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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-06-2019

Breves captulos de la Revolucin de Esmeraldas
Cuatro negros pelagatos (II)

Juan Montao
Rebelin


 

La descolonizacin siempre es un fenmeno violento [1] .

Los condenados de la Tierra,

Frantz Fanon

 

 

 

Captulo 5

La guerra del Coronel

Una tarde de esas, el coronel y sus partidarios ms cercanos atinan a comprender que aquello que se haban propuesto ya no era el fin de sus deseos: combatan por el desquite de otros y los manifiestos liberales ni siquiera saban de las rabias filudas de los machetes Collins manejados por cimarrones venidos de Cachav, Wimb y decenas de otros topnimos. Hasta haba llegado del otro lao de la raya (Colombia). El coronel y sus amigos no tenan idea, ni la ms diminuta, de las distancias de los credos colectivos en el significado de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad de los conciertos [2] de sus haciendas y las de otros dueos. Sus lricas olmedinas [3] sobre la libertad tenan pragmatismo combativo de los jornaleros sin jornal y de los pequeos finqueros que jams tendran voz en los asuntos del Estado. Los coroneles se quedaron impvidos con el descubrimiento: esa ya no era su guerra. No lo haba sido desde el principio, desde aquella madrugada del 24 de septiembre de 1913, cada revelacin era una pieza sorprendente del rompecabezas, les fall la distancia poltica, como teora de libros y novelera afrancesada.

Al coronel lo confundi el temerario entusiasmo, el corrinche humano llegado sin previa convocatoria y con arma de dotacin (el afilado machete). Ninguno pregunt cuntos eran los gobiernistas sino dnde sera la prxima batalla. A l debieron confundirlo ciertos halagos subalternos y dcimas arrulladas alabanciosas: Carlos Concha es mi pap, bajado del infinito, si Carlos Concha se muere, el negro se queda solito. Record que l no era militar de academia, como Eloy Alfaro se form en las vicisitudes de los combates, adquiri la virtud del mando rgido en sus haciendas y el direccionamiento militar en plenas acciones blicas; aprendi de sus guas el uso estratgico del ordenamiento geogrfico, ley lo que pudo de los acadmicos militares y ejerci su liderazgo hasta en las minucias de las relaciones jerrquicas. l era prisionero de unas pocas millas cuadradas de epopeyas, mientras la gloria y la capital de la Repblica estaban lejos, muy lejos. Y all nadie lo necesitaba. Aos ms tarde, en la agona, supo que esa guerra civil haba sido suya y de nadie ms. Aquellos primeros historiadores escribiran que su guerra fue una revolucin. La Revolucin de Esmeraldas.

Captulo 6

El hombre que se hizo de barrio marginal [4]

En el daguerrotipo, probablemente de Diario El Tiempo, edicin de 1914? De qu fecha exacta? Por ahora no se sabe. El pie de foto indica: Grupo de macheteros presididos por los hermanos Federico y Ercilio Lastra. Estn alineados y exhiben la legendaria herramienta-arma, ms parecen unos pacficos agricultores preparndose para la jornada de desbroce, aunque debieron ser de diferentes estaturas el asombro perdi por el empuje mitolgico del pnico: todos eran titanes con robustos brazos de guayacn. De ellos el de la fama fue Federico, casi ningn historiador le dedica una lnea de valor admisible y s demasiadas pginas de descrdito. Para ese ao, no tena grado militar otorgado ni por la Asamblea Nacional ni por el Gobierno, solo el nombre y las hazaas que la oralidad mantena en las conversaciones a las que volva, de tarde en tarde, como nima sola. l lleg con el contingente trado a volandas de Esmeraldas para afirmar el triunfo del liberalismo alfarista en Guayaquil, era 1895, por esta vez los presagios blicos eran favorables al llamado General de las Derrotas. Aquellos descendientes de los llamados mandingas azabaches o gente del puro color y tipo etipico, sea por elogio o por las urgencias de alguna comparacin elocuente, avanzaron cordillera arriba por Azuay, Chimborazo hasta entrar a Quito. Varios lustros despus, Federico Lastra y los dems apenas tenan la amistad de los coroneles liberales, muy escasos renglones en las abundantes y elogiosas crnicas al grupo de prceres hacendados. Al acudir al llamado del cimarronismo alzado en armas ocultado como revolucin el grado otorgado fue de mayor, unos despus meses integraba la comandancia revolucionaria y ya era comandante. De los mejores. El cimarronismo de Esmeraldas y de ms all actualiz aquella tenaz advertencia de abuelas y abuelos:

- Es el afn de volver a ser libre, lo que alimenta el corazn del esclavizado, la voluntad para apoyar las propuestas de libertad que nacen en nuestro entorno, sin mirar el color de los que reclaman esa libertad [5] .

Los rebeldes antiesclavistas recorreran el trnsito guerrero desde las hmedas pampas costeas a los fros pramos serranos, volva a tener el mismo mrito que aquellos anduvieron millas mortales por la formacin de estas Repblicas. Es posible que ninguno supiera la profeca bolivariana, pero una intuicin de entrenado cimarronismo debi revelarles que estos pases de nombres arbitrarios haban cado infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para despus pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas [6] . Al decir de un Simn Bolvar lcido en su desencanto, escribiendo ms con amargura que con tinta algo as como una sentencia inexorable. Los muertos alumbran caminos [7] y con la impaciencia de su lumbre exigen superar por fin el repetido error de la confianza en las palabras pantanosas de la sociedad blanca:

- Los esclavizados tenemos la obligacin de luchar para volver a ser hombres y mujeres libres, porque nuestra naturaleza es nacer y morir en libertad [8] .

Un da de esos, los Collins, herramientas para el desbroce del conuco, cambian su pacfica utilidad, por una rabia ltima y urgente, ya son armas para el combate cuerpo a cuerpo. Aunque para no dejar brazo, pierna o la vida durante el cachimbeo se necesita fuerza y habilidad, que solo se adquiere con horas de entrenamiento riguroso; pero no haba cundo y las prisas por no despilfarrar la circunstancia poltica a falta de alguna de ellas se completa con derroche de sentimiento hostil e intencin hostil [9] . Federico y Ercilio Lastra y los que sin llamado previo de ninguna autoridad llegaron, todos sumaban tardes y noches de educacin oral en el resarcimiento obligatorio, en la autoreparacin y en el estirar y encogerse de la sangre segn el clima poltico. Las lecciones nunca fueron sonidos que se llev el viento, la memoria colectiva acomodaba el cimarronismo cognitivo a cada ventolera, con el apelativo de casa grande que fuera (independencia, repblica, liberalismo) y el sonsonete no hartaba, porque en la repeticin se descubran nuevas preparaciones mentales:

- Cuando uno dice lo que es, uno toma la palabra, cuando el otro acepta lo que uno dice que es, uno est participando. Si el colectivo no tiene certeza de estar participando en la construccin de su futuro, las iniciativas para el desarrollo material, son puras acciones polticas [10] .

A las diez de la maana del lunes 15 de diciembre de 1913, Federico Lastra montado en un simblico caballo blanco, entr en la ciudad de Esmeraldas. Las leyendas terribles se inventaron en cantidad proporcional al miedo y el desprecio a la negritud alzada en armas. Miedo al desquite por concertaje bestial, miedo a ser gobernados ya no por cuatro negros pelagatos [11] sino por unos antropfagos. Por ah alguien mostraba el ejemplar de Diario El Comercio, del viernes 31 de octubre de 1913. No faltaba quien lo lea a grito pelado: El comandante Olarte ha recogido ya a Icaza y sus soldados que corran peligro de ser comidos por los negros hambrientos y sedientos de don Carlos [12] . Para esa tercera semana de diciembre ya se haban credo sus mentiras y cuando se supo de la aproximacin de los rebeldes pocos cuidaron mostrar la desmesura del miedo. Fue la estampida hacia los barcos del Gobierno placista y a cuanta cosa flotante estuviera en la bocana del ro Esmeraldas. Acelerados funcionarios cuidando papeles confidenciales, desesperados militares reclamando espacios con falsa valenta, grupos de familias gritando la autoridad de sus apellidos e influencias, aturdidos hacendados cuidando las joyas de la familia y hasta ciertos nadies que tenan algn temor oculto peleaban por un pequeo espacio. El espanto comn, adems que falseaba sin remedio sus nimos, eran los montoneros de Federico Lastra. Pero sobre todo l.

Nada de lo temido ocurri. La ciudad alumbrada por un decembrino sol canicular sin viento amortiguador de calores, solo las sombras de las casas ofrecan tregua; el orden fue perfecto si uno se atiene a la caminata por la calle principal y no a la disparidad de la tropa, porque unos iban a pie y otros a caballo, andaban quienes exhiban los fusiles arrebatados a las tropas gubernamentales en El Guayabo o machetes alertas apoyados en la unin de brazo y antebrazo. El recorrido de los rebeldes triunfantes, sin ninguna marcialidad, fue observado por pocos curiosos desde los portales y por ojos temerosos a travs de los visillos de las ventanas cerradas, la bandera del Ecuador en la Gobernacin no haba sido retirada ni se retir mientras dur la ocupacin. Llegaron hasta la parte central urbana y se dedicaron a cumplir las rdenes. Federico Lastra y un grupo hicieron un recorrido exploratorio para establecer puntos de observacin y se dispusieron a esperar la llegada de Carlos Concha.

Adems la toma de la ciudad de Esmeraldas, para muchos de los que entraron con el asombro de la repentina autoridad, tuvo un simbolismo demoledor: por primera vez no se arriesgaban a la ventolera de golpes de sable o de culata de fusil (sablazos o culatazos) de la polica ante de exigirles, de paso maldiciendo el color de su piel, que arreglaran las calles polvorientas en verano o lodosas invierno. La ciudad se construa siguiendo el derrotero del ro, por la maana recibe el sol de frente y en las tardes de espaldas, por eso mientras avanzaba la tarde, con la llegada de la fresca, la gente se sienta a matar el rato en conversaciones sin ms detalles importantes que no sean los familiares. Todava perdura la costumbre de clima y geografa.

En 1913, la ciudad se conformaba de grandes casas de madera, todas, inclua la del municipio y la de la gobernacin; tambin la iglesia y de las familias adineradas. Con techumbre de zinc. En la periferia, muchas casas se construan de caa brava y techo de rampira, era otra ciudad que traa su cimarronismo consigo, en la piel, en el desafo constante a esas autoridades de habla distinta y aun en las ganas de habitar ese suelo apropiado a las haciendas. Los hacendados lo haban ganado por mrito de sangre y apellido.

Para ese tiempo ya se jugaba ftbol en Esmeraldas. Haba algo parecido a una liga deportiva para esos avecindados en la calle de las casas grandes de madera. Ellos negociaban con las casas comerciales extranjeras, compartan sus gustos y ahora tambin el ftbol. Mientras tanto la otra liga es de las casas de la humildad. Se juega por separado y de vez en cuando se toman licencias por curiosidad y aburrimiento, entonces el partido entre los opuestos histricos tiene eso de resarcimiento social, como la circulacin del baln, as era el orden roto.

Los cuatro negros pelagatos de Federico Lastra no saquearon ninguna casa, ni siquiera aquellas que quedaron a medio cerrar o abiertas por las prisas del escape. En los primeros das de marzo de 1914, se retiraron estratgicamente. Tampoco nadie fue comido ni mutilado para aprovechar alguna porcin de carne. La noticia no fue publicada por El Comercio. A quin interesaba?

Captulo 7

La raza tambin es la clase

La ciudad de Esmeraldas, para el mircoles 24 de septiembre de 1913, tena unos abrazos verde oscuro de los cerros, como si la protegieran de amenazas inminentes. O fuera una demostracin afectuosa de esas lomas con guarniciones de guayacanes. Legiones de guayacanes de troncos rectos y sin orden cronolgico para su florecimiento; en invierno o en verano mostraban su amarillo astral, caramba, se lo presenta ah cerquita y pareca que el esplendor era el ltimo y bello desespero de esos tiempos. Aunque la mirada no se agotaba con el amarillo, de todas maneras obligaba a desandar odas insufribles a poetas fugaces. Si la ciudad se recostaba en las laderas del lomero, al lado opuesto estaban las aguas. Desde el borde de tierra firme, de la puntica del zapato si se estaba en la orilla las marabuntas del ro y el mar se extendan hasta el infinito.

La ciudad fue pensada al estilo colonial. El cuadrado de las jerarquas con la iglesia y sus tres campanadas en el da, oficinas de gobierno y al centro el parque. Esa fue la idea de geografa urbana, pero al final prevaleci el alma histrica de la hacienda o de la plantacin. El poder poltico estaba repartido entre los notables de aqu y los pocos notables de Quito, Guayaquil o Manab. A veces ese poder se dilua hasta que algn mayoral lo utilizaba a conveniencia, por ejemplo un intendente o un secretario de gobernacin. Con el paso de los aos aquello poco cambi. Eso se llama colonialismo interno, pero an no era el 24 de septiembre de 1913.

La calle principal transcurra por el malecn, adems de las casas de las familias ricas, estaban las casas comerciales. Aquellas eran algo ms que el rtulo, escrito con letras del far west, su influencia, particular o colectiva, se senta como sutil embajada de propietario ausente y agenciosa consejera poltica. Estaban la Casa Alemana, la francesa llamada Casa Dumarest y la italiana dividida en dos alas: una dirigida por los Yannuzelli (quizs Iannuzzelli) y la otra por Santiago Ameglio. Tambin estaban con igual estatus y diferente discrecin las Casas comerciales de Inglaterra, Colombia, Estados Unidos, Blgica y China. El nombre de Esmeraldas se relacionaba con las exportaciones de tagua, cacao, caucho y caf. Por ah se alimentaba alguna leyenda del oro de La Tolita, sin ninguna precisin geogrfica que no fuera todo el norte provincial.

Las despedidas se hacan en los muelles fluviales, los viajeros saltaban a los botes y el adis duraba mientras el dolor de brazo, por agitar pauelos (o simplemente la mano pendulando ltimos saludos) no lo impeda o hasta la prdida de vista del vapor. Era tanta el agua que las islas se insinuaban como bromas geolgicas y el viento del mar (o de tierra adentro) se reciba de golpe, porque era una ciudad de par en par, sola ser notorio y preciso por el aumento de la frescura que alivianaba la conversacin. Estaban quienes acomodaban sus relojes con el aflojamiento del calor.

Los domingos eran de las familias que aumentaban el trabajo de otras familias, porque su disfrute se haca sobre el trabajo de mande usted! Y el mandato no admita errores o desacuerdos. Eran dos mundos familiares opuestos: negro y blanco. El familiaje blanco se reuna en haciendas de amistades o en patios de las residencias urbanas, atendido por el atareo de parentelas negras tambin concertadas. El ajetreo de esa otredad dejaba, en las mesas de blanco mantel largo, carne asada, ensaladas varias, bebidas fermentadas y postres a capricho. Algunas familias disponan de gramfono, el aparato permita escuchar melodas de lugares remotos, invitados o anfitriones de mayor recorrido geogrfico entretenan con alguna explicacin. O se iban al cinematgrafo que funcionaba en el primer teatro municipal, el aparato de proyeccin de pelculas silentes, movido a manivela, fue importado por Luis Tello.

A veces, los extranjeros, escuchando sus msicas de violines o sus peras, compartan las razones de suspiros y pauelos secando lgrimas imaginarias, entonces no faltaba la solidaridad pendeja con lo que era ajeno a su inters distractor. Las apariencias eran parte del engao y del negocio. O tambin unos combos musicales de la milicia o de los conservatorios municipales competan con la sonoridad del aparato, se bailaban vals o polkas con la gracia de la imitacin. La marimba y los tambores de ms all, no les alcanzaba la sangre avergonzada. El 24 de septiembre de 1913 pondra una pausa a esas tardes de libertades y servidumbre.

Esmeraldas, ciudad dividida por razas. 1913, la sangre es roja, se sabe y es indiscutible, pero se cumpla con cierta resabiada abstraccin: azul. La raza tambin era la clase. El supremacismo racial y cultural no se afinaba en el contacto habitual de las sociedades urbanas, no haba discrecin ni en los gobernantes nativos ni en los llegados. El comportamiento era parecido con algn matiz aislado sorprendente por ser propietario, por cierto servicio estatal agradecido o por autodidacto con algn prestigio, pero eran rarezas de toleracin. As es que las distancias ms importantes no eran geogrficas, sino las de la piel primero y despus el origen. Primero la raza y despus la clase social? Nadie garantizaba la hegemona del desprecio. O el orden poltico. Con la gente negra iba por cualquier lado.

Las calles an no tenan nombres de prceres, el punto de llegada y salida era el parque central, con su glorieta para los daguerrotipos familiares, despus de los paseos en grupos y con vigilancia de chaperonas. Tambin algunas veces desfilaban milicias para amago blico nacional o internacional. Las autoridades llegadas de otros lados complacientes hasta la reverencia demostrativa con los trajeados de lino y sombrero canotier, mientras que con los trabajadores negros era de sablazos y obligaciones de prestar servicios gratuitos pblicos como arreglar el parque, las calles y edificios.

En 1913, el aire de la ciudad de Esmeraldas est lleno de olores indefinibles, casi ninguno desagradable, unos llegaban del mar y del ro, otros de la vegetacin con variable tonalidad verde y florecimientos alternados en colores. Aquellos olores morosos de las comidas aliadas para estmagos de ac, provenientes de casas familiares y restaurantes. En verano el aire de la ciudad se carga del polvillo de las carrasperas, las lluvias del invierno lo lavaban dejndolo ms puro. Las garas veraniegas sacan olores de todas partes y en la frescas vespertinas la gente se deleita con si fuera el perfume de la bendicin. O el ax primario de todos los santos olores. Ms olores. Son por los sahumerios, en horas tempranas de la noche, para alejar mosquitos y espritus de insuficiente cordialidad. Eran competencias de saberes y crditos de santidad: pajillas aromatizadas de China, cscaras de naranja, esencia de romero y palo santo. Los mosquitos volvan con la ventilacin del humo fragante.

Las noches urbanas tenan unas asombrosas claridades lunares o estelares que todos crean que solo sucedan ac Eran pretextos seguros para paseos por el parque central o visitas familiares de cortejos vigilados, toques de piano de algn hijo (o hija) que haba regresado del exterior, conversaciones de varones en plan de conspiracin y de las damas preguntndose por los secretos de esa otra reunin. Trifn Vera, el portero del Municipio, con paciencia metdica apagaba los faroles hasta que la ciudad, en noches de profunda menguante, dejaba solo la sospecha de su presencia. Los faroles eran encendidos por Trifn, al ltimo golpe de luz del sol y eran unos mecheros de kerosene dentro de pequeo cubo de cristal. En las noches estrelladas o alunadas parecan miserables imitaciones de la grandiosidad estelar de all arriba. Era 1913, la ciudad respiraba una tranquilidad incierta. O una incierta espera de aquello que deba ocurrir. El presagio era incombustible en las barracas de conciertos y en los caseros del norte esmeraldeo, una preguntaba quedaba sin respuesta definitiva o se daban seales ambiguas de cualquier da. El coronel Carlos Concha se mova a ese ritmo y por reflejo el cimarronismo tambin.

Haca ms de un ao era presidente de la Repblica, Leonidas Plaza Gutirrez. La amistad con Carlos Concha ya equivala a un mal recuerdo y la ciudad era poco menos que el fin del mundo [13] . Para el comercio de esos aos y de estos nuevos no haba ni hay fin del mundo, las Casas comerciales testimoniaban esa opinin. En una cafetera cercana al parque central y ubicada en una calle lateral, solan reunirse los ms y los menos importantes, era democracia del caf fuerte, el traguito de aguardiente esmeraldeo o del licor extranjero y la conversacin referenciada a la ltima noticia de los diarios atrasados o de quienes reciban datos por el boca a boca, era el telgrafo ms efectivo hasta 1913. O el cable generoso con el acomodo dominical a quienes lo manejaban como mticos cancerberos. Algunos eran perros y Cerberos para ese mircoles 24 de septiembre de 1913. Ya era una rutina indispensable, con la primera taza de caf, con el primer sorbo de whisky o gin empezaba la discusin de los grupos liberales. Esmeraldas era la ciudad donde medraban nostalgias del cercano ayer y el inmediato maana insurgente.

La esclavitud no ha terminado, decan unos ms radicales. No daremos de comer a quienes no trabajen y paguen sus deudas, replicaban otros. Todos se referan a la gente negra; pero la negritud estaba ah de enmudecida en cuerpo presente, era ella que cuidaba el trasiego de lquidos aflojadores de palabras. Ese era el negocio y al dueo del bar le importaba que la poltica se discutiera en mojado, por ganancia econmica y porque despus de tanto hablar la batalla mayor eran en sus pacficas camas. Esas cuestiones de blancos llegaban a convertirse en tramas de negros. Una pregunta dejaba un raro sentimiento de desconfianza y preocupacin en las orillas sociales de la provincia: cundo se rebelarn contra la esclavitud por nada? Esa nada eran deudas eternas y sangre desvalorizada. Esmeraldas, la ciudad aguantaba todo aquello con precario equilibrio que no se perda y cuando pareca perderse era recompuesto por esta frase: este no es el da. Esmeraldas no presagiaba el da elegido, porque el siguiente que pareca serlo conclua en otro engao hasta que lleg el mircoles 24 de septiembre de 1913.

Notas:

[1] Los condenados de la Tierra. (2007). Frantz Fanon. Rosario, Argentina, p. 25. Fuente : http://www.elortiba.org/

[2] Un rengln mnimo por encima de la esclavizacin.

[3] De Jos Joaqun de Olmedo (1780-1847).

[4] El hombre se hizo siempre/ de todo material:/ de villas seoriales/ o barrio marginal./ Toda poca fue pieza/ de un rompecabezas/ para subir la cuesta/ del gran reino animal,/ con una mano negra/ y otra blanca mortal, El Mayor, compositor cantor: Silvio Rodrguez.

[5] El Abuelo Zenn, en Sembrar pensando/pensar sembrando, Juan Garca y Catherine Walsh, Universidad Andina Simn Bolvar, Sede Ecuador, Editorial Abya Yala, 2017, p. 2015.

[6] Carta de Simn Bolvar al general Juan Jos Flores, Jefe del Estado de Ecuador (Barranquilla, 9 de noviembre de 1830), en Araucaria, Revista Iberoamericana de Filosofa, Poltica y Humanidades. Ao 8, N 14 Segundo semestre de 2005.

[7] Verso de Silvio Rodrguez, tomado de La vergenza.

[8] El Abuelo Zenn, p. Cit., p. 2018.

[9] De la guerra, Editado por LIBROdot.com, 2002, p. 8, en pdf.

[10] Pensar sembrando/sembrar pensando, Juan Garca y Catherine Walsh, Universidad Andina Simn Bolvar, Sede Ecuador, Ediciones Abya Yala, 2017, p. 139.

[11] Cuatro negros pelagatos, expresin despectiva de las autoridades civiles y militares del Gobierno de Leonidas Plaza refirindose a los rebeldes liderados por Carlos Concha.

[12] Descorriendo los velos, de Fernando Gutirrez Concha, Impresin Produccin Grfica, 2002, p. 91.

[13] Historia general de Esmeraldas , Mrcel Prez Estupin, Esmeraldas, edicin Universidad Tcnica Luis Vargas Torres, sin fecha, p. 276.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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