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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-07-2019

Los vacos de la hombra

Muna Rafei
Al-Jumhuriya


Primera voz

Mi alumna se precipit hacia m cuando me vio en la calle para quejarse medio llorando del miedo que le provocaba un joven que la persegua a diario desde la puerta de su casa a la de la escuela. Lo seal con la mano y me dijo: Es l. Despus lo dej todo en mis manos. No poda soportar ver a la pobre muchacha siendo perseguida por un joven gamberro que tena varios aos ms que ella. Me dirig hacia l, le grit y lo ech de la puerta de la escuela, despus de reprimir el fuerte deseo en mi pecho de pegarle e insultarle. Por un instante, sent que en mi rostro haba florecido una barba, que me haban salido en los brazos unos msculos bien desarrollados y que en mi garganta haba gritado una ruda voz masculina en lugar de mi voz femenina habitual. Parece que me enfado y vuelvo ms violenta segn pasan los das y asumo roles que antes no sola asumir. En resumen, la sangre me hierve ms en las venas de lo habitual desde que regres, obligada, a vivir en las zonas bajo control del rgimen.

Una vez escrib sobre el planeta esmeralda y otra sobre los jvenes que comentaban delante de m que no salvaran a una mujer vctima de una agresin porque no sabran quin podra ser el agresor y porque slvese quien pueda. Tambin he escrito sobre la gente que ha dejado de seguir las noticias de la revolucin desde hace aos y ya no les interesan [1]. Hoy escribo sobre la interaccin de la gente con lo que pasa a su alrededor en las zonas bajo control del rgimen, sobre la muerte de los sentimientos. El tema no es, en absoluto, juzgar a nadie, sino que se trata de hablar de los remordimientos ante muchas situaciones que prefiero no mencionar aqu, y eso que me enfado mucho con quien nos acusa a los que vivimos en estas zonas de complacencia, debilidad y de fingir amnesia. Aunque haya parte de verdad en ello, no nos hemos vuelto muchos de nosotros as de veras? Ya sea dentro o fuera de Siria? Nadie puede sealar con su dedo acusador a nadie. Mientras escribo esto, miro a los jvenes que permanecen en las zonas bajo control del rgimen, hacia los cuales se debaten en mi pecho sentimientos confusos; el primero de ellos, la lstima, y el ms lastimoso de todos, la ternura. Sin embargo, esta ltima no es la tpica ternura femenina, sino la que siente el hermano por sus hermanas, sabiendo que podra pagar con su vida para defenderlas en una situacin de peligro. Los miro con un intenso dolor y una envidia que quema. No es fcil ver cmo dos jvenes en tu ciudad caen vctimas de la apata, el miedo y una excesiva precaucin, mientras ignoran todo lo que sucede a su alrededor y se pegan a los muros para buscar seguridad para ellos y su presencia en este lugar.

Por primera vez en mi vida, empiezo a sentir como si las hormonas masculinas gritaran en m. Resuenan en mi cuerpo y queman mi garganta. Nunca antes me haba fijado en algo as, cuando viva fuera de las zonas de control del rgimen, pero parece que la escasez de hombres aqu ha causado estragos en mi pensamiento, y quiz en mi cuerpo. Para ilustrarlo, est ese comentario jocoso que me hizo uno de mis amigos que viven en el extranjero que deca que deba ir al psiclogo cuando le cont mi nueva costumbre de sentarme detrs del conductor del service[2] en el sitio del hombre ausente, que suele sentarse ah para proteger a las mujeres de un lugar algo incmodo y para recolectar el dinero de los pasajeros. Por primera vez siento que el lado masculino en m vence al femenino, porque perderlo aqu es doloroso e hiriente, y la tirana de la feminidad en su sentido dominante ligado a la debilidad, la vergenza y la derrota me hace rebelarme an ms contra esa naturaleza que se me impone como mujer. El aumento del nmero de mujeres en detrimento de los hombres es seal de la derrota de estos ltimos y su retroceso; no obstante yo rechazo esa idea, la rechazo. Rechazo la vergenza de la derrota y la debilidad de la feminidad rota bajo el despotismo, la muerte y el desplazamiento. Nada impide que yo, la fmina malhumorada, lleve en mi interior la rebelin de los hombres, su enfado y su vigor. A nadie le importar si una mujer como yo, con un tono de voz bajo y con miedo a decir no en muchas ocasiones, ha sido poseda por uno genio masculino que pretende abrogar su supuesto papel como mujer y llenar, en su lugar, el vaco dejado por la ausencia de masculinidad, con su sentido interrelacionado, en un lugar en que las almas de la gente han sido asesinadas y su dignidad marginada.

Resulta complicado explicar cmo la necesidad de sentir esa masculinidad perdida se ha convertido en una carga desde que llegu aqu y se me ha impuesto la realizacin de sus deberes ante la falta de la misma en muchos. Digo todo esto a pesar de que soy defensora de la mujer, como suelo alardear, y de que logre todos sus derechos, deje de sufrir todo tipo de injusticias y consiga la igualdad con los hombres. Pero tambin soy la mujer a la que duele ver el estado de su pas ahora que la mayora de sus mujeres, nios, ancianos, shabbiha y jvenes estn aterrorizados con la idea de hacer el servicio militar y se preparan para viajar desde el segundo o tercer ao de universidad. A ellos se suman los jvenes nacidos a finales de los noventa o despus del 2000, que son muchos, especialmente los que intentan parecerse a los de nosotros somos el Estado, estpido, que se multiplican como las hormigas en las gradas del estadio de Homs, las aceras de las cafeteras de la calle Hamra, los pasillos de la universidad, los parques, las cafeteras y los locales de videojuegos. No les arrebato su derecho a vivir todo eso, no lo hago; lo que digo es que me cuesta ver mi ciudad en este estado de sumisin. Y la sumisin no es monopolio de los hombres ni de las mujeres, del mismo modo que la masculinidad que demostr la gente de la ciudad perdedora en el auge de su revolucin no ser monopolio de los hombres.

La masculinidad a la que aqu me refiero lleva en s la valenta, el rechazo a la injusticia, la adopcin de posturas firmas y un comportamiento solemne ante la sangre derramada, las almas agotadas y los barrios destruidos. Dejemos a un lado la idea de la masculinidad y la feminidad ligadas al deseo de cambiar de gnero en funcin de unas circunstancias biolgicas y psicolgicas. Dejemos tambin a un lado la serie de Bab al-Hara [3] y las ridculas bravuconadas de sus hombres y la debilidad de sus mujeres, pues hablamos de cosas distintas. Tal vez, los lingistas deban acuar una palabra que recoja en su significado todo lo que conlleva el concepto de masculinidad de forma que se pueda aplicar a ambos sexos, pues yo soy una mujer con toda su feminidad que lleva en su interior el anhelo de llenar el vaco de la masculinidad perdida, la masculinidad de quienes se enfrentaron a la injusticia y libraron la lucha contra el salvajismo de la otra parte, que tambin pretende representar la masculinidad, aunque la practica torturando y tomando represalias contra sus adversarios.

Mi m de mujer se individualiza y es derrotada ante la injusticia; el artculo femenino alarga su ele hacindola cada vez ms delgada en el vaco mientras que la "a" desaparece ante cualquier suceso importante que pasa desapercibido ante los hombres y mujeres que se supone que forman parte de una ciudad que en un tiempo se llam la capital de la revolucin, tambin su voz, su hija y su prestigio. Y yo, sabis que yo soy vosotros, como dice Riad al-Saleh Hussein [4], o algunos de vosotros. Quiero ser un hombre, quiero tener una voz fuerte y ruda que retumbe en las calles y las casas, y ante los miembros del rgimen que aparecen ante m, con sus uniformes militares verdes, sus fusiles sobre la espalda encorvada y sus ojos que se salen de las rbitas, como las ranas pegajosas de lengua larga y viscosa.

Quiero gritarles a la cara, quiero gritar a la cara de todo el mundo, todooooos, con mi voz ruda, en vez de llorar en silencio, en vez del continuo dolor del alma y las quejas por la impotencia y el poco ingenio, en vez del sometimiento a la desesperacin que me ha convertido en algo ms parecido a un fantasma desesperado invisible, el fantasma frgil al que han arrebatado la solemnidad, para caracterizarse solamente por la ausencia.

Segunda voz

Cmo voy a gritar a quienes estn a mi alrededor y decirles que este da pasar sin la presencia de la verdadera voz de nuestra ciudad, su ronca meloda y su conciencia[5]? Miro a quienes me rodean en el trabajo, en casa, en las calles, en la cafetera llena de mujeres, donde me siento yo sola en mi mesa y desde donde escribo ahora, mientras escucho, en secreto, con el auricular de mi telfono, los cantos de Sarut, mientras caen lgrimas silenciosas sobre mi rostro.

La escena, incluida yo, resulta bastante horrible. Las canciones se mezclan en mi cabeza. Por un odo escucho la cancin que ponen los dueos de la cafetera, que dice: Arde una llama en mi corazn, ay del amor, ay. Por el otro, escucho una cancin de Sarut que dice: Oh, querida patria, oh tierra bella, hasta tu infierno es un paraso, hasta tu infierno es un paraso. Yo vivo en el infierno de la patria, su Hades: es este el paraso del que hablan? Lo es?

Las personas desplazadas forzosamente y quienes han partido me preguntan por internet sobre la situacin de la ciudad en este da, sobre la supuesta tristeza de la ciudad en este da, el da de la muerte de Sarut, sobre el efecto que ha producido. Evito responder a los mensajes: me da vergenza escribir. Tal vez sirva si tomo una foto de la ciudad y se la envo, porque me da mucha vergenza escribir, mucha. Cojo mi telfono y abro Snapchat, me transformo en hombre gracias a una de las opciones, me tomo una foto con aspecto de hombre y me miro el rostro que parece ms de hombre que de mujer, con una mandbula ancha, una barba borrosa y unas cejas pobladas. Guardo la foto y sueo con poder volar en el tiempo y el espacio para poder salir de su funeral. S que todo esto son imaginaciones y que la realidad aqu tiene poco de ambiente de funeral, aunque tampoco de alegra, claro. Cmo describo el ambiente de una granja? Tal vez parezca una denominacin muy dura, pero cmo llamo a un lugar cuyos habitantes estn obligados a vivir sin conciencia, voluntad ni capacidad, siquiera, de pensar en lo que sucede a su alrededor? Y s, quiero ser un hombre, quiero salir de aqu. Estoy cansada y harta de mi cuerpo, mi debilidad, las leyes de familia, mis familiares y quienes me rodean. En el da de su martirio concretamente, super mi malestar y pregunt a algunos compaeros de trabajo, de esos que haban participado en la revolucin (haban participado!) Uno me dijo: "Quin? Sarut? Ha muerto. No muri hace aos?" Otro me dice: La verdad es que crea que haba muerto hace aos. Un tercero responde: Crea que estaba en Turqua y haba abandonado la revolucin. Un cuarto pregunta: No se haba unido a Daesh? El quinto, como si hubiera escuchado el final de una serie, dice: Vaya, entonces al final muri. Me pongo la barba en la cara y utilizo la voz ruda para decirles: S, hijos de perra, ha cado mrtir y no ha muerto; por lo menos hablad de l con ms dolor y respeto. Una amiga me llama y, sin rodeos, me dice: Te acompao en el sentimiento. La barba desaparece y le respondo con mi voz femenina: Que Dios lo tenga en su gloria. Otra amiga me enva un mensaje: No somos nada. Y as continan llegando los psames a mi telfono, la mayora de viejas amigas que viven aqu conmigo en la ciudad perdedora de la revolucin. Tomo la iniciativa y yo misma envo mensajes de psame. Por telfono nos decimos que nos acompaamos en el sentimiento sin decir el nombre, sin concretar nada, pero el significado se mantiene en el corazn del poeta, ese que siente. Me refiero a aquellos y aquellas que sienten lo sucedido. Abajo la barba, abajo la masculinidad, abajo tambin la feminidad, abajo todos, abajo todo, como rezaba una conocida pancarta en Kafranbel[6].

Salgo de la cafetera, con chorretones de rmel en el rostro que dibujan lneas negras deformadas. Tambin tengo negros los prpados inferiores, pero no me importa: maldito a quien le importe y maldito quien mire. No me importa. Siento que soy una cebra en una granja con sus lneas negras y blancas. Por qu en rabe la llaman burro salvaje? Una rana verde pasa delante de m, con una pistola a la vista en su bolsillo. Centro mi mirada en la pistola y lo olvido todo. Olvido todo lo que hay alrededor: soy una cebra y ante m hay una rana con una pistola en el bolsillo. Me acerco a ella y, por un instante, miro y veo a mi derecha los ojos de mujeres y hombres que me observan aterrorizados. Apuesto para mis adentros que saban lo que estaba pensando. Los miro con enfado, con acusacin, con reproche y, por cierto, es precisamente eso lo que est en mi cabeza: coger el arma y matar, no s a quin, pero cogerla y matar. Ahora, si la tuviera en mi mano, os juro que no necesitara una barba, ni una voz ruda, ni fuertes msculos para utilizarla y disparar muchas veces al corazn, al pecho, a la cabeza y a la garganta de todos los que nos han llevado a esto, a los pases del exilio, a los centros de detencin, a las tumbas, a este lugar en el que sentimos que vivimos presos, como los animales.

Notas

[1] Los textos estn disponibles en rabe en Al-jumhuriya.

[2] Pequea furgoneta que sirve como medio de transporte a modo de autobs en las ciudades y donde los viajeros suelen ir pasndose el dinero para pagar al conductor, que devuelve el cambio con el mismo sistema. A falta de paradas oficiales, cada viajero baja donde lo solicita.

[3] Conocida serie de televisin siria ambientada en el perodo de entreguerras bajo dominacin francesa.

[4] Conocido poeta sirio, nacido en 1954 y fallecido en 1976, cuyo poema Una pequea revolucin se ha recuperado en mltiples ocasiones desde 2011.

[5] Se refiere a Abdelbasit Sarut, sobre el que puede leerse este artculo pormenorizado.

[6] El mensaje de la pancarta (14/10/2011) era:Abajo el rgimen y la oposicin, abajo las ummas rabe e islmica, abajo el Consejo de Seguridad, abajo el mundo, abajo todo.

Fuente original: http://traduccionsiria.blogspot.com/2019/07/los-vacios-de-la-masculinidad.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+TraduccionesDeLaRevolucinSiria+%28Traducciones+de+la+revoluci%C3%B3n+siria%29


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