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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-07-2019

Marxistas somos todos

Atilio A. Boron
Rebelin


Los trogloditas de la derecha argentina quisieron descalificar a Axel Kicillof acusndolo de marxista. Este ataque slo revela el primitivo nivel cultural de sus crticos, ignaros de la historia de las ideas y teoras cientficas elaboradas a lo largo de los siglos. Es obvio que en su inepcia desconocen que Karl Marx produjo una revolucin terica de enormes alcances en la historia y las ciencias sociales, equivalente, segn muchos especialistas, a las que en su tiempo produjera Coprnico en el campo de la Astronoma.

Por eso hoy, sepmoslo o no (y muchos no lo saben) todos somos copernicanos y marxistas, y quien reniegue de esta verdad se revela como un rstico sobreviviente de siglos pasados y hufano de las categoras intelectuales que le permiten comprender al mundo actual.

Coprnico sostuvo en su obra magna, La Revolucin de las Esferas Celestes, que era el Sol y no la Tierra quien ocupaba el centro del universo. Y adems, contrariamente a lo que sostena la Astronoma de Ptolomeo, comprob que nuestro planeta no era un centro inmvil alrededor del cual giraban todos los dems sino que ella misma se mova y giraba. Recordemos las palabras de Galileo cuando los doctores de la Inquisicin le obligaron a retractarse de su adhesin a la teora copernicana: Eppur si muove! , susurr ante sus censores que seguan ensaados con Coprnico a ms de un siglo de haber formulado su teora. Descubrimiento revolucionario pero no slo en el terreno de la Astronoma, toda vez pona en cuestin cruciales creencias polticas de su tiempo.

Como lo recuerda Bertolt Brecht en su esplndida obra de teatro: Galileo, la dignidad y sacralidad de tronos y potestades fue irreparablemente menoscabada por la teorizacin del astrnomo polaco. Si con la teora geocntrica de Ptolomeo el Papa y los reyes y emperadores eran excelsas figuras que se empinaban en la cumbre de una jerarqua social en un planeta que era nada menos que el centro del universo, con la revolucin copernicana quedaban reducidos a la condicin de frgiles reyezuelos de un minsculo planeta, que como tantos otros, giraba en torno al Sol.

Cuatro siglos despus de Coprnico, Marx producira una revolucin terica de semejante envergadura al echar por tierra las concepciones dominantes sobre la sociedad y los procesos histricos. Su genial descubrimiento puede resumirse as: la forma en que las sociedades resuelven sus necesidades fundamentales: alimentarse, vestirse, abrigarse, guarecerse, promover el bienestar, posibilitar el crecimiento espiritual de la poblacin y garantizar la reproduccin de la especie constituyen el indispensable sustento de toda la vida social. Sobre este conjunto de condiciones materiales cada sociedad construye un inmenso entramado de agentes y estructuras sociales, instituciones polticas, creencias morales y religiosas y tradiciones culturales que van variando en la medida en que el sustrato material que las sostiene se va modificando.

De su anlisis Marx extrajo dos grandes conclusiones: primero, que el significado profundo del proceso histrico anida en la sucesin de formas bajo las cuales hombres y mujeres han enfrentado aquellos desafos a lo largo de miles de aos. Segundo, que estas formaciones sociales son inherentemente histricas y transitorias: surgen bajo determinadas condiciones, se expanden y consolidan, llegan a su apogeo y luego inician una irreversible decadencia. Por consiguiente, ninguna formacin social puede aspirar a la eternidad y mucho menos el capitalismo habida cuenta de la densidad y velocidad con que las contradicciones que le son propias se despliegan en su seno.

Malas noticias para Francis Fukuyama y sus discpulos que a fines del siglo pasado anunciaban al mundo el fin de la historia, el triunfo final del libre mercado, la globalizacin neoliberal y la victoria inapelable de la democracia liberal. Al igual que ocurriera con Coprnico en la Astronoma, la revolucin terica de Marx arroj por la borda el saber convencional que haba prevalecido durante siglos. Este conceba a la historia como un caleidoscpico desfile de notables personalidades (reyes, prncipes, Papas, presidentes, diversos jefes de estado, lderes polticos, etctera) puntuado por grandes acontecimientos (batallas, guerras, innovaciones cientficas, descubrimientos geogrficos).

Marx hizo a un lado todas estas apariencias y descubri que el hilo conductor que permita descifrar el jeroglfico del proceso histrico eran los cambios que se producan en la forma en que hombres y mujeres se alimentaban, vestan, guarecan y daban continuidad a su especie, todo lo cual lo sintetiz bajo el concepto de modo de produccin. Estos cambios en las condiciones materiales de la vida social daban nacimiento a nuevas estructuraciones sociales, instituciones polticas, valores, creencias, tradiciones culturales a la vez que decretaban la obsolescencia de las precedentes, aunque nada haba de mecnico ni de lineal en este condicionamiento en ltima instancia del sustrato material de la vida social.

Con esto Marx desencaden en la historia y las ciencias sociales una revolucin terica tan rotunda y trascendente como la de Coprnico y, casi simultneamente, con la que brotaba de las sensacionales revelaciones de Charles Darwin. Y as como hoy se convertira en un hazmerreir mundial quien reivindicase la concepcin geocntrica de Ptolomeo, no mejor suerte correran quienes increpasen a alguien acusndolo de marxista. Porque al hacerlo negaran el papel fundamental que la vida econmica desempea en la sociedad y tambin en los procesos histricos (y que Marx fue el primero en colocar en el centro de la escena). Quin profiriese semejante insulto confesara, para su vergenza, su desconocimiento de los ltimos dos siglos en el desarrollo del pensamiento social. Grotescos personajes como estos no slo se vuelven pre-copernicanos sino tambin pre-darwinistas, pre- newtonianos y pre-freudianos.

Representan, en suma, una fuga a lo ms oscuro del medioevo. Bien, pero alcanza lo anterior para decir que todos somos marxistas? Creo que s, y por estas razones: si algo caracteriza al pensamiento y la ideologa de la sociedad capitalista es la tendencia hacia la total mercantilizacin de la vida social. Todo lo que toca el capital se convierte en mercanca o en un hecho econmico: desde las ms excelsas creencias religiosas hasta viejos derechos consagrados por una tradicin multisecular; desde la salud hasta la educacin; desde la seguridad social hasta las crceles, el entretenimiento y la informacin. Bajo el imperio del capitalismo las naciones se degradan al rango de mercados y el bien y el mal social pasan a medirse exclusivamente por las cifras de la economa, por el PBI, por el dficit fiscal o la capacidad exportadora.

Si alguna impronta ha dejado el capitalismo en su paso por la historia transitorio, pues como sistema est condenado a desaparecer, tal como ocurriera sin excepcin con todas las formas econmicas que le precedieron- ha sido elevar a la economa como el parmetro supremo que distingue a la buena de la mala sociedad. El orden del capital ha erigido al Mercado como su Dios, y las nicas ofrendas que este moderno Moloch admite son las mercancas y las ganancias que produce su intercambio.

El sutil y cauteloso nfasis que Marx le otorgara a las condiciones materiales siempre mediatizadas por componentes no econmicos como la cultura, la poltica, la ideologa- alcanza en el pensamiento burgus extremos de vulgaridad que lindan con lo obsceno. Oigamos lo que Bill Clinton le espetara a George Bush en la campaa presidencial de 1992: es la economa, estpido!. Y basta con leer los informes de los gobiernos, de los acadmicos y de los organismos internacionales para constatar que lo que distingue el bien del mal de una sociedad capitalista es la marcha de la economa. Quieres saber cmo est un pas? Mira cmo se cotizan sus bonos del Tesoro en Wall Street, o cul es el ndice de su riesgo pas? O escucha lo que te dicen una y mil veces los gobernantes de la derecha cuando para justificar el holocausto social al que someten a sus pueblos por la va de los ajustes presupuestarios afirman que los nmeros gobiernan al mundo. Personajes como estos conforman una clase especial y aberrante de marxistas porque redujeron el radical descubrimiento de su fundador y toda la complejidad de su aparato terico a un grosero economicismo. El materialismo economicista es una versin abortada, incompleta, deformada del marxismo pero que resulta muy conveniente para las necesidades de la burguesa y de una sociedad que slo sabe de precios y nada de valores. Un marxismo deformado y abortado porque la burguesa y sus representantes slo se apropiaron de una parte del argumento marxiano: aquella que subrayaba la importancia decisiva de los factores econmicos en la estructuracin de la vida social. Con certero instinto hicieron a un lado la otra mitad: la que sentenciaba que la dialctica de las contradicciones sociales el incesante conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de produccin y la lucha de clases resultante- conducira inexorablemente a la abolicin del capitalismo y a la construccin de un tipo histrico de sociedad pos-capitalista. Que esto no sea inminente no quiere decir que no vaya a ocurrir.

En otras palabras: el marxismo del que se apropiaron las clases dominantes del capitalismo a travs de sus intelectuales orgnicos y sus tanques de pensamiento qued reducido a un grosero materialismo economicista. Por eso, hoy todos somos marxistas. La mayora marxistas aberrantes, de coccin incompleta, al exaltar hasta el paroxismo la importancia de los hechos econmicos y ocultar a sabiendas que la dinmica social conducir, ms pronto que tarde, a una transformacin revolucionaria de la sociedad actual. Este economicismo es el grado cero del marxismo, su punto de partida ms no el de llegada. Es un marxismo tronchado en su desarrollo terico; contiene los grmenes del materialismo histrico pero se estanca en sus primeras hiptesis y soslaya u oculta a sabiendas- su desenlace revolucionario y la propuesta de construir una sociedad ms justa, libre, democrtica. Pero habemos otros marxistas para quienes la revolucin terica de Marx no slo corrobora la transitoriedad de la sociedad actual sino que insina cules son los probables senderos de su histrica superacin, sea por distintas vas revolucionarias como por la dinmica incontenible de un proceso de reformas radicalizadas.

En contra de los marxistas inacabados, de coccin incompleta, apologistas de la sociedad burguesa, defendemos la tesis de que el modo de produccin capitalista ser reemplazado, en medio de fragorosos conflictos sociales (porque ninguna clase dominante abdica de su poder econmico y poltico sin luchar hasta el fin) para finalmente dar nacimiento a una sociedad post-capitalista y, como deca Marx, poner fin a la prehistoria de la humanidad. Pero ms all de estas diferencias, unos a medias y mal, y otros por entero y bien, todos somos hijos del marxismo en el mundo de hoy; es ms, no podramos no ser marxistas as como no podramos dejar de ser copernicanos. El capitalismo contemporneo es mucho ms marxista de lo que era cuando, hace casi dos siglos, Marx y Engels escribieron el Manifiesto del Partido Comunista. La diatriba contra Axel Kicillof es un exabrupto que pinta de cuerpo entero el brutal anacronismo de vastos sectores de la derecha argentina y latinoamericana, de sus representantes polticos e intelectuales, que en su escandaloso atraso recelan de los avances producidos por los grandes revolucionarios del pensamiento contemporneo: desconfan de Darwin y Freud y creen el marxismo es el delirio de un judo alemn. Pero, como Marx deca con socarronera, algunos son marxistas a la Monsieur Jourdain, ese curioso personaje de El Burgus Gentilhombre de Molire que hablaba en prosa sin saberlo. Balbucean un marxismo rampln, convertido en un burdo economicismo y sin la menor consciencia del origen de esas ideas en la obra de uno de los ms grandes cientficos del siglo diecinueve.

Y otros, en cambio, sabemos que es la teora que nos ensea cmo funciona el capitalismo y, por ende, la que proporciona los instrumentos que nos permitirn dejar atrs ese sistema inhumano, predatorio, destructor de la naturaleza y las sociedades y que se alimenta de guerras infinitas e interminables que amenazan con acabar con toda forma de vida en este planeta. Por eso, lejos de ser un insulto, ser marxista en el mundo de hoy, en el capitalismo de nuestro tiempo, es un timbre de honor y una mcula imborrable para quien lo profiere como un insulto.

(Imagen: John Lennon, "Karl Marx" y Mike Jagger en una taberna londinense, fecha desconocida. Gentileza de la coleccin Manuel Santos Iurrieta).


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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