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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-07-2019

La cultura de la conversacin

Jaime Richart
Rebelin


En Espaa hay una vasta yuxtaposicin de culturas, pero poca cultura. Y muy poca cultura de la conversacin. Y si no es fcil en Espaa la conversacin amena, los tiempos convulsos de la poltica que atravesamos amenazan hacerla menos interesante ante el riesgo de encono por la maledicencia superlativa, agigantada adems, por los medios de comunicacin...

En su ensayo Miniaturas, Emil Ludwig dice que el ideal de la conversacin es semejarse al mecanismo de una composicin de msica de cmara. Cada conversador se constituye sucesivamente en solista, como cada instrumento puede serlo, por ejemplo, en un quinteto de cuerda. Uno propone el tema y cada uno de los dems va armonizando la propuesta del solista con la suya. Doy fe de que en la Europa que conocemos pero a la que culturalmente no pertenecemos, esto es lo corriente. Los europeos en general son circunspectos... Lo que no dice Ludwig o lo dice implcitamente es que entre los miembros del conjunto musical ha de haber compenetracin o, al menos, afinidad esttica. Del mismo modo, entre los componentes de la conversacin ha de haber afinidad intelectiva. Y afinidad tica, esttica y preferentemente ideolgica si los problemas a tratar son sobre la sociedad. En caso contrario, en Espaa desde luego, la conversacin se hace imposible...

Porque en Espaa la costumbre es charlar, el escaln inferior de la conversacin. No slo no hay costumbre de conversar, es que gusta de lo opuesto: contradecir. Y a menudo abruptamente. Por una serie de efectos que parten desde hace siglos de la filosofa teolgica dominante y con ella el dogma catlico que es lo que queda de una idea despus de haber sido aplastada por un martill piln, en Espaa la conversacin, entendida sta como un intercambio de impresiones y de opiniones acerca de un tema central que no responde al deseo de frivolizar, se hace muy difcil. Y con mayor motivo se hace difcil despus de una guerra civil no superada, todava con vencedores y vencidos, y de una dictadura de cuarenta aos; ms bien una teocracia castrense que a su vez impuso la tirana de un nico discurrir que ha condicionado severamente durante esas cuatro dcadas la libertad, no ya slo de hablar sin cortapisas sino tambin la libertad de pensar; esto es, el librepensamiento.

Y siendo as que conforme al pensamiento libre todo el mundo tiene una parte de razn, no hay verdades absolutas, todo es relativo salvo el crimen y todo depende del color del cristal con que se mire, como reza el dicho popular, no tarda en la conversacin o en las tertulias entre no afines esa expresi n tan habitual: "no estoy de acuerdo". Un tic desagradable que no invita a conversar, ni a esforzarnos en aproximarnos a la idea de quien ha hablado... si es que se le deja terminar. Razn por la cual, muchas veces nos vemos obligados a ceder de nuestro parecer, para no hacer de la conversacin polmica y de la polmica displacer. Y rara vez no est presente, por otro lado, un sabelotodo, un pontfice que no permite el desarrollo holgado de la conversacin pese a que, al margen de lo especfico, nada hay que no admita el parecer del profano y en la conversacin lo conveniente es serlo. Pues quiz sabemos algo de una materia concreta, pero an de ella nos queda tanto por saber! Por otra parte, hablar de ideas es propio de mentes grandes, lo mismo que de mentes pequeas es hablar de personas. Pues bien, en las conversaciones espaolas lo que se acostumbra no es hablar de ideas polticas o de otra clase, sino de las personas que las ostentan, lo mismo que hablar de ftbol, el asunto preferido despus de la poltica, significa hablar de jugadores, de entrenadores y de directivos...

Un detalle a tener en cuenta es que en la conversacin sobra, es impertinente, la episteme. Me refiero a esa distincin que hacan los antiguos griegos entre episteme y doxa: ciencia y opinin. Un fenmeno social o natural es una tentacin para el especialista, pero el lego no ha ido a conversar para recibir una leccin. Un jurista, por ejemplo, comenta, si acaso, cul es la ley, y opina. Pero el parecer del lego acerca de lo justo o lo injusto de esa ley, tiene el mismo valor. De igual modo, una reaccin fsica se explica por una ley fsica o por una ecuacin matemtica, pero la conjetura metafsica del pastor de ovejas en la conversacin vale lo mismo que el dictamen del doctor.

Pero an se puede malograr una conversacin de otra manera: si est presente se o sa que, despus de haber visto el tapiz de la vida por delante y terminado viendo su urdimbre por detrs, se ha vaciado de ideas y slo le queda una idea: la relativa al desaliento que causa la fatiga del vivir; ese aguafiestas que, adems de los mencionados, es otro estorbo para quienes se haban citado con la sana intencin de conversar.

En suma, todo esto es lo que pienso acerca de la conversacin en Espaa donde es preferible renunciar, no al dilogo entre dos sino a la conversacin, la charla reflexiva entre ms de dos personas; ese esparcimiento que, tal como lo concibe Emil Ludwig, en otros pases verdaderamente liberales es un slido factor de cohesin social y en Espaa rara vez no es disociativo, disgregador y rompedor de la armona...


Jaime Richart, Antroplogo y jurista.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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