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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-07-2019

Breves captulos de la Revolucin de Esmeraldas
Cuatro negros pelagatos (VI)

Juan Montao Escobar
Rebelin

Los pueblos negros de la costa del Pacfico de las nacientes repblicas de Colombia y Ecuador, cargaban con el peso ajeno de la angurria por las tierras y las minas de oro que haban gestionado con tcnicas antiguas y nuevas; apenas era un cambio de dueo, del saliente colono europeo a los que llegaban con ms codicia en nombre de su propia libertad, sin importar la providencia de los vecinos ms antiguos en esas batallas. Jams les import el destino de los mineros y agricultores esclavizados.


 

La descolonizacin siempre es un fenmeno violento [1] .

Los condenados de la Tierra,

Frantz Fanon

 

Captulo 17

Mackandal, mientras ms caminaba ms andaba

Los prceres que empezaban a constituir repblicas en estas Amricas acumulaban deudas de palabra, con los aos no tener firmeza de palabra fue un mal chiste, apenas eso. As hasta ahora. Promesas grandes (S. Bolvar a Alexandre Petion) y ms grandes an a miles de esclavizados guerreando por sus intereses, tambin incumplidas cada vez que las renovaron; acuerdos pasados por el forro, diligencia rutinaria y al descaro. Los nacientes parlamentos aprobaban leyes intiles, as sea si legislaban sobre vientres con brotes libres, tambin esas eran precarias como papel a las lluvias de marzo. Las que siempre se cumplieron fueron aquellas decisiones cimarronas abridoras de camino a privilegios perdurables para los herederos directos del colonialismo espaol. Si toda esta historia requera un dgito hermtico sera el ocho. El nmero de Obatal. Y siendo el orisha de la paz se perdi en sus propias impaciencias el 24 de septiembre de 1913.

Y esas incidencias caminaron con la historia de un territorio impreciso no solo en sus lmites, eran antiguos anhelos de encontrar, en cualquier maana transparente ms por la realidad satisfactoria que por el sol nuevo, su territorialidad. El desarraigo de frica daba para el largo de un poema pico o trgico y mucho ms para los hierros libertarios de Oggum, como fueron aquellos de unos tales jacobinos negros. Una encrucijada resuelta, all y ac, con los materiales ms a mano del momento y las impaciencias definitivas que colmaban las prisas del cuerpo sucesor de otros cuerpos maltratados y exhaustos. Los Ancestros hablan con voz cansada sin los pesos muertos de la resignacin. A veces muy fuerte y a veces es un susurro. Pero estaban ah: susurrante candela sin consumicin.

Mackandal y sus legiones no se fueron, adems, a dnde? l se volvi mitologa completando, por ejemplo, la conciencia de la territorialidad en la regin afropacfica. Luego la religin europea cauteriz hasta quemar su inteligencia colectiva original. El Riviel [2] y el Bambero [3] estaban incorporados a la cotidianidad laboral de recoleccin y cultivo. Ambos no eran exactamente guerreros, en el sentido blico, pero s del resguardo ambiental. La libertad proporciona si no la abundancia al menos la sustentabilidad. Los hacendados de la provincia de Esmeraldas, dueos por una navidad inslita de inmensos territorios sin lmites definidos, con la moral y el alma de plantacin caribea, solo entendan por iguales aquellos que estaban en su restringido horizonte social. Las familias negras de los conucos eran conciertos o jornaleros (un peldao por encima del concertaje). El itinerario de derechos igualitarios no haba sido olvidado, sus compromisos militares con cada revolucin, as se llamaba a esos salte t pa ponerme yo, los devolva al origen de sus anhelos de jacobinos negros de la territorialidad de la Esmeraldas: reconocimiento de ciudadana como prembulo de libertad. Casi 110 aos de aquel enero de 1804.

Toda conversacin sobre la Revolucin de Hait debi concluir con una mirada circular para verificar aquello que haca falta, porque las apariencias no engaaban. El nombre de la esclavizacin era un fraude con bondadosa hipocresa.

El concertaje era el acuerdo entre to conejo y to tigre [4] , pero aqu hasta esos das ganaba el felino heredero del poder poltico con sus bases social y religiosa, mientras el conejo recurra a la historicidad ancestral para defender su existencia. Mackandal caminaba y andaba, mientras ms caminaba ms andaba. Las conversaciones sobre Hait adeudaban alzamientos o compromisos insurreccionales por cuenta propia.

- Es el afn de volver a ser libres, lo que alimenta el corazn del esclavizado, la voluntad para apoyar las propuestas de libertad que nacen en nuestro entorno, sin mirar el color de los que reclaman esa libertad [5] -meditaba el Abuelo Zenn.

Captulo 18

A rebelin of maroons?

La humedad los obligaba a cargar pauelos en la mano que terminaban por humedecerse y hacer intil el secado del sudor. Los venidos de las alturas andinas se movan ensopados en sus trajes para otros climas, pero ah estaban, en la Casa de Gobierno de Guayaquil. Se decan liberales afrancesados y saban del fallo histrico de Simn Bolvar a Alexander Petion, pero tambin necesitaban cuerpos agradecidos que combatiendo por su chininn de libertad defendieran a cualquier Gobierno de enemigos probables. As fue como el 25 de julio de 1852 [6] , al ao sptimo de la libertad, el Jefe Supremo Jos Mara Urbina, militar con los mritos del triunfo sobre Juan Jos Flores (apoyado por el Gobierno del Per); el General Jos de Villamil (Ministro General), prcer del 9 de octubre de 1820; Francisco de Paula Icaza (Oficial Mayor), hacendado del cacao y favorable a la manumisin, ellos, los tres, suscribieron el Decreto de Manumisin de Esclavos. Urbina era de esos liberales que anteponan la ideologa al sacramento institucional.

- Los indios con los ilotas (esclavos) del Ecuador fecundizan la tierra con su trabajo; erogan gruesas contribuciones para el sostenimiento del culto y aumento de los fondos del erario nacional, y en reciprocidad no obtienen del orden social sino una suma muy limitada de bienes la confusa sinceridad de sus palabras caus estupor en unos y evidentes molestias en los trajeados de negro, recin llegados de las alturas andinas. La satisfaccin completa apenas alcanzaba a un grupo muy pequeo de liberales que repetan en francs, forzando la pronunciacin: libert, galit, fraternit.

Para Urbina no fue sencillo ni de corazn presto y magnnimo de sus partidarios. Bien lo saba. Los das de conversaciones para conseguir acuerdos fueron interminables y las noches sin sueos, maldiciendo a la esclavitud, presagiaban el sufrimiento eterno de los negros. Pero tambin afectaba a sus planes poltico-militares de defensa del poder.

El ahora Jefe Supremo, en sus dilogos con Juan Otamendi Anangon, volva al mismo punto de siempre: la abolicin de la esclavitud o el riesgo de otra Revolucin Haitiana en la regin de las Esmeraldas. Ambos saban que las fronteras eran imprecisas. Tan imprecisas que los troncos familiares no estaban partidos por la lnea estatal de separacin arbitraria. Adems los pueblos negros de la costa pacfica de las nacientes repblicas de Colombia y Ecuador, cargaban con el peso ajeno de la angurria por las tierras y las minas de oro que haban gestionado con tcnicas antiguas y nuevas; apenas era un cambio de dueo, del saliente colono europeo a los que llegaban con ms codicia en nombre de su propia libertad, sin importar la providencia de los vecinos ms antiguos en esas batallas. Jams les import el destino de los mineros y agricultores esclavizados. Los nuevos dueos cuidaban sus desconfianzas, porque sospechaban que no eran aquello que pareca y muy bien ellos saban de la suma de pequeas y a veces nfimas rebeldas cimarronas anticipatorias de la prxima repblica independiente.

A Jos Mara Urbina le quedaba el silencio incmodo de su amigo por aquello que pudiendo hacer no haca. Por lo que fuera: pusilanimidad clasista, desvo de su ruta ya en el poder o soberbia por el prestigio de la sangre. Otras veces caminaba sin direccin, reflexionando sus lecturas francesas de revolucin en cruce contradictorio con el desnimo de balancear capitales invertidos y el derecho a la libertad de los comprados. En otros momentos soportaba con valiente serenidad el desasosiego por no lograr encaramarse a lo ms alto de este Estado en formacin y cumplir con su promesa liberal. Pero ahora ya estaba en la cumbre del poder, no obstante en su cabeza el torbellino de dudas continuaba.

El bautismo lo dej como Jos Mara Mariano Segundo Fernndez de Urbina y Senz de Viteri. l tena largura en nombre aunque menguada en voluntad, pero como los trapiches de los negros sacaba jugo a las simpatas por su liberalismo personal, con los dramas existenciales entre el deber y el ser. Todo conclua enredado en la maraa injusta de libertades de esclavizadores y esclavizados. El orgullo de nacin que Jos Mara acarreaba por donde iba se acrecent con su exquisita formacin, a riesgo de parecer pedante algunos de sus jefes debieron soportar sus correcciones al disimulo o directas. Ese orgullo destilado aturda su juicio, porque liberar a mujeres y hombres negros lo dejara en los libros de la posteridad y a la vez le enredara con aliados y adversarios del momento.

El escaso miramiento de liberales y conservadores con los esclavizados se acababa a la hora de negociar la riqueza que producan o la hipottica de ms adelante como jornaleros de sueldo. Los hacendados de la Sierra eran peores que los de la Costa en dos temas (aunque nada era absoluto). Uno: su desprecio por la gente negra podra confundirse con el odio. Y dos: despotricaban en los peores trminos si cualquier hablaba de restarle las ganancias de sus esclavos. No todos, pero una mayora se otorgaba como una bendicin de Dios aquel poder absoluto para disponer de esa densidad corprea productora de bienes sin ningn dbito. Abolicionistas y esclavista a veces eran feroces en sus opiniones, dependiendo del humor poltico. Urbina sola participar en esos torneos de retrica, ironizando sobre el aborrecimiento declarado y jurado a quienes con sus humanidades facilitaban el confort de esas mismas tertulias. En una discusin con un plantador serrano, aquel molesto con los argumentos de Jos Mara que no poda contrarrestar, le alcanz cierto libro de memorias de un francs, publicadas por primera vez en 1789, y que tena en estima como lectura favorita: Los negros son injustos, crueles, brbaros, semihumanos, traicioneros, engaosos, ladrones, borrachos, orgullosos, haraganes, sucios, desvergonzados, celosos hasta la furia y cobardes [7] . Jos Mara Urbina prefiri callar. O quizs el desasosiego se le volvi pertinaz y una rabia cruda empezara amargarle la semana.

Otra vez lo volvieron a silenciar.

- La seguridad de los blancos demanda que mantengamos a los negros en la ms profunda ignorancia. He llegado al punto de creer firmemente que tenemos que tratar a los negros como se trata a las bestias [8] se lo recit palabra por palabra uno de sus amigos de milicia, plantador de la Sierra norte, que se lo haba aprendido de un documento en su poder trado de Francia o de alguna de sus colonias. Urbina enmudeci empujando para dentro el torrente de argumentos reforzados con palabrotas.

Era el ao de 1851, el 17 de julio, jueves de sol y humedad, se acababa de proclamar Jefe Supremo y ya tena precisada la idea que la concluy en el Decreto de Manumisin de Esclavos. Mir a su alrededor como buscando alguna duda en los poblados bigotes de sus partidarios, en sus poses grandilocuentes o en la adusta frialdad de aquellos que estaban en contra; ninguna mujer, todos varones. Despus de firmar, camin con lentitud hacia la ventana con paso medido para que la ltima palabra coincidiera con su llegada al umbral del balcn y darse la vuelta con seria teatralidad.

- Que los pocos hombres esclavos que todava existen en esta tierra de libres son un contrasentido a las instituciones republicanas que hemos conquistado y adoptado desde 1820; un ataque a la religin, a la moral y a la civilizacin, un oprobio para la Repblica y un reproche severo a los legisladores y gobernantes recit.

- Al fin somos un pas civilizado dijo una voz de la que nadie se preocup por conocer su dueo.

La preocupacin civilizatoria de unos cuantos blancos liberales era apoyada por la ansiedad insurreccional de los esclavizados que estaban en la mayora de las plantaciones, entre ellas las cacaoteras. A ese hervor en las alturas sociales sumaba candela la opinin de los negociadores ingleses de la deuda de la independencia, sus argumentos ms que morales eran monetarios: la abolicin de la esclavitud era el mejor negocio de todos y del Gobierno. Ingleses y sus representantes ecuatorianos vestan con la igual elegancia, traje negro, camisa blanca, corbata (pajarita) y sombrero, ningn bastn; la gravedad de sus rostros apenas desapareca por sus sonrisas. La dureza de sus argumentos se disimulaba por la elegancia de sus argumentos: su preocupacin no era por las personas y su destino, de ninguna manera. A ellos les inquietaba una rebelin cimarrona que terminara por convertir la inestable economa en poop [9] y se les alejara el da de cobrar esta deuda, porque al aumentar los intereses sera impagable.

Reuniones un da, reuniones otro da. Los funcionarios del Gobierno pretendan burlarse y se rean con una variedad de ruidos que delataban la falsa despreocupacin. Ese da, vspera de la firma del Decreto de Manumisin ni los ingleses ni sus representantes ecuatorianos se mostraban flemticos, ms an evidenciaban su intranquilidad y emparejaban miradas despreciativas de bho (disdainful owl look), como deca Francisco Pablo de Icaza Paredes, uno de los favorables a la abolicin, yerno de Jos de Villamil.

- A rebellion of Maroons, seores. Sera un disaster los cobradores de la deuda inglesa ponan tal cara de trgica seriedad en el decir que los funcionarios del Gobierno de J. M. Urbina dejaron de rerse, de mostrar desinters o encontrar argumentos justificativos donde no los haba. Tambin estaba el deseo secreto de Jos Mara Urbina de volver los fusiles hacia floreanistas [10] u otros opositores. l tena noticias imprecisas de las conjuras, pero eran crebles. Solo que esta vez estimaba enfrentarlas con un ejrcito casi propio o muy incondicional: los agradecidos libertos.

Captulo 19

La necesidad de 496 800 pesos para recomprar cuerpos negros

No tener dinero, para aquello que beneficiara con largura a la pequea sociedad blanca dominante de la repblica en construccin, haba sido maldicin insoportable para los presidentes ecuatorianos desde el 13 de mayo de 1830 hasta esta fecha. Y no estaba previsto su trmino. As los hacendados, mineros y manufactureros encontraran satisfactorio consuelo en la promesa: cada vez que se hallen reunidos 200 pesos de este fondo se proceder a dar libertad al hombre esclavo de mayor edad, por avalo [11] . El bien humano productivo por ltima vez dejaba ganancias al precio de cuerpo, vida y nima; todo en una sola cosa. La libertad, de la puerta de la hacienda (o de la mina) para all, tena ese costo en efectivo o en bonos canjeables por ese precio ms intereses.

Haba transcurrido 325 aos, ni uno menos, en este territorio llamado con nombres diferentes segn como se hubiera integrado o segn quien lo hubiera gobernado hasta ese ao. Hasta ese da, hombres esclavizados (y mujeres, muy posiblemente) se haban alistado en cuanta asonada llamada revolucin, y gritara, sin explicar sus alcances, la palabra libertad. Jos Mara Urbina propuso acomodarla en el Ao Sptimo de la Libertad o sea siete aos despus de aquel 6 de marzo de 1 845, fecha del correteo definitivo a Juan Jos Flores y sus infinitas pretensiones de gobernar la Repblica. La haban llamado revolucin marcista. Urbina saba que el crdito de lo que fuera o como quisiera llamarlo solo sera defendido por una fuerza armada; no lo pens mucho, porque ah estaban los libertos. Justamente ellos. Por razones que no son mitolgicas y s para meter miedo al adversario fueron llamados Los Tauras. O con sarcasmo de saln social: cannigos. Nunca se supo cul fue la canonja de los enrolados en esa milicia.

Jos Mara Urbina, Jos de Villamil y Francisco P. de Icaza, los firmantes del Decreto, adems de los grupos de Gobierno y apoyo, pusieron impuesto al producto libre del ramo de la plvora. Mientras se conseguan fondos de otros lados. Doscientos pesos era la indemnizacin a los esclavizadores, por cada esclavizado adulto; era bastante dinero. El jornal era de cuatro reales y el total de todas las exportaciones fue de 1 571 155 pesos, en 1 852. Las Juntas de Manumisin como Juntas Protectoras de la Libertad de los Esclavos, en su contabilidad imperfecta tenan 2 484 personas esclavizadas eso significaba 496 800 pesos que nadie del Gobierno ecuatoriano tena voluntad personal, social o poltica de entregar. Ah donde el dinero prevalece como razn primera y ltima es el espritu comercial que estima a los seres humanos e inventa los nombres del valer: piezas de bano.

No hubo una sola palabra referente a derechos de ciudadana de la negritud de la Repblica del Ecuador. Mutismo entrpico. El silencio absoluto sera el material sublime del resentimiento. Aquel mircoles 24 de septiembre de 1913 estaba a 62 aos de distancia temporal y se empez a contar desde el sbado 26 de julio de 1851.

Notas:

[1] Los condenados de la Tierra. (2007). Frantz Fanon. Rosario, Argentina, p. 25. Fuente : http://www.elortiba.org/

[2] En francs rivire significa ro. La pronunciacin rivi debi castellanizarse como Riviel. Ser mitolgico de la mitologa afropacfica colombo-ecuatoriana. Es equivalente acutico del Bambero terrestre. Ambos son seres protectores de la naturaleza, el Riviel en los ros y en el mar, cuidando que nadie tome ms de aquello que le sirve para su alimentacin y adems cuando la especie ya est de tiempo para ser consumida y no antes. Es es como el Ogn del Ro del Vud. Algo parecido cumple el Bambero en el bosque. Ambas divinidades tienen funciones ecolgicas de salvaguarda.

[3] Divinidad (orix, orisha, lwa o santo) afropacfica, protector del bosque y todos sus biocomponentes, su existencia y persistencia. Es el equivalente al Ogn Bu o del Monte de la religiosidad Vud, a quien se debe invocar permiso con ceremonias particulares.

[4] Cuentos de la narrativa oral afropacfica. El conejo y el tigre (se les atribuye un singular parentesco con el narrador) estn en permanente disputa, el primero por no convertirse en la cena del segundo, en negociaciones decisivas entre la astucia y la fiereza, en la competencia entre la moderacin y la angurria, entre otros aspectos morales y filosficos.

[5] Pensar sembrando/ sembrar pensando, Juan Garca y Catherine Walsh, Universidad Andina Simn Bolvar, Sede Ecuador, Ediciones Abya-Yala, 2017, p. 215.

[6] Fecha de publicacin.

[7] Tomado de Los jacobinos negros, Fondo Editorial Casa de las Amricas, La Habana, 2010, p. 11.

[8] p. Cit., p.11.

[9] Cagada.

[10] En referencia a los seguidores de Juan Jos Flores y Aramburu (1800-1864), nacido en Puerto Cabello, Venezuela y fallecido en Isla Pun, Ecuador. Fue Gobernador del Distrito del Sur, que al separarse de la Gran Colombia se llam Repblica del Ecuador y l fue su presidente.

[11] Artculo 3, del Decreto de Manumisin de Esclavos, del 25 de julio de 1851.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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