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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-07-2019

La exageracin en la vida pblica

Augusto Klappenbach
Rebelin


Deca Ortega, aconsejando a un joven argentino que estudiaba Filosofa: nada urge tanto en Sudamrica como una general estrangulacin del nfasis. Y agregaba: cmo confiar en gente enftica? Creo que esta observacin puede extenderse a Espaa; algo de cierto hay en el tpico que atribuye cierta hipertrofia afectiva al carcter latino en general. No es casual que nuestro pas ocupe uno de los primeros lugares entre los ms ruidosos del mundo.

La exageracin siempre gana: se pueden rebatir algunas opiniones oponindoles otras, relativizando su alcance o mostrando los errores en la argumentacin. Pero no hay razonamiento capaz de oponerse al nfasis: cuando ante un discurso apocalptico oponemos un modesto: no es para tanto, la respuesta resulta incuestionable: cmo que no es para tanto?!. Y ah acaba la discusin. Porque aun cuando el contenido de muchas exageraciones sea verdadero, el nfasis las inviste de un carcter absoluto que no admite matices ni dudas razonables. Y si es falso, su debilidad se cubre con la intensidad emotiva del discurso. Ante esa desmesura afectiva solo cabe el silencio. Por eso es mucho ms fcil desmentir un error que una verdad hipertrofiada.

El actual conflicto con el independentismo cataln resulta un buen ejemplo de este uso del lenguaje. Un conflicto que en su modesta realidad solo reside en el deseo de una parte del pueblo cataln por emanciparse polticamente del Estado espaol, en la creencia de que un mejor nivel de vida podra lograrse con instituciones gestionadas por ellos mismos, se transforma en liberarse de la dominacin de un Estado opresor, afirmar nuestra propia identidad como pueblo sojuzgado, recuperar la libertad que nos ha quitado la dictadura. Se convierte as una cuestin de competencias polticas concretas en una aventura pica, decorada con el uso de palabras que han sido usadas en luchas, esas s, en las que estaba en juego la supervivencia y la dignidad de mucha gente, como la opresin del pueblo palestino o las dictaduras latinoamericanas. Quienes han sufrido realmente opresiones y dictaduras probablemente se indignaran al escucharlas en boca de quienes las utilizan donde lo nico que est en juego son sus discutibles preferencias polticas.

No menos pica ha sido la respuesta de los poderes del Estado, reforzando as la jerga independentista. El gobierno, despus de una intil exhibicin de violencia durante el simulacro de referndum ha dejado el problema en manos del poder judicial, renunciando a cualquier medida poltica. Y el poder judicial, de quien se poda esperar cierta ponderacin, ha utilizado los tipos delictivos mximos y la medidas cautelares ms duras que le permite la ley: la prisin provisional se ha utilizado discrecionalmente y los alborotos callejeros se han calificado de terrorismo, ambas cosas contra la opinin de muchos juristas insospechables de veleidades independentistas, y de polticos como el mismo Felipe Gonzlez. Criticar estas desmesuras no implica, por supuesto, apostar por una postura pretendidamente imparcial ni negar el carcter delictivo de muchas de esas actividades. Creo que la aventura independentista carece de sentido en una Europa en la cual los Estados constituyen el nico espacio en el cual la voluntad poltica de los ciudadanos puede tener alguna influencia. Debilitando los Estados solo se consigue facilitar el imperio de poderes que tienen en el anonimato una influencia que nadie les ha concedido. Y a quienes todava creemos en la democracia nos resulta difcil comprender cmo fuerzas que se proclaman de izquierda prefieren dedicar sus energas a construir su propia parroquia, aprovechando un nivel de vida superior al del resto de Espaa y apoyando a partidos de derechas con un historial al menos dudoso, antes que intentar racionalizar los Estados en los que viven, olvidando una larga tradicin de internacionalismo y solidaridad entre fuerzas de izquierda.

La condicin para que pueda abordarse el problema cataln pasa por esa general estrangulacin del nfasis que reclamaba Ortega. La eleccin de un gobierno cataln normal, renunciando a escenificaciones, gestos heroicos y candidatos imposibles sera la condicin necesaria para que la discusin poltica pudiera hacerse or entre el ruido de las sentencias judiciales y las proclamas apocalpticas. Y esto hara posible explorar una posibilidad que si se hubiera explorado hace algunos aos quizs nos hubiera ahorrado parte de estos sinsabores: abrir una discusin pblica sobre una reforma constitucional que convierta la confusa legislacin autonmica actual en un Estado federal con competencias claras. Seguramente los resultados de este debate no seran compartidos por todos y mucho menos por todos los polticos- pero su alcance pblico y universal hara posible una participacin de los ciudadanos para discutir muchos mitos y creencias, sacando as la discusin de los despachos y sedes de partidos en los que ahora est encerrado. Porque la fractura entre catalanes no ha sido la consecuencia de un debate de ideas entre los ciudadanos sino de la resurreccin de viejos fantasmas emotivos agitados por polticos oportunistas que vieron en una simplificacin de la historia la oportunidad de conseguir el poder a bajo coste y pasar pgina de corruptelas partidarias, mientras el gobierno central los ayudaba con su inaccin y se limitaba a oponerles otro nacionalismo trasnochado. Solo as se explica que el apoyo a la independencia de Catalua haya pasado en unos pocos aos de poco ms del 20% a un 48%, sin que hayan mediado ms que la eternas discusiones sobre algunas competencias autonmicas entre polticos.

El problema de la secesin de Catalua es en s mismo un problema importante: los efectos de una eventual independencia de Espaa son difciles de prever, aunque sin duda esta separacin provocara consecuencias significativas en ambas partes. Pero lo que convierte esta cuestin en un problema de difcil solucin es el protagonismo que han tomado los sentimientos en la argumentacin del conflicto. Los sentimientos no se discuten, se tienen o no. Quin puede aducir razones para cuestionar el apego que una persona siente hacia su tierra, sus costumbres, su lengua, sus comidas? Y en este caso estos sentimientos juegan un papel mucho ms importante que las razones que se aducen para justificar una u otra postura, hasta el punto de que las razones constituyen muchas veces una justificacin artificial de esas emociones primarias. Emociones sin duda legtimas y hasta necesarias para echar races en la cultura en la que a cada uno le ha tocado vivir: el desarraigo no constituye una seal de libertad y los vnculos con nuestro entorno proporcionan un sentimiento de pertenencia que contribuye a la estabilidad emocional. Pero cuando esos sentimientos se convierten en la nica fuente de argumentacin y se comienzan a extraer de ellos arbitrariamente consecuencias polticas, econmicas y hasta militares, hay que echarse a temblar. Deca Cnovas del Castillo: con la Patria se est, con razn o sin ella. Es decir que, para l, el patriotismo exige el sacrificio de la nica facultad que tenemos en comn con los dems seres humanos para alcanzar acuerdos razonables. Y as nos va. Ortega tena razn: el enemigo es el nfasis.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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