancha en la lengua nacional haitiana, se llamaba precisamente la coalicin de Aristide), fue abortado con repetidos golpes de estado, con la presin externa financiera y diplomtica, con su regreso condicionado al pas y finalmente con una ocupacin militar que no cesa. El pueblo haitiano ha perdido la ltima chispa de su entusiasmo ciudadano: hoy descree, malcree o simplemente reniega. Y se moviliza. Y paradjicamente en ese escepticismo coinciden la burguesa y la casta poltica, que tambin descreen, a nadie convencen ni intentan convencer. Por eso slo reprimen y esperan el impacto a ojos cerrados. Estas son, al desnudo, las formas neoliberales del consenso. Este es el proyecto del imperialismo para el sur global, sin tapujos.

La movilizacin contina en su segundo da al momento de escribir esta nota, con resultados an inciertos. Dos muertos han sido reconocidos ya por la Polica Nacional, y muchos otros estn siendo identificados por los movimientos sociales y los organismos de derechos humanos, los cuales de seguro sern negados por el estado. Y sin embargo, en la ciudadela amurallada de su residencia personal en Pelerin, o en el militarizado Palacio Nacional, an prximo de la catstrofe nacional o personal, Jovenel Mose, el rey ensimismado, el intumbable, resiste por ahora.

Lautaro Rivara. Miembro de la Brigada Jean-Jacques Dessalines.

Fuente: http://www.nodal.am/2019/06/quienes-y-por-que-sostienen-al-impopular-gobierno-haitiano-por-lautaro-rivara/


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