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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-07-2019

Totalitarismo de mercado y cultura popular

Ricardo Orozco
Rebelin


Desde hace un par de dcadas, la dinmica del capitalismo, su empuje cada vez ms amplio y profundo en pos de obtener una total mercantilizacin de la vida en sociedad (un totalitarismo de mercado) ha conseguido borrar, y de manera creciente, los mrgenes que durante aos desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la primera del XX diferenciaron a los proyectos polticos de izquierda de los de derecha. Y es que, si bien es cierto que hoy en el mundo existe una diversidad sustancial de plataformas de gobierno que se reivindican a s mismas como opciones de izquierda, tambin lo es que esas apuestas, cuando no son ms que los vestigios caricaturizados de aquella vieja izquierda que de verdad se planteaba como una alternativa radical al curso de la lgica del capital, son el producto directo del vaciamiento con el que el neoliberalismo ha esterilizado a cualquier idea que suponga un mnimo de correccin social a la explotacin de las masas.

Del primer grupo de izquierdas en el mundo dan cuenta la totalidad de las socialdemocracias: viejas edificaciones que, en algn tiempo pasado, cuando no eran, precisamente, socialdemocracias, supusieron una afrenta directa al capitalismo moderno. Del segundo, lo hacen los reformismos extractivistas: profundamente reaccionarios en el discurso, pero igual de dependientes que el neoliberalismo de la sobreexplotacin de los recursos naturales del planeta; aunque aqu, estos lo son para construir matrices nacionales (y no estrictamente empresariales) de acumulacin de capital.

En uno y otro caso, de cualquier manera, no slo es ideolgicamente imposible hablar de proyectos de resistencia al capitalismo (mucho menos de propuestas anticapitalistas), sino que, adems, es demostrable, por lo contrario, comprobar que son apuestas polticas y econmicas materialmente comprometidas con el desarrollo sostenido y continuado de ste, slo que ese compromiso se desarrolla y despliega teniendo como horizonte histrico una visin romantizada del capitalismo mismo; es decir, como una estructura que es posible gobernar, contener y moderar por la va de la introduccin de una serie de correcciones de carcter social como la redistribucin del ingreso nacional, el ofrecimiento de programas gubernamentales de educacin, salubridad, alimentacin y vivienda, etctera.

Lo que s conservaban y compartan ambas tradiciones de izquierda (por lo menos hasta poco despus de la vuelta de siglo) era, no obstante, la preocupacin por sostener proyectos educativos y culturales de carcter nacional, aunque fuese en un grado nfimo, dentro de espacios acotados a sectores muy especficos ante los cuales segua siendo un imperativo construir imaginarios colectivos identitarios de afiliacin nacional; en particular para reforzar la justificacin ideolgica de la existencia del Estado, por un lado; y para legitimar las plataformas polticas que de vez en vez se rotaban en el control de su andamiaje gubernamental, por el otro.

Por supuesto, esos espacios fueron acotados permanentemente y el fomento de ese tipo de proyectos educativos y culturales, anclados en la idea de cultivar y preservar la identidad nacional, comenzaron a ser cada vez menos desde la segunda mitad del siglo XX porque era necesario, por una parte, abrir los mrgenes de la oferta y la demanda de mercado; y por la otra, satisfacer las necesidades de ese mismo mercado en trminos de los perfiles profesiogrficos por l requeridos para ampliar y profundizar las dinmicas globales de acumulacin y concentracin de capital de cara a las modificaciones introducidas en las necesidades de consumo y las capacidades de produccin que terminaron por desmontar las jerarquas y los procesos clsicos de operacin del capitalismo industrial.

Claudicar en esa tarea, si bien podra parecer nfima frente al resto de las necesidades materiales de la poblacin (salario, alimentacin, salud, vivienda, educacin, empleo, etc.,), es en realidad el mayor de los fracasos de las tradiciones de izquierda que hoy campean por el mundo ondeando la bandera de la justicia social sin la necesidad de oponerse y resistir a los mandatos del mercado global.

Y ello es as (como en el caso de Mxico, donde ciertas fracciones polticas en el gobierno ltimamente pugnan porque la produccin cultural del pas se subordine a las necesidades de la iniciativa privada y a sus capacidades de financiamiento), por la sencilla razn de que si bien la homogenizacin cultural bajo el espectro de la identidad nacional deviene sin mucho esfuerzo en fundamentalismos que terminan por negar las especificidades identitarias de cientos de colectividades (las indgenas en primer lugar), tambin es cierto que el renunciar a la tarea de fomentar agendas culturales (garantes de la unidad en la diversidad) implica operar en favor de la mercantilizacin en la determinacin de la vida colectiva.

Es un hecho que los apoyos gubernamentales de fomento a la educacin, la cultura y las artes son un reflejo del carcter del Estado. Tanto, como lo es el que el carcter del Estado mexicano as como la naturaleza de sus programas gubernamentales en la materia durante las ltimas cuatro dcadas ha respondido a la lgica del neoliberalismo. El problema de fondo, por eso, viene dado, s o s, por la forma en que esos programas han operado para construir y sostener lites intelectuales funcionales a los proyectos polticos en turno. Y tambin, por supuesto, por los mecanismos discrecionales empleados para otorgarlos.

En este sentido, y contrario a la simplificacin que desde el Senado de la Repblica una fraccin del partido en el gobierno (Morena) viene sosteniendo desde hace un par de das relativa a la necesidad de hacer que los artistas se valgan por s mismos desde las trincheras de la iniciativa privada para dejar de vivir enquistados en los recursos del Estado; el problema no son los apoyos financieros o las polticas gubernamentales de fomento a la educacin, la cultura y las artes, sino, antes bien, la funcionalidad poltica de esos mecanismos en contextos concretos, en tanto dispositivos de legitimacin ideolgica de los intereses gobernantes vigentes.

Es cierto, pues, que hoy existe un gran nmero de beneficiados y beneficiadas por esas polticas que se mueven en dinmicas que nicamente profundizan la mercantilizacin de los contenidos que producen, sin llegar a concretar algn grado de crtica y/o transformacin cultural en la colectividad en tanto apuesta de resistencia a las narrativas, las imgenes y las trayectorias generados por la industria cultural para soportar un consumo masivo de mercancas.

Los puntos sobre las es aqu son, sin embargo, que aunque esos crculos privilegiados (como los de los investigadores de tiempo completo en las universidades, que llevan toda una vida dando los mismos contenidos, seguros de sus empleos y altos sueldos, pero incapaces de cumplir con sus obligaciones o de modificar sus prcticas de sistemtica repeticin de sus rutinas, slo alteradas por su an ms persistente aficin al turismo acadmico) se mueven al mismo ritmo que las exigencias culturales del capitalismo, la parte que verdaderamente debera estar en el centro del debate no es si se privilegia a alguien o no, sino, en primer lugar, cmo recuperar la relacin orgnica entre esas expresiones de refinamiento cultural (por los rasgos de su produccin tcnica) y los circuitos de su recepcin, apropiacin, intervencin, modificacin, reproduccin, etc., en la cultura popular.

Y es que, sin ir tan lejos, una preocupacin nodal del actual gobierno de Mxico si es que no pretende claudicar y caer de tan alto como lo hicieron las socialdemocracias ante el neoliberalismo, no nicamente tendra que ver con el hecho de otorgar o no recursos pblicos al fomento educativo, cultural y artstico de las diferentes poblaciones que habitan el pas. Ms apremiante que eso resulta, an, el tener que pensar cmo es posible rearticular los espacios privilegiados de reproduccin de la diversidad cultural e identitaria del pas con los espacios, los colectivos y los individuos de la cotidianidad, alimentando imaginarios comunes que supongan algn grado de crtica a las dinmicas, por ejemplo, tan violentas en las que se encuentra sumergido un gran nmero de personas.

Y ms an, imaginarios comunes que impliquen la puesta en juego de algn grado de resistencia a la dominacin cultural de la que son objeto los habitantes de este pas, en sus distintas escalas, por parte de la actividad empresarial: esa misma que es capaz de valorizar y vender al pblico como signos de identidad y pertenencia cultural hasta los objetos ms intrascendentes, porque la lgica que domina esa produccin no es la de la puesta en riesgo de la forma, sino la de la posibilidad de valorizar y comercializar todo aquello que sea capaz de satisfacer (aunque sea superficialmente) las profundas carencias identitarias de sus consumidores, devorados por el avasallamiento que supone la produccin cada vez mayor de mensajes y eventos cuyo nico propsito es divertir y entretener.

Ricardo Orozco, Consejero Ejecutivo del Centro Mexicano de Anlisis de la Poltica Internacional (https://cemapinternacional.com)

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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