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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-07-2019

Crtica de La compasin difcil de Chantal Maillard
En el lmite

Arturo Borra
Rebelin


La reflexin como oficio

Tal como viene siendo habitual desde hace ms de una dcada, los textos de Chantal Maillard son inclasificables. Entre el ensayo nocturno y la reflexin filolgica, la narrativa trgica y la prosa potica, sus libros son construcciones hbridas que ahondan en interrogantes que solo puede desentraar quien se interna en la lucidez de una mirada crtica. La compasin difcil (Galaxia Gutenberg, 2019) ancla en esa lucidez filosfica que no hace concesiones con el lector, tal como cabe esperar de quienes hacen de la actividad reflexiva su oficio.

La compasin difcil se mueve entre fragmentos. No acumula, sino que superpone capas, gneros, formas diferenciadas de discurso, como si las respuestas solo pudieran construirse como una suerte de puzle que nunca termina de completarse. Unas respuestas, adems, que exigen atravesar diferentes experiencia-lmite, incluyendo aquella que supone ponerse en el lugar de una madre que mata a sus hijos o la de la humanidad en su especial ejercicio de crueldad (comenzando por lo que hacemos con otras especies y con la naturaleza en su conjunto).

En un mundo hurfano de dioses, gobernado por el hambre, acaso la compasin sea el vnculo con el otro ms complicado e improbable. En particular, cmo podramos compadecer al verdugo por sus actos criminales? La pregunta insiste en las tres partes del libro. Para procurar responderla, Maillard se interna en el mito de Medea y desbroza sus implicaciones ticas, sobre un trasfondo que cuestiona no solo el antropocentrismo sino tambin la mitologa decimonnica del progreso todava vigente. Con una lgica interna rigurosa, la autora no escatima pginas en su crtica radical a una filosofa de la creencia, de modo anlogo a la crtica a una filosofa de la identidad que desarrollara de forma extensa en La mujer de a pie.

Distante a toda asepsia acadmica o al escolasticismo inocuo al que nos tiene acostumbrado el pensamiento disciplinado, Maillard es esa rara avis que se interna con erudicin en el abismo humano, sin pretender mantenerse indemne. Apunta a la herida y sus hilos no salvan. La propia voluntad de vida est comprometida con lo que ella misma daa. Ni siquiera cabe atribuirle alguna justificacin trascendental (ni, mucho menos, trascendente). Desde ese no-fundamento, la interrogacin filosfica solo puede ser eludida a fuerza de recaer en las respuestas dogmticas caractersticas de las religiones instituidas.

Extraa cosmogona: despojados de inocencia, mitad inmortales, mitad bestias, nos mueve el hambre y, por implicacin, la depredacin del otro, incluso si representamos ese impulso con la argucia de la belleza y el olvido del que nace la razn. Las sentencias se convierten en estocadas: Toda la existencia es la repeticin de un crimen. El propio cuerpo nace de una deuda con los muertos. Compadecer es morir: la vida como dentellada convierte la moral en un testimonio del olvido del crculo en el que nos movemos. Ms todava: Que la vida quiera ser vivida no significa que sea un bien. La herencia mtica de la superioridad obstruye el reconocimiento de la igualdad con cualquier otro ser. La libertad, desde esta perspectiva, se parece a un mito a excepcin quizs de la libertad de rebelarse y abrirse a la posibilidad suprema del suicidio. Preguntarse por la compasin es sumergirse en el otro: sentir junto a o andar con l, lo que supone asimismo un distanciamiento de s, pero ms en general, una vuelta sobre el propio valor de vivir o morir, una incursin en el corazn de lo humano y aquello que conlleva, comenzando por el dolor y la muerte, la ausencia de dioses o la propia legitimidad del juicio.

Desde ese prisma, ni siquiera la educacin en la fragilidad comn conduce a un mundo mejor. Puesto que la existencia es la perpetuacin de una violencia primera, cmo podramos sustraernos a ella sin suprimir nuestra vida? En este mundo de absoluta necesidad, quin podra salirse de la cadena? Liberarse es interrumpir el movimiento de la voluntad en su vaivn entre la satisfaccin y la insatisfaccin, del pasado al futuro, de la nostalgia a la esperanza. Liberarse es indiferenciar: neutralizar las diferencias, seala la autora, en una especie de desapego radical en el que no cabe esperar nada: hasta los sueos revolucionarios se han mostrado programas irrealizables (sic).

La creencia, aunque necesaria para la vida, no es una opcin mejor: conduce a las hordas. Y si se trata de hacer tabula rasa y de caminar desnudo, no es claro cmo podra este animal desdichado elaborar esa apuesta sin apoyarse en quienes le preceden o le acompaan. En otro plano, cmo podra ese individuo conocerse a s mismo sin contar con los otros en tanto interlocutores, esto es, sin erigir al propio individuo en una nueva deidad y observar la propia mente sin disponer de esa herencia comn que es el lenguaje?

Las dificultades se multiplican:

Convertirse en el dios anula la distancia que permite el dilogo. Convertirse en el propio dios es perder al interlocutor. Sin interlocutor, el caminante queda sin voz. Enmudece. Mudo, sin voz, el que permanece con la boca cerrada (mysts), el enmudecido, el mystiks.

Puesto que para Maillard el camino del misticismo est cerrado, no deja de ser relevante indagar en nombre de qu posicin podramos oponernos a ese enseoramiento humano en torno a lo que nos circunda, comenzando por la naturaleza. Dicho de otro modo: dado que se trata de renunciar al propio dios, de arribar a un lugar deshabitado de s, capaz de compasin, en funcin de qu promesa habramos de encaminarnos hacia esa direccin? Puede que la respuesta inmediata sea una conminacin a no esperar nada. Perded toda esperanza, amigos reza Maillard y, sin embargo, la pregunta insiste: cmo podramos aceptar esa prdida sin caer en la resignacin?

La compasin, por si fuera poco, no mejora nada: Una tica de la compasin no convertir la vida en algo mejor. El sistema del hambre seguir siendo el que es. Pero tal vez sea ms soportable. Comprender y saberse comprendido puede ser un blsamo, aunque no cure. El problema, por tanto, persiste: si la compasin no mejora nuestras vidas, por qu habramos de sumergirnos en el abismo de los dems en vez de afrontar al modo estoico nuestro presunto destino? Y dado que el verdugo goza de sus privilegios a fuerza de privar a sus vctimas, qu podra impulsarnos a sentir compasin por l? Puesto que la compasin exige comprender precisamente a ese verdugo, en qu medida hacerlo podra hacer ms soportables sus tropelas?

En un derrotero semejante, la propia idea de lo poltico como institucin efectiva de la sociedad tambalea: para qu luchar por una sociedad mejor si estamos condenados a la depredacin? Filosofa trgica en ltima instancia: todos formamos parte de una mquina atravesada por lo inexorable. No hay idea que no sea un engao. Desde luego, cabra preguntar si la propia idea de que toda idea es engaosa no forma parte ya del engao universal. Puesto que no tenemos derecho a reclamar ninguna prerrogativa epistmica, la respuesta debe ser contestada afirmativamente. En tal caso, por qu apostar por otros caminos de lo humano? Por qu no entregarnos a la contemplacin de la estupidez o la ceguera con la misma indiferencia que ante algn destello de inteligencia?

Desde esta perspectiva, la exigencia de coherencia interna o verosimilitud narrativa no podra resultar suficiente sin incurrir en alguna forma de esteticismo: sin referente para contrastar, no quedan ms que relatos ms o menos prximos a nuestra sensibilidad, pero nada que se aproxime a algn criterio de valor intersubjetivo. Aun si admitimos que cualquier referente tiene una dimensin narrativa, supone ello abdicar sin ms de todo concepto de verdad o ms en general de toda pauta de validez? En qu medida una alternativa as sera tica, poltica o filosficamente aceptable, teniendo en cuenta las experiencias traumticas que atraviesan nuestra historia? Incluso si no es vlido hablar aqu de solipsismo (puesto que para Maillard hasta el yo es ilusorio), deberamos rendirnos al escepticismo como ltima palabra?

Salir del cerco del juicio moral puede ayudarnos a comprender a los verdugos pero no necesariamente a reparar el dao cometido contra las vctimas. Incluso si desistimos de toda concepcin de un sujeto absoluto, incorporando el abanico circunstancial que acompaa toda accin humana, conduce ello a la postergacin indefinida del juicio o ms bien a situarlo en contextos histrico-culturales especficos? Aunque las respuestas disten de ser evidentes, no es claro cmo podra haber sociedad y, especialmente, convivencia humana sin juicios morales que nos permitan discernir entre lo que en un momento dado nos es lcito hacer de lo que no. Para mayor complicacin, Maillard invoca una tica del sacrificio no menos problemtica.

Vctima sacrificada para la continuidad de la vida, el cordero es el smbolo de esa conciencia universal que todo animal posee bajo la individual conciencia que la nubla: el hambre es ley y ofrezco mi cuerpo para la salvacin de todos.

El giro no deja de ser sorpresivo. De qu salvacin podramos hablar en un mundo sin dioses? Pero, sobre todo, por qu deberamos aceptar sacrificarnos para que otros vivan y por qu unos y no otros, teniendo en cuenta nuestra esencial indistincin? Ya que sacrificarse no hace ms que perpetuar el dao, por qu no reclamar ms bien un lugar donde el sacrificio no sea ya la moneda corriente? La propia sacralizacin religiosa del sacrificio bien podra ser una forma de justificacin de las desigualdades resultantes de la economa poltica. Que las reglas del universo nos empujen a la rueda de matar o morir no convierte el asesinato en algo aceptable. La apora a la que somos lanzados, pues, resulta insalvable. Inclusive si hacemos de la vctima un sujeto culpable lo que tampoco es claro, a menos que convirtamos la ley natural en un juicio moral de carcter negativo-, dejaramos por ello de ser responsables por las muertes que propiciamos? Como contrapartida, es legtimo prescindir de la versin de la vctima, desechada por la autora por carecer de inters? Puede que, en efecto, comprender a Medea resulte ms desafiante que compadecer a sus hijos asesinados. De ah no se deriva, sin embargo, que debamos respetar el empoderamiento de Medea esto es, su crimen.

Aunque la autora no se refiera a Dogville (2003) en su referencia a Lars von Trier, bien puede ayudarnos a mostrar lo que se juega en este contexto. No bien la protagonista (Grace Mulligan) arriba a la pequea ciudad homnima, sufre en primera persona crecientes exigencias por parte de sus pobladores, a cambio de no delatarla. Las exigencias, como es de prever, pronto se transforman en abusos de todo tipo, incluyendo los abusos sexuales. Paradjicamente, es la protagonista quien encarna mejor que nadie la compasin difcil: Mulligan, en efecto, lo comprende todo, comenzando por sus victimarios. Ahora bien, en qu sentido compadecer a sus abusadores atempera su sufrimiento o implica un blsamo? Cierto que Mulligan afronta estoicamente esos abusos; sin embargo, la cuestin que insiste tras esta comprensin cuasi divina es si ello habilita a renunciar a una demanda de justicia. La respuesta de von Trier me parece una rotunda negativa (incluso si tomarla literalmente condujera a confundir justicia y venganza). No es preciso llegar a esa confusin para distinguir entre comprensin y justificacin; la distincin bien podra ser el primer paso para compadecer a aquel que, por razones de justicia, debe ser limitado incluso si esa limitacin no tiene por qu ser reducida o identificada con el castigo-. Desde esta interpretacin, Dogville previene contra la sola compasin sin el contrapeso necesario de la justicia.

En el corazn de lo humano

En medio de este universo hurfano, una filosofa neopirrnica que cultiva la indiferencia no parece ser una respuesta que pueda conformarnos, como no sea bajo la forma de una retirada del mundo o una solucin de resignacin. La suspensin escptica del juicio (epoj) puede ampliar nuestra comprensin, pero no mejora un pice nuestras prcticas ni nos permite tomar mejores decisiones. Claro que para hablar de mejores decisiones tendramos que admitir que existe algo as como la posibilidad de decidir y de comparar esas decisiones en una escala valorativa (dentro de una configuracin cultural especfica). No estoy seguro que en la concepcin de Maillard tenga lugar algo semejante. En un mundo gobernado por la ciega necesidad (el circuito del hambre), no hay estrictamente decisin ni justicia. Pero un mundo as no da cuenta de cierta indeterminacin de lo humano: reintroduce cierto fatalismo insalvable.

El Libro tercero. Conversaciones con Medea no nos sustrae de esa apora. Podra ayudarnos en la disciplina de la ataraxia, nacida de la conviccin de que el deseo implica pena o afliccin. Podra incluso conducirnos a examinar la experiencia amorosa tachada de frmula inmadura (como no sea devolvindola a una comprensin instintiva) o a reforzar la idea de que [e]l lenguaje es el engao (sic). Pero por qu habramos de aceptar sin ms esta versin en la que todo se aproxima peligrosamente a nada? La deriva reflexiva de Maillard tampoco nos conduce a la compasin anunciada: Ni el perdn ni la compasin tienen ya sentido. Este es el lugar del hambre. No hay actos, ni decisiones, ni causas, ni efectos. Tan slo un agujero blanco que ha de colmarse y gime. Y el batiente, arriba, batiendo sobre la nada.

La compasin difcil se acerca as a una perspectiva en la que cierta decepcin es ineludible: no queda nada salvo la muerte, un agujero blanco en el que nos batimos vanamente. Ya estamos muertos. Todos estamos muertos, por qu temer morir? dice Medea y aqu bien podramos repreguntar: puede acaso un muerto sufrir por otro o celebrar el xtasis que, en ltima instancia, supone la compasin? Aun si admitimos nuestra inconsistencia, difcil a su vez no buscar signos de alegra y entusiasmo as como unos vnculos afectivos que nos ayuden a dar sentido a nuestras vidas.

Detrs de esas preguntas, insisten otras ms generales: qu ocurre con el goce en la escritura de Maillard, un goce otro que no descanse en el dolor de los dems? Y cmo juegan las demandas de justicia ante una tica de la compasin? Incluso si la autora insiste en otra parte en que se trata de perseguir el respeto antes que la compasin, por qu habramos de respetar a los verdugos? En suma, lo que uno echa en falta es que karuna no sea contrapesada por dik, esto es, un principio de justicia orientado a la reparacin y sobre todo, a que lo terrible no se repita de forma incesante, a partir de la autolimitacin efectiva de la sociedad.

A diferencia de Emile Cioran, filsofo que con su causticidad supo contrapesar la gravidez, puede que el lector sienta que leyendo a Maillard no hace ms que hundirse en una cinaga sin esperanza que no sea un mero engao. Como si la podredumbre del mundo nos arrastrara sin solucin de continuidad a un pozo desde el que no podemos ms que aullar en el peor caso o hacernos imperturbables en el mejor. Encerrada en un sistema implacable de razones (quizs no menos ilusorio que aquellos que cuestiona), no sera vano preguntar por la verdad de sus premisas. Ms all de la implacabilidad lgica y de un dilogo en el que Medea siempre lleva la razn, tampoco es superfluo descender hacia aquellos deseos que, antes que mera sujecin a la carencia, dan cuenta de nuestra existencia como sujetos corporales que, pese a su dolor, tambin se abren paso hacia el erotismo, la celebracin dionisaca, la indeterminacin del porvenir, al placer del instante. Por qu limitarnos a constatar de forma unilateral el desastre cotidiano sin buscar, por as decirlo, tablas que nos permitan mantenernos a flote, experiencias exiguas pero no menos reales de libertad en las que el otro nos ayuda a vivir, a compartir nuestra soledad, a sentir junto a l? Por qu, en fin, no contraponer al nihilismo una risa capaz de atemperar lo que tiene de inerte?

Cierto que tenemos razones para el pesimismo. Pero o bien se trata de un pesimismo activo que no desactiva la promesa de otra vida y de una sociedad ms justa o bien el pesimismo se convierte en simple constatacin de la derrota, renuncia al mpetu humano de cambiar su entorno y hacerlo ms habitable. Aunque nadie est exento de esa oscilacin, puede que en La compasin difcil termine primando la repeticin de lo inerte, sin contrapeso para alzar una vida que sigue latiendo bajo las piedras. Porque aunque en el lmite la escritura suele ganar en profundidad, siempre corre el riesgo de crear un efecto de cierre ante aquello que sigue fluyendo. Como si la mirada de Medusa petrificara lo que ro abajo sigue movindose.

En este punto, me parece claro que no se trata de reclamar subterfugios; al fin de cuentas, lo que cabe pedir a cualquier escritura es un contenido de verdad antes que un consuelo metafsico. Cualquier filosofa crtica que se precie de tal consiste ante todo en no cerrar los ojos ante el espanto. Sin embargo, por qu convertir el parpadeo en una mera forma de ceguera? Ms aun: no termina enceguecido aquel que no cierra los ojos ni siquiera para entregarse al amor sensual o celebrar la cercana? Una vez ms, negarse a abrir prticos majestuosos que se derrumban como una ilusin no significa que no podamos dejar entreabierta una puerta por si alguien, alguna vez, puede atravesarla.



Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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